Sofística irredenta para un magisterio espurio

«La señal más infalible y segura para distinguir a un hereje, a un hombre de perversa doctrina, a un réprobo de un predestinado, es que el hereje y el réprobo no tienen sino desprecio o indiferencia para con la Santísima Virgen, cuyo culto y amor procuran disminuir con sus palabras y ejemplos, abierta u ocultamente y, a veces, con pretextos aparentemente válidos» San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen

El tenor de su participación en el remoto drama de la Caída debe hacernos inferir que Satanás fue un consumado sofista, y aun el primero de ellos. Podría definirse a la sofística como a aquel arte que establece un hiato entre la palabra y el concepto extramental, haciendo de la primera el producto de una mera convención y un efecto de la nuda voluntad del hombre. Se diría un hábito implícito en la célebre máxima de Protágoras, el sofista: el hombre es la medida de todas las cosas, entre las cuales cosas también cabe el lenguaje, facultad humana si las hay. Hay toda una concepción de la palabra y de su oficio que resulta de esta tesis, y que acaba siendo incompatible con la Revelación: ésta nos anoticia, en efecto, de que in principio erat Verbum. Acá ya no hay lugar para las veleidades humanistas ni para el derrotero concéntrico y autosuficiente del bípedo implume. El uso de la palabra es un don que sólo al hombre le fue dado en el concierto de los seres y que lo vincula misteriosamente, desde antes de su misma creación, con la segunda Persona divina.

Tentación siempre vigente entre criaturas racionales, la sofística supo reabrirse camino y hacer fortuna en tiempos cristianos con el nominalismo tardomedieval: éste remozará las tesis del escepticismo primordial, declarando a las palabras meros nombres, nómina, sin vinculación real con las cosas a que aluden. El abusivo expediente de desarraigar la palabra revela el desdén por el datum y el ordo (la noción de universo, en suma, tan sensible a nuestra tradición conceptual), haciendo de los asuntos humanos un cauce perenne de conflictos por la prevalencia de uno u otro egoísmo sin más patrón de medida que el hombre en su insularidad y en su ilusoria autodeterminación. Es por esto que la sofística también podría definirse como una técnica de la (auto)adulación del hombre. Toda la filosofía moderna se resiente de esta deriva atomística y mecanicista que, simultáneamente, desliga a los accidentes de la sustancia, haciendo de la realidad un flujo accidental y voluble. Así, el evolucionismo biológico fue el sortilegio “científico” para consagrar el evolucionismo histórico, cuyas formulaciones les han sido escanciadas a las cuatro o cinco últimas generaciones con la leche materna. Es el marco mental en el que se mueven, por abrumadora mayoría, nuestros contemporáneos, incluidos ¡ay! los cardenales de la Santa Romana Iglesia.

Desde luego que esta ciudadela fortificada contó con los recursos habituales para hacer frente a los embates de sus enemigos, y ni las campañas napoleónicas ni las garibaldinas habrían bastado para hacerla declinar de ese su solar del espíritu, del cometido que le fue asignado por su Fundador –el de constituirse en faro y maestra de la Verdad-, de no ser porque la carne es débil y el despojo material progresivamente sufrido les metió el miedo en el ánimo a sus capitanes. Lo que, ciertamente, explica pero no justifica el curso que tomaron las cosas: contra los lapsi relumbrará siempre el perenne ejemplo de los mártires. Y es que a la postre de una incesante deserción que se fue haciendo patente en los dichos y en los hechos de la Jerarquía y en sus actos de gobierno, luego de haber pretendido congraciar “la religión del Dios que se hace hombre con la religión del hombre que se hace dios” (en palabras de Paulo VI que daban cuenta del «giro antropocéntrico» del nuevo magisterio y la nueva liturgia), y luego de haber extraído las más nauseantes consecuencias en materia de fe y moral, cuando ya parecía que no quedaba aberración por suscribir ni crimen por ensayar, la Jerarquía apóstata se decide a cruzar una línea roja suficiente a desatar los peores cataclismos.

No repasaremos aquí en detalle la desgraciada «nota doctrinal» Mater populi fidelis, suscrita por el cardenal prefecto Víctor “Tucho” Fernández y refrendada por León XIV: muchas y solventes réplicas, por vía de análisis, se han hecho de este documento en los pocos días que corren desde su aparición. Tampoco atizaremos nuestra justa repugnancia ante este bocado ofrecido a los enemigos de la Iglesia: bástenos notar cuánto el periodismo vino a posar sus garras en estos asuntos que le son del todo ajenos con su consabida y brutal ignorancia religiosa. BBC News, por citar un caso, al tiempo que multiplica clamorosas imprecisiones léxicas, se sirve completar los conceptos injuriosos insinuados por el Prefectrucho en el mismo punto en el que éste se detiene por calculado decoro: «para algunos, sonó como si la principal santa del misticismo católico hubiera sido relegada (…) El gesto representó un ajuste a la «mariolatría», que buscaba colocarla en un papel central en la narrativa de la salvación, y, desde una perspectiva ecuménica, una respuesta a las constantes críticas de los protestantes respecto a la veneración que los católicos promueven de esta figura. En la práctica, el documento es una forma de frenar ciertos abusos de una devoción que ha crecido considerablemente en los últimos siglos, llegando incluso a usurpar el protagonismo que, para la Iglesia, debería corresponder a la Santísima Trinidad: Dios Padre, Jesús Hijo y el Espíritu Santo, la fuerza divina» (los subrayados son nuestros). Debe haber reportes de este tenor a millares, en todas las lenguas: suficiente como para rogar que caiga un profundo y merecido silencio sobre el mundo. Nosotros, en tanto tal cosa no ocurra y renunciando a la faena de analizarlo, nos detendremos apenas en uno de los aspectos del documento, digamos así su «estilo» (o mejor aún sus «mañas»), para verificar cuánto le debe éste a los viejos artilugios de los sofistas, consumando ya el carácter de retórica viciada, escindida de la Verdad, que asume el magisterio conciliar como nota propia.    

Y advertimos, para mayor horror de oídos y seseras, convertido ya en rasgo inseparable del novel magisterio ordinario –scilicet ordinarísimo- la recurrencia a la llamada falacia «del hombre de paja», consistente en proponer un problema que no es tal para emprenderla contra el argumento que se pretende rebatir. Así, en el párrafo central del documento, se afirma ser «siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María. Este título corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo y, por tanto, puede generar confusión y un desequilibrio en la armonía de verdades de la fe cristiana». No hace falta señalar que el oscurecimiento en cuestión es un fantasma insuflado por el fullero cardenal, indetectable en la piedad católica, y que el título de Corredentora, acompañado de una rica doctrina, viene siendo usado por papas y eminentes hombres de Iglesia desde hace al menos dos siglos sin que nadie se percatara de este supuesto peligro. De manera más grotesca había urgido el recurso al monigote el inefable Bergoglio, cuando para oponerse al mismo título mariano , dijo que la Virgen nos envuelve a todos «no como diosa, no como corredentora, sino como Madre», rebajándola en otra ocasión a «María mujer, María madre, sin otro título esencial». Si acaso, el de «mestiza», según se lo aplicó en el santuario guadalupano, casi para que reconozcamos entre líneas la burla apenas solapada.

No es hacer un diagnóstico novedoso hablar de metástasis en casi todos los órganos, desde la Curia romana hasta la última de las parroquias rurales. Así, los mastines de L’Osservatore Romano han salido a socorrer al plumífero prelado ensanchando el radio de los conceptos engañosos y las prevenciones innecesarias: el culto mariano, dicen, podría degenerar en una «vía paralela de salvación», una «diarquía»; el fiat de la Virgen no debe considerarse «un contrato de colaboración entre iguales, sino el total de la criatura»; la intercesión «no es una mediación paralela»: portentosos hallazgos del libelo tuchesco que hacen que éste nos libere «de un lenguaje aprisionado en semejanzas peligrosas» y nos invite «a un salto cualitativo: de la búsqueda de paralelismos a la contemplación silenciosa de un misterio asimétrico». Para concluir con una malsonante admonición: «la próxima vez que estemos tentados de buscar en María un reflejo de Cristo basado en la semejanza, recordemos la Analogía Invertida. Y, en lugar de forzar el lenguaje, guardemos silencio ante esta Mujer».

Pero estos paralogismos jabonosos no corresponden al lenguaje de los teólogos ni al de los enamorados. Preferimos exposiciones católicas, como las del padre Manuel Cuervo, O.P.: “no se puede concebir que Dios, que en su providencia y gobernación se acomoda a la naturaleza de las cosas, negara a su Madre santísima una perfección que tanta conformidad guarda con su dignidad hipostática y tanto contribuye a su perfección y exaltación gloriosa. Por consiguiente, la maternidad divina, al asociar a María con Jesucristo en el orden hipostático, la asocia también en el fin de este mismo orden, que, según la misma revelación divina, es la redención del hombre, constituyéndola en Corredentora nuestra. Luego la asociación de María con Jesucristo en el fin de nuestra redención es como una consecuencia natural de la maternidad divina, supuesta la voluntad de Dios” (Maternidad divina y corredención mariana. Pamplona, 1967. Citado ampliamente por Antonio Royo Marín, O.P., en La Virgen María. BAC, Madrid, 1968). Es el capítulo «hiperdulía» el que estos farfulleros luteranizantes recortan de su mariología minimalista. Como es obvio, y siendo el depósito de la fe un todo perfecta y rigurosamente ensamblado, al quitar una pieza todo se desmorona, y lo que estos llaman «fe» termina siendo lo que en verdad corresponde a «apostasía». L’Osservatore mismo lo había clamoreado sin remilgos en una suya edición de 1972, en plena primavera autoproclamada: “la Iglesia vieja debe morir para dar nacimiento a la nueva”. ¡Vaya si el diktat no obtuvo sobrado cumplimiento!

La sofística es un laboratorio de pretextos, la urdimbre de todas las maquinaciones ensayadas contra las cosas y el misterio latente en ellas, y es por esto el lenguaje más adecuado al magisterio de los novadores, ávidos de sustituir la realidad por su espectro verbalista. Separan lo que Dios ha unido: las cosas y sus nombres, en una operación siniestra que emula a su manera a la desintegración del átomo e inaugura la edad de la perfecta y generalizada incertidumbre. Es llamativo que  la Sagrada Escritura empiece y culmine el largo periplo de la historia humana con la mención de un mismo antagonista: la serpiente que tienta a nuestros primeros padres en el Edén, y aquel poder religioso invertido que irrumpe en la consumación de los tiempos, dotado de «dos cuernos, como el cordero, pero que hablaba como dragón», aclarando el mismo Apocalipsis que ese dragón no es otro que «la serpiente antigua». El bilingüismo viperino es la imagen del lenguaje dúplice, pero también de la integridad bifurcada, deturpada, fallida. Del “solvere Iesum”, rasgo que san Juan Apóstol atribuye decididamente al anticristo. Este magisterio embaucador que bendice el amancebamiento de homosexuales, que propone la sintonía entre pecado y gracia, que proclama la bondad de todas las religiones y el laicismo de Estado y que resulta fiel sólo a sí mismo acabará declarando, en la borrachera de su osadía pero a su vez en irreprochable lógica, que los títulos marianos que en virtud de estricta justicia y en honor del desarrollo homogéneo del dogma restan aún definirse resultan siempre inoportunos.

Por el contrario, la definición de un nuevo dogma mariano (como consta que ocurrió en 1854 con ocasión de la proclamación de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, y de su gloriosa Asunción en 1950) propicia un apogeo en el curso regular de la historia: cumplidos ya los misterios de nuestra Redención, estos actos introducen como un hálito precioso de eternidad a acompasar el tiempo corredizo, sirven a confirmar, a recordar lo «único necesario», a la vez que renuevan la adhesión de todo un pueblo a las realidades salvíficas. Consumando un acto de justicia tenido por impostergable, suponen el clarineo de la verdad a los cuatro vientos, con todas las campanas al vuelo, y al paso que dan a Dios lo que es de Dios, suscitan un júbilo indecible en la Iglesia. Es la fiesta del regocijo en la Verdad en la que Cielos y tierra se unen. No cabe sino concluir que la Jerarquía modernista se contrista ante la exposición de las glorias de María: regateándole el debido homenaje es como se hace visiblemente rea de la increpación que el Señor lanzó contra los «escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el reino de los cielos a los hombres, y no entráis ni dejáis entrar» (Mt. 23,13).

Nos preguntamos, con todo, qué oportunidad pudo mover a estos pulgones empingorotados a tomar esta innecesaria decisión, equivalente a “agitar las aguas” en unos días en los que se aboga por paz y seguridad, es decir, por una unidad postiza entre católicos y herejes en el seno de un mismo cuerpo: sin dudas, y conforme a la ley de la degradación inexorable de  todas las cosas que laten bajo el sol, hubiesen podido dejar que los rezagos de ortodoxia aún vigentes terminaran ahogados por sus antítesis, pujantes éstas a instancias de tanta promoción. No necesitaban siquiera mencionar los títulos marianos que aún quedan por definir dogmáticamente: bastaba con postergar sine die las recuestas que se hicieran a este propósito, y que el tiempo y el olvido cumplieran su parte. Sin embargo, constantes siempre en el hábito de la trapisonda, no dudaron en desplegar su potencia antilogos para meterse con la Virgen. No tenemos otra explicación para esto que la que ofrece el Apocalipsis, retratando el furor demoníaco del dragón emprendido «contra la mujer y su descendencia», figuras de la Virgen y la Iglesia fiel. Pese a su aparente victoria sin contrastes, al demonio y sus esbirros les quema la desazón de su derrota cierta e inextinguible pregustada en el ápice mismo de sus éxitos, y no pueden disimular su tirria a la vista de la Señora vencedora de todas las herejías.   

Hace un año visitamos y veneramos con honda emoción la santa Casa de Loreto, lugar de la Encarnación del Verbo. Visitada asiduamente por los peregrinos en su original ubicación, en Nazaret, de ella dijo Roberto de Mattei que «lo que Dios permitió para el Santo Sepulcro no lo consintió para la Casa de su Madre. Cuando en la segunda mitad del siglo XIII los musulmanes invadieron Galilea y se adueñaron de los Santos Lugares (…) los ángeles trasladaron la Santa Casa a las riberas del Adriático, en Dalmacia, y más tarde a Loreto (…), adonde llegó en 1294». Mucho nos tememos que, agotado sin sonrojo el centón de herejías enunciables, la Jerarquía modernista ahora se decida a emprenderla con la Madre de Dios. Es de creer que lo que el Señor soportó hasta aquí no lo consienta para con el honor de su Madre, y que esta raza de perjuros apure con esto el fin de la paciencia divina.

Flavio Infante
Flavio Infante
Católico, argentino y padre de cuatro hijos. Abocado a una existencia rural, ha publicado artículos en diversos medios digitales, en la revista Cabildo y en su propio blog, In Exspectatione

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