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De la sagrada Eucaristía

Punto primero. Considera que como enseña San Agustín, este grano y semilla que vino a sembrar Cristo en la tierra, es el grano de trigo de su Santísimo Cuerpo Sacramentado, que sembrado en nuestros corazones, es semilla de gloria eterna; porque al que le recibe como debe le da vida eterna. Da muchas gracias al Señor por tan incomparable beneficio como hizo al género humano, y a ti en particular, a quien tenía en la memoria cuando instituyó este Santísimo Sacramento.  Gózate de tal favor, el cual no hizo a los ángeles ni a ninguna otra criatura por el singular amor que tuvo a los hombres y pídele que te haga digno de servirle.

Punto II. Considera cómo de aquella semilla se perdió mucha parte y otra se logró con gran fruto, no por culpa del sembrador ni de la semilla sino de la tierra mal dispuesta, como advirtió Santo Tomás (1). De la misma manera sucede en este grano de trigo que cayó del cielo, que aunque es semilla de vida eterna, pero no toda se logra sino que mucha se pierde por falta de los que la reciben con gran detrimento en sus almas. Llora amargamente una pérdida tan grande y mírate a ti, y considera cuántas veces ha sido sembrada en la tierra de tu corazón, y cuántas se ha perdido el fruto por tu culpa. Atiende al fruto que has sacado y por él conocerás lo que has perdido de aumentos espirituales, y llora sobre ti, pidiendo a Cristo perdón y proponiendo la enmienda en adelante.

Punto III. Considera las causas por las que se perdió aquella semilla del Evangelio: que fueron frecuencia de la gente que la pisó, dureza de la tierra en que cayó, espinas y malezas que la ahogaron al nacer, y el remedio estuvo en limpiar la tierra de las espinas, regarla para enternecerla, y guardarla de los que pasaban para que no la pisasen. Lo mismo pasa en esta semilla celestial del Santísimo Sacramento, que se pierde su fruto por la frecuencia de los hombres y tumulto de negocios en que se ocupan los que le reciben; y por la dureza del corazón seco, y como piedra, sin jugo de devoción, y por las malezas de las espinas de los pecados que brotan de nuestra mala inclinación, y así el remedio es el que da el apóstol San Pablo. Conviene a saber labrar la tierra de nuestros corazones limpiándola de todo vicio, y purificándola de cualquier resabio de mala inclinación o pecado, por venial que sea, y regalarla con el riego de la oración y meditación con que se alcanza la ternura de corazón y la devoción y afectos amorosos con Dios nuestro Señor, y retirarse de los hombres en silencio y soledad, despidiendo todos los negocios terrenos, que divierten y perturban el alma, y no dejan arraigar y crecer esta semilla divina en nuestras almas. Entra con la consideración en la tuya y mira despacio, discurriendo por lo dicho qué te impide para no sacar el fruto que pudieras de las comuniones que recibes y pídele a Dios gracia para labrar tu espíritu y disponerte como debes para recibir a este Señor y lograr los frutos que logran sus escogidos.

Punto IV. Considera cómo la parte de semilla que se logró, no dio igual fruto aunque era de igual virtud; porque una parte dio a treinta, otra a sesenta, y otra a ciento por uno, en que denota la diferencia de frutos que da este grano celestial sacramentado en los que le reciben. Aunque de su cosecha es siempre el mismo fruto y de la misma virtud, por la diferencia de los que le reciben, da diferentes frutos, conforme a su disposición, en unos menos y en otros más, y va tan gran diferencia, que como dice San Buenaventura vale más hacer una comunión hecha con fervor que muchas tibias y con poca disposición. Si todo el mundo se pusiera en una balanza y en otra cualquier parte del fruto que pierde el que le recibe tibiamente, pesará más este que todo el mundo junto. ¿ Oh alma mia, dónde estás que no consideras esto y lo mucho que has perdido y pierdes en cada comunión? Si lloras las pérdidas de la honra y de la hacienda, y más la de la salud del cuerpo, ¿por qué no lloras con lágrimas de sangre tan grandes pérdidas de tu espíritu, y pones todo el esfuerzo posible en recuperarlas? Mira lo que dice San Lucas, que Cristo clamaba al referir las pérdidas de la semilla, por el vivo dolor que le causaban su alma; ¿qué clamores dará pot los frutos que tu pierdes ena sagrada comunión cada día? Oh sembrado divino, enjugad las lágrimas que a mí me pesa de las pérdidas pasadas, y propongo firmemente la enmida en adelante y procurar recuperarlas en las comuniones que hiciere dándome vos vuestra gracia.

Padre Alonso de Andrade, S.J




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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