La circunstancia, repetida cada cierto número de años, de que el 2 de agosto coincida con la celebración litúrgica del día domingo, puede aparejar el olvido de una festividad que, si bien no se halla incorporada al calendario romano (y quizá por eso mismo es más factible olvidar), concierne por su importancia a la Iglesia universal. Nos referimos a Nuestra Señora de los Ángeles, advocación ligada a un lugar y a una figura bien determinadas, sobre todo en su origen remoto, allá por el siglo XIII.

porciunculaEn efecto, no es posible comprender la configuración actual de la institución conocida como la “indulgencia de la Porciúncula”, sin remontarnos a la historia de la Umbría italiana de la baja Edad Media. Son los tiempos del insigne San Francisco de Asís, quien, por disposición de la Divina Providencia, hizo de una minúscula capilla de las afueras de su ciudad natal, en cuya reconstrucción había colaborado en los inicios de su conversión, el centro espiritual de su Orden; el “lugar sagrado por excelencia de la espiritualidad franciscana”, como dijera el recordado papa Benedicto XVI en su Audiencia general del 27 de enero del 2010. Esta “pequeña porción” (no otra cosa significa “Porciúncula”), dedicada a Santa María de los Ángeles, continúa siendo el emblema de la Orden Franciscana hasta el día de hoy, en que se encuentra literalmente contenida por la magnífica basílica construida durante los siglos XVI-XVII.

Repasando los principales momentos de la vida de San Francisco, la mención constante que hacen las biografías antiguas de este lugar pone de manifiesto que fue su voluntad explícita que se rindiera allí un especial culto a Dios y a su Madre Santísima, a la que encomendó siempre de un manera particular la suerte de su nueva familia espiritual. De este modo, quiso Francisco que en él permaneciera el mejor elemento de la naciente Orden, de generación en generación; en él consagró a la joven Santa Clara al servicio de Dios; en él decidió, finalmente, exhalar su último aliento antes de partir a la casa del Padre. A este respecto, puede verse señalado en la actualidad el que se cree fue el lugar exacto en que acaeció su glorioso tránsito.

En relación al célebre privilegio concedido por los Papas, y confirmado en 1966 por S.S. Pablo VI mediante la Bula “Sacrosancta Portiunculae ecclesia”, su origen histórico es aún motivo de algunas controversias, pero lo cierto es que la versión oficial, de sobra conocida, no hace más que confirmar la realidad de este amor tan especial que cultivó el gran santo por la Porciúncula. En efecto, fue allá por julio de 1216 que Francisco tuvo la audacia de solicitar al Pontífice entonces reinante, Honorio III, la concesión de indulgencia plenaria a todo aquel que, contrito y confesado, ingresara en la pequeña iglesia. Como sabemos, el privilegio se extendió más tarde a quienes, en las mismas condiciones, visitaran el día de 2 de agosto cualquier iglesia franciscana, e incluso cualquier iglesia catedral o parroquial. De más está decir que tales condiciones comprenden además las comunes a toda indulgencia, a saber: 1) visitar una de las iglesias mencionadas, rezando la oración del Señor y el Símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo); 2) confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Papa, por ejemplo, un Padrenuestro con Avemaría y Gloria.

Martín Buteler