Este es un artículo enviado por un laico a la revista SIEMPRE PALANTE (enero 2013) de carácter religioso. Es muy interesante por el diagnóstico que hace del preocupante presente y futuro de la vida religiosa en nuestra Iglesia:

 Imagen arriba: comunidad de religiosas sin hábito, signo externo de la crisis profunda de identidad.
 Imagen abajo: comunidad de religiosas con hábito, signo externo de fidelidad y esperanza. Son las llamadas “clarisas de Lerma” de “Iesu Communio”, fundación florenciente por su carisma definido.
¡Qué contraste!

 La Iglesia de hoy tiene una asignatura pendiente que es necesario que apruebe cuanto antes. Son muchos los años que viene suspendiéndola y ello condiciona muchísimo su efectividad y hasta su credibilidad. Me refiero al crónico suspenso de la vida religiosa. Que en vez de cooperar, como había hecho siempre, y con óptimos resultados, en la tarea de la salvación de las almas, que es para lo que existe la Iglesia , o no colabora en ello o, lo que es peor, contribuye a alejar a los hombres de Dios y de la Iglesia.
Por supuesto que no me refiero a la generalidad de los religiosos de ambos sexos. Sigue habiéndolos ejemplares. Y hasta santos. Pero en muchos su labor eclesial es nula o contraproducente.
Durante siglos las órdenes y congregaciones religiosas han sido un referente eclesial. La enseñanza de la juventud, la asistencia caritativa, las misiones, la vida espiritual de los pueblos, los seminarios… encontraban en ellos las personas más entregadas y preparadas, las más activas en la labor eclesial. Los obispos descansaban en su trabajo, los pobres hallaban en ellos su consuelo, la Iglesia se gozaba en los contemplativos que lograban de Dios su misericordia… Hasta que eso incomprensiblemente se quebró y de todo aquello apenas queda ya nada.
Las órdenes y congregaciones, salvo casos contados, agonizan sin vocaciones que renueven el personal. Hoy casi todas ellas son un asilo de ancianos que ven como cada día son menos y mayores. Hasta el punto de que, salvo milagro de Dios, no pocas están llamadas a desaparecer en corto plazo. La nueva vida que emprendieron, convencidas de que les esperaba una hermosa primavera, ha concluido en un gélido invierno en el que no hay joven que quiera entrar. A muchos hasta es imposible reconocerles externamente como religiosos. Y eso no atrae a nadie. Y no estoy hablando de una opinión particular de quien esto escribe. Es la pura realidad. Nadie se mete religioso para eso. No hay más que ver como año tras año se sigue desmoronando el número de sus efectivos. De modo verdaderamente trágico.
Trágica es también, para la Iglesia , la labor de sus instituciones docentes. La juventud que sale de sus colegios, numerosísimos, parece inoculada de desafecto eclesial. Dejan de ir a misa, de recibir los sacramentos, de acercarse a la Iglesia. No hay ninguna diferencia entre esos jóvenes educados por religiosos o religiosas con los que proceden de una enseñanza laica. En casi la totalidad el desafecto cuando no la aversión y hasta el odio. Han perdido para ellos las vocaciones y para la Iglesia la juventud. ¡Vaya éxito!
Fueron también los religiosos el más firme sostén de la piedad de los pueblos. Sus templos eran frecuentadísimos, eran los grandes confesores, los directores espirituales, los predicadores más renombrados, el alma de las misiones populares, de los ejercicios, de las congregaciones marianas, de las terceras órdenes… De todo eso apenas queda ya nada.
Todos los años partían a las misiones de infieles numerosísimos religiosos de ambos sexos que realizaban una labor admirable en aquellas lejanas tierras. Hoy apenas quedan algunos ancianos, recuerdo de tiempos mejores, y que en ocasiones no se sabe si predican a Cristo u otra cosa.
Hace no tantos años todo el mundo sabía los nombres de muchos religiosos de diferentes hábitos que sobresalían como teólogos, moralistas, directores de conciencias, predicadores… Hoy no sabemos el nombre de ninguno. Y si alguno suena es por contestatario y hasta por hereje. Las revistas de esas órdenes tenían cientos de miles de lectores, hoy, las que sobreviven, no las lee nadie. Y mejor que así ocurra porque no pocas veces están en oposición a la misma Iglesia.
Pues a esto han llegado por especialísimo empeño suyo. Que alguno hasta podría calificar de demoníaco vistos los resultados.
La Iglesia tiene que aprobar esa asignatura que lleva suspendiendo tantos años. De no hacerlo compromete gravemente su responsabilidad ante Dios.



Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".