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Amoris Laetitia: la lógica de la herejía

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1. Si se cede en un punto todo salta.

El Cardenal Caffarra, con ocasión de un importante encuentro desarrollado en Roma, en noviembre de 2015 [1], respondiendo a una pregunta a cerca de la posibilidad de admitir a la recepción de la Eucaristía a los divorciados vueltos a casar civilmente, afirmó que esto “no es posible”: y esto porque “dicha admisión querría decir cambiar la doctrina del matrimonio, de la Eucaristía, de la confesión, de la Iglesia sobre la sexualidad humana y quinto, tendría una relevancia pedagógica devastadora, porque frente a dicha decisión, especialmente los jóvenes, podrían legítimamente concluir: -entonces es verdad, no existe el matrimonio indisoluble-” [2].

Las afirmaciones del Arzobispo emérito de Bolonia, nunca confutadas, son todavía más actuales, después de los dubia presentados al Papa por el grupo de cuatro Cardenales, del cual hace parte el mismo Caffarra.

En estas notas intentaremos explicar cómo el Cardenal Caffarra tiene perfecta razón y cómo la praxis y/o la hipótesis de admitir a la Sagrada Comunión a los divorciados vueltos a casar civilmente conlleve efectivamente la debacle doctrinal tan claramente prevista.

2. Los artículos de fe no son proposiciones desvinculadas las unas de las otras.

Las proposiciones del Credo se llaman artículos porque están compaginadas y unidas entre ellas como los miembros del cuerpo humano, unidos solamente por articulaciones: negando una sola verdad de fe, se acaba -por consecuencia lógica- negando otras muchas, si no todas.

El Magisterio no ha guardado silencio sobre este nexo entre los enunciados de fe: el Vaticano I habló de nexus mysteriorum inter se [3], el Vaticano II habló de jerarquía de verdades [4], el Catecismo ha retomado ambas afirmaciones y nos habla de mutuos vínculos y coherencia de los dogmas [5].

El Cardenal Schömborn explicó además que con jerarquía de verdades no se entiende un (no precisado) grupo de verdades ciertas -que deben creerse obligatoriamente- y otras verdades (tampoco precisadas) facultativas para la fe: “Jerarquía de verdades significa […] un ‘principio estructural orgánico’, que no debe confundirse con los ‘grados de certeza’. Dicho principio afirma, además, que las diferentes verdades de fe están ordenadas a/y en función de un centro, un núcleo central, pero no, sin embargo, que las verdades no situadas en el centro sean, por ello mismo, menos verdaderas” [6].

Este núcleo central, indicado en el Catecismo de San Pío X como los dos misterios principales de la fe (Unidad y Trinidad de Dios y Encarnación, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo), en cuanto ‘centro orgánico’, comprende en sí mismo -en cierto modo- todos los demás misterios.

Pongamos un ejemplo para explicar este concepto: “la resurrección de los muertos” depende de “al tercer día resucitó”: no sin motivo San Pablo afirma que, si se niega la resurrección de los muertos, se acaba negando la resurrección de Cristo:

“Ahora, si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo pueden decir algunos de entre vosotros que no existe la resurrección de los muertos? ¡Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó! [7].

Así la “vida eterna” depende del “Pan de la vida”: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” [8].

Se entiende entonces cómo en algunos lugares, desde la antigüedad [9], la proclamación del Credo era acompañada en la liturgia por el signo de la cruz (lo cual ha permanecido aún hoy prescrito, tras la proclamación del símbolo, en la forma extraordinaria del rito romano).

El signo de la cruz -“signo admirable, que une magníficamente la expresión cristológica y redentora de la fe y su expresión trinitaria” [10]- colocado al final del Credo, indica que los dos misterios principales comprenden en sí mismos todos los artículos apenas proclamados.

Este estrecho vínculo sin embargo conlleva también que un solo artículo no creído llegue a dañar también los dos principales misterios -o núcleo central- de la fe.

3. Las piezas del dominó.

¿Qué conlleva por tanto admitir a los divorciados vueltos a casar civilmente que conviven more uxorio a la recepción de la Santísima Eucaristía?

Enumeraré los muchos errores que se siguen de ello: muchos de estos errores, si son sostenidos pertinazmente, son verdaderas herejías. El can. 751 del CIC afirma:

“Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica”.

El CIC describe aquí la herejía formal, incluyendo la pertinacia, que es una disposición del hereje: pero una afirmación puede ser herética materialmente, esto es, no considerando tanto cómo es sostenida sino tomando en examen el enunciado en sí y por sí.

Cuando afirmo que algunas afirmaciones son heréticas, no pretendo afirmar que el Papa Francisco es un hereje, ni que Amoris laetitia sea herética: sino que son heréticas algunas afirmaciones que podrían ser deducidas de la misma encíclica: sobre todo si, partiendo de Amoris laetitia, se quisieran puentear las condiciones exigidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, para que los divorciados vueltos a casar puedan acceder a la Eucaristía:

“Esto conlleva, concretamente, que cuando el hombre y la mujer [no casados sacramentalmente], por serios motivos -como, por ejemplo, la educación de los hijos- no puedan satisfacer la obligación de la separación, asuman el compromiso de vivir en plena continencia, esto es, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges” [San Juan Pablo II, Homilía de clausura del VI Sínodo de los Obispos, 25-10-1980, § 7] [11].

En este sentido se expresó recientemente también el Cardenal Brandmüller:

“Quien piensa que el adulterio persistente y la recepción de la Sagrada Comunión son compatibles es un hereje y promueve el cisma” [12].

Veamos ahora cómo, si se intentase hacer compatible adulterio y Eucaristía, se derrumbaría prácticamente todo el edificio de nuestra santa fe católica.

1ª herejía: es lícito acceder a la Eucaristía no estando en gracia de Dios.

Que dicha afirmación es herética es evidente por el hecho de que se contradicen verdades propuestas constantemente por la Iglesia como fundadas en la Sagrada Escritura; así lo enseñaba San Juan Pablo II:

“Deseo por tanto reafirmar que es y será siempre vigente en la Iglesia la norma con la que el Concilio de Trento concretó la severa admonición del apóstol Pablo al afirmar que, para una digna recepción de la Eucaristía, ‘debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno tiene conciencia de pecado mortal’” [13].

“La Iglesia, sin embargo, reafirma su praxis, fundada en la Sagrada Escritura, de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar. Son ellos los que no pueden ser admitidos, desde el momento en que su estado y su condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actuada por la Eucaristía” [14].

Para poder admitir a los divorciados vueltos a casar civilmente que conviven more uxorio a la recepción de la Santísima Eucaristía, intentando vanamente no contradecir la plurisecular Tradición de la Iglesia, es necesario sostener que en algún caso el adulterio no es pecado mortal; pero si esto se hace, se incurre en las siguientes herejías (la 2ª y la 3ª).

2ª herejía: no existen actos intrínsecamente malos (esto es, actos que, si son cometidos con plena advertencia y deliberado consentimiento, son siempre pecado grave).

Por el contrario, San Juan Pablo II enseña:

“A la luz de la Revelación y de la enseñanza constante de la Iglesia y especialmente del Concilio Vaticano II… Cada uno de nosotros conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de la enseñanza de esta Encíclica y que hoy es reclamada con la autoridad del sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de este tema en cuestión, no sólo para las personas en particular sino también para la entera sociedad, con la reafirmación de la universalidad y de la inmutabilidad de los mandamientos morales, y en particular de aquellos que prohíben siempre y sin excepción los actos intrínsecamente malos.

Al reconocer dichos mandamientos, el corazón cristiano y nuestra caridad pastoral escuchan la llamada de Aquel que “nos amó primero” (1 Jn 4, 19). Dios nos pide que seamos santos como él es santo (cf. Mt 5, 48): la exigente firmeza del mandamiento se funda en el inagotable amor misericordioso de Dios (cf. Lc 6, 36), y el fin del mandamiento es conducirnos, con la gracia de Cristo, por el camino de la plenitud de la vida propia de los hijos de Dios” [15].

Y el Catecismo reafirma:

“hay actos que por sí mismos y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por motivo de su objeto; como la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No es lícito cometer el mal para que de ello se derive un bien” [16].

3ª herejía: la fornicación y el adulterio no siempre son pecados mortales.

Se ve claramente cómo esta afirmación es herética constatando que es contradictoria respecto a cuanto, por ejemplo, ha declarado la Congregación para la Doctrina de la Fe:

“… según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como reconoce también la recta razón, el orden moral de la sexualidad conlleva para la vida humana valores tan altos que toda violación directa de este orden es objetivamente grave” [17].

Para sostener que la fornicación y el adulterio no siempre son pecados mortales se cae en…

a) un absurdo uso de Gaudium et spes, usada para sostener que, en algunos casos, el pecado beneficia al amor, aplicando a una relación adulterina el principio por el cual si faltan algunas expresiones de intimidad, “no es raro que la fidelidad sea puesta en peligro y pueda comprometerse el bien de los hijos” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 51; cf. Amoris laetitia, nota 329)…

… y…

b) … en la

4ª herejía: las circunstancias pueden convertir en buenas acciones intrínsecamente malas…

… cuando, por el contrario, el CEC afirma que:

“… las circunstancias, en sí mismas, no pueden modificar la calidad moral de los mismos actos; no pueden convertir ni en buena ni en justa una acción intrínsecamente mala” [18].

Para sostener que las circunstancias pueden atenuar la malicia de la fornicación y del adulterio, se cae en otras dos herejías:

5ª herejía: a veces puede faltar la ayuda de Dios para no pecar

y

6ª herejía: podría existir una situación en la que no haya otra posibilidad que pecar…

… cuando, por el contrario, San Pablo afirma:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. En efecto, Dios es digno de fe y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas. Junto con la tentación, os dará también el modo de poderla soportar” [19].

… y el Concilio de Trento define:

“Nadie, pues, por cuanto justificado, debe considerarse libre de la observancia de los mandamientos, nadie debe hacer propia la expresión temeraria y prohibida por los padres bajo pena de excomunión, esto es, que es imposible para el hombre justificado observar los mandamientos de Dios. Dios, en efecto, no manda lo que es imposible, sino que cuando manda te amonesta para que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas: sus mandamientos no son gravosos (1 Jn 5, 3), su yugo es suave y el peso ligero (Mt 11, 30). En efecto, los que son hijos de Dios, aman a Cristo y los que lo aman -como dice él mismo (Jn 14,23)- observan sus palabras, lo que sin la ayuda de Dios ciertamente no pueden hacer” [20].

7ª herejía: es posible absolver a quien no tiene el propósito de no pecar más…

… cuando, por el contrario, San Juan Pablo II enseña:

“Entre los actos del penitente, la contrición ocupa el primer puesto. Ella es “el dolor del alma y reprobación del pecado cometido, acompañados por el propósito de no pecar más en el futuro” [Concilio de Trento: Denz.-Schönm., 1676]” (CEC 1451). Además “acto esencial de la penitencia, por parte del penitente, es la contrición, o sea, un claro y decidido repudio del pecado cometido junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. Entendida así, la contrición es, por tanto, el principio y el alma de la conversión” [21].

En efecto, reafirma San Juan Pablo II:

“… si esta disposición del alma faltase, en realidad no habría arrepentimiento: este, en efecto, se refiere al mal moral como tal y, por tanto, no tomar posición contraria respecto a un mal moral posible sería no detestar el mal, no tener arrepentimiento” [22].

O bien debiendo admitir que:

8ª herejía: quien está en estado de pecado mortal vive en gracia de Dios…

… cuando, por el contrario, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que:

“El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana, como el mismo amor. Tiene como consecuencia la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, esto es, del estado de gracia” [23].

Además debemos preguntarnos cómo acaba el matrimonio precedente de los divorciados vueltos a casar, ¿cómo acaba? ¿Desaparece en la nada, permanece, o qué? Si ha fracasado, ¿el matrimonio no existe ya o subsiste?

Se hace difícil salvaguardar la siguiente afirmación del Catecismo:

“Esta inequívoca insistencia en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo dejar perplejos y aparecer como una exigencia irrealizable [Cf. Mt 19, 10]. Sin embargo, Jesús no ha cargado a los esposos con una carga imposible de cargar y demasiado gravosa [Cf. Mt 11, 29-30], más pesada que la Ley de Moisés” [24].

La ley fue concebida -en la historia del pensamiento- según dos principales paradigmas:

a) una concepción que podemos llamar voluntarista, que puede ser sintetizada en el verso de Juvenal: “hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas” [25].

Según este principio, una ley tiene su razón de ser solamente en la voluntad de quien la promulga, ya sea divina o humana.

b) Una segunda concepción, que podemos llamar intelectualista, que está, por el contrario, fundada en el principio “bonum est secundum rationem esse”: o existe un ser que precede a la voluntad del legislador, a quien el mismo legislador se debe adecuar. Y es por esto que San Juan Pablo II pudo afirmar que “la exigente firmeza del mandamiento se funda en el inagotable amor misericordioso de Dios (cf. Lc 6, 36)” [26].

Si se considera la prohibición a los divorciados vueltos a casar civilmente de acercarse a la Eucaristía como un acto no misericordioso o como el lanzamiento cruel de una piedra, se corre el riesgo de apoyarse en la primera concepción de la ley: según esta concepción, los hombres deciden imponer una determinada carga o un determinado peso; si estos dependen sólo de la voluntad del legislador, podrían ser realmente insoportables.

Pero si, por el contrario, la ley está inscrita en todo hombre y depende de un sabio proyecto de Dios; si el Padre, para crear al hombre, miró este proyecto, que es una persona, el Verbo (“Yo estaba junto a él como artífice”; Prov 8, 30), según el cual y en vista del cual han sido creadas todas las cosas… entonces no puede ser misericordia conceder al hombre no ser lo que es.

La ley guía al hombre para vivir su propia naturaleza, o -como dice Santo Tomás de Aquino- realizando en sí mismo la imagen de Dios [27].

Secundar un acto malo significa decirle al hombre: “como soy misericordioso, te concedo no realizar en ti la imagen divina”: la alternativa no es sólo la falta de lo óptimo, sino la muerte, salario del pecado, resultado desastroso que el diablo intenta esconder: “¡No moriréis en absoluto!” [28].

No puede ser misericordia hacer creer al hombre que está bien lo que, por el contrario, es su mal, y animar a dos personas que no son marido y mujer a vivir como si lo fueran.

Y del mismo modo no puede ser misericordia hacer asumir un sacramento que significa la perfecta unión con Cristo mediante la fe y la caridad, cuando esta unión no es perfecta y en acto, sino que es imperfecta respecto a la fe y, en potencia, respecto a la caridad: y, por tanto, las especies consagradas asuntas resultan estar prisioneras en un cuerpo, sin poder de ninguna manera beneficiar a la persona -sin las debidas disposiciones- que la recibe.

La concepción voluntarista de la ley es una especie de meta-herejía que invade hoy la atmósfera eclesial, humus en el cual se desarrollan bien una bien otra de las citadas herejías.

Conclusión

Habíamos partido de las afirmaciones del Cardenal Carlo Caffarra, según las cuales la admisión de los divorciados vueltos a casar civilmente a la Eucaristía, a menos que estos no vivan ya more uxorio, conlleva la debacle de toda la doctrina católica. Hemos visto que estas afirmaciones son todo lo contrario que exageraciones.

Cuando el purpurado hizo las declaraciones que acabamos de examinar, Amoris laetitia no había salido todavía y pudo concluir la entrevista de esta manera:

“Las aperturas del Papa Francisco son diferentes, no es una apertura que quiere cambiar la doctrina, quiere decir tener una actitud verdadera, pastoral hacia las personas, sea cual sea su condición” [29]. Después de Amoris laetitia ¿estamos seguros de que estas últimas palabras de Caffarra corresponden a la verdad?

Sólo una respuesta autorizada del Magisterio, que responda a los dubia de los Cardenales y que aclare las ambigüedades objetivamente presentes en Amoris laetitia, puede dar un poco de claridad, en este clima de confusión que se ha llegado a crear en la Iglesia, sobre todo a partir de los dos últimos sínodos sobre la familia.

* * *

Es verdad que el demonio, como dice Dante, es loïco [30], extremadamente lógico, y, una vez puesto un principio equivocado, deduce de él una larga serie de herejías, con una perfecta consecuencia lógica.

Pero si el demonio es lógico, la Virgen es sabia, y con su sabiduría, que infunde en sus devotos, aplasta la cabeza de la serpiente herética. Que la espera de la certísima victoria se abrevie.

(por don Alfredo Morselli en Messainlatino.it)

(traducido por Marianus el Eremita)

NOTAS

[1] “Permanecer en la verdad de Cristo” – Encuentro internacional en vista del Sínodo sobre la familia, Roma, 30 de septiembre de 2015. Para un resumen exhaustivo cf. http://tinyurl.com/hwhbc3b

[2] Es posible ver el vídeo de la entrevista aquí: https://youtu.be/iKRLWE96RCw

[3] “Ciertamente cuando la razón, iluminada por la fe busca asiduamente, piadosamente y en los debidos límites, con la ayuda de Dios consigue un cierto conocimiento muy fecundo de los misterios, ya se por analogía con lo que conoce naturalmente, ya sea por el nexo de los mismos misterios entre ellos y con el fin último del hombre” (“Ac ratio quidem, fide illustrata, cum sedulo pie et sobrie quaerit, aliquam Deo dante mysteriorum intelligentiam eamque fructuosissimam assequitur tum ex eorum, quae naturaliter cognoscit, analogia, tum e mysteriorum ipsorum nexu inter se et cum fine hominis ultimo”) DS/26, 3016.

[4] “… existe un orden o “jerarquía” en las verdades de la doctrina católica, en razón de su relación diferente con el fundamento de la fe cristiana” [Concilio Ecuménico Vaticano II, Unitatis redintegratio, 11].

[5] CEC § 90: “Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas se pueden encontrar en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo” [Cf. Concilio Vaticano I: Denz.-Schönm., 3016: “nexus mysteriorum”; Concilio Ecuménico Vaticano II, Lumen gentium, 25].

[6] Joseph Ratzinger, Christoph Schömborn, Breve introduzione al catechismo della Chiesa cattolica, Roma 1994, p. 41.

[7] 1 Cor 15, 12-13.

[8] Jn 6, 51.

[9] Cf. por ejemplo los discursos 57, 59 y 60 de San Pedro Crisólogo (PL XXXII, 360 D, 365 B, 368 C).

[10] “Signe admirabile, qui joint magnifiquemente l’expression christologique et rédemptrice de la foi à son expression trinitaire”; H. de Lubac, La foi chrétienne. Essai sur la structure du Symbole des Apôtres, Paris: Aubier-Montaigne, 1970/2, p. 91.

[11] Carta a los Obispos de la Iglesia Católica acerca de la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados vueltos a casar, 14-9-1994, § 4.

[12] “Wer fortgesetzten Ehebruch und den Empfang der Heiligen Kommunion für vereibar hält, ist Häretiker und treibt das Schisma voran”, Der Spiegel, 23-12-2016, http://tinyurl.com/hbubhtk

[13] Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17-4-2003, § 36.

[14] Exhortación apostólica Familiaris consortio, 22-11-1981, § 84.

[15] Carta encíclica Veritatis splendor, 6-8-1993, § 115, negrita redaccional.

[16] CEC 1756.

[17] Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual -Persona humana, 29-12-1975.

[18] CEC 1754.

[19] 1 Cor 10, 13.

[20] Decreto sobre la justificación, 13-1-1547, Sessio VI, cap. 11, DS/40 1536.

[21] Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2-12-1984, § 31, III.

[22] Carta al Cardenal William W. Baum con ocasión del curso sobre el foro interno organizado por la Penitenciaría Apostólica, 22-3-1996, § 5.

[23] CEC 1861.

[24] CEC 1615.

[25] Satura VI, 223.

[26] Carta encíclica Veritatis splendor, 6-8-1993, § 115.

[27] “… restat tu consideremus de eius imagine, idest de homine, secundum quod et ipse est suorum operum principium, quasi liberum arbitrium habens et suorum operum potestatem”: S. Th. I-II pr.

[28] Gén 3, 4.

[29] Véase notas 1 y 2.

[30] Infierno, XXVII; 123.