Si hacemos un estudio acerca del modo como el hombre ha de amar a sus semejantes, comprobamos que ha habido una evolución desde los orígenes de la humanidad hasta Cristo. Simplificando bastante podemos decir, que la Sagrada Escritura recoge tres modos diferentes de amar: amar al prójimo y odiar al enemigo, amar a los demás como a uno mismo y amar tal como Cristo nos amó.

Veamos ahora en qué consisten estas tres formas de amar.

1.- Amar al prójimo y odiar al enemigo

Ya en el Código de Hammurabi (Babilonia), que data del 1760 a.C., aparece reflejada la famosa Ley del Talión: “Si un hombre ha reventado el ojo de un hombre libre, se le reventará un ojo…”. Esta ley era en realidad un modo de limitar la venganza, pues el hombre tendía a hacer un daño mayor del recibido.

Dicha ley aparece también en el Antiguo Testamento: “Pagará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida y contusión por contusión” (Ex 21:24), y que resumimos en “Amarás al prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt 5:43). Es en la época talmúdica (s. II a.C.) cuando los rabinos determinan que el único resarcimiento ante un daño recibido debía ser económico. San Mateo recoge la Ley del Talión en el capítulo 5 (Mt 5: 21-48) y la pone en boca de Cristo para llevarla a su plenitud: “Habéis oído que se dijo a los antiguos, amarás al prójimo y odiarás a tu enemigo; pero yo os digo…”.

Según esta forma primitiva de amar, sólo se estaba obligado a amar a aquellos que eran tus prójimos (cercanos). Era un modo incipiente de amar y consistía en querer para tu prójimo lo mismo que querías para ti. Pero la obligación de amar se acababa ahí, en el prójimo. Todo aquél que no fuera tu prójimo era considerado un extraño, y a veces, tu enemigo.

Por eso la samaritana se extraña cuando Jesús (un judío) le pide agua a ella en el pozo de Sicar, pues era samaritana (Jn 4: 4-45). O la reacción de los viandantes que se encuentran en el camino con aquella persona que había sido agredida, y al que sólo un “buen samaritano salió en su ayuda (Lc 10: 25-37).

Todo, pues, quedaba reducido al “ojo por ojo y diente por diente” (Ex 21:24). Que traducido a nuestro lenguaje podríamos concluir como que la ley nos autorizaba a responder del mismo modo como a nosotros nos trataran. Si nos respetan y quieren, nosotros hemos de hacer lo mismo; pero si los demás nos hacen daño, podemos defendernos atacándoles con la misma intensidad como hayamos sido atacados.

2.- Amar al prójimo como a uno mismo

El segundo modo de amar aparece en la revelación Mosaica del Antiguo Testamento: “Has de amar al prójimo como a ti mismo” (Lev 19:18). Recogido luego también por San Marcos (Mc 12: 29-31). Con esta ley se cuantifica el amor a los demás. ¿Cuánto he de amar a mi prójimo? Lo mismo que yo me quiero a mí mismo. Dicho en otras palabras: Has de querer para los demás lo mismo que quieras para ti.

Esta forma de entender el amor es la que se extendió entre los judíos hasta el mandamiento nuevo promulgado por Jesucristo. Es también el modo de amar más desarrollado de cualquier persona que no conozca a Cristo. Las diferentes éticas que han aparecido a lo largo de la historia en las diferentes culturas, hebrea, griega, romana, hindú, china…, tenían como base este tipo de amor. No así los musulmanes, que dan un paso atrás al volver en el Corán “al ojo por ojo y diente por diente”

Con la llegada de Cristo, esta forma de amar al prójimo se profundiza y se amplía; aunque siempre moviéndose dentro de unos parámetros “puramente humanos”: la medida del amor es siempre “como a nosotros mismos”. El prójimo ya no es meramente el que está cerca de nosotros, sino en realidad todo aquél con el que nos relacionamos de un modo u otro (Lc 10: 25-37). Y se amplía todavía más, cuando han de ser sujeto de nuestro amor también los enemigos. Cristo nos enseña que hemos de amar incluso a los enemigos, e incluso hemos de poner “la otra mejilla”. “Pues si amáis sólo a los que os aman ¿qué recompensa tendréis?” (Lc 6:32)

Esta nueva forma de amar la vemos reflejada en la oración del Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Y también la vemos en el mensaje del Sermón de la Montaña. Después de haber establecido unos nuevos parámetros sobre la pobreza (Mt 5: 3), la limpieza de corazón… nos dice el Señor: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”. Cristo lleva a su plenitud la ley mosaica (Mt 5:17). “No penséis que he venido a abrogar la Ley y los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla”; para también profundizarla: “Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos” (Mt 5: 43-45). La razón de amar a los enemigos es para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre justos y pecadores.

Pero si se dan cuenta, la medida de este amor, ya sean amigos o enemigos sigue siendo una medida humana: “Como a nosotros mismos”.

3.- Amar como Cristo nos ama

Es al final de la vida pública del Señor, en el discurso de la Última Cena, cuando Él nos da el Mandamiento Nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).

Con este nuevo mandamiento, el amor al prójimo alcanza su más profunda dimensión. Ya no es el hombre la medida del amor a los demás, sino el amor que Jesucristo le tiene. Un amor que ya no era puramente humano, sino que está sobrenaturalizado por el poder del Espíritu Santo.

Con ello, el amor del hombre adquiere una nueva dimensión que hasta entonces había sido totalmente impensable e imposible de cumplir. Impensable, pues teníamos que amar al modo divino-humano; e imposible, porque para ello necesitábamos la gracia; es decir el poder del Espíritu Santo. Sólo ahora es cuando se entiende que es posible dar la vida por amor, incluso por los enemigos; pues en realidad ya no hay enemigos. “Nadie demuestra mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos”(Jn 15:13).

Cuando el cristiano de hoy día sustituye el término “caridad” por el de “solidaridad” en las relaciones con sus semejantes, lo que está haciendo en realidad es dar un paso atrás. Abandona el Mandamiento Nuevo para volver a la Ley Mosaica. Esta es una manifestación más del rechazo que el cristiano de hoy tiene de los preceptos y modos de vivir propiamente cristianos, para volver a vivir una ética puramente naturalista, donde ya no se cree en lo sobrenatural, y donde todo queda reducido a este mundo terreno.

Conclusión

Sólo el cristiano de verdad es capaz de amar así, “como Cristo nos amó”.

Pero la pregunta es: ¿Y tú de qué modo amas a los demás? ¿Eres capaz de amar como Cristo nos amó? ¿Eres capaz, estando clavado en la cruz, de decir a Dios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”? ¿O todavía estás “en el ojo por ojo y diente por diente”?

Hay una nueva forma de amar, que es la propia de los cristianos. Es la forma de amar que Cristo nos enseñó y que nosotros tenemos que practicar si de verdad queremos ser sus discípulos: Amando como Él nos enseñó; amando como Él nos amó. En una palabra, amando como Dios ama.

Padre Lucas Prados 

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com