Misal Romano

Me comentaba el otro día un amigo, que había cambiado de Iglesia para su Misa Dominical y que, independientemente de que en todas está Dios, en unas, se le siente más que en otras, gracias a una parte del Clero. Mi amigo considera que la feligresía, merece un respeto que hoy en día, se le niega. ¿De qué hablaba? ¿A qué se refería? Ni más ni menos que al libro que utilizan los Sacerdotes durante la Santa Misa, el Misal, el cual, los Presbíteros, tienen obligación de seguir y esto, además, tiene su razón de ser, se inicia un diálogo encadenado entre el Pueblo y el Sacerdote que tiene un sentido, vivir plenamente la Liturgia

“¿Cuantos siguen el Misal?”, me preguntaba. Ciertamente, no hace falta ser un experto teólogo del siglo XXI, para saber que una gran mayoría se lo saltan, dicen lo que quieren e inventan una serie de frases pueriles, que son dignas del mejor cuaderno de infancia. Hace unos meses, en conversación con un Sacerdote, él, me comentaba que el lenguaje teológico había cambiado y que el “feligrés medio” ya no entiende ese tipo de oraciones, ni está en sintonía con ellas. ¡Curioso! Entonces, ¿Qué deberíamos hacer con Quevedo, Cervantes y Góngora? Echarlos a la pira sería poco y quizás, de paso, podríamos hacer lo mismo con todos los cuadros del museo del Prado, al fin y al cabo, ¿Qué sentido tiene todo eso hoy en día, si los lenguajes han cambiado y por lo visto, ya nadie entiende lo que antaño, tuvo su significado y presencia?

La celebración de la Misa, además de los bienes espirituales que reporta a nuestra alma, tiene un valor catequético y así está recogido en el Concilio de Trento y el Concilio Vaticano II. Precisamente a lo largo de la historia, se han ido realizando las modificaciones que se han considerado necesarias a los tiempos, pero, siempre respetando la Tradición. No obstante, bien es cierto, que siempre hay quien sabe más o cree saber más, que la Santa Sede.

El Sacerdote, es simplemente SERVIDOR de la Sagrada Liturgia, por ello, no le está permitido cambiar a su libre, o a su bajo criterio, aquello que a él le resulta insustancial. Lo curioso de estas decisiones es que nunca se para uno a pensar si al Pueblo de Dios le gusta que le traten como a un niño de guardería, incapaz de entender frases tan llenas de contenido y sentido como, “el Señor esté con vosotros” sustituidas por expresiones tan originales del tipo, “bienvenidos a esta alegre celebración, sentiros en vuestra casa”. ¡Por favor! Si algunos Sacerdotes consideran que nuestro nivel es tan bajo, deberían preguntarse que parte de culpa tienen ellos en este proceso de incultura y catetismo que estamos viviendo.

Antes del Concilio Vaticano II, la gente era capaz de seguir la Santa Misa en latín y hoy en día, en el 2014, siglo XXI, generación Internet, parece que no sabemos entender ni siquiera un Salmo y por ello, en algunas Celebraciones Litúrgicas, los Salmos, se cambian por cantos tan absurdos como “tu palabra me da vida”, o simplemente se suprimen, así, sin más, ¿Para que machacar con tanta palabrería absurda? Cuantas veces en vez de el Sanctus, se escucha, “alabaré, alabaré, alabaré a mi Señor”, que incluso los que se creen más vanguardistas, acompañan con palmas… ¡Que espectáculo tan lamentable! Se nos priva de la Palabra de Dios, así de simple y así de real. ¡Triste y deplorable!

Durante la Santa Misa, a través de las oraciones prescritas, se inicia un hermoso diálogo entre nosotros y el Señor y supone para nuestra alma, un crecimiento mayor, al que le pueda suponer, cualquier lectura espiritual.

¿Será que la deformación ha llegado a tales niveles que alguno, ya no sabe ni abrir un Misal? Estamos convirtiendo la Misa en un triste espectáculo

“Sencillez”, dicen los caducos progresistas, mientras llenan el Altar de folios y hojas que no dicen nada, esos que en vez de formar a su grey, prefieren permitir en los salones parroquiales cursos de lo más variopinto, desde yoga, Tai chi, etc y después decir que la gente no entiende los textos Bíblicos. No, la gente lo que no entiende, es como se puede tener tan poco amor a Dios y en vez de permitirnos escuchar su Palabra, nos ilustran con textos de Jorge Bucay, Nelson Mandela, o incluso, “misales propios”, a la venta en las mejores librerías.

No sufriría hoy S Agustín su conversión, más bien, entraría y saldría corriendo de alguna Iglesia y no volvería a poner pie.

“Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento.”

SONIA VÁZQUEZ

LA CORUÑA (ESPAÑA)