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La educación cristiana de los hijos (V) – La edad difícil

Entre los 12 y los 18 años

El periodo que va desde los 12 a los 18 años siempre fue una etapa difícil en la vida de los jóvenes. Era el momento en el que ellos empezaban a solidificar sus cimientos, fundamentar sus propios criterios, y en muchos casos era el tiempo en el que algunos jóvenes recibían la vocación. Hoy día, como consecuencia de una deficiente educación y el influjo negativo que hace sobre ellos el ambiente, se ha transformado en una etapa de tortura para los padres; y para algunos jóvenes -los más piadosos-, en periodo de sufrimiento, pues su fe se ve continuamente atacada por el ambiente, los amigos, el colegio, los medios de comunicación…Es, desgraciadamente para muchos de ellos, la época en la que se separan de Dios, pierden su virtud, abandonan la práctica de la religión, no asumen sus responsabilidades, se hacen rebeldes, e incluso en algunas ocasiones dan los primeros pasos hacia el mal camino.

Es por ello que analizar las causas de este fenómeno, intentar reducir el impacto de todos estos factores en nuestros jóvenes, e intentar ayudar a padres e hijos para que culminen felizmente esta etapa, es el propósito de este artículo.

Es relativamente frecuente comprobar que, aunque los padres se hayan esforzado en formar a sus hijos siguiendo los caminos de las virtudes humanas y cristianas, el golpetazo que sufren los jóvenes en esta etapa es tan fuerte que raro es el que no tambalea y cae. No obstante, aunque el hijo cayere, si la formación previa fue buena, es bastante frecuente que ese joven se recupere pronto; y si no es así, cuando haya madurado un poco y haya tenido que hacer frente a la vida, vuelva si cabe con más intensidad a su fe y a la práctica religiosa.

Los padres han de ser los primeros en tomar conciencia de que su hijo ya no es un niño

Primero de todo, los padres han de darse cuenta que sus hijos ya no son niños; están creciendo, por lo que han de darles un poco más de espacio, pero sin llegar a abrir totalmente la mano pues entonces se escaparían. Saber guardar un equilibrio adecuado será realmente difícil, pues habrá padres que se excedan en el control, y otros padres que sean demasiado laxos y permisivos. Ambas posturas extremas serán incorrectas. Es por ello que hablar padre y madre entre sí para hacer una “estrategia” común  e incluso buscar la ayuda de terceros que tengan cierta experiencia será siempre muy necesario.

Del mismo modo que el padre o la madre acompañan al niño cuando da sus primeros pasos para evitar que se caiga, los hijos necesitan la compañía y el consejo de los padres en este periodo difícil. Con los años, el estudio,  la formación dada por la familia y la Iglesia…, los  hijos van comenzando a formar su propio criterio sobre las cosas. Será de gran ayuda si hubiera entre padres e hijos la suficiente confianza para hablar (sin perder los nervios), intercambiar opiniones y corregir las pequeñas desviaciones que pudieran aparecer. Si los padres tienen “habilidad y paciencia” para tratar con ellos, y los hijos, “humildad e inteligencia” para aceptar el consejo, ya habremos logrado bastante.

Todos los padres suelen conocer suficientemente a sus hijos y saben bastante bien de qué pie cojea cada uno. En esta etapa, esas virtudes y defectos tienden a hacerse más evidentes. Es conveniente que los padres sepan hacer una educación diferenciada según “las cualidades” de cada hijo.

Lo que sí es muy importante es que los padres, se dejen o no los hijos ayudar, en ningún momento se desentiendan y tiren la toalla, o sencillamente no presten ninguna atención o interés. El tener mucho trabajo no es excusa alguna. Si los padres trabajan es principalmente para sacar la familia adelante; por lo que no tendría sentido que para sacar la familia adelante hubiera que desentenderse de los problemas por los que ésta pasa.

Por otro lado, el marido (o la mujer, pues a veces también ocurre) no pueden descargar esta responsabilidad en el otro cónyuge. Es una obligación que han de cumplir los dos en armonía, si es posible.

Lleven también especial cuidado los padres de tratar a todos los hijos con el mismo cariño y cuidado. Es queja bastante común de los jóvenes decir que mi padre (madre) “quiere mucho más de mi hermano que a mí”. En muchas ocasiones, puede que haya algo de envidia de ese joven; pero sí he visto también que las quejas de los chicos suelen ser justificadas en algunas ocasiones. Es normal que los padres tengan “preferencias” por un hijo en concreto, pero han de intentar que no “se les note” demasiado, pues podría hacer daño a los demás, y a ese también. Por otro lado, padre y madre han de intentar balancear su trato con los hijos, de tal modo que si el padre tuviera cierta preferencia por algunos y “pospusiera” a otros, la madre tendría que comunicárselo a su marido y al mismo tiempo, debería intentar suplir con un “extra” de cuidados y cariños a aquellos que fueran más preteridos.

Es frecuente ver la aparición de celos entre hermanos por la razón de que el padre (o madre) presta más atención al hijo que es como él, le sigue “la rosca”, es más trabajador, dócil, inteligente. Y por otro lado, el hijo que sale un poco más “rebelde” y que quizás por ello necesitaría más ayuda, pasa a segundo plano.

Por otro lado, no confundan los padres la rebeldía con la personalidad. Que un hijo empiece a tener sus propios criterios (sin ser malos), y que a veces no coincidan con los de los padres, puede ser signo de personalidad y no de rebeldía. Es conveniente que los padres tengan miras amplias y se den cuenta que su forma de vivir no es la única, siempre y cuando ésta sea virtuosa e intente seguir los principios cristianos.

La frontera de los doce años

Aunque esta frontera oscila en un año o dos, ya sea hacia arriba o hacia abajo, hay un momento bastante puntual en muchas ocasiones, en el que de pronto se ve que el hijo “ha dado un bandazo”. Aunque este cambio ha sido precedido de bastantes señales que indicaban la cercanía de la tormenta, un buen día empiezan los rayos y centellas. El cambio es tan brusco que los padres han de estar al tanto para percibirlo y salir en su ayuda cuanto antes. Podríamos decir que es cuando ese niño se empieza a hacer hombrecito (o mujercita) y empieza a preguntarse el porqué de muchas cosas: cuando no entiende porqué tiene que seguir obedeciendo a sus padres si ve que están equivocados; cuando no entiende porqué tiene que ir a la Iglesia todos los domingos si no “siente” nada; cuando quizás en un “descuido” haya tenido su primer “experiencia” y haya descubierto un mundo que le era bastante ajeno y desconocido.

Es el momento en el que las enseñanzas ya no son aceptadas por pura “fe” en sus padres, profesores, sacerdotes, educadores; sino que es el mismo joven quien ha de aquilatar la verdad. El esquema de ideales que los padres habían enseñado a sus hijos es cuestionado en este periodo. Ellos querrán edificar el suyo propio, por lo que es muy frecuente que desconfíen de aquellos que antes le ofrecían criterios; y en cambio, presten más atención a personas que ni siquiera conocen. Es el tiempo de los “ídolos”. Lo único que aceptarán será si el sistema de valores lo han construido o aceptado ellos personalmente. Más adelante será frecuente que descubran su error en muchos puntos y será entonces cuando hagan un balance entre los que ellos piensan y lo que sus padres les enseñaron.

Si en este momento los padres no fueran conscientes del cambio que está realizando su hijo, ése podría ser un punto de inflexión importante en la vida de su chico, lo cual le podría empezar a separar de usted y de los valores que le había intentado inculcar. Y dado que el demonio está al acecho y conoce muy bien la situación, no desaprovechará la más mínima ocasión para hacer daño e intentar desorientar a su hijo.

Al ser un momento especialmente delicado, cuiden los padres dentro de lo posible, las fuentes de información de donde los chicos están tomando ahora sus valores de referencia. Todos esos medios saben muy bien la situación de debilidad en la que se encuentran y aprovecharán cualquier medio para “adueñarse de ellos”. Me recuerda el caso de los crustáceos cuando cambian de caparazón y se quedan sin protección durante unas semanas hasta que fabrican uno nuevo. Ése es el momento que aprovechan los depredadores para acabar con ellos.

Hasta los dieciocho años

Hasta que los jóvenes lleguen a los 18 años, los padres deberían estar en continua vigilancia día y noche e ir achicando agua para sacar a flote al hijo cuantas veces haga falta. Los padres deberán tener en cuenta que sus hijos están levantando sus propios cimientos y no tenderán a oír lo que los padres le digan por el mero hecho de ser sus padres. Cada consejo que le den tendrá que ir acompañado de razonamientos sencillos y nunca impositores. El ordeno y mando ya no servirá, a no ser que el chico vea en ello el amor de sus padres; pero no por el mero hecho de que venga de sus padres lo aceptarán, como hacían cuando eran pequeños. Todo lo intentarán pasar por su propio filtro; es por ello que deberán llevar especial cuidado con todo aquello que les pueda hacer daño.

A pesar de que en este periodo los hijos tiendan a cerrarse en banda, siempre se podrá encontrar una “puerta abierta” por la que serán relativamente accesibles. Es función de los padres encontrar esos “frentes abiertos” para poderlos usar en el momento oportuno.

Hasta los años 70 del siglo pasado, las fuentes de información a las cuales podían acceder los jóvenes estaban limitadas a la casa, colegio, iglesia, amigos y libros. Esas fuentes de información que antes eran puras, están en el presente cargadas de ideologías que son en muchos casos contrarias a nuestra fe. Y a ellas tenemos que sumar otras que son nuevas, y aunque de suyo pueden ser beneficiosas, la carga ideológica y en ocasiones demoníaca que llevan podrá hacerles mucho daño. Me estoy refiriendo a todo aquello que tiene que ver con las nuevas tecnologías: TV, internet, teléfonos móviles, ordenadores. Por otro lado, si los chicos caen bajo la influencia de esas tecnologías, nunca adquirirán el hábito de lectura, perderán la concentración para el estudio y fácilmente evitarán todo aquello que pueda suponer esfuerzo para el aprendizaje.

Los padres deberán vigilar de modo muy especial todos estos factores adversos. De algunos de ellos ya hemos hablado en los artículos precedentes, por lo que para no repetirme les remito a ellos. Sí deseo recalcar la importancia que tiene sacar todos esos medios tecnológicos de la habitación de los chicos, pues sería como ponerles la tentación en las manos y luego desear que no cayeran.

Otros consejos prácticos para los padres durante esta edad difícil

a.- No permita que sus hijos hagan su santísima voluntad. Acostúmbreles a respetar las costumbres familiares: ir a Misa juntos, comer todos a la mesa, vacaciones para toda la familia. La casa no es una “democracia” donde cada uno vota y luego se sigue la opinión más votada. El jefe de la casa es el padre, quien junto con la madre ha de ejercer responsable y amorosamente la autoridad.

b.- Recuerde el padre que ha de ejercer la autoridad siguiendo el principio cristiano establecido por el mismo Jesucristo: “quien quiera ser el primero de todos, que se haga el último de todos y el servidor de todos”. La autoridad ha de ser ejercida con responsabilidad y determinación; pero también con humildad y actitud de servicio a los demás.

c.- Escuchen los padres la opinión de los hijos; pero sean luego los padres quienes decidan lo que se ha de hacer. Si los chicos se quejan, y esto será habitual, decidles que cuando ellos sean padres podrán hacer en sus casas lo que estimen más oportuno; pero mientras que estén bajo el techo de ese hogar tendrán que cumplir con las normas establecidas.

d.- Cuídense los padres de no minar el uno la autoridad del otro, ni de discutir delante de sus hijos. Ello causaría la pérdida del respeto y de la confianza de los hijos. Si entre los padres hubiere diferencia de opinión en algún tema concreto –lo cual es normal-, dilucídese en privado, pero nunca delante de los hijos.

e.- Los padres no han de ceder nunca cuando están en juego los principios cristianos. Ahora bien, han de tener la suficiente flexibilidad para “tolerar” cosas que a lo mejor no les terminan de gustar, pero que en ningún momento atentan contra los valores de nuestra fe. Si el chico tuviera ya 16 años cumplidos, habrá ciertas áreas en las que habrá de darles algo más de libertad (por ejemplo la Misa de los domingos); ahora bien, si el chico decidiera dejar de ir a la Iglesia, los padres han de hacerle saber que lo que está haciendo está mal.

f.- Respeten siempre los padres la privacidad de sus hijos. Por ejemplo, no está bien leer sus cartas o emails privados. Si los padres sospecharan de algo, tendrán que buscar otros medios para enterarse de lo que ocurre, pero nunca atentando contra la privacidad de sus hijos. Pero por otro lado, no permitan que los hijos conviertan su dormitorio en su “sancta sanctorum” donde los padres no pueden ni entrar. Respeten la habitación, pero siéntase libres de entrar o salir cuando sea necesario. Eso sí, respetando siempre la intimidad de sus hijos. Si por alguna razón vieran cosas inconvenientes en ella, avísenles del error que están cometiendo, pero luego, denles libertad para que sean ellos mismos los que acaben con ellos. No obstante, sean firmes en cuanto a cosas que puedan ser gravemente inmorales: pornografía dura, videos pornográficos, droga, alcohol…

g.- Es frecuente en esta época que los hijos pierdan las ganas de estudiar. Es más, podría ocurrir incluso que quisieran abandonarlos. Es por ello que es conveniente hacerles ver la importancia que éstos tienen; aconsejándoles proseguir, al menos hasta que se saquen el graduado escolar. En esto, sean los padres firmes y al mismo tiempo flexibles. Sean también pacientes y actúen adecuadamente según las cualidades de cada hijo. No todos los hijos tienen que ser abogados ni médicos; la sociedad también necesita oficinistas, agricultores, conductores de autobuses y miles de otros servicios.

h.- Cuiden los padres de modo especial que el hogar sea un lugar donde los hijos reciban buen ejemplo de sus padres y de los demás hermanos. En muchas ocasiones el hogar es el primer lugar donde ellos aprenden a perder el respeto a la madre, porque el padre la ridiculiza delante de sus hijos; o viceversa. O cuando se escudan para actuar mal, porque los padres antes permitieron que el hijo mayor hiciera lo que le venía en gana.

i.- Dado que la familia que están intentando formar es una familia católica, cuiden los padres de modo especial todo lo referente a las prácticas de piedad: bendecir la mesa, ir a Misa juntos, rezar el Santo Rosario en familia y otras costumbres que cada familia pudiera tener. En este punto concreto los padres han de ser firmes y exigentes.

Yo recuerdo, cuando tan sólo tenía once años, que mi padre nos “obligaba” a toda la familia a rezar el Santo Rosario todos los días después de comer. En miles de ocasiones presenté cientos de excusas para escaparme y mi padre nunca cedió. Cuando le decía que mis amigos estaban a la puerta esperándome para irnos a jugar un partido de fútbol, él siempre me respondía: “pues dile a tus amigos que entren a rezar también con nosotros”. Ya me cuidaba mucho de que mis amigos no se enteraran de que en mi casa rezábamos todos los días el Rosario. Ahora, muchos años después, agradezco inmensamente la firmeza y sabiduría de mi padre al no dejarme escapar.

Llegada cierta edad, que pueden ser los 15 o 16 años; los padres han de intentar ser un poco más flexibles en este aspecto y no “forzar” a sus hijos ni a ir a Misa ni a confesarse; pero sí han que hacerles ver, que están haciendo mal y cometiendo un pecado si no lo hacen.

j.- Cuiden también los padres el modo de vestir de sus hijos; especialmente las chicas. Eviten que a los 14 años parezcan ya “vampiresas” usando una ropa inadecuada y en muchas ocasiones provocativa e indecente. Dígase algo similar del maquillaje. Las chicas vistan con pudor y delicadeza. Pero evítese también que vistan como niñas “rancias” de mitad del siglo pasado. Cuidado especial deberán tener los veranos con la ropa de calle y los vestidos de baño.

k.- Cuiden también las fiestas a la que asisten. Evitando que duerman en casa ajena o que la fiesta se prolongue hasta la madrugada. Es bastante frecuente que cumplidos los 14 años hagan ya sus intentos con el alcohol. Y si el alcohol está presente, enseguida llegarán otros invitados: la droga y el sexo. En estos casos, si hay alguna sospecha, más vale pasarse de estrictos que tener que arrepentirse cuando vuelvan borrachos, drogados o sin virtud. En el supuesto de que esto ocurriera, los padres deberán adoptar una actitud firme y decirle a los jóvenes que ya que no fueron capaces de actuar con prudencia…, quedarán castigados sin ese tipo de fiestas durante un plazo prudente de tiempo.

l.- En las discusiones con los hijos, intenten no perder los nervios. Hablen con firmeza, pero al mismo tiempo intenten razonar con ellos. Nunca se podrá aceptar ceder en los principios; pero tampoco se debe ser excesivamente estricto y cerrado en cosas que sean secundarias. Es frecuente ver ambos extremos presentes: unos padres que son excesivamente estrictos y otros que son demasiado laxos y no se inquietan por nada. Y también es frecuente que un progenitor haga de bueno, flexible y laxo, y el otro, de duro, estricto y cerrado. Evítese caer en este error, pues los hijos perderán el respeto por ambos.

Y ya para acabar, encomienden los padres a sus hijos a Dios y a nuestra Santísima Madre todos los días. Ellos son los primeros que saben cuán difícil es cumplir esa misión en la actualidad. Por lo que si así se lo piden, Dios les dará sabiduría, amor, prudencia, flexibilidad y cualquier otra virtud que necesiten para que sus hijos crezcan siguiendo el buen camino. Si a pesar de tanto esfuerzo, los hijos se les fueran de las manos y tomaran un camino erróneo, sigan rezando, tengan paciencia y nunca pierdan la autoridad ni los nervios.

Pero de todo esto hablaremos en el siguiente capítulo. Capítulo que ira destinado de modo más especial a aquellos que ya pasan de los 18 años.

Padre Lucas Prados.




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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