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A vueltas con el callejero

Dicen ahora, en estos días en que las chorradas de los políticos campean por doquier y descuellan por sobre todo, que ciertos gobiernos locales pretenden abundar en ese tan bobo afán de mudar el callejero y borrar de los mapitas, con ánimo de mudar a un tiempo la Historia, toda alusión al régimen franquista y cualquier otro nombre al que pudiera encontrársele vinculaciones con éste, por pequeñas o adventicias que éstas pudieran ser. Así, al amparo de esa ley de memoria histórica a la que la justicia se le hace estrábica y hasta soslayable, lo patrio, lo “diestro” y lo católico se tornan en una suerte de bichejos asquerosos, en oscuras y malévolas tenebrosidades o en muy gravosos peligros para el sostenimiento de esta salvífica democracia que nuestros próceres, tan majetes ellos, nos han regalado a todos, para solaz del cuerpo y deturpación del alma.

Por ello, porque supone un riesgo para todos nos, y tras birlarle la plaza a Vázquez de Mella, ha de tocarle el turno ahora a los peligrosísimos Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Manuel Machado o Álvaro Cunqueiro, entre otros, cuyas ideas y filiaciones los han convertido, como por arte de birlibirloque democrático, en criminales sin entrañas que bien merecerían pretericiones sin cuento y hasta un buen número de crudelísimas torturas, ¡que ya está bien que los tradicionalistas, los católicos y los de derechas se vayan de matute y se libren de los vejámenes que con tanto ahínco se han ganado! Y entretanto estos carcas de la España más cerril y mazorral son apartados del callejero, convengamos en recibir con agrado la aparición de metopas y de plaquitas que saluden, dichosas y encomiásticas, a los verdaderos héroes de nuestra sociedad y a los más grandes logros conseguidos durante estos últimos años, cuando la democracia se nos ha vuelto un dios como Dios manda.

Saludemos así, por tanto, dichosos y encomiásticos, a los logros de un orgullo gay que se viste con tachuelas y cintillos plateados, que se sube a unos tacones espigadísimos y mueve el culo al ritmo de la música, que se besuquea sin rebozo y frota cebolleta sin cesar, para eterna salvación del mundo. Saludemos a las muchas conquistas sociales que nos procuró el advenimiento de la 2ª República, aquella época dorada donde las libertades esplendían con fulgor cuasi solar y las iglesias, antes tan inútiles, servían para aliviar el frío de las gentes, de tan bien que les ardían las tarimas, los retablos y los artesonados; y saludemos también, igualmente dichosos y encomiásticos, a todo ese rimero de novísimos derechos que nos permitirán librarnos, sin empacho ni absurdas compunciones, de los bebés que habitan las preñeces de nuestras gachís, complicándonos la vida, o de los vetos morales que nos la amuerman, complicándonos los vicios.

¿O acaso no es más importante brindar el debido homenaje a todos estos grandes logros, por ventura, que remembrar a ciertas gentes ya agrisadas, habitadas de una tradición banal y deslustrada, que nada sabían de “orgullos”? ¿Acaso no sería absurdo, asimismo, blasonar de aquellos que resultaron incapaces de prenderle lumbre a una iglesia para así aliviar el frío de sus congéneres? Y es que absurdo sería, convengámoslo —hasta vergonzante, si nos tenemos por demócratas fetén— ponerle a una de nuestras calles el nombre de Apolonia Lizárraga, cuyo cuerpo le fue mutilado en vida para engordar a los marranos —sí, marranos, en sentido literal— que criaban en la checa barcelonesa de San Elías, mientras ella perdonaba a quienes la cortaban; el de Monseñor Florentino Asensio, cuyos testículos le fueron cercenados por unos milicianos, mientras él los perdonaba o, ya que estamos, el de los mártires claretianos de Sigüenza y Fernán Caballero, que en su inverecundia llegaron a dejarse matar siendo apenas unos mozalbetes, mientras perdonaban a sus asesinos.

Y es que, a la postre, ¿qué méritos adornan a estos mártires católicos, por ejemplo, si los comparamos con los auténticos héroes de la sociedad hodierna, que tanto se han preocupado por los “orgullos” y por los ojetes? Ninguno. ¿Verdad? Pues eso: a mudar el callejero. Y a ver si hay suerte y conseguimos trocar, a un tiempo, aquella Historia que no nos gusta.

Gervasio López

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