Tradicionalismo: fidelidad, resistencia, la obra de la Iglesia, por Jean-Pierre Maugendre

El sábado 24 de septiembre de 2022 se celebró en París un simposio sobre el futuro de la Misa tradicional que reunió a cerca de 500 participantes. El gran éxito de este evento, coorganizado en particular por las asociaciones Oremus-Paix Liturgique y Renaissance Catholique, se debió a la calidad de las intervenciones y, en particular, a la de Jean-Pierre Maugendre, presidente de Renaissance Catholique, cuya traducción ofrecemos a continuación.

Todo empezó bien:

“El Concilio que acaba de abrirse es como una aurora resplandeciente que se levanta sobre la Iglesia, y ya los primeros rayos del sol naciente llenan de dulzura nuestros corazones. Todo aquí respira santidad y trae alegría. Vemos estrellas brillando en la majestuosidad de este templo, y estas estrellas, como testifica el Apóstol Juan (Apoc. 1:20), ¡sois vosotros!”

¡Eso dijo el buen papa Juan en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962! El programa propuesto era bíblicamente simple:

“La Iglesia nunca ha dejado de oponerse a los errores. Incluso los ha condenado a menudo, y muy severamente. Pero hoy, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia, en lugar de empuñar las armas de la severidad, responde mejor a las necesidades de nuestro tiempo subrayando la riqueza de su doctrina.”

El método propuesto era perfectamente claro:

“Es necesario que [la Iglesia] se vuelva hacia los tiempos presentes, que traen consigo nuevas situaciones, nuevas formas de vida y abren nuevos caminos para el apostolado católico. Es por esto que la Iglesia no ha permanecido indiferente ante las admirables invenciones del genio humano y el progreso de la ciencia que disfrutamos hoy, y que no ha dejado de apreciarlas en su verdadero valor.”

Estas intenciones, sin duda muy loables en el fondo, condujeron en realidad a lo que Jacques Maritain —quien no puede ser sospechado de tradicionalismo, e incluso, si se me permite decirlo, fue más bien el “Imán Oculto” del Concilio Vaticano— llamó en el Campesino del Garona: “Arrodillarse ante el mundo”.

En pocos años se derrumbó una herencia de muchos siglos; hábitos milenarios fueron olvidados, maldecidos, castigados y condenados. Doña Rosa, el ama de casa promedio, que no había leído las Actas del Concilio y no tenía intención de dedicarles ni diez segundos, observó con asombro, en su parroquia:

• La disolución del coro, que no era perfecto, pero…
• La eliminación del latín; bueno, ella no entendió nada de eso, pero el objetivo era que Dios entendiera.
• La aparición de una mesa frente al altar ¡donada por su vecina!
• La celebración de la Misa de cara al pueblo, que hacía que el celebrante volviera la espalda al tabernáculo, lo que le parecía incongruente a doña Rosa, pero no al celebrante.
• La distribución de la Comunión en la mano; Doña Rosa había visto incluso a niños meterse la hostia en el bolsillo.
•  La alteración del calendario y la supresión del patrón de la parroquia. Se enteró de que incluso Santa Filomena, la santa favorita del Cura de Ars, había desaparecido en medio de la confusión.
•  La destrucción de los confesionarios.
•  La prohibición de arrodillarse.
•  La supresión de las procesiones de Corpus Christi.
•  El abandono del rezo del Rosario.

Y así sucesivamente… Doña Rosa hizo lo mismo que hizo otra vecina; decidió no volver a ir a la iglesia, excepto a bodas y funerales. Su religión había sido cambiada.

Como informa Patrick Buisson en su importante libro La fin d’un monde, citando a una buena madre, esposa de un mecánico: “La religión no debe cambiar, ya que lo que buscamos es estar seguros de algo”. Por su parte, Guillaume Cuchet señala, al concluir su valiosa obra Cómo nuestro mundo dejó de ser cristiano:

“Esta ruptura dentro de la predica católica creó una profunda discontinuidad en los contenidos predicados y vividos de la religión antes y después de la década de 1960. Es tan manifiesto que un observador externo podría legítimamente preguntarse si, más allá de la continuidad de un nombre y del aparato teorético de los dogmas, sigue siendo la misma religión.”

Todo esto fue impuesto con una brutalidad inaudita. Esta brutalidad ciertamente se oponía al discurso oficial sobre “la escucha, la apertura, el diálogo, el respeto por los demás y la aceptación de las diferencias”, pero era necesaria porque todas estas convulsiones no respondían en modo alguno a las demandas de los fieles católicos.

Una encuesta del 13 de agosto de 1976, en el corazón del “verano caliente” (llamado así por la ola de calor de ese año, pero también en referencia a la misa tradicional celebrada por Mons. Lefebvre, ante miles de fieles, en Lille), publicado por el IFOP y el Progrès de Lyon, reveló la magnitud del malestar. Mientras que el 40% del común de los feligreses sentía que las reformas iniciadas por el Vaticano II debían continuar, el 48% sentía que la Iglesia había ido demasiado lejos en sus reformas. A esta cifra, sin duda, hay que añadir la gran mayoría de los que simplemente habían dejado la práctica religiosa entre 1965 y 1976. Incluso hoy, todas las encuestas realizadas por la asociación “Paix Liturgique” confirman estas opiniones. En general, hoy por hoy el 30% de los fieles practicantes asistirían a la misa tradicional si se celebrase en su parroquia.

Si bien está de moda denunciar el clericalismo, los años que siguieron al Concilio fueron sobre todo de un clericalismo desenfrenado, en consonancia con lo que analizó Mons. Schneider en su indispensable obra Christus Vincit: “El fenómeno del ‘Vaticano II’ parece ser un enorme espectáculo de triunfalismo clerical.” La salida de doña Rosa de su parroquia no molestó a su párroco; ciertamente fue preocupante para la canasta de la colecta, pero el  cura había asimilado bien el postulado “mil veces repetido, de que la evangelización de los que estaban lejos sólo podía hacerse después de la expulsión de todos los que estaban falsamente cerca”, según la luminosa sinopsis de Patrick Buisson. Como un obispo citado en la revista Itinéraires de Jean Madiranescribió: “La Iglesia está pasando de un cristianismo sociológico a un cristianismo auténtico”.

El tradicionalismo es ante todo eso mismo: una fidelidad a las creencias, a los hábitos, a los comportamientos sobre los que los años posconciliares pretendían dar el golpe de gracia. Durante siglos, la vida de la campiña francesa estuvo marcada por la Iglesia: pensemos en el Ángelus de Millet, las procesiones de Rogativas, las oraciones públicas para atraer las bendiciones de Dios sobre la tierra. El mundo había cambiado. Citemos a Mons. Paul-Joseph Schmitt, entonces obispo de Metz: “La transformación de la civilización que estamos viviendo implica cambios no solo en nuestro comportamiento externo sino en la concepción misma que tenemos de la creación, así como de la salvación traída por Jesucristo” (L’hérésie du XXème siècle, Jean Madiran, pág. 130). Esto se manifiesta en las palabras de un informe episcopal de 1969: “Para escándalo o risa del hombre moderno, una parte (en realidad cada vez más reducida) de nuestra liturgia sigue pidiendo a Dios lo que el campesino pide a los fertilizantes: una salvación cósmica que hace de Dios el sustituto de nuestras insuficiencias” (citado por Rémi Fontaine en Présent 7726, 10 de noviembre de 2012). ¿No es esto confundir y oponer la causa primera con las causas segundas?

La Iglesia ya no era la única arca de salvación; era sólo un medio “para que el hombre se hiciera plenamente hombre”, “una experta en humanidad”, en palabras de Pablo VI. La “tragedia” fue que este giro hacia el hombre no pareció despertar el entusiasmo de los que toman las decisiones políticas.

Como es lógico, esta revolución contra la tradición suscitó resistencias. Algunos sacerdotes se negaron a celebrar el nuevo Ordo Missae, argumentando que la bula Quo Primum de san Pío V y su permiso a perpetuidad eran la base de sus dudas teológicas, en línea con el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae de los cardenales Ottaviani y Bacci. En toda Francia, los laicos se reunieron para apoyar a los sacerdotes que continuaron celebrando la misa según el “usus antiquior”. Mencionemos, en mi Bretaña natal, al doctor Pacreau en Brest, al profesor Lozachmeur en Rennes. Salones, auditorios, polideportivos, la sala Wagram de París, acogían a un número creciente de fieles desorientados, magullados, heridos, deseosos de permanecer fieles a la liturgia que había santificado a sus padres. Algunos sacerdotes permanecieron fieles a la misa de su ordenación o volvieron a ella después de algunos años de práctica reformada. Mencionemos a monseñor Ducaud-Bourget, al padre Reynaud, al padre Calmel OP, al padre Marziac, al padre Réveilhac, al padre Montgomery, al padre Sulmont, al canónigo Porta, al canónigo Roussel, etc.

Surgió una resistencia intelectual: mencionemos los artículos del padre Bruckberger OP en L’Aurore, los de Louis Salleron en Carrefour y su libro La Nouvelle Messe. Por encima de todo, la revista Itinéraires, fundada en 1956, recuerda, en el estilo chispeante y preciso de Jean Madiran, las razones de esta resistencia:

“Los niños cristianos ya no son educados sino degradados por los métodos, prácticas e ideologías que ahora prevalecen con mayor frecuencia en la sociedad eclesiástica. Las novedades que se imponen en esta sociedad alegando –con razón o sin ella– basarse en el último Concilio, y que consisten en retrasar y disminuir la instrucción de las verdades reveladas, y en adelantar y aumentar la revelación de la sexualidad y sus hechizos, están creando una generación de apóstatas y salvajes en todo el mundo, cada día mejor preparados para matarse ciegamente unos a otros. (Declaración Fundamental de la Revista Itinéraires)”

Estas líneas no han envejecido ni un poco. Subyacen a una reivindicación que sigue vigente hoy en día, tal como está escrito en el libro del mismo nombre:

“Está claro que el pueblo cristiano en su conjunto y el clero católico difícilmente pueden tener el coraje o el discernimiento para guardar la Sagrada Escritura, el Catecismo Romano y la Misa Católica de manera espontánea; no pueden tener el coraje ni el discernimiento para mantenerlos a toda costa en el centro de la educación de los niños. Para que tengan este discernimiento y valor, deben estar positiva y suficientemente animados por la autoridad espiritual que Dios ha establecido para este propósito. Por eso, dirigiéndonos a los líderes de la jerarquía eclesiástica, hacemos un reclamo ininterrumpido: ¡Devuélvannos las Escrituras, el Catecismo y la Misa! Estamos de rodillas ante los Sucesores de los Apóstoles, arrodillándonos como hombres libres (como decía Péguy), rogándoles e invocándolos por la salvación de sus almas y por la salvación de sus fieles que devuelvan al pueblo cristiano la Palabra de Dios, el Catecismo Romano y la Misa Católica. Hasta tanto lo hagan, es como si estuviesen muertos. Les pedimos nuestro pan de cada día y nos siguen dando piedras. Pero estas mismas piedras claman contra ellos al Cielo: ¡Devuélvenos las Sagradas Escrituras, el Catecismo Romano y la Misa Católica! ¡Cuando los hombres de la Iglesia no quieren oírlo, clamamos nuestro reclamo a la tierra y al cielo, a los ángeles y a Dios!”

Si bien esta afirmación, hecha por primera vez en 1972, no se puso en práctica plenamente, es innegable que poco a poco, lo que debiera llamarse la prohibición de la celebración de la misa se levantó… esto es, hasta la publicación del nefasto motu proprio Traditionis Custodes el 16 de julio de 2021.

Sin embargo, la resistencia tradicionalista cristalizó rápidamente en torno a un prestigioso prelado, Mons. Marcel Lefebvre, arzobispo emérito de Dakar, delegado apostólico para el África Francesa, superior general de los Padres del Espíritu Santo, fundador en 1970 de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y del Seminario Internacional de Ecône. En una época en la que ningún sacerdote era instruido en la celebración de la misa tradicional, a excepción del seminario de Mons. de Castro Mayer en Campos, Brasil, Mons. Lefebvre llevaba las esperanzas y expectativas del mundo tradicional. Fue así, durante años, el único obispo en formar y ordenar sacerdotes para la misa tradicional, lo que rápidamente le metió en líos con las autoridades romanas, desde la declaración del 21 de noviembre de 1974, hasta las consagraciones sin mandato pontificio de 1988, pasando por el “suspens a divinis” de 1976.

Esta declaración de 1974 es uno de los actos fundacionales de la resistencia tradicionalista:

“Nos adherimos con todo el corazón y el alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esta fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Por otro lado, nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencias neomodernistas y neoprotestantes, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que siguieron. Todas estas reformas, de hecho, han contribuido y contribuyen a la demolición de la Iglesia, a la ruina del sacerdocio, a la aniquilación del sacrificio y de los sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a una enseñanza naturalista y teilhardiana en universidades, seminarios, catequesis, enseñanzas provenientes del liberalismo y del protestantismo, condenadas muchas veces por el solemne magisterio de la Iglesia”

Mons. Lefebvre no era un hombre de partido: respondía a las peticiones de sacerdotes que le hacían los laicos; apoyó a las comunidades religiosas cuyos fundadores o fundadoras rechazaron, en conciencia, la nueva liturgia, el nuevo catecismo y la “refundación” de las constituciones de su comunidad en el sentido conciliar deseado por el decreto Perfectae Caritatis. Mencionemos aquí a Dom Gérard Calvet, fundador de la abadía benedictina de Le Barroux; el padre Eugène de Villeurbanne, fundador de los Capuchinos de la Estricta Observancia, cuya casa matriz se encuentra hoy en Morgon; la Madre Hélène Jamet, que con la ayuda del Padre Calmel mantiene las tradiciones de las Hermanas Dominicas del Santo Nombre de Jesús en Brignoles; la Madre Anne-Marie Simoulin, que procedía de la misma congregación y se instaló en Fanjeaux; la Madre Elisabeth de La Londe, fundadora de la abadía benedictina de Le Barroux; la Madre Gertrudis de Maissin, fundadora de la abadía benedictina ubicada hoy en Perdechat, etc.

En este contexto, surgió un movimiento apostólico, el MJCF (Mouvement de la Jeunesse Catholique de France), un verdadero semillero de líderes y escuela para los dirigentes de la Tradición del que nacieron múltiples hogares cristianos, un obispo, varios abades o superiores de comunidades religiosas (Le Barroux, Lagrasse, Morgon, los Misioneras de la Divina Misericordia), varias abadesas o superioras de comunidades religiosas femeninas (Le Barroux, Perdechat…). Surgieron nuevas comunidades religiosas: la Fraternidad de la Transfiguración en Mérigny, bajo la égida del padre Bernard Lecareux; dos comunidades dominicanas: la Fraternidad de Santo Domingo en Avrillé, originalmente formada por miembros de la MJCF, y la Fraternidad de San Vicente Ferrer en Chéméré-Le-Roi con el Padre de Blignières y el Padre Guérard des Lauriers OP.

A partir de 1983, por iniciativa del Centre Henri et André Charlier, una peregrinación convocó a multitudes cada vez más grandes en Pentecostés desde Notre-Dame de Paris hasta Notre-Dame de Chartres, siguiendo los pasos de Charles Péguy. El mensaje en torno al cual todos están unidos podría resumirse así: “Practiquemos la religión de nuestros padres. Experimentemos la Tradición. Dondequiera que se le permita florecer, este experimento es concluyente”.

Guillaume Cuchet, que no debe ser sospechado de tradicionalismo ya que es miembro del consejo editorial de la revista jesuita Etudes, observa con honestidad:

“Este alejamiento de la cultura del deber y la obligación —camino en el que la Iglesia ha precedido, en muchos aspectos, al mundo civil, especialmente al mundo escolar y educativo— es un acontecimiento fundamental sobre el que convendría reflexionar. En familias y entornos donde esta cultura se ha mantenido y modernizado, las tasas de transmisión [de la Fe] a menudo han sido mejores.”

Hoy en día, las comunidades tradicionales representan del 12 al 15% de las ordenaciones sacerdotales en Francia, muy por encima del peso numérico de los “tradis” en la demografía católica de Francia. El mundo tradicional en su conjunto es joven y misionero. Joven por las familias numerosas que allí se forman, “esas familias católicas con sus hijos rubios”, como se burlaba simpáticamente Fabrice Luchini en la película Alceste à bicyclette. Joven, porque las conversiones son numerosas, atraídos por el tríptico: “trascendencia, excelencia, coherencia”.

¿Por qué la jerarquía eclesiástica persiste en una negación tan flagrante de la realidad ante tales hechos? ¡Es un misterio! Un misterio que podemos, sin embargo, obligarnos a esclarecer a la luz de dos análisis particularmente penetrantes. Como escribió Paul Vigneron en Les crisis du clergé français contemporain, ya en 1976:

“No se trata de contentarse con decir, como un emperador horrorizado por cuatro años de guerra atroz: ‘¡No queríamos que las cosas fuesen así!’. Debemos tener el coraje de hacernos la pregunta inevitable: He aquí 30 años durante los cuales hemos estado haciendo “experimentos”, apostólicos o de otro tipo; en los que estuvimos en busca de nuevos métodos de oración y disciplina, sin haber logrado nunca encontrarlos. Después de tantos intentos, ¿nos atreveremos, por fin, a arriesgar un último más? ¿Podríamos probar sencilla y fielmente aquellos métodos de apostolado y espiritualidad que habíamos rechazado, tal vez con temeridad, unos treinta años atrás? Y si por casualidad estos métodos, que han demostrado su eficacia, consiguieran —¡quién sabe!— devolvernos la alegría del corazón que hemos perdido, si llenaran de nuevo nuestros seminarios, que han quedado casi desiertos, ¿nos atreveremos a admitir finalmente que estuvimos equivocados?
          ¡Pero he aquí, precisamente, la palabra más difícil de pronunciar! Después del arresto de Cristo, algunos de los apóstoles lo negaron porque temían por sus propias vidas. Hoy, es mucho más que sus vidas lo que está en juego para quienes se han adherido —a veces con entusiasmo y sin necesariamente ver su carácter pernicioso— a las tendencias innovadoras que surgieron alrededor de 1945. Ahora han llegado a la edad de ser influyentes y, a veces, de tener una gran responsabilidad. Es su autoestima la que debe sacrificarse diciendo humildemente: ‘¡Sí, tal vez nos hemos equivocado por mucho tiempo!’. Los hombres valientes pueden, como los primeros apóstoles después de su apostasía, finalmente sacrificar su vida a Dios… pero ¿puede hacerlo el amor propio?”

Pierre Chaunu, el célebre historiador protestante, escribió, por su parte, en la conclusión de su obra, publicada en 1975, De l’histoire à la prospectiva:

“Antes de la sequía cuantitativa de postulantes al sacerdocio, es una sequía intelectual y espiritual de las vocaciones lo que afecta a la Iglesia en Francia desde alrededor de 1930. La mediocridad intelectual y espiritual de los líderes existentes en las iglesias occidentales a principios de la década de 1970 es angustiosa. Una parte importante del clero de Francia constituye hoy un lumpemproletariado social, intelectual, moral y espiritual; de la gran tradición de la Iglesia esta fracción a menudo ha conservado sólo su clericalismo, intolerancia y fanatismo. Estos hombres rechazan una herencia que los aplasta, porque son intelectualmente incapaces de comprenderla y espiritualmente incapaces de vivirla.”

Esta mención a la jerarquía eclesiástica es una de las principales características del movimiento tradicionalista. Las consagraciones de 1988 dividieron este mundo en dos componentes unidos por la misma fe, la práctica de los mismos sacramentos, la misma voluntad de no romper con la estructura jerárquica de derecho divino de la Iglesia, la misma preocupación por el reinado social de nuestro señor Jesucristo.

Se ha construido un “ecosistema” tradicionalista, con sus lugares de culto, sus publicaciones, sus encuentros, sus escuelas, sus peregrinaciones, etc. El riesgo sería entonces hundirse en un comunitarismo ensimismado, ajeno a las cuestiones de la Iglesia universal. Hacer de la Tradición un fósil, similar a lo que se ha convertido la ortodoxia rusa, de la que el padre Martin Jugie escribió en su obra sobre Joseph de Maistre y la Iglesia greco-rusa: “Durante muchos siglos, Oriente se ha acostumbrado a considerar la doctrina revelada como un tesoro para ser guardado, no como un tesoro para ser explotado; como un conjunto de fórmulas inmutables, no como una verdad viva e infinitamente rica que el espíritu del creyente busca comprender y asimilar cada vez mejor”. Joseph de Maistre, en su obra Du Pape, observó: “Todas estas iglesias separadas de la Santa Sede en el siglo XII, pueden compararse a cadáveres congelados cuyas formas ha conservado el frío”.

Una fecunda advertencia para quienes puedan olvidar que la lucha por la Tradición es ante todo una obra de la Iglesia. Si la Iglesia no comienza con el Vaticano II, tampoco se refugia, a partir del Vaticano II, en estructuras que serían ajenas a la organización visible y querida por Dios de la Iglesia: el Papa y los obispos. ¡Es un gran misterio, con dilemas a veces terribles! Es un llamado a dejarnos guiar por san Gregorio de Nisa que decía: “El camino correcto es el camino de las montañas”. Recordar que según Emile Poulat: “La historia de la Iglesia no es un lugar de reposo del Corpus Christi”. Si los eclesiásticos de hoy parecen ocupados por una mundanalidad ajena a la Iglesia, no hay, sin embargo, más que una sola Iglesia cuya sede está en Roma y cuya cabeza es el Papa. El mayor drama de nuestro tiempo es que la misma Iglesia nos distribuye, por los mismos canales y a veces al mismo tiempo, no sólo los medios y las palabras de Salvación sino también palabras insípidas e insignificantes, sentimentales y filantrópicas, sin vigor para el bien ni vigor para el mal. Desfigurada, a veces demasiado humana o mundana, ni francamente católica y antimodernista ni francamente modernista y anticatólica, la Iglesia sigue siendo la Iglesia, única Arca de Salvación.

Las dificultades del tiempo presente no deben ser motivo de desánimo, al contrario. Si nuestros mayores alguna vez temieron que el hilo de nuestra tradición litúrgica y doctrinal se rompiera por completo, nuestra situación ya no es esa. Sabemos que el futuro nos pertenece porque, por la Tradición, estamos vinculados a los mismos Apóstoles y, por tanto, a Cristo. Las modas van y vienen. La Cruz de Cristo sigue protegiéndonos e iluminándonos con sus brazos extendidos.

Finalmente, en esta lucha, porque es una lucha —toda la vida cristiana lo es—, tendremos presente el precioso consejo del padre Calmel, intrépido defensor de la misa tradicional: “Seamos testigos de la fe, como lo fueron nuestros hermanos, los mártires de los primeros siglos en medio de violentas persecuciones. Se mostraron no sólo fuertes y valientes, sino también mansos y pacientes, y esto porque sus almas ardían en caridad”.

Artículo original. Traducido por Agustín Silva

RORATE CÆLI
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Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos

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