Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero

 (Santa Teresa de Jesús)

Me encontraba paseando con una amiga, íbamos hablando de alguien querido para mí y que hace unos meses falleció. Me llamó la atención su comentario, “la muerte es lo peor, lo más terrible que nos puede suceder”, le recordé la Fe que debemos tener como buenos Católicos y que nuestra esperanza debe estar depositada siempre en Dios y me dijo, “sí, Sonia, sí, todo eso está muy bien, pero no hay nada más horrible que morirse”. Generalmente estamos así de empobrecidos interiormente, tenemos miedo a la muerte porque estamos aferrados al mundo y a las cosas del mundo y no vemos más allá de esa triste realidad. Si de verdad nuestra Fe fuera sólida… ¿A qué habríamos de temer? Si nuestra alma estuviera preparada, la muerte no se vería como una derrota, sino como una victoria. Si pensamos en esas homilías que nos calzan a diario sobre lo bueno y misericordioso que es Dios y que “todos, absolutamente todos, nos salvamos”, ¿Por qué afligirnos ante el momento final? Muy sencillo, porque sabemos que esos discursos no se los cree ni el que los suelta, son una falacia sin sentido, ni un niño creería eso, porque no llega ni a cuento. Hace poco le escuchaba a un Sacerdote en un funeral, “sí, sí, aquello debe estar muy bien, pero aquí estamos de maravilla, no tenemos ninguna prisa en marchar”, ya ven…Esta es la realidad de la mayoría de nuestras Parroquias, Sacerdotes sin formación y totalmente mundanizados que nos arrastran a pensar como ellos, en lo terrenal.

El alma, es como el cuerpo del deportista, necesita ejercitarse a diario y así, cuando llegue el momento final, no podrá por más que desear ansiosamente ese encuentro, estará deseando volar a los brazos de Jesús.

Se vive más en estado de pecado mortal, que en Gracia de Dios, de ahí el miedo a morir, obviamente. Aunque uno lo niegue, somos conscientes de la podredumbre interior. Cuando vemos la ropa sucia, la echamos a la lavadora, sin embargo, con el alma, hacemos todo lo contrario, dejamos que siga acumulando porquería hasta que se resquebraja totalmente, como un trapo viejo. Estos días escuchábamos el discurso político del Santo Padre en EEUU, hablaba de armas, de guerras, de desocupados, de las plantas, de la conciencia moral, de cartas magnas, de medio ambiente, etc, todo muy actual y del gusto del hombre del Siglo XXI. Leyendo estos discursos que están disponibles en la página del Vaticano para su consulta, pienso que es normal que después de esto, al Papa se le hagan honores de un líder y las revistas lo elijan como hombre del año, pero ¿Saben Vds. cuánto dura toda esa algarabía? Un visto y  no visto, como si se tratase de un actor de moda y ¿Para qué sirve toda esa verborrea política? Para nada, absolutamente para nada. Después de escuchar esas palabras, nadie se va al confesonario y decide cambiar de vida, porque no hay una sola palabra que invite a ello. “Dios” ha sido palabra tabú en un acto multitudinario en el que uno sale como quién toma un placebo, con una alegría momentánea. Necesitamos que nuestros Pastores nos hablen de Cristo y que lo hagan sin miedos a ser juzgados por un mundo que vive de espaldas a la Fe, es fundamental que nos recuerden el Magisterio de la Iglesia. No queremos un Santo Padre líder de masas que se junta con otros dirigentes para hablar de un ser superior con distintos nombres, según la religión de cada unoHerejía. Sólo hay un Dios verdadero.

Pues todo esto que vemos en la televisión a diario, que leemos en Internet, que escuchamos en las predicaciones, no es el alimento del alma. Igual que al cuerpo le podemos dar nutrientes que nos pongan fuertes y sanos, también le podemos dar bollería industrial que nos ponga gordos, fofos y enfermos. Esto mismo pasa con nuestro interior, lo podemos cuidar para estar robustos o podemos descuidarlo y ser unos flojeras que en vez de amar a Dios, aman al mundo y a las cosas del mundo.

¿A qué lleva la deformación del alma? A temer la muerte, la enfermedad, o cualquier circunstancia que consideramos adversa. Si todas estas cosas nos asustan, tenemos que plantearnos una mejora en nuestra vida espiritual. ¿Es posible un cambio? ¿Puede el ser humano no temer la muerte o las calamidades? ¡Claro! Sin duda alguna. Un alma enamorada de Jesús y que vive en Gracia, no tiene por qué asustarse, la muerte sólo es un paso y la enfermedad una gran ocasión para expiar y purgar. Vean la muerte como lo que es, un dulce momento, como cuando estamos en el Sagrario y el alma sale al encuentro de Dios…Cuando nos morimos, ese encuentro, simplemente es definitivo, el alma se va para no volver. ¿No les parece maravilloso y deseable? Si piensan que no, pónganse en forma inmediatamente, algo grave ocurre ahí dentro.

Coche, casa, piso… La muerte en Cruz de Jesucristo no fue para que nosotros estemos tan ricamente disfrutando de una vida de ocio y como dicen algunos, que la muerte nos coja en el sofá leyendo el periódico o cabeceando, que no nos enteremos de nada y que en el juicio, el Señor, me aplique unas dosis de misericordina en pastillas y entre directamente al cielo. No nos engañemos, no seamos pueriles, la historia de Amor con Dios, no es un cuento de Andersen, es una historia real en la que nosotros somos protagonistas y decidimos como termina, como esos libros que tienen varios finales y el lector va eligiendo el camino que toma, libertad total, ¿Prefieren condenarse o salvarse? ¿Les parece duro lo que escribimos en nuestros artículos? Pues sepan que sencillamente es para nuestra reflexión personal, la de Vds. y la mía, que gracias a muchos escritos que he leído, me han permitido meditar, retroceder y pensar detenidamente sobre temas que nos ocultan nuestros Párrocos y que son necesarios conocer y poner en práctica para nuestra salvación. Esta semana veía anunciado un curso para ser “ministro extraordinario de la Comunión”…Lamentable, algunos ni conocen la Doctrina de la Iglesia, no se confiesan en todo el año y se les ofrece abrir el Sagrario. El coste es asumible por cualquiera, simplemente 10 Euros, ¡Qué bajeza!…Esto se propone como un “curso intensivo” de una semana, ¡Miserables! Hay que decírselo a esta gente, sino no se enteran. Quizás también hay que repetírselo, ¡Miserables! Estos son los que gobiernan nuestras Diócesis, para eso tienen tiempo pero para tener las Iglesias abiertas y los Confesonarios con Sacerdote, no. Estamos gobernados por el maligno.

Me llama la atención como se celebra el año de Santa Teresa de Jesús, poesía para aquí, cancioncita para allá, pero no nos paramos a pensar que todo eso que vivió ella, no es papel, la Santa lo sintió en sus propias carnes, los encuentros con el Señor no fueron literatura, fueron reales y cualquiera de nosotros puede encontrarse de la misma manera con Dios, pero hay que trabajarlo. No podemos levantarnos de un salto de la cama, ir corriendo a desayunar, salir disparados de casa y esperar a tener un encuentro místico en el metro. El Señor nos espera en el Sagrario todos los días, ¿Saben para qué? Para hablarnos, escucharnos y fortalecernos. De los pocos que frecuentamos el Sagrario a diario, no es extraño encontrar a personas tomando anotaciones, yo misma lo hago, ¿Qué se supone, que estamos chalados? Si aún no son habituales, vayan, hagan la prueba y después díganlo aquí. El Señor está vivo, nos escucha y nos habla. Él nos está esperando, no rechacemos su llamada.  ¿Cómo es posible que tengamos tiempo para todo menos para Él? Si en nuestra escala de valores el Señor no está en primer lugar, deberíamos inmediatamente de reorganizar nuestro interior, ya que nuestra alma está en peligro.

El alma sale al encuentro con Dios, siempre y cuando nosotros queramos, porque Él, está dispuesto, día y noche. No se dejen engañar, déjense de miedos absurdos e infantiles, vivan plenamente su relación con Jesús, el tiempo se acorta, no sabemos cuando llega el día, puede ser hoy o mañana, pero lo que es seguro es que si llevamos una vida intensa de piedad y oración, frecuentamos los Sacramentos y cumplimos los Mandamientos de la ley de Dios, no los que nos propone la sociedad, no hay nada que temer, al contrario, diremos con la Santa, “que muero porque no muero”

Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mi?

(Santa Teresa de Jesús)

Sonia Vazquez