El filósofo Francés, Blaise Pascal, del siglo 17 dio un argumento para creer en Dios que se llama la apuesta de Pascal. En la cual dice “Hay dos opciones: creer en Dios o no. Su naturaleza busca la felicidad y la verdad y huye del error y de la miseria. Si supongamos, aunque sea una locura, que su razón no resultara más perjudicada al elegir la una o la otra, puesto que es necesario elegir, entonces, tomemos en consideración estos dos casos: si gana por apostar que Dios existe y en verdad existe, lo gana todo; si pierde por apostar que existe aunque no existe, no pierde nada. Pero si apueste que no existe y si existe, perderá todo. Apueste a que existe sin dudar.”

Sabemos que Dios quiere más de nosotros que simplemente una apuesta a su favor. En el evangelio de hoy el Señor dice que lo que Dios manda sobre todo es que lo amemos y que amemos a nuestros prójimos, y dice que toda la ley y los profetas prenden de estos dos mandamientos, o es decir, que toda la historia de la salvación está resumida en ellos. Pero el Señor exige aún más. Insiste no sólo en que amemos a Dios sino que lo amemos con todo el corazón, con toda el alma, y con el entendimiento, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. El Señor nos pide todo.

El problema es que mucha gente vive como si su vida de fe y su relación con Dios fuera nada más una apuesta, y una de muy poca certeza. Entonces tratan de minimizar su riesgo al invertir un poco en cada campo, el de Dios y el del mundo. Pero esto no sirve, para el amor una inversión medida no basta. Dios no pide parte del corazón. No pide su amor por nada más una hora al semana. No pide su servicio solamente si no cuesta nada.

Aunque sabemos que el decidir cometernos a Dios y servirlo no debe de ser una cuestión de probabilidad ni al final debe de ser una apuesta, si consideremos el argumento, nos daremos cuenta de que Pascal tiene razón en eso: si Dios nos promete lo máximo de felicidad posible, y aún más de lo que podemos imaginar, y el mundo no nos promete nada más que diversiones mezcladas con tristezas que definitivamente terminarán en la muerte, ¿Cómo es posible que alguien no quiera invertir todo en Dios? Un amor tan grande como el que Él nos ha dado demanda una respuesta completa.     “El reino de los cielos es asimismo semejante a un mercader, que trata de perlas finas. Y viniéndole a las manos una de gran valor, va, y vende todo cuanto tiene, y la compra.”

Y en verdad sabemos por experiencia que el amor as así. ¿Qué mujer se casaría con un hombre que le pidiera matrimonio sólo según estas siguientes condiciones: “te diré que te amo una vez al semana, te besaré una vez al mes, y te regalaré flores nada más una vez al año? También tendrás que permitirme salir con otras mujeres de vez cuando.” ¡Qué locura! El amor verdadero no impone límites.

Como dice San Francisco de Sales: “Entre todos los amores, el de Dios debe ser preferido, tanto que estemos siempre listos para renunciar a todos los demás por sólo el Suyo. Otros amores no son verdaderos en comparación. El amor para con Dios no es uno que la fuerza de la naturaleza ni angélica ni humana puede crear, sino que el Espíritu Santo lo derrama en nuestros corazones.”

Entonces, Jesús nos manda que amemos a Dios con todo el corazón, que significa que no hay competencia entre Dios y las criaturas. No significa que no debamos amar a las personas o a las demás criaturas de Dios, sino que los amemos en Dios y por Dios y estemos siempre dispuestos a prescindir de cualquiera de ellas si en alguna manera impide o resiste el amor que tenemos para con Dios.

Hay que amarlo con toda el alma. Es decir que debemos amarlo con todas nuestras capacidades, todas nuestras fuerzas, con toda la potencia que tenemos. Cuando hay gracia en el alma, su tendencia es siempre crecer. El Señor nos obliga a que lo amemos no en parte, sino con toda la facultad que la gracia nos otorga. Si no, nos arriesgamos a perderla. Santa Teresita del Niño Jesús dijo: “No existe medio santos.”

Y hemos de amarlo con todo nuestro entendimiento, es decir que tenemos que desear conocerlo mejor, que tenemos que conformar nuestra manera de pensar a las verdades de la fe, y en todo que hacemos es necesario que tengamos a Dios como el último fin. Como un enamorado nunca deja de pensar en su amada. No le cuesta trabajo pasar mucho tiempo con ella. Así debe ser con los verdaderos cristianos.

“Ah, si Dios hubiera prohibido que los hombres lo amaran, qué tormento sería para los corazones generosos,” dice San Francisco de Sales, “Y el tormento más horrible del infierno será darse cuenta de cuán amable es Dios sin poder amarlo.”

Que errados están los que se burlan de los devotos llamándolos exagerados. ¿Esto tiene algún sentido? Al amar a Dios no admite ningún exceso. ¿Quiere decir que ama a Dios demasiado u odia al pecado demasiado? ¿Son exagerados en su deseo de ser santos? ¿Es mejor dedicarse a otra meta? Estos todavía no han conocido realmente el amor de Dios y cómo exige y anima al alma una vez que la ha tocado. El que intenta amar en parte, en verdad no ama, porque el amor no puede ser dividido. Lo que enseña el Señor en el evangelio de hoy no fue una sugerencia, fue un mandamiento, y el más importante, del cual dependen todos los demás, y también nuestra salvación.

“¿De qué serviría correr una carrera si no alcanzáramos a terminarla, o sacar el arco si no diéramos en el blanco?” pregunta San Francisco de Sales.

Todas las demás leyes de Dios y de la Iglesia nos entrenan para esta primera y tienen su consumación en esta primera la ley.

“Yo no conozco ninguna otra perfección cristiana que no sea amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Cualquier otra perfección se le nombra incorrectamente: es oro falso que no pasa las pruebas de calidad.” Dice San Francisco de Sales.

La semana pasada el Padre Romo nos habló de los mandamientos de la iglesia que nos da las reglas mínimas para ser miembro de la iglesia, miembro de Cristo. Pero tanto en la vida mundana como en la vida sobrenatural, el mínimo no es suficiente para el que ama. Está dicho que se tiene que comulgar una vez al año, pero uno que ama y entiende lo que es comulgar, va a querer hacerlo mucho, incluso diario. La ley dice que tenemos que apoyar a la iglesia y dar el diezmo, pero uno que ama sabe todo lo que tiene y todo su ser debe estar al servicio de Dios. La ley manda un poquito de penitencia, pero uno que ama va a querer sacrificarse y entregarse al servicio de Él que se sacrificó por amor por nosotros.

Y a veces Dios quiere probarnos. Quiere asegurar que nuestra práctica de la religión sea más que un seguro contra casualidades desafortunadas.

El joven rico en el evangelio salió triste de su encuentro con Jesús porque la invitación de dejar todo le reveló que su amor todavía era deficiente.

¿Hace falta nuestra generosidad?

Y si nos damos cuenta de la necesidad de amar mejor, San Francisco de Sales nos enseña cómo hacerlo:

“Si me preguntan, ¿‘Qué puedo hacer para ganarme el amor de Dios?’ Contesto: Hazlo; trata de amarlo, aprendemos a estudiar, estudiando; a tocar el laúd, tocándolo; a bailar, bailando; a nadar, nadando. Así pues, aprendemos a amar a Dios y a nuestro prójimo, amándolos, y quienes intenten hacerlo usando otro método, se equivocan.”

Padre Daniel Heenan