“Sed quia tepidus es, et nec frigidus, nec calidus, incipiam te evomere ex ore meo.  Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.” [1]

El Catecismo de la Iglesia Católica al exponer los pecados contra la caridad nos enseña que la tibieza es uno de ellos y la define como “una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad”. [2]  La tibieza es una actitud de indiferencia hacia las cosas de Dios, que se manifiesta en una postura humana de mediocridad, de dejaciones, de abandono de las cosas pequeñas.  Es una flojera del alma que sobreviene cuando una persona quiere acercarse al Señor con regateos, sin renuncia, sin lucha, sin abnegación, se olvida del primer precepto del cristianismo –el amor a Dios- incurriendo en el juicio del Espíritu Santo: “tengo contra ti que dejaste tu primera caridad”. [3]  Se transcurren los días de nuestras vidas, quizá ya desde hace tiempo, como por un plano levemente inclinado hacia abajo.  Seguramente se habrá dejado de luchar al inicio en pequeñas cosas de nuestra vida de piedad seducidos por el enemigo que pretende hacer creer que el llamado a la santidad es solo para algunas pocas almas y que al de fin de cuentas todos iremos al Cielo.

En la primera mitad del siglo XX escribía San Josemaría Escrivá de Balaguer: “tienes obligación de santificarte. –Tú también. – ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? – A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto””. [4]

El Espíritu Santo nos exhorta a través de San Pablo: “Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que seamos santos” [5] y San Juan para que nos esforcemos aún más: “el que es justo practique aún la justicia, y el santo santifíquese más” [6].  Pero debería bastarnos solamente el meditar y considerar con seriedad el primer mandamiento de la ley de Dios que nos manda amar a Dios con todas nuestras fuerzas.

Debemos aplicar nuestra voluntad tenazmente, tozudamente, para alcanzar con la gracia de Dios la santidad personal en medio de esta crisis horrorosa que atraviesa nuestra amada Santa Madre Iglesia advertida por Nuestra dulcísima Madre del Cielo en La Salette y en tanto lugares más.  Hemos llegado a un estado de situación donde se han anestesiado las mentes de los hombres y daría la impresión que es muy fácil salvarse.  Pero sabemos que la Verdad permanece inalterable y por lo tanto la lucha por la santidad, el conocer que son pocos los que se salvan en comparación con los que se condenan como predicaba San Leonardo de Porto Mauricio, nos debe impulsar a luchar por ser santos y evitar esta enfermedad tan nociva para el alma que nos entibia de a poco y nos hace morir a la beatitud eterna.

A lo largo de su vida, exhortaba el fundador del Opus Dei: “Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: “esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (I Thes. IV,3). Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os lo recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos” [7] y advertía: “Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso y abandonado en tu vida espiritual. – Mira que puede ser el principio de la tibieza….., y, en frase de la Escritura, a los tibios los vomitará Dios.” [8]

Como toda enfermedad, la tibieza también tiene síntomas manifiestos.  Santo Tomás de Aquino diagnosticaba la enfermedad como “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan” [9] y sobre los mismos también escribió el santo de Barbastro: “eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos” [10]

Pero hay más síntomas.  De las cartas, sermones y constituciones de San Antonio María Zaccaria se pueden exponer muy brevemente los siguientes tomados de un artículo de María Lourdes Quinn:

“La tibieza ‘odia’ el fervor”

  • “Guárdate de decir: ‘no quiero hacer tanto bien’, porque si actúas así, estás en peligro”
  • “Huye de pensar que tengas bastante con lo que has empezado.”
  • “Debéis no sólo conservar, sino aumentar vuestro fervor, porque no progresar es retroceder.”

“La irresolución es efecto y causa de la tibieza”

  • “El hombre ha de pensar y volver a pensar, rumiar y volver a rumiar cuando tenga que hacer algo importante; pero cuando lo ha pensado o se ha dejado aconsejar, no debe retardar la ejecución porque, en el camino hacia Dios, lo primero que se busca es la prontitud y la solicitud.”
  • “Pobres de nosotros, porque la inestabilidad que deberíamos emplear para huir del mal, la utilizamos para hacer el bien.”
  • “El hombre indeciso está siempre inquieto y nunca se siente contento aunque todo vaya bien; se entristece fácilmente y se enoja, tratando de buscar fácilmente sus consuelos.”

“Necesariamente permanecerá tibio
quien se sustraiga a los oprobios y las penas”

  • “Pablo predica a un Cristo crucificado por todas partes; no sólo al crucificado en sí mismo, sino al crucificado en nosotros mismos; y ésta sola palabra debemos mascarla bien.”
  • “El verdadero espíritu y fervor se puede aumentar renovando a menudo y gallardamente los propios propósitos y además de con violentos esfuerzos corporales.”
  • “¿Eres discípulo de Cristo? Lleva la cruz, mortifica tu cuerpo con hambre y fatigas, cuida la oración, gasta tu tiempo en ayudar al prójimo.”

“El tibio aparta de él lo gordo y retiene lo menudo;
deja las cosas ilícitas, pero quiere todas las lícitas”

  • “Ninguna de tus acciones y oraciones te valen… si haces tu voluntad.”
  • “El demonio acostumbra a vencer a los distraídos.”
  • “Aparta de ti todo, para que así tengas a Dios que lo es todo. Vete libremente a Dios y no te ates a cosa alguna.”

“Vosotros que queréis ser espirituales,
¿tenéis algo que no esté en común con los tibios?”

  • “En la oración y meditación esforzaos por conocer vuestros principales defectos y sobre todo el defecto y el vicio capital en vosotros.”
  • “Podéis comprender que vuestra oración es sólo apariencia de la verdadera oración si, cuando dejáis de orar, sois los mismos de antes: frívolos en el conversar, negligentes en el obrar e imperfectos en todas las cosas.”
  • “Dios, de forma saludable, suele disminuir el furor y la devoción exterior para que el hombre aprenda a comprender si en tiempos de aridez obra menos que en tiempos de fervor exterior; o si más bien, aunque sin tal fervor, mayor y más verdaderamente se llena del divino fervor y de provecho espiritual; y además para que aprenda a compadecerse de los que quizá exteriormente no parecen devotos.”

Se pueden añadir a los síntomas expuestos anteriormente: el confesarse cada tanto, sin regularidad, sin examinarse bien, sin verdadero dolor de los pecados y deseos de cambiar de vida, el no frecuentar la Sagrada Comunión los días de semana si nos resulta posible poniendo todos los medios necesarios, abandonar las oraciones diarias recomendadas por la Iglesia y sobre todo no otorgarle importancia al pecado venial: “Aquel conocido tuyo, muy inteligente, buen burgués, buena persona, decía: “cumplir la ley, pero con tasa, sin pasarse de la raya, lo más escuetamente posible”. Y añadía: “¿pecar?, no; pero darse tampoco”. Causan verdadera pena esos hombres mezquinos, calculadores, incapaces de sacrificarse, de entregarse a un ideal noble.” [11]

Se puede observar externamente nuestra tibieza cuando nos volvemos caprichosos, deseamos más cosas, nos creamos más necesidades, somos menos desprendidos, hablamos con frecuencia de nosotros mismos, solo por nombrar algunas muestras externas de este mal para el alma.

Esta enfermedad espiritual tiene remedios que nos ayudarán a fortalecer la voluntad debilitada, para que el alma pueda reconocer su estado y así podamos reaccionar.  Será necesario asistir a un retiro espiritual para que Dios nos haga ver donde hay que luchar, tomar muy en serio la santidad, amar la Cruz del Señor que nos llevará a tener una lista de varias mortificaciones diarias y a sacrificarnos por los demás por amor a Él uniéndonos a Su Cruz.  Tener un plan de vida espiritual preciso, acudir a la dirección espiritual y por último será determinante tener una profunda devoción a María Santísima.

Para poder salir de la tibieza será necesario querer, no habrá fórmulas mágicas e instantáneas, sino una firme resolución de la voluntad como lo explicaba San Josemaría: “Me dices que sí, que quieres. – Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? – ¿No? – Entonces no quieres. [12]

Sancta Maria, Auxilium peccatorum, ora pro nobis!

Darío Lorenzatti

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[1] Apocalipsis 3,16

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, punto 2094

[3] Apocalipsis 2,4

[4] Camino, punto 291

[5] Efesios 1,4

[6] Apocalipsis 22,11

[7] Amigos de Dios, n.294

[8] Camino, punto 325

[9] Suma Teológica: 1, q.63, a.2, ad 2

[10] Camino, punto 331

[11] San Josemaría Escrivá, Surco, punto 12

[12] Camino, punto 316