Damos la bienvenida a nuestro nuevo colaborador, el profesor D. Antonio Caponnetto, quien ha aceptado gentilmente nuestro ofrecimiento para colaborar con esta web. Desde estas breves líneas expresarle nuestro más profundo agradecimiento y orgullo por poder contar con unas de las mejores y más valientes plumas católicas de la actualidad.

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-I-

RESURRECCIÓN

 “ Y tembló la tierra y se hendieron las piedras. Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían muerto, resucitaron.Y saliendo del sepulcro después de la resurreccion de Cristo, vinieron a la santa ciudad y aparecieron a muchos”
Mateo, XXVII,51-56

Su grande voz ,refiere la Escritura,

clamó al Padre sintiendo el desamparo.

Después la sombra que se vuelve faro,

cirio su muerte, lumbre la tortura.

Todavía la caña con vinagre

conservaba el dolor del labio herido.

Todavía la cruz,tinta de almagre

se izaba como un pájaro partido.

Sin embargo la tierra se hace huerto

con un temblor unánime en sus pliegos

y las rocas crepitan entre ruegos

para afirmar que Dios era aquel muerto.

Se sumó el templo al cósmico vestigio

rasgando el velo desde lo alto abajo,

un ángel cinceló el enorme tajo,

la Promesa ganaba su litigio.

Faltaba esclarecer el grito hebreo:

¡Salvó a otros y a sí no ha de salvarse!

Su vida y la de muchos se resarce

en la resurreción del jubileo.

¿Quiénes fueron los santos que salieron

de sus tumbas, quebrada la agonía,

los que en las casas, la ciudad veía

como antiguos y amados forasteros?

¿Eran según Ignacio de Antioquía

los profetas del Viejo Testamento?

¿Eran Abel,Enoc, o el macilento

Melquisedec a quien Abraham oía?

Callan Remigio, Hilario y el de Hipona

la identidad exacta de esos justos,

baste saber que fueron los augustos

testigos de la Vida que se dona.

Los quisiera,Señor, junto al santuario,

visitando las calles de mi aldea,

atestiguando que se enseñorea

tu reyecía invicta en el Calvario.

Los quisiera por Roma, peregrinos

de tu pascua naciente.Pregoneros

de que la Iglesia crece en entreveros

y en amores perennes, diamantinos

Los quisiera de huéspedes en mi alma

celebrando Tu Primogenitura,

y esperar tu venida en la juntura

del trigo, de la vid y de la palma.

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 -II-

DIMAS

Izado sin quererlo en este monte,

crispada como un cuero la osamenta,

la tarde es un preludio de tormenta

y una raya de sangre el horizonte.

Abajo, trigo o flor están en ciernes

aguardando la trilla de las eras,

pero punzado aquí entre dos maderas

todo se ha vuelto un postrimero viernes.

Es justo. Soy pecado,culpa,yerro,

(aunque después apócrifos autores

me adjudicaron menos sinsabores)

fui delito y mi ley ha sido el hierro.

En cambio tú,Señor de la inocencia,

no es falta propia la que al fin expías,

yaces como está escrito que te irías,

mueres  mi Dios,ajeno a la sentencia.

¿Qué flaquezas señalan a tu vida

desde Belén al podio de Pilato?

¿Qué tropiezos,si obrabas el mandato,

la imagen fiel del Padre, su medida?

No lo saben, maldicen las respuestas

de tu palabra invicta,del milagro,

ni el que te acerca un poco de avinagro,

ni los judíos y el siniestro Gestas.

Si tuviera esta mano desclavada

-esta mano Señor, que sembró el daño-

llegaría hasta el mismo travesaño

de la cruz, a besarte la mirada.

Esa que me dedicas y diviso

entre el llanto y la carne entumecida,

mientras tu voz retumba,estremecida:

“Hoy entrarás conmigo al Paraíso“.

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-III-

La Crucifixión de Pedro

 Cabeza abajo, rota la testera,

ahogado en llanto que en vertientes baja,

veo mis pies desnudos,y se cuaja

toda mi sangre en nueva sementera.

Veo el cielo de Roma, su ladera,

que el sol cortó de luz,como navaja,

veo acechar la noche, la mortaja

sobre una roca  hendida y agorera.

Morir así, Señor, me lo merezco,

sin  mi playa, la barca ni los peces,

yo que tuve del mar un parentesco.

No se oye el gallo,acéptame este envío.

Te amé como quisiste las tres veces,

toma tus llaves, cuídalas, Dios mío.

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-IV-

El Centurión

El modo de sufrir no era el de todos,

tampoco la mirada compasiva,

ni el perdón dado al mundo que se iba

mancillado de afrentas y de lodos.

¿Qué notó en esos ojos postrimeros

lavados por el llanto y la plegaria,

a quién solo en la cumbre solitaria

llamó Padre con labios pregoneros?

¿Por qué su sed tenía otros clamores

ajenos al rencor del condenado,

por qué su cuerpo allí, crucificado,

semejaba un altar pleno de honores?

Creyó saber de antigua profecía

sobre huesos que nunca han de quebrarse,

tembló al ver a su madre arrodillarse,

augusta entre la cruenta judería.

Acaso por llamados presentidos

o por quebrar agorerías densas,

tomó su lanza entre las manos tensas

y la hundió en ese pecho sin latidos.

Esa lanza castigo del ilirio

escarmiento imperial para Judea,

bruñida de rigor en la pelea

era ahora testigo del Martirio.

Lo estremeció aquel cielo recubierto,

cayó agua y sangre sobre su cabeza,

rezó en voz alta su mejor certeza:

Era el Hijo de Dios este hombre muerto.

 

Danos, Señor, la Fe de las legiones

cuando son de la Cruz sus herederos,

alista nuestros cuerpos , prisioneros.

Somos tuyos, Señor, tus centuriones.

 

 Antonio Caponnetto