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Un profeta poderoso en obras y palabras

Las lecturas de la Misa en los dos últimos domingos nos han hablado de la vocación al seguimiento de Jesús y de la llamada a la conversión. A partir de hoy, durante varios domingos se nos presentarán las curaciones como los primeros signos del Reino de Dios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos como la enfermedad o la muerte, Jesús nos muestra que no vino a acabar con el dolor ni a poner fin a sus causas sino que esos milagros eran unos «signos» cuyo significado más profundo hay que leer. Esto lo observamos en particular en el Evangelio de san Juan: si en los sinópticos los milagros aparecen, en general, como obras de misericordia, para el Discípulo Amado son signos de la grandeza y de quién es Cristo. Por eso hacen surgir o crecer la fe (cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 944, 994).

Por un lado, los milagros de Jesús atestiguan que Él era el Mesías anunciado por Dios en el Antiguo Testamento y esperado por el pueblo de Israel (cfr. Lc 7, 18-23). Por otra parte, remiten a una curación más radical que devolver la salud a un enfermo o, incluso, la vida a un muerto. Los milagros de Jesús anuncian que Jesús viene a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado «que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas» (cfr. CATIC, 547-550). Veamos estos dos aspectos con más detalle.

I. Jesús, Profeta. En la 1ª lectura (Dt 18, 15-20) se anuncia la institución de los profetas como algo que habría de permanecer en Israel tras la muerte de Moisés y, además, el anuncio del Profeta por antonomasia, “con mayúsculas”, que había de ser el Mesías. El mismo Jesús se refiere a esta profecía cuando dice: «Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él» (Jn 5, 46) y san Pedro (Hch 3, 22) y san Esteban (Hch 7, 35) la aplican directamente a Jesucristo (Fillion).

Conviene recordar que «profeta» no es sólo, ni principalmente el que predice el porvenir, sino el que habla en nombre de Dios. Por eso, en la carta a los Hebreos se subraya la continuidad entre los profetas, de los que Dios se sirvió para hablar a su pueblo en el Antiguo Testamento, y Jesucristo que es la Palabra definitiva del Padre para toda la humanidad: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1, 1). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo y no habrá otra palabra más que esta.

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. […] Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo» (SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al monte Carmelo 2, 22, 3-4).

Como nos enseña el Catecismo Romano, el nombre de Profeta conviene con toda propiedad a Jesucristo porque nos enseñó la voluntad de Dios y por su doctrina recibió el mundo el conocimiento del Padre celestial.«Y todos los demás que fueron honrados con el mismo nombre, habían sido sus discípulos, y enviados principalmente a anunciar este Profeta que había de venir para salvar a todos» (I, 3, 7).

II. «Manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». Camino de Emaús, los discípulos hablan de Jesús como «un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo» (Lc 24, 19). Haciéndose eco del comentario de la muchedumbre que escuchaba a Jesús, san Marcos en el Evangelio de este domingo (IV del Tiempo Ordinario, ciclo B: Mc 1, 21b-28), proclama con admiración que «estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (v. 22). Esa autoridad se refiere a su enseñanza y a su poder sobre el demonio del que daba prueba con la curación de aquel hombre. Dentro del conjunto de los milagros de Jesús, en particular los exorcismos liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de la Cruz por que la será definitivamente establecido el Reino de Dios («Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí»: Jn 12, 31-32).

Durante siglos, los profetas habían anunciado «una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (cf. Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cf. Is 49,5-6; 53,11)» (CATIC, 64). Ahora Jesús habla con una autoridad propia que no es la de los antiguos maestros de Israel. Su palabra es la de Dios y por eso no solamente anuncia la buena noticia (el «Evangelio»), la salvación, sino que Él mismo es el que obra la salvación llevando a su plenitud el cumplimiento de las profecías. Por eso dirá en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 22).

III. «Haced discípulos a todos los pueblos». Como bautizados hemos sido hechos miembros del Cuerpo místico de Cristo, por eso participamos también de su misión: «Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo» (CIC, c. 204 § 1).

Por tanto, la misión profética de Cristo se perpetúa hoy en la Iglesia que cumple el mandato del Señor («Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado»: Mt 28, 19-20) según la propia condición de cada uno de sus miembros:

– En su jerarquía (los obispos y sacerdotes) que debe transmitir con fidelidad el depósito de la fe mediante la predicación.

– En los fieles laicos, en cuanto destinatarios de la enseñanza de los pastores y también cuando ellos mismos evangelizan, es decir, anuncian a Cristo con el testimonio de la vida y de la palabra y lo hacen con una eficacia particular en medio de las condiciones generales de nuestro mundo.

Pidamos al Señor que los cristianos cumplan con su misión profética anunciando al mundo el Evangelio y dando testimonio de Él por su fe, esperanza y caridad.

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Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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