ADELANTE LA FE

Sacerdocio traicionado

Los Padres de la Iglesia, entre los varios rasgos que señalan para describir al sacerdote católico, remarcan sobre todo y reiteradamente su condición de «hombre de Dios».

Lamentablemente hoy por hoy, son muy pocos quienes poseen una comprensión cabal de la grandeza del sacerdocio católico.

I. Dignidad y santidad sacerdotal

Cuando Jesús eligió a sus doce Apóstoles no quedaron convertidos al instante en verdaderos santos. Los defectos de los Doce, sin embargo, aparecen entrelíneas en el Evangelio. Juan y Santiago se muestran llenos de espíritu de venganza, cuando habiendo sido rechazados por los samaritanos, recurrieron a Jesús para pedirle que enviara fuego del cielo y destruyera a todos los habitantes. Destaca su ambición, cuando los dos hermanos Zebedeo piden los mejores puestos en el Reino de los Cielos junto al triunfante Jesús.

Son torpes y materialistas, por lo que Cristo les denuncia en varias ocasiones como hombres de poca fe, que no confiaban suficientemente en Jesús, a pesar de haber escuchado sus discursos y contemplado sus milagros.

A veces les reboza la envidia, como cuando Pedro quiere saber cuál será el destino de Juan, a quien consideraban, al menos él así lo dice, el preferido por el Maestro.

Eran cobardes, hasta el punto de que abandonaron a Jesús en el peligro, desapareciendo de su presencia y no figuran en el Calvario. Les carcomía la ambición de ser los predilectos del Salvador, por ir en su compañía y creerse los más valiosos de los hombres, como si hubieran merecido la elección, les mordía la impaciencia, porque creían que el Reino llegaría pronto y ellos serían los ministros del Juez universal.

Por lo menos, uno de ellos es dominado por la codicia, hasta el punto de que Juan le llame ladrón. Era Judas que mostró falta de confianza en el poder y en la bondad de Dios, hasta el punto de suicidarse.

Los Evangelios la vida de Jesús y la de sus Apóstoles tan sólo en cuanto ofrecen elementos para entender a Cristo, sin embargo señalan que los Doce no son ejemplo de todas las virtudes, porque se filtran sus imperfecciones humanas, hasta que el Espíritu Santo en Pentecostés los transforme en verdaderamente virtuosos, pues les da gracia y dirección especiales.

Pedro Apóstol lo explicará nítidamente, dice: «Como hijos obedientes, no os conforméis con aquellas anteriores concupiscencias del tiempo de vuestra ignorancia; sino que, conformes al que os llamó, que es Santo, sed también vosotros santos en toda conducta. Pues escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo».[1] «Deponed, pues, toda malicia y todo engaño, las hipocresías, las envidias y toda suerte de detracciones, y, como niños recién nacidos, sed ávidos de la leche espiritual no adulterada, para crecer por ella en la salvación, si es que habéis experimentado que el Señor es bueno».[2]

San Pedro Crisólogo enseña que el sacerdocio es un honor y es también una carga que lleva consigo gran cuenta y responsabilidad por las obras que conviene a su dignidad, luego, ¿cuál es la dignidad del sacerdote?

«Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad. En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote».[3]

Dice santo Tomas que de los sacerdotes se exige mayor santidad de los simples religiosos por razón de las sublimes funciones que ejercen, especialmente en la celebración del sacrificio de la misa: «Porque, al recibir las ordenes sagradas, el hombre se eleva al ministerio elevadísimo en que ha de servir a Cristo en el sacramento del altar, cosa que se requiere mayor santidad que la del religioso que no está elevado a la dignidad del sacerdocio. Por lo que añade, en igualdad de circunstancia el sacerdote peca más gravemente que el religioso que no lo es» (…). Célebre la sentencia de San Agustín «No por ser buen monje es uno buen clérigo» (…); de lo que sigue que ningún clérigo puede ser tenido por bueno si no sobrepuja en virtud al monje bueno.[4]

El Papa San Pío X, que insistió tanto en la santidad del sacerdote, recuerda las palabras de San Carlos Borromeo en sus discursos al clero:

“Si considerásemos, queridísimos hermanos, cuán grandes y santas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¡qué fuerza tendría esta consideración para llevarnos a vivir una vida digna de sacerdotes! ¡Qué es lo que el Señor no ha puesto en mis manos, cuando ha puesto a su propio Hijo, único, eterno y consustancial a Sí mismo! Ha puesto en mis manos todos: sus tesoros, todos sus Sacramentos, todas sus gracias; ha puesto en mis manos las almas, que es lo que más quiere, a las que ha amado más que a sí mismo, a las que ha comprado con su sangre; ha puesto en mis manos el mismo cielo, que puedo abrir y cerrar a los demás… ¿Cómo podría, pues, yo ser tan ingrato para tantos honores y tanto amor, hasta el punto de pecar contra El, de ofenderle, de contaminar un cuerpo que es el suyo, de profanar esta dignidad, esta vida consagrada a su servicio?”.[5]

También el Papa Pío XII, urgía ardientemente a la santidad del clero:

«Pero de ningún modo será posible que el ministerio sacerdotal logre con plenitud alcanzar aquellos efectos que corresponden adecuadamente a las necesidades de nuestra época, si los sacerdotes no brillan, ante el pueblo, que les rodea, con el brillo de una santidad insigne, y si no son dignos ministros de Cristo, fieles «dispensadores de los misterios divinos de Dios» (cf. 1Co 4, 1), eficaces «colaboradores de Dios» (cf. 1Co 3, 9), preparados para toda obra buena (cf. 2Tm 3, 17)».

Como lo enseñaron los Santos Padres, y singularmente Pío X y Pío XI, así como Pío XII en las encíclicas Mysticis Corporis y Mediator Dei y en la exhortación apostólica Menti nostrae, «el sacerdocio es, ciertamente, el gran don del Divino redentor: pues éste, a fin de perpetuar hasta el final de los siglos, la obra de la redención, por él consumada en su sacrificio de la Cruz, confió su potestad a la Iglesia, a la que quiso hacer partícipe de su único y eterno sacerdocio. El sacerdote es como otro Cristo, porque está sellado con un carácter indeleble, por el que se convierte casi en imagen viva de nuestro Salvador; el sacerdote representa a Cristo».

¿Cuál será el medio más adecuado para asegurar esta santidad, al menos en la mayor parte de los sacerdotes? –se preguntaba el Beato Columba Marmion OSB, y daba esta respuesta: que sean no solamente correctos e irreprochables en su vida moral, sino que hayan llegado también a alcanzar un determinado grado de santidad sobrenatural.[6]

II. El hombre de Dios

Fue un sacerdote que me sacó de las tinieblas para llevarme a la luz el día de mi Bautismo, arrojando al Maligno que se hallaba en mi alma mediante el pecado original, hospedando en mi alma a la Santísima Trinidad establecida desde entonces como en su trono del cielo.

Fue un sacerdote quien iluminó mis caminos infantiles, con el tintineo suave y atractivo de la doctrina cristiana. Un sacerdote quien me ofreció, por primera vez y luego mil veces, el Cuerpo mismo de Cristo, que había sido clavado en el madero de la Cruz para pagar las deudas de mis pecados.

Un sacerdote es el que me recibe como Padre al hijo pródigo, cada vez que, agotado en los caminos del pecado, regreso al hogar humillado y deseoso de gozar de intimidad de la familia de Dios.

Fueron y son tantos los sacerdotes, los que me iluminaron e iluminan desde las páginas de la Sagrada Escritura, ya en los sermones de la Misa, o en las consultas personales.

Será también, Dios mediante, un sacerdote quien prepare con la absolución y la Eucaristía mi viaje definitivo a Dios atravesando el puente de la muerte temporal.

En fin, es el sacerdote mi personaje inseparable en el sendero de la salvación, para señalarme la ruta impulsándome a caminar por ella, para rectificar los caminos que mi debilidad y malicia han errado; para regalarme el inigualable sabor de mi pertenencia a Dios.

Sin un sacerdote, hoy seguiría en las tinieblas de la separación de Dios, y como yo, millones de seres a los que Dios desea salvar sólo mediante un sacerdote.[7]

III. Devaluación del sacerdocio católico

El sacerdote católico es alter Christus y, a semejanza de su divino Maestro, debe ser una hostia inmolada a la gloria de Dios y consagrada a la salvación de las almas. Puede ser un sabio, un reformador social, un genial organizador; pero si no es más que esto, no responde a las miras que Dios tenía puesta en él.

No cabe error más funesto para el sacerdote que el subestimar la dignidad sacerdotal. Su deber más sagrado consiste en formarse una alta idea de la misma.

Sin embargo en las últimas seis décadas la confusión teológica se ha convertido en un lugar común de la opinión popular, en parte causa y en parte efecto de la doctrina de algunos autores muy difundidos. Según esta opinión, el sacerdote es un hombre como los demás. La afirmación es superficial y falsa, tanto en sentido teológico como en sentido histórico. En sentido teológico, porque va contra el dogma del sacramento del orden, que unos cristianos reciben y otros no, quedando así diferenciados ontológica y, por tanto, funcionalmente.[8]

«Los enemigos de Dios, con cierta astucia criminal, ponen todo su empeño en excitar y seducir las desordenadas ambiciones de algunos para que se rebelen contra la Santa Madre Iglesia».[9]

En la Carta a los Hebreos 5, 1, se habla de que el sacerdote ha sido entresacado de entre los hombres; aunque también se dice, al mismo tiempo, que ha sido constituido para ellos. Al menos aparentemente, por lo tanto, he ahí una paradoja.

En realidad, la oposición entre los dos términos —estar en el mundo y no pertenecer al mundo. Como es evidente, el sacerdote no puede ser un testimonio vivo de Jesucristo si no está en el mundo; aunque, del mismo modo, es igualmente claro que no se encuentra en condiciones de proporcionarlo si no ha sido apartado de él.

El problema se agrava cuando se confunde la necesidad de estar en el mundo con la (pretendida) de pertenecer al mundo: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno.  Por supuesto que el Sacerdote ha de estar en el mundo, puesto que de otro modo no podría acercarse a sus hermanos, compartir su existencia, o hacerse todo para todos (1 Cor 9, 22). Pero, al mismo tiempo, es necesario que sus hermanos lo vean como distinto de ellos; lo cual, en último término, es debido a la necesidad que tiene de dar testimonio de Aquél que, habiéndose hecho uno de nosotros (Jn 1, 11.14; Flp 2, 7), permanece siendo sin embargo el Absolutamente Otro.[10]

Es sumamente llamativo que posteriormente de las apariciones de Nuestra Señora en la Salette, los Papas escribieron y aprobaron muchas encíclicas e instrucciones sobre el sacerdocio.

En la encíclica Unigenitus Dei Filius, el Santo Padre Pío XI habló de la necesidad de que los candidatos al sacerdocio sean formados adecuadamente, subrayando que formarse sin virtud, es una fuente de ofensa y peligro grave en lugar de un real beneficio, y asimismo, enfatizaba que aquellos que muestran un orgullo desmesurado debido a la formación adquirida, pierden la fe y se precipitan a la muerte espiritual.[11]

En efecto, durante la primera mitad del siglo XX la Iglesia respondió a los embates de la secularización del sacerdocio ministerial con grandiosas encíclicas sacerdotales. Los Papas urgieron a los obispos cuyas diócesis contaban con seminarios, a que ejercieran un diligente trabajo de supervisión de los seminaristas y examinaran cuidadosamente a quienes creían tener vocación sacerdotal. Antes del Vaticano II, la última instrucción al respecto fue promulgada en 1955 pero ya era demasiado tarde para salvar al sacerdocio de la ruina.

Esto lo podemos constatar por ejemplo, con especial claridad en «la teología de la liberación», en sus formas conexas con el marxismo. La Teología progresista y la Teología de la Liberación, al privar al Sacerdote de su condición de actor único del Alto espectáculo, con la intención de dejarlo reducido a la de espectador, como uno más entre tantos, destruyen su posibilidad de dar testimonio al mismo tiempo que pretenden acabar con el espectáculo. Al convertir al Sacerdote en líder y guerrillero, pretendido defensor de unas libertades puramente políticas y de una utópica justicia social, han acabado con el fundamental papel de inmolación y victimación que Dios había escrito para él. Y sin el cual, además, tampoco existe posibilidad alguna de salvación para el mundo. El Sacerdote ha dejado de ser entonces el hombre que comparte la Pasión de Cristo dando de ello testimonio ante sus hermanos, como un grano de tri­go que muere para dar fruto, para convertirse simplemente en uno más entre los hombres, feroz vengador de las injusticias sociales y preocupado exclusivamente por las cosas que atañen a este mundo.

«La disminución de las vocaciones sacerdotales (pareja al crecimiento de las defecciones) depende en sus más profundas razones de esta frivolización del compromiso, que arrebata al sacerdocio ese carácter de totalidad y de perpetuidad que satisface (pese a los momentos amargos y difíciles) a la parte más noble de la naturaleza humana».[12]

Es una llaga de la Iglesia el reiterado escándalo de cierto clero. No podemos dejar de recordar que durante once siglos todo el que hubiera cometido un solo pecado mortal después del bautismo no podía acceder a las sagradas órdenes, así lo recuerdan los concilios de Nicea,[13] de Toledo,[14] de Elvira[15] y de Cartago.[16] Y si un clérigo después de las sagradas órdenes caía en pecado, era depuesto para siempre y encerrado en un monasterio, como se lee en muchos cánones;[17] y he aquí la razón aducida: porque la santa Iglesia quiere en todas las cosas lo irreprensible. Quienes no son santos no deben tratar las cosas santas.

Santo Tomás de Aquino, afirmó que es mejor tener pocos sacerdotes verdaderamente santos, que muchos indiferentes y mediocres, aún a costa de elevar las exigencias de admisión de hombres al sacerdocio. En lugar de relajar los requisitos para la admisión de seminaristas, debe ser restaurado el sacerdocio católico según la visión de la Iglesia de las veinte centurias precedentes.

Así mientras tantos sacerdotes y órdenes religiosas fieles a la Tradición son arrinconados inmisericordemente, y centenares de seminaristas han sido echados a una diáspora obligada -por ejemplo del Seminario de Ciudad del Este y otros lugares- sin encontrar acogida en otras diócesis por la cobardía de los obispos que temen represalias de la Santa Sede, la devaluación del sacerdocio católico continua campante sustentado en el populismo pastoral, las periferias, la falsa misericordia, la simonía, el despilfarro.

Germán Mazuelo-Leytón

[1] 1 PEDRO I, 15.

[2] 1 PEDRO, II, 1-3.

[3] ESCRIVA, San JOSEMARIA, Dignidad del sacerdocio.

[4] DE LIGORIO, San ALGONSO Mª, La selva, cap. III.

[5] SAN PIO X, Constitución Apostólica Haerent animo, sobre la santidad del clero.

[6] Cf.: Jesucristo ideal del sacerdote.

[7] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, Sacerdote, el otro Cristo. http://lapatriaenlinea.com/index.php?t=sacerdote-el-otro-cristo&nota=30786

[8] AMERIO, ROMANO, Iota unum.

[9] PIO XII, Exhortación apostólica Menti nostrae, sobre la santidad de la vida sacerdotal.

[10] Cf.: GALVEZ, ALFONSO, El invierno eclesial.

[11] Cf.: ns. 25, 31 y 32.

[12] AMERIO, ROMANO, Iota unum.

[13] Can. 9, 10.

[14] 1can. 2.

[15] Can. 76.

[16] Can 68.

[17] Cor, Iu. Can, dist. 81.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines