No había transcurrido un mes desde las elecciones municipales de abril de 1931, y ya los comecuras de la izquierda española andaban por Madrid de matarifes y pirómanos, borrachos de aguardiente y de dicterios, ciscándose sobre lo cristiano y quemando iglesias y cenobios a gogó, para así saciar aquel odio vesánico en que se habían enviscado. Llegaría después la expulsión de los jesuitas, por ejemplo, la erradicación de la enseñanza religiosa o una constitución liberticida y anticristiana que pretendía convertir a España en un marasmo de vicio y de impiedad, en la apoteosis de las colectivizaciones, donde lo igualitario se erigiera en norma, o en un campo de Agramante, yermo y deshumanizador, donde ya no habría sitio para Dios ni para aquellos que se decían Sus hijos.

Hoy, tras las elecciones generales del 20D, el paraje en que los resultados habidos parecen internarnos no es, sin duda, tan violento ni dado a la cerilla como aquél lo fue; pero sí es, desde luego, tan despojado de Dios como entonces. Y lo es, por supuesto, porque no existe eso que podríamos llamar “voto cristiano”; porque los cristianos preferimos olvidar a Dios cuando introducimos la papeleta en la urna, pues en ese instante nos conmueven mucho más la cartera —que ansiamos ver regordeta, para así consumir sin cuento—, ciertos valores confusos que unos politicastros inicuos nos han inoculado o una ideología que se nos ha incrustado hasta las trancas, de donde ya no la sacaremos; porque los cristianos hemos asumido que la fe es una cuestión personal, que hemos de recluir a la solitaria intimidad de nuestras habitaciones, cuando, afligidos por cualquier cuita o misérrimo problema, reclamamos la ayuda del Señor; porque los cristianos hemos aceptado que nuestras creencias no han de ser ese salvífico rocío con el que empapar las realidades seculares y así hacerlas más frescas y nutricias; porque los cristianos también nos engolosinamos con el mundo —¿por qué no?— y dejamos para los albores de la muerte, cuando ésta nos ronda y nos lame la cerviz con su fría y áspera lengua, las contriciones y el férreo apegamiento a la Ciudad de Dios; porque entendemos que los vientres eviscerados han de supeditarse —como domeñados por él— a ese falso derecho al aborto con que algunos se las dan de estupendos, ávidos de sexo y desdeñosos de las consecuencias que ello acarrea; porque los cristianos hemos convenido en aceptar el mal menor como norma moral, aun sabiendo que tras ese embeleco se esconde el grande, el mayor, para así darnos por retambufa; porque la educación cristiana se nos da un ardite, siempre que el menú del comedor sea barato, la enseñanza del inglés permita a nuestros hijos chapurrear unas cuantas frases inanes u ocupen su tiempo con un sinnúmero de absurdas actividades extraescolares; porque ya no importa que nuestros niños abracen como veros los dictados de la ideología de género, pues esa tolerancia bobalicona que terminará por servirnos de mortaja ha de presidir nuestros actos, no vayamos a molestar a masones, liberales y relativistas de todo cuño; porque la democracia se nos ha  convertido en una suerte de diosecillo ante el que nos postramos sin rebozo; porque, sumamente cobardotes, hemos renunciado a la Verdad, trocándola por soflamas mucho más llevaderas que no nos exijan sacrificio alguno; porque… ¿qué importa?

No nos condolamos, entonces, tras comprobar que aquellas opciones políticas que defienden los valores cristianos se mantienen fuera de la Cortes, con apenas un puñado de votos demasiado ingenuos. Obviemos los principios innegociables de los que tanto nos habló S.S. Benedicto XVI. Adormezcamos nuestra conciencia y olvidemos nuestra fe, ¡caramba!; recluyámosla en algún camaranchón olvidado, que ya nunca visitemos; escondámosla en las solitarias intimidades de nuestros hogares, donde no nos dé vergüenza entregarnos a ella; apartemos la mirada —y el repeluzno— cuando nuestra fe sea zaherida, e intentemos traer a esta vida mundana la gloria de la divina, pues, ¿acaso nos importan las promesas del Señor?

Pues no. Por lo visto, no.

Gervasio López