La historia que ahora le relataré, querido lector, la escuché hace escaso tiempo en Radio María, en un fantástico programa que atrapé una vez, casi por casualidad, a una hora en que acostumbro a dedicarme a otros menesteres. Aventaba la historia, entonces, con una suavidad en trance de arrullo, una voz muy varonil, levemente ronca y casi trémula de beatitud, que dejaba en el oyente una calidez confidencial y reparadora, como una suerte de bálsamo que nos libera de fatigas y pesares. Y así, con esa declamación como balsámica, eufónica y memorable, nos contaba una historia que se me incrustó entre las meninges —o allá donde se incrusten los recuerdos destinados a permanecer inalterables, con esa casi perpetuidad de las sentencias y epitafios lapidarios.

Recibía aquella glosa el sintético y revelador nombre de “El corazón más bello”; y, aunque ya es por muchos conocida, permítame que se la acerque de nuevo, por favor, que sin duda hallará en ella, pese a las habituales pesanteces de mi tan defenestrada prosa, esa calidez reparadora con que yo me topé.

Pero pongámonos en situación, se lo ruego, que de ello va a depender el éxito de lo narrado. Imaginémonos, pues, que una voz muy varonil, levemente ronca y casi trémula de beatitud, nos susurra confidencias. Pensemos que estamos en la cama, parapetados bajo el peso muelle y tibio de la manta, en esa suerte de segundo vientre que tan ricamente nos protege. Viajemos a cualquier lugar, tal vez a la plaza de un pequeño pueblo, empedrada de nostalgias y de rutinas; ese ágora humilde y como casera, anegada siempre de rutinas y banalidades, donde la molicie se avecinda por doquier y un suceso inhabitual es siempre bien recibido por los transeúntes; y piense ahora, se lo ruego, en un joven pretencioso y estentóreo, urgido por afanes de notoriedad, que se planta en la plazuela y comienza a proclamar:

—¡Contempladme, amigos míos! ¡Acercaos a mí y contempladme! ¿No es acaso mi corazón el más bello de cuantos hayáis visto? —el muchacho se ufanaba en proclamar sus atributos de a viva voz, como un chamarilero ansioso por vender los cachivaches que le inundan la carreta—. Miradlo y deleitaos con su belleza.

Y así, impelidos por la bulliciosa proclama del muchacho, toda una pléyade de curiosos se congregó ante el muchacho y se quedó prendada.

Pues en verdad era un corazón bellísimo el del muchacho, sin mácula ni defecto que lo acochambrara; y en su latir recio y vigoroso, de pálpitos como melódicos, se aposentaba la fortaleza toda de un hombre indeclinable.

De un cárdeno casi alborotado o aspaventero —y permítaseme que le atribuya semejantes cualidades a un color—, aquel fúlgido corazón esplendía como la más bella de las joyas, tal vez nacido o como brotado de la prosapia de aquella Venus cuyos encantos tanto pasmo suscitaron en épocas pasadas. Ni un solo rasguño le malbarataba la superficie, ni un solo baldón le acortaba la hermosura.

Los curiosos lo miraban sin cesar, embelesados o entontecidos, mientras suspiraban “ayes” de admiración. Y es que aquella tan extática visión semejaba haberlos emborrachado, dejándolos a todos ellos temulentos y un tanto estúpidos, como derrengados en una ensoñación donde se deslindaran consciencia y realidad.

Al saberse así admirado, el joven se envanecía sin recato y se pavoneaba por entre las gentes. Se le henchía el pecho con orgullo, en un remedo muy atinado de un pavo en ciernes de cortejo —o de una avutarda, que el autor desconoce los ardides amatorios de los bichejos más plúmeos—. Pero apenas unos segundos después, salido en un repente de entre la batahola o surgido como de un extraño ensalmo, se les llegó un anciano e interrumpió aquella suerte de pagana epifanía.

Lucía un aspecto en ciernes de cochambre, con las ropas malheridas de remiendos y la piel sumida o sepultada bajo una gruesa capa de imperturbable suciedad. El pelo le caía en crenchas desastradas, casi como fatigadas; y los pómulos, descollantes y aguzados, semejaban traspasar la piel. Dimanaba de él, sin embargo, una majestad como solemne, tal vez esa dignidad inveterada que inunda a los más probos.

—Perdóname —le dijo al muchacho—, pero tu corazón no es en modo alguno el más hermoso. ¿O es que acaso no ves que el mío es mucho más bello?

No había en sus palabras rastro de soberbia ni deje de pretenciosidad, pero su declaración provocó de inmediato una sonora alacridad.

En un instante, sin embargo, mostró su corazón a todos y puso cese, al fin, a las chanzas y a las risas.

Y es que el del viejo era un corazón destartalado y recosido por los alifafes de la senectud, una masa informe y grotesca donde se arracimaban cicatrices y cuerpos tumorosos. Estaba recorrido todo él de grandes oquedades, de cráteres muy hondos que parecían llegarle hasta los tuétanos, horadándole las entrañas y cercándole el alma; y, a un tiempo, sobresalido por toda clase de extrañas excrecencias o protuberancias, pequeños retales de corazón que parecían habérsele prendido para ocultar alguno de aquellos agujeros que lo anegaban. Sin embargo, aunque tal recordaba a un campo expoliado por la vertedera, latía con vigor cierto, con una inusitada pugnacidad que desmentía el birrioso aspecto que lucía.

—¿De verdad quieres hacernos creer que ese corazón malherido es más bello que el mío? —preguntó el muchacho, transido de una chanza que semejaba habérsele hecho perpetua.

—Verás —respondió el viejo—: Cada uno de esas heridas que puedes ver y que a ti tanto rechazo te suscitan, se corresponde con una persona a la que he amado, con una a la que le he entregado mi corazón. Las protuberancias, los bultos que has visto, provienen de aquellas personas que me dieron un pedazo de su corazón después de que yo les hubiese regalado un trozo del mío. Nunca son iguales, como ves, el trozo que entrego y el que recibo, y por eso quedan esas hendiduras y costurones tan grandes. Los huecos, en cambio, son de aquellas personas que no respondieron a mi amor y se negaron a entregarme un trozo de su corazón. Pero yo los sigo amando, y nunca he perdido la esperanza de que, cuando hayan dado entrada a Dios, me hagan entrega de ese pedacito que entonces me negaron.

El joven —y, con él, cuantos le rodeaban— parecía haberse quedado estatuado por entero, mudo por el asombro y la emoción.

—Entiéndeme, muchacho: Amar siempre nos causa dolor; nos duele y nos deja cicatrices muy profundas, a veces imborrables, pero cuando no lo hacemos nos sentimos como fenecidos, huecos, moribundos o inútiles. Quien ama, a la postre vive y se siente habitado por Dios; quien se entrega sólo a sí mismo, sin embargo, no es más que un cascarón hueco o un caserón deshabitado, la anticipación del catafalco que habrá de cobijar sus huesos egoístas. ¿Comprendes ahora por qué digo que mi corazón es más hermoso que el tuyo?

Huero ya de aquella fatuidad que le sorbía el seso y le incitaba a vanagloriarse, el muchacho no pudo contenerse más y se derramó en llanto, dejando atrás aquel siempre vano e injustificado ensoberbecimiento. Las lágrimas le caían gordas por sobre las mejillas; y, a su paso, dejaban tras de sí una trocha blanquecina, libre ya de suciedades, libre de envanecimientos, que al anciano se le antojó el remedo de un sendero que conviene transitar, pues con frecuencia es el dolor quien acompaña de la mano al amor y a la felicidad.

—Atrévete a amar a tus semejantes, querido muchacho, que nunca te arrepentirás —aseguró el anciano en un repente, con apenas un hálito de voz ya enflaquecida.

Demolido ya de aquella sal que le surcaba el rostro, el muchacho se secó las lágrimas, esbozó una leve sonrisa y se arrancó un pedazo de corazón, uno bastante grande, que de inmediato entregó al anciano. Éste, a su vez, colocó un pedacito de su propio corazón en la herida que el muchacho se había infligido, dejando en derredor toda clase de hendiduras y protuberancias gruesas. Y, así, lucía casi como un descalabro, como una masa informe y grotesca donde comenzaban a arracimarse cicatrices y cuerpos tumorosos, un corazón ya destartalado y en ciernes recorrido por los alifafes de la senectud.

Y es que ahora, el del muchacho ya no era aquel tan bello corazón del que había blasonado, cuando estaba temulento de sí mismo. Pero sin duda era mucho más hermoso a ojos de Dios.

Gervasio López