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Él permanece eternamente

Hay todavía algo más maravilloso en la Redención realizada por Jesús. Es verdad. Ha resucitado y vive en su gloria. Sin embargo, no quiso que se cerraran las llagas adorables de sus manos, pies y del costado y con esas llagas se presentó a sus apóstoles, testigos de su pasión, muerte y resurrección, declarando: “Soy yo mismo” (Lc. 24, 39). No se cerraron esas llagas suyas para que no perdiéramos la memoria de que Él es el vencedor porque Él es la víctima.

Su sacrificio de hoy

Hoy en día hay quien querría -olvidando lo que la Iglesia ha enseñado siempre- eliminar el crucifijo de las iglesias mismas, porque hoy Él ya no está sobre la cruz, sino que es el resucitado. Hoy se querría olvidar la via Crucis para ceder el puesto a la via Lucis, 14 estaciones en las que ya no se evocan las etapas de la pasión y muerte de Jesús, sino otras 14 estaciones que recuerdan sus encuentros de resucitado con los apóstoles y sus amigos. Por ello, ya no tendremos que recorrer más “el camino de la cruz”, como se enseña en el evangelio (“Tome su cruz y sígame”) a los santos, a los místicos, a los buenos católicos sencillos, sino “el camino de la luz”, por el cual, ya resucitados en esta vida, gozaremos de la misma alegría del resucitado.

Sería bonito, si fuera así, pero basta la vida misma para desmentir esto.

El magisterio auténtico de la Iglesia siempre ha enseñado que la pasión de Jesús está terminada en cuanto a su aspecto de “crónica”, objeto de experiencia sensible, por parte de los verdugos que lo pusieron en la cruz y de los buenos que estaban con Él en el Calvario, ese trágico viernes, y de los historiadores que se documentan sobre la existencia y la muerte de un justo.

Pero, siendo Jesús el Hijo de Dios, el eterno, el presente, el contemporáneo de todo hombre, de todo instante de la Historia, su sacrificio al Padre, en expiación de nuestros pecados y por nuestra salvación, permanece para siempre, prevaleciendo en su persona de Cordero inmolado con las llagas de su pasión, vivo ahora, puesto frente a Dios para interceder por nosotros.

“Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros (…) no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna (…) Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida” (Heb. 9, 11-15).

Él, por tanto, es de ayer, de mañana, de hoy y de siempre, el primero y el último, y por consiguiente contiene y domina el ciclo entero de las generaciones humanas y emerge sobre todas, Redentor, Salvador, Sacerdote sumo y eterno, hoy y siempre más allá del espacio y del tiempo, y reúne con su mediación universal a los hombres de cada rincón de la historia y del mundo, contemporáneo de todo hombre con su sacrificio.

Jesús es contemporáneo de todo hombre con el amor y la potencia de su sacrificio, de modo que en verdad podemos decir: “En este momento Jesús está padeciendo y muriendo por mí. ¿Cómo no amarle, no enamorarme de Él y darle mi existencia? A quien preguntara: “¿El Señor sufre de verdad cada vez que yo peco?” se le puede responder: “¡Ciertamente! ¡Sufre, no como le hicieron sufrir los judíos, sino como le haces sufrir tú, que pecando ofendes a Dios!”

Todos nosotros, cada vez que pecamos, ofendiendo a Dios crucificamos a Jesús, cuya muerte no se remonta solamente a hace 2000 años porque se produce en el presente mismo del Verbo de Dios, que la padece. Entre el pecado de cada hombre y el sacrificio de Jesús se da una contemporaneidad: el pecado le inflige la muerte, pero es también verdad que cada acto de amor hacia Él, toda existencia vivida y consumada por Él nos asocia a su sacrificio por la salvación del mundo, adora, expía, alaba e intercede con Él, repara y satisface, se convierte en medio de redención ante el Padre por todos los hermanos.

Por ello es muy justo decir que Jesús crucificado no es de ayer, sino de hoy, contemporáneo de cada hombre, Jesús crucificado es de hoy, de siempre, Jesús crucificado permanece eternamente.

El Calvario sobre el altar

Jesús, sin embargo, ha querido hacerlo más grande, con la inventiva sin límites de su amor infinito, de su amor divino, encontrando el medio para que su sacrificio redentor, perenne sacrificio de justicia y de amor, pudiera estar unido a nuestra vida, de modo verdadero y real, incluso sensible. Sabemos lo que hizo la tarde anterior a su pasión, durante la cena con sus apóstoles, antes de padecer y de morir… Jesús tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:

“Tomad y comed todos. ESTO ES MI CUERPO OFRECIDO EN SACRIFICIO POR VOSOTROS. Del mismo modo, después de la cena, tomó el cáliz y, habiendo dado gracias, lo dio a sus discípulos y dijo: Tomad y bebed todos de él. ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE PARA LA NUEVA Y ETERNA ALIANZA, DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS. Haced esto en memoria mía”.

El pan y el vino consagrados por Él aquella tarde del Jueves Santo, antes del día de su pasión y de su muerte, se convirtieron en Jesús vivo y verdadero, TRANSUBSTANCIADOS EN ÉL; todo entero en el cuerpo, sangre, alma y divinidad del Hombre-Dios. Aquella misma tarde, Jesús mandaba a sus apóstoles repetir su gesto, consagrándolos sacerdotes de la Nueva Alianza, para siempre. El mismo poder lo confería, a través de ellos, a sus sucesores, a los obispos y sacerdotes para que continuaran en su nombre, en la persona misma de Jesucristo, su misión de Sumo y Eterno Sacerdote.

Como hemos escrito hace poco: Jesús crucificado no es de ayer, sino de hoy, contemporáneo de cada hombre, Jesús crucificado es de hoy, de siempre, Jesús crucificado permanece eternamente.

Y bien, este Jesús mismo, sacerdote que ofrece y Víctima ofrecida en adoración y expiación en virtud del prodigio de la transubstanciación, se hace presente sobre el altar, en medio de nosotros, bajo las especies del pan y del vino, nos une a su ofrecimiento. La Santa Misa, antes de todo y esencialmente, es el sacrifico de adoración y expiación consumado por Jesús en la cruz, como su ofrecimiento supremo al Padre, dirigió a expiar el pecado y a salvar una humanidad de pecadores, de la cual Él es mediador.

Precisamente por ser acción del Hijo de Dios encarnado, este sacrificio se eleva y emerge como “el hecho único”, infinitamente eficaz, central, respecto de todos los hechos de la historia. Aquel sacrificio suyo de la cruz, que permanece eternamente, contemporáneo de todo hombre, se representa (hecho presente, evidenciado, mostrado, puesto a nuestra disposición) en la Santa Misa sobre el altar. JESÚS, EL CRUCIFICADO VIVIENTE, ESTÁ AHÍ CON SU SACRIFICIO, COMO EN EL CALVARIO.

El Calvario, por tanto, todavía está ahí. El crucifijo sigue erguido sobre el “Calvario eucarístico”, que es el altar. Sobre el altar, como sobre el Calvario, está Jesús, que se ofrece y se inmola. “La misa, celebrada por el sacerdote que representa la persona de Cristo en virtud del poder recibido en el sacramento del Orden y ofrecida por él en el nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, ES EL SACRIFICIO DEL CALVARIO HECHO PRESENTE SACRAMENTALMENTE EN NUESTROS ALTARES” (Mediator Dei, del ven. Pío XII, 20-XI-1947).

En el Calvario, como en el altar, idéntico es el sacerdote que ofrece: Jesús mismo; idéntica es la Víctima: Jesús; idéntica es la acción sacrificial consumada por el mismo Jesús. Solamente es diferente el modo de ofrecerla: el modo sacramental. JESÚS CRUCIFICADO PERMANECE ETERNAMENTE.

Se deduce que todo cuanto hemos dicho de Jesús, que ofrece su sacrificio en la cruz, sacrificio antes de todo de adoración a Dios y de expiación del pecado, debe decirse de la Santa Misa, que es el mismo sacrificio de la cruz.

No la comida con el Resucitado, no el recuerdo, memoria simple de la pasión pasada y hoy superada por la Resurrección, no un encuentro de fraternidad y de fieles, no una celebración presidida por el presbítero pero gestionada por toda la comunidad-asamblea, no una acción de gracias por los beneficios de Dios, todas herejías gravísimas enseñadas por los protestantes y por los modernistas de hoy, incluso en los seminarios y en las facultades de Teología, vaciando y haciendo vana la Eucaristía y el sacerdocio: la misa es el verdadero sacrifico de adoración y de expiación de los pecados, ofrecido por Jesús mismo por medio de las manos del sacerdote.

Lucius

Traducido por Natalia Martín

SÍ SÍ NO NO
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Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)

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