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Toda alma ardiente tiene celo para el bien o para el mal

Hacer más feliz a su semejante y hacerlo más feliz haciéndolo más virtuoso ese es el más perfecto ejercicio de la hermosa virtud de la caridad, es la caridad espiritual mucho más preciosa que la caridad corporal: el alma en efecto es mucho más noble que el cuerpo y el bien que hacemos al cuerpo es efímero, mientras que el bien hecho al alma es eterno.

¿Podemos pues, influir en las almas? Sí, e influimos no pocas veces aun sin pretenderlo ni advertirlo. El hombre hecho para vivir en sociedad no guarda para sí solo los sentimientos de su corazón; los comunica alrededor como la flor difunde su perfume y lo corrupto su hedor así los buenos edifican, los malos escandalizan. Los pecadores enfrascados en el vicio son muy propensos a constituirse en seductores de sus hermanos y poco número de almas corrompidas basta para inficionar muchas pusilánimes: “Un poco de levadura, suele decir San Pablo, hace fermentar toda la masa” (I, Cor. v. 6, et Gal., v. 9). “Guardaos, había dicho Jesús, de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (Mat. XVI, 6). También las almas perfectas ejercen una gran influencia, y algunas muy ardientes pueden ganar para el bien un gran número de almas dóciles. ¿No comparó Jesús el reino de los cielos a la levadura que una mujer revolvió en tres medidas de harina hasta que hubo fermentado toda la masa? (Luc. XIII, 21). Los doce apóstoles fueron esta levadura y bastaron para convertir el mundo.

Hay sin embargo almas que ejercen poca influencia: son las desidiosas, inertes que no hacen ni bien ni mal, las almas apocadas y cobardes que no osan ni luchar contra el pecado ni trabajar en la extensión del reino de Dios. Estas faltan a un gran deber; si recibieron grandes gracias incurren en una responsabilidad temerosa: Jesús declaró que toda higuera estéril sería maldita. Y San Agustín nos enseña que no pocas veces los buenos son castigados con los malos por no haber combatido el pecado que podían impedir. (De civit. Dei, I, 9).

¿Cómo podría ser esto de otra manera? ¿Cómo no había de castigar Dios este egoísmo de un corazón sin celo? En efecto, el que no tiene celo está sin amor: ni amor de Dios, ni del prójimo; no posee el amor de Dios el que no tiene muy entrañado en el alma que Dios sea conocido, adorado, obedecido, amado de sus criaturas; no ama a Jesús el que no desea lo que Jesús tanto deseó, lo que le hizo soportar tantas fatigas, pasar por tantas humillaciones, sobrellevar tantos tormentos; no ama a sus hermanos el que no está dispuesto a emplearse en procurar a los buenos los más grandes bienes, un aumento de felicidad eterna, y librar a los pecadores de las penas eternas del infierno. Hoy mismo van a comparecer delante del Soberano Juez cerca de cien mil criaturas humanas y su suerte será decidida por toda la eternidad; un gran número de ellos están suspendidos sobre el abismo infernal; con nuestras oraciones y sacrificios podemos obtenerles por lo menos a algunos gracias victoriosas que los salven. Conocer esta verdad y negarse a orar y a renunciarse por vivir más a sus anchas, y así dejar caer en las llamas eternas almas que podríamos salvar, es mostrar que uno carece de corazón o de razón.

Augusto Saudreau

“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”




San Miguel Arcángel
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Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor

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