Don Pietro Leone, un sacerdote que celebra exclusivamente la Misa Tradicional en una diócesis italiana, y quien ha dado muchos regalos a los lectores de Rorate, incluyendo su cuadernillo sobre la destrucción del Rito Romano y su ensayo sobre el Modernismo, tiene un nuevo regalo para la lectura de nuestros lectores – un largo ensayo sobre la Apostasía.

Es un cuadernillo sobre la Apostasía y sobre cómo el abandono de la verdad acerca de Dios ha conducido a otros males dentro de la Iglesia y la sociedad. Sugerimos fuertemente que lea, imprima, envíe a sus amigos, y lo divulgue lo máximo posible, ya que ayuda mucho a explicar incluso cómo una minoría de activistas pervertidos está intentando alterar las mismas palabras de Jesucristo sobre la verdad del matrimonio.

¿Queda esperanza? ¡Lea el ensayo para descubrirlo!

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APOSTASÍA

Un ensayo especial del Padre Pietro Leone para Rorate Caeli

Centinela, ¿cuánto queda de la noche?        (Is. 21.11)

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen

Aquí en Italia el verano ha alcanzado su punto máximo: durante el día el sol pega sobre la ciudad y el campo, y por la noche los mayores se sientan afuera a ver la gente pasar.

A los ojos de la Fe, por contraste, toda la humanidad está sumergida en la más profunda oscuridad, porque tanto la Iglesia como el Mundo viven en agonía por la crisis más grave y más profunda en la historia de su existencia. La crisis es una de Apostasía, no tanto en sentido formal por rechazo explícito de la Fe Católica, sino en un estado general de alejamiento de Dios.

Para ayudarnos a entender la naturaleza de esta apostasía haremos una meditación breve sobre el primer capítulo de la Carta a los Romanos (vers. 17-32), en la que San Pablo se refiere al mismo fenómeno en su propia época. Las Santas Escrituras se aplican fácilmente a los eventos de la historia humana: veremos cómo el texto en cuestión puede aplicarse a las circunstancias de nuestro mundo contemporáneo.

Los elementos que proponemos considerar en este ensayo son los siguientes:

I. La supresión de la Verdad acerca de Dios;
II. La negación a honrar a Dios;
III. Necedad;
IV. Idolatría;
V. Depravación;

PARTE 1

I   La supresión de la Verdad acerca de Dios

San Pablo escribe (v.18) ‘contra la impiedad y la injusticia de los hombres, que por su injusticia retienen prisionera la verdad’. ‘Retienen’ (detinere en latín, catechein en griego) significa la supresión de aquello que mueve al agente a hacer el bien; ‘su injustica’ significa que esta supresión se encuentra en oposición al orden que Dios ha establecido; ‘la verdad’, como muestra el contexto y procederemos a explicar, es tanto el conocimiento sobrenatural de Dios, a saber la Fe, y el conocimiento natural de Dios que se adquiere por el uso de la Razón.

La Verdad acerca de Dios que es suprimida en el mundo contemporáneo pertenece, como la Verdad de la que habla San Pablo, tanto al orden natural como al sobrenatural.

A. La Supresión de la Verdad Sobrenatural acerca de Dios

Vemos que San Pablo, cuando habla de la “Supresión de la Verdad”, se refiere (al menos en parte) a la Fe, dado que en versículo 16 habla del Evangelio como “el poder de Dios para la salvación de todos los que creen”, y en el versículo 17 menciona la palabra “Fe” tres veces y afirma que “el justo vivirá por la Fe”.

En esta sección hablaremos de la supresión de los artículos de la Fe en la Iglesia contemporánea.

Ahora, claramente, la Fe puede estar siendo suprimida en una de dos formas posibles: rechazándola explícitamente con una herejía formal como la de los “39 Artículos” de Martín Lutero, u oscureciéndola. Tal como intentamos hacer en nuestro ensayo sobre el Modernismo, es principalmente con el oscurantismo que la Fe es atacada en nuestros tiempos. Tal como explicamos en dicho ensayo, este oscurantismo puede tomar una de dos formas: pasar silenciosamente por encima de la doctrina, o hacerlo con el error. Volvemos a esta temática en virtud de  su relevancia respecto de la apostasía.

1. Silencio

Aquí nos limitamos brevemente al oscurecimiento de uno de los dos artículos centrales de la Fe Católica, a ser la existencia de la Santísima Trinidad. Observamos que los papas recientes raramente refieren a este dogma, prefiriendo simplemente hablar de ‘Dios’ – como un gesto hacia el paganismo y la herejía.

Tal como hemos explicado en detalle en nuestro trabajo: ‘La Destrucción del Rito Romano’, las oraciones de adoración al Dios Trino han sido abolidas casi en su totalidad en el Novus Ordo. La Doxología Gloria Patri… que aparecía tres veces en el Viejo Rito ha sido removida por completo; la formula Trinitaria per Dominum Nostrum Jesum Christum… que concluía muchas de las oraciones en el Viejo Rito ha sido removida en todos los casos exceptuando uno; la oración del ofertorio Suscipe Sancta Trinitas y la oración final de la misa Placeat Tibi Sancta Trinitas han sido extirpadas; el Prefacio de la Santísima Trinidad que era utilizado casi todos los domingos del año en el rito anterior ahora sólo aparece una vez, en el día correspondiente a su fiesta.

Más aún, la invocación a la Santísima Trinidad (Pater de caelis Deus…) al comienzo de las letanías públicas fue oficialmente sustraída por el papa Pablo VI en la cuaresma de 1969. De igual manera observamos que la doxología trinitaria ha sido removida del himno Veni Creator Spiritus (por lo menos en la versión italiana), reduciendo accidentalmente el número de versos del simbólico 7 al 6.

2. Error

El error sobre el Magisterio lleva, normalmente, la forma de afirmaciones ambiguas que favorecen la herejía. En el artículo “Cómo Considerar el Concilio Vaticano Segundo” dimos un ejemplo de la afirmación: “La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica”. Esta afirmación es ambigua en cuanto a que podría significar ya sea que la Iglesia de Cristo es más grande o que es idéntica a la Iglesia Católica. Favorece la herejía en cuanto a que sugiere el primer sentido. De lo contrario ¿por qué no reafirmar simplemente el dogma de que las dos son idénticas?

a) Cambios a la doctrina católica

Dichas afirmaciones erróneas no solo favorecen la herejía sino que representan cambios (putativos) a la doctrina católica: La Iglesia de Cristo ya no es idéntica a la Iglesia Católica: subsiste en la Iglesia Católica.

Sin embargo, cualquiera con un mínimo de formación teológica sabe que la tradición tiene una fuerza unificadora. Todos los dogmas y doctrinas católicos pertenecen a la tradición, y ninguno de ellos puede cambiar en el tiempo. El Concilio Vaticano Segundo, sin embargo, declaró nuevas doctrinas, doctrinas que no pertenecen a la tradición: doctrinas que representan cambios a las enseñanzas tradicionales.

     Tal como se expresa en el mismo trabajo, la doctrina católica no puede cambiar excepto en profundidad o claridad de su mensaje. Los cambios del concilio, sin embargo, no fueron de este tipo, sino cambios sustanciales: cambios en la sustancia.

     Aparte del ejemplo citado, hay muchos otros ejemplos, como la aseveración de que hay elementos de Verdad y Santidad fuera de la Iglesia Católica, que el papa comparte jurisdicción sobre la Iglesia Católica junto con Obispos (“colegialidad”); que la Misa es “el misterio pascual”, etcétera. Tales aseveraciones representan cambios en el dogma católico, que es, sin embargo, inmutable. La Iglesia enseña inmutable e infaliblemente que fuera de la Iglesia no hay salvación, que el papa posee absoluta primacía jurisdiccional, y que la Misa es, en esencia, el Santo Sacrificio del Calvario.

b) Contradicciones en la doctrina católica

Ahora, el cambio de una afirmación que pretende expresar una verdad constituye una contradicción con dicha afirmación. Por lo tanto, los errores que hemos citado representan no solo cambios, sino también contradicciones, con las enseñanzas tradicionales.

Es cierto que no son contradicciones  formales rechazando formalmente el dogma católico, como por ejemplo diciendo: “La Iglesia de Cristo no es idéntica a la Iglesia Católica” – eso habría sido equivalente una herejía formal, no habría sido aceptado por la mayoría de los miembros del concilio. Son, más bien, contradicciones veladas y efectivas: es decir contradicciones para todo intento o propósito, contradicciones veladas en oscuridad, tal como nos ha costado explicar en el artículo sobre el Modernismo.

Tales contradicciones se manifiestan al comparar las doctrinas modernas con las doctrinas enseñadas por el Magisterio, como hemos hecho, pero también cuando comparamos textos del concilio o enseñanzas contemporáneas entre sí (ya sea a nivel magisterial, episcopal, o parroquial). En estos casos podemos hablar de “sincretismo doctrinal”.

c) Sincretismo doctrinal

Ya que el Concilio Vaticano Segundo no consiste enteramente en doctrinas nuevas, sino también tradicionales, se deduce que las contradicciones se encuentran dentro de los textos mismos del concilio. En el texto Presbyterorum Ordinis se lee por ejemplo (§ 2) que el sacerdote “en virtud de su orden sagrado tiene el poder de ofrecer el Sacrificio y perdonar pecados” (doctrina católica), y en otra parte (§ 4) que “el deber principal del sacerdote es anunciar el Evangelio de Dios a todos” (doctrina protestante).

    En el período subsecuente al concilio, la Iglesia, o más precisamente los hombres de la Iglesia, han continuado enseñando una mezcla de doctrina católica y no católica: Verdad y Falsedad: párrafos, sentencias, palabras y cartas, todas embrolladas sin sentido como si fuera un disparate, sonidos sin sentido, flatus vocis, una ciénaga, arena movediza donde un hombre puede perder su vida.

El sincretismo entró en el Magisterio – y continua floreciendo hasta el día de hoy; en todas las universidades pontificias – Lateranense, Gregoriana, Angelicum, etcétera – así como en todos los seminarios diocesanos del mundo entero. Ningún instituto quedó sin contaminarse, excepto por los pocos “Tradicionalistas”, con sus enseñanzas tradicionales y la vieja misa.

Este sincretismo se ha filtrado hacia abajo hasta los niveles parroquiales, por lo que es no raro escuchar a un sacerdote parroquial anunciar en un momento que la muerte es seguida por el Cielo, el Infierno, o el Purgatorio, y en otro momento (por ejemplo en la misa fúnebre de un no creyente) que todos vamos al Cielo. Esta mezcla de Verdad y Falsedad ha encontrado su última expresión en el “Ecumenismo”, donde la verdadera confesión cristiana hace causa común con las confesiones falsas, y la verdadera Fe con las falsas.

Mientras tanto, la Jerarquía no ha sancionado a ninguno de los dos grupos, y al permitir los dos ritos de la misa, uno que expresa la fe católica y otro la herejía, como intentamos explicar en nuestro ensayo sobre el rito romano, le ha dado de hecho los mismos derechos a la Verdad y a la Falsedad.

   Podríamos resumirlo de esta manera: la Iglesia no está usando sus tres oficios de enseñar, gobernar, y santificar en favor de la fe: promueve doctrinariamente tanto la Verdad como la Falsedad; tolera ambas jurídicamente; celebra las dos litúrgicamente. Ya no está interesada en la Verdad.

¿En qué está interesada? ¿En qué estaba interesada en “el concilio” y posteriormente? La respuesta no puede ser otra que la coexistencia pacífica con el Mundo. Pero para la Iglesia esta es una obra de autodestrucción. Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant. Roma… crea un desierto y lo llama paz.’ (Tacitus, De Agricola)

B. La supresión de la Verdad Natural acerca de Dios

  1. Atesímo en general

Arriba hemos mencionado que las palabras de San Pablo relativas a la “Supresión de la Verdad” no se refieren solamente a la Verdad sobrenatural, sino también a la natural. Esto está claro en los versículos 19-20 donde el apóstol procede a hablar del conocimiento de Dios que puede ser obtenido al contemplar la creación: “…lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa.

La supresión de la verdad natural acerca de Dios es el ateísmo: el rechazo de la existencia de Dios (“ateísmo positivo”) o el rechazo de que Su existencia pueda ser probada (“ateísmo negativo” o “agnosticismo”). Si observamos el paso del hombre a través de los siglos, atestiguamos una tendencia por su parte a emanciparse de Dios, su Señor. Bajo la Vieja Dispensación observamos las infidelidades de las personas de Israel culminando en la crucifixión del Mesías; bajo la Nueva Dispensación un alejamiento inicial del Dios de la Fe y luego también del Dios de la razón.

Las raíces del ateísmo moderno pueden encontrarse tempranamente en la Edad Media en el antropocentrismo de los místicos de Rhineland. Vemos su rostro más claramente en el humanismo del Renacimiento y más tarde en la figura de Martin Lutero, a quien el renombrado dominico del siglo XVI, P. Tommaso Campanella en su obra Atheismus Triumphatus, identifica como uno de sus principales causantes.

La raíz principal del ateísmo de los últimos 500 años es ciertamente la del subjetivismo: primero el subjetivismo teológico de Martin Lutero, luego el subjetivismo filosófico de René Descartes y los filósofos modernos. Dentro de esta tendencia filosófica podemos especificar dos teorías específicas que tiñen el ateísmo moderno: el Materialismo y el Idealismo. El Materialismo favorece el ateísmo positivo: la tesis de que Dios no existe; el Idealismo favorece el ateísmo negativo (agnosticismo): la tesis de que no podemos saber si Dios existe.

El ateísmo ha sido siempre una posición tomada por personas individuales o escuelas o élites filosóficas, pero en nuestros días ha alcanzado una dimensión casi universal y se ha convertido en lo que uno puede denominar un producto masivo. Es, por supuesto, una actitud típica del Mundo, pero en los últimos años ha entrado también a la Iglesia, es decir dentro del actual Modernismo, como un sistema de pensamiento inmanente y panteísta (cf. Encíclica de San Pío X Pascendi § 39). Se deduce que la supresión de la verdad acerca de Dios en la Iglesia contemporánea es una supresión no sólo acerca del Dios de la fe sino también del Dios de la razón.

  1. La irracionalidad del ateísmo

Los versículos 19-20 de la carta de San Pablo a los Romanos, citados arriba, constituyen para el dogma católico una de las principales fuentes del conocimiento natural de Dios. De acuerdo con este texto, el Concilio Vaticano Primero declara infaliblemente que Dios puede ser conocido “con certeza mediante la luz natural de la razón humana”, y el juramento antimodernista, repitiendo y ampliando esta declaración, agrega que la existencia de Dios “…es probada de esta manera”.

Tal como declara dicho documento, la prueba proviene por medio del principio de causalidad, del mundo creado a la existencia del Creador. Esta prueba, que tiene cinco modos distintos, es presentada formalmente por Santo Tomás de Aquino en su obra “Las Cinco Vías”- las cinco vías notables por su profundidad y sutileza, así como por su expresión concisa y clara.

Dado que la existencia de Dios puede ser probada, el ateísmo no es una posición lógica sostenible. Se deduce entonces, estrictamente hablando, que no hay algo como ateísmo teórico, sino sólo ateísmo práctico. En otras palabras, uno puede vivir como si Dios no existiera, pero no hay bases lógicas para hacerlo.

  1. La inmoralidad del ateísmo

    Al convertirse en un producto masivo, el ateísmo ha ganado cierta aceptación y respeto en las conciencias comunes. De hecho, el título de “ateísta” se ha convertido poco menos que autojustificativo: es suficiente con presentarse a uno mismo como ateo y, normalmente, no se harán preguntas.

Esto, sin embargo, no corresponde a la visión de la Iglesia. El padre Tomas Tyn O.P. dice: “Alguno me dirá ‘que es ateo, pero muy bueno’. Yo respondo: ‘Puede ser muy bueno, pero no como ateo.’” Ciertamente, dado que la existencia de Dios, en palabras de San Pablo, es “manifiesta” y “vista claramente”, el ateo no sólo es irracional sino también  “inexcusable”.

La razón del ateísmo es el pecado. “El necio se dice a sí mismo: No hay Dios”. Tal es el inequívoco verso inicial de los salmos 13 y 52. La palabra “necio” en el hebreo original significa tosquedad, tanto intelectual como moral, e implica que el necio reniega de Dios para poder justificar su pecado. Nuestro Señor habla de quienes lo rechazan porque prefieren las tinieblas a la luz: para que su pecado no se ponga de manifiesto; y San Agustín en la misma línea dice que el ateo siempre tiene buenas razones para ser un ateo. En términos escolásticos, estamos hablando de la ignorantia affectata, la ignorancia que no disminuye, sino que aumenta, la culpabilidad del agente. Es la ignorancia de los responsables por la muerte de Nuestro Señor, quienes poseían una mala voluntad.

Dado que el ateísmo es tanto un paliativo como un fenómeno masivo, puede ser descrito como “El opio de la gente”.

PARTE 2

    II  La negación a honrar a Dios

En el versículo 21, San Pablo escribe: “…habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde”. Aquí menciona los dos deberes religiosos que el hombre debe a Dios en virtud de Su gloria y bondad infinitas. Al alejarse de Dios, el hombre se ha negado a cumplir de hecho estos deberes.

Esto es particularmente obvio en el ámbito de la Santa Misa donde la nueva liturgia de la Iglesia refleja Su nueva doctrina. El ofrecimiento de la Santa Misa es en sí misma la manera más alta y perfecta de dar gloria y gracias a Dios – ciertamente el sinónimo más común para la Santa Misa es “la eucaristía”, que significa acción de gracias.

El viejo rito permite al hombre dar gloria a Dios y darle gracias en la manera más adecuada y sublime posible. La Novus Ordo Missae, por contraste, es defectuosa en este aspecto. Aparte de suprimir de la mención de la Santísima Trinidad (como expresamos antes) – el objeto de gloria ofrecido en la Misa, la oración “Gloria in Excelsis Deo”, ha sido removida de la mayoría de las misas ofrecidas en el curso del año litúrgico. En el mismo espíritu, la gran mayoría de actos de adoración que la rúbrica del viejo rito ha salvaguardado, han sido eliminados de la misa moderna, como los signos de la cruz, las genuflexiones, el silencio, junto con el comportamiento reverente por parte del celebrante y los asistentes.

Invitamos a cualquiera que reclame que los dos ritos son de igual valor a que reflexione sobre estos cambios. ¿Cómo puede un rito que, por ejemplo, prescribe la comunión en la boca a quienes se arrodillan ser de igual valor que uno que permite e incluso fomenta la comunión en la mano al que permanece de pie?

De hecho, cada Misa por sí misma da igual valor a Dios, pero la manera en la que una Misa se ofrece no es de igual valor que la manera en la que otra Misa es ofrecida. Si tomamos dos piedras preciosas idénticas y colocamos una en un marco precioso sobre un aro precioso que hace juego con la piedra, y la otra en un marco vulgar y barato sobre un aro vulgar, claramente el primer objeto tendrá más valor que el segundo.

Al alejarse de Dios, el hombre rechaza la Verdad y el Bien en su sentido más profundo, es decir el que existe en Dios mismo. En la próxima sección consideraremos el primer concepto; y en la siguiente el segundo concepto. En secciones posteriores nos ocuparemos de exponer la irracionalidad y maldad de la sociedad contemporánea.

     III Necedad

San Pablo continúa (vers. 21-23) que los hombres, al no glorificar ni agradecer a Dios, “se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se volvieron necios…”.

Para comentar la frase “su necio corazón fue entenebrecido” podría decirse que esta necedad consiste en el rechazo de Dios, y que este rechazo oscurece el intelecto y la voluntad, representada en imaginería judía, por el corazón.

Dios es Verdadero: Verdad objetiva, Ser, realidad objetiva en el último sentido del término. El ateísmo, al rechazar a Dios, ha rechazado la verdad: ha sustituido la verdad por la falsedad (como lo indica San Pablo en el vers. 25); y como el conocimiento es el conocimiento de la Verdad y la filosofía es el conocimiento de la Verdad en el sentido último de la palabra, el ateísmo ha excluido efectivamente a priori tanto la posibilidad de conocimiento como de filosofía.

Los filósofos ateos modernos son hilanderos de fantasías. Hubiera sido mejor para ellos convertirse en escritores de ciencia ficción. Al menos se habrían revelado tal cual son y habrían ganado un sustento honestamente. ¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la base de la moralidad? ¿Qué soy? Uno de ellos idea una teoría y otro la refuta. Las preguntas se convierten en incontestables y, al final del día, completamente ociosas.

Dentro de la Iglesia, los modernistas, ahora con cierta edad, están hilando fantasías similares. No quisiéramos pasar por alto o en silencio la última negación por parte de algunos Obispos respecto de la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo, de los privilegios sublimes de la Santísima y Gloriosa Virgen María, o la promoción del aborto por parte de la conferencia de Obispos Alemanes: Tod ist ein Meister aus Deutschland.

Estas fantasías varias, al juntarse con las verdaderas doctrinas de la Iglesia, crean esa amalgama sincretista de Verdad y Falsedad que hemos mencionado arriba.

Una de las maneras más efectivas en las que el modernismo ha entrado en el corazón del clero y de los fieles es, sin embargo, por medio de la Novus Ordo Missae, ya que de acuerdo al principio lex orandi, lex credendi, en su celebración y apoyo de este rito han embebido la falsedad de la nueva y falsa teología, y su corazón se ha oscurecido y cerrado a la Verdad. Dentro del clero y la jerarquía Novus Ordo o de los que participan de ambos ritos, ¿quién ha retenido una visión clara e inmaculada de la Verdad Absoluta y Sobrenatural?

Herumstolzierend, los filósofos y pensadores modernos realizan pobres incursiones en el campo de la ética práctica como la sexualidad y la vida no nacida. Aclamados e incluso renombrados en los últimos años por sus logros intelectuales, profesan como los modernistas, “ser sabios”: “… con esa vanagloria que les permite considerarse a sí mismos como los únicos poseedores del conocimiento, y los hace decir, eufóricamente y llenos de presunción: no somos como los demás hombres” (Pascendi § 40).

Nosotros respondemos al modernista y filósofo moderno con las palabras de Shakespeare (Enrique IV, Parte I, Acto V, Escena V): “No te conozco, anciano. Vete a rezar. ¡Qué mal sientan las canas a un bufón…”.

     IV  Idolatría

Y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles…”.

Al rechazar a Dios desde el corazón, es decir, desde el intelecto y la voluntad, ellos rechazan el propio objeto de estas facultades, que es Dios bajo el aspecto de la Verdad y el Bien infinitos, respectivamente: dado que el intelecto ha sido creado para conocer a Dios bajo el aspecto de la Verdad, y de amarlo bajo el aspecto del Bien.

Una vez que Dios ha sido rechazado del corazón, una vez que el corazón ha perdido la orientación a su propio objeto, se oscurece y cae en objetos sustitutos: en cosas creadas, ídolos: demonios, hombres, animales, o esculturas. En resumen, los hombres que rechazan a Dios, al caer lejos de Él, “adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.” (vers.25).

El Libro de la Sabiduría (cap. 13) que sirve de base al relato de San Pablo sobre la apostasía, especifica las esculturas como objetos de adoración de los hombres; San Pablo, en cambio, especifica a los animales y al hombre. La sociedad apóstata moderna, por contraste, ha elegido claramente al hombre como objeto de su adoración.

La filosofía moderna, al negar o poner en duda la existencia de Dios, ha colocado al hombre en el centro del universo. Ha desarrollado dos sistemas de ética para su conducta: el hedonismo y el humanismo. No será necesario exponer sobre la superficialidad del hedonismo, del cual ofreceremos un ejemplo escandaloso abajo, sino que vamos a limitarnos a comentar brevemente sobre el humanismo.

El que cree en Dios reconoce que la perfección y la dignidad del hombre reside en su amor a Dios, y que su conducta moral debe estar determinada por la voluntad de Dios, particularmente la expresada en la ley natural. El humanista ateo, por el contrario, es incapaz de apreciar la dignidad del hombre o la ley natural que debiera gobernar su accionar; al rechazar a Dios ha rechazado todo fundamento adecuado para la dignidad y moral humana. De hecho, ha rechazado la misma realidad objetiva y se ha convertido incapaz de entender al hombre o su moral excepto en relación al orden subjetivo, en relación a la felicidad y satisfacción del hombre.

No podemos negar que este humanismo ha entrado en la enseñanza moral católica contemporánea, incluso si la doctrina católica es divina en su naturaleza. Como explica San Pablo (Gal.1. 11): “Pues quiero que sepáis, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre”.

En cambio, la nueva posición moral y doctrinal de la Iglesia desde el Concilio Vaticano Segundo en adelante, con su advocación del principio de la Misericordia por encima de la condena del error,  su amor por el mundo entero qua mundo, su promoción de la libertad de expresión, la libertad de prensa, la abolición del Index, la pretendida expansión de la Iglesia hacia fuera de la misma Iglesia Católica, la promoción de un ecumenismo eufórico y embriagador, y muchas más instancias de un nuevo e invasivo espíritu de amor que no es ya el de la Caridad.

La Caridad es el amor sobrenatural de Dios y del hermano en estado de Gracia de Dios, que se “regocija en la Verdad” que consiste en cumplir los mandamientos, y que se perfecciona en la santidad. El nuevo espíritu de amor, por contraste, es el amor de los sentidos: sentimientos, sentimentalismo, conformidad a los sentimientos de los otros. Es una manera subjetiva de amor. Entre este último tipo y el anterior, hemos sido testigos de un salto: de lo objetivo a lo subjetivo, de la virtud sobrenatural del amor a la pasión del amor; hemos visto un simulacro débil y afeminado disfrazándose como amor verdadero y engañando a las masas. La decepción continúa hasta el día de hoy y, tal como hemos intentado mostrar en el libro sobre la familia, es particularmente evidente en el Personalismo Magisterial y la Teología del Cuerpo.

En la doctrina contemporánea de la Iglesia, el hombre es colocado en el centro del mundo y, por lo tanto, así como en la liturgia sobre la que hemos hablado en detalle en el libro sobre la Nueva Misa, nuestro Señor Jesucristo ha sido derrocado de Su debida posición de honor y sustituido por el hombre.

V  Depravación

Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos;… ’ (v.24).
Primero observamos que la frase “Dios los entregó” (que aparece tres veces en la sección que analizamos) refiere a Dios reteniendo la Gracia de los pecadores en respuesta a la depravación de su pecado.

  1. Impureza en general


       Las dos facetas más sobresalientes de la impureza, como en el ateísmo, son su irracionalidad y su inmensa difusión contemporánea. Veremos cada una por separado.   

a) Irracionalidad

La facultad sexual es para la procreación, así como el ojo es para la vista. Cuando los niños nacen, necesitan un hogar estable para crecer como personas felices y equilibradas. Con este propósito, un padre y una madre son necesarios – para amarlos a ellos y entre sí. De esta manera podemos ver que la naturaleza humana conlleva por sí misma la necesidad del matrimonio: en otras palabras, el matrimonio es una institución de la ley natural. Por lo tanto, desafiar el matrimonio es desafiar la Ley Natural, y la Razón misma que ella expresa.

b) Difusión

Los pecados contra la pureza han sido moneda corriente en base a nuestra naturaleza caída, pero dichos pecados hoy tienen muchísima difusión. La razón debe encontrarse en la enorme difusión del ateísmo, por cuanto que si Dios y el Bien Objetivo ya no son los principios que guían la moralidad, su lugar ha sido usurpado por el hombre y su bien subjetivo. Pero si el hombre y sus sentimientos han ganado ascendencia moral, entonces queda claro que la sexualidad tendrá rienda suelta por todos lados.

Así como con el ateísmo, siempre ha sido el caso que algunos intelectuales intentaron justificar los pecados contra la pureza, pero hoy ya no estamos hablando de las actitudes o pecados de individuos, sino de las masas. Relaciones extramaritales sucesivas de mayor o menor duración e incluyendo cohabitación abierta, también en la forma de “matrimonios civiles” combinada con divorcios, se ha vuelto tan convencional como el matrimonio en el propio sentido de la palabra.

El estigma moral asociado a tales males ha sido ampliamente borrado. El sentido de vergüenza ha disminuido; la modestia en el comportamiento, el vestido, y la palabra ya no se practica; la obscenidad se encuentra hasta en la boca de los niños.

La naturaleza caída se impone desde millones de carteles y pantallas. Grita en las calles y en lugares públicos a través de una incansable e incesante corriente de música contaminada, contando sus alegrías, amores y pesares inextinguibles. Encuentra su última expresión y celebración en el “concierto de música pop” con sus fanáticos gritando y aullando, su libertinaje y obscenidad.
“lleno de sonidos y furia, y que nada significa”. (Macbeth, Act 5, Scene 5).

La familia se desintegra en “familias uniparentales” o pseudo-familias desiguales y amorfas consistiendo de enteras generaciones de personas relacionadas entre sí como quasi parientes políticos: fragmentos de hogares quebrados aferrándose a fragmentos de otros hogares quebrados, como restos y desechos a la deriva en el vasto océano de la miseria humana.

La sociedad misma, con la desintegración de la célula constitutiva que es la familia, se desintegra a sí misma, como un enorme glaciar que se divide, se quiebra, se descompone en el mismo océano contaminado que lo abarca.

C’est un univers morne à l’horizon plombé où nagent dans la nuit l’horreur et le blasphème (Baudelaire, Les Fleurs du Mal).
La razón para la particular decadencia y degradación de la sociedad occidental es su antigua gloria. La sociedad católica es la más alta forma de sociedad que existe, y la corrupción de aquello que es lo mejor es lo peor : corruptio optimi pessima est. En esta asociación, no debiera sorprender que incluso Italia, el propio corazón del catolicismo, también contemple un proyecto de ley para introducir la infame “Ideología de Género” en las escuelas.

  1. Impureza antinatural

…adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén. Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza. y de la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su extravío” (vers. 25-27).

a) Impureza antinatural en general

Si la fornicación por sí misma es contraria a la naturaleza y a la razón, esta forma es notoriamente peor. No sólo estos actos son realizados fuera del contexto natural que es el del matrimonio, sino que incluso se ven privados de la complementariedad sexual y carecen por su naturaleza de la posibilidad de procrear.

Una mirada a la psicología empírica muestra que esta forma de fornicación no sólo es irracional en relación a la finalidad del acto sexual, sino también en relación a la psiquis humana. De acuerdo a una teoría conocida y ampliamente respetada, la condición del homosexual deriva de un coartado desarrollo psicológico del niño. Tomemos por ejemplo a un niño cuyo padre (ya sea por ausencia o por una personalidad poco atractiva) no provee el modelo necesario para su masculinidad psicológica y/o cuya madre, por su carácter posesivo o dominante por ejemplo, no le permite desarrollarla. Este niño, al madurar hacia la adultez, será presa del deseo de apropiarse de la masculinidad de aquellos de su propio sexo que representen para él su ideal de hombría, que él siente que sólo posee en forma potencial. Claramente, mantener una actividad sexual con dichos especímenes idealizados no hará nada para satisfacer su deseo. Al contrario, lo indicado es la terapia, la purificación del amor emocional y su sublimación a una vida y actividades en consonancia con la dignidad de la persona humana.

Observamos con pesar que una familia quebrada tiende a aumentar la condición homosexual, en cuanto a que a) los padres se ausentan más de la vida de sus hijos, b) al disminuir el espíritu de sacrificio que garantiza una familia funcional, los padres resultan menos atractivos como modelos para ellos, y las madres menos altruistas.

Si bien debemos ser compasivos hacia los que sufren, no debemos nunca condonar el mal. Con los actos homosexuales estamos hablando de pecados de extrema gravedad, que “claman al Cielo por venganza” y ante los cuales “hasta los demonios se retiran”, según San Pedro Damiano. Ellos aborrecen estos crímenes porque han retenido algo de la perfección de la naturaleza angélica, por eso los pecados de magnitud contra la naturaleza les resultan repulsivos.

b)  “Matrimonio” antinatural

Un avance reciente de este asunto oscuro es que las alianzas entre personas del mismo sexo sean consideradas como “matrimonio” por parte autoridades estatales, con propuestas de sanciones futuras a quienes que se opongan abiertamente.

Lo que estamos viendo es la aprobación y aceptación pública, por lo menos a nivel civil, de aquello que es obsceno e intrínsecamente pervertido; y la pretensión de elevar esta forma de vivir a la dignidad del sacramento, en otras palabras, a la del estado deseado por Dios y fuente de santidad.

La irracionalidad de esta manera de vivir es manifiesta incluso en el nombre con el que ha sido apodada: “matrimonio”. La palabra deriva del latin “matrimonium”, que, como explica el Catecismo de Trento, significa “matris munus”: el oficio de la maternidad, que cuando se aplica a dos miembros del mismo sexo es claramente una contradicción de términos. Como seres racionales, y sobre todo católicos, debemos rehusarnos a llamar a estas uniones como “matrimonio” y debiéramos instruir claramente a nuestros hijos en que no lo son.

Incluso si estas uniones no logran, y en base a su perversión nunca lograrán, ser ampliamente difundidas, observamos que un jefe de estado después de otro cede a la presión de aprobarlos, bajo la influencia de una pequeña y virulenta banda de réprobos. Estos jefes de estado, cuando no son malignos son débiles. Carecen de coraje y sustancia: son como medusas blancas, invertebradas y venenosas, flotando con la marea y trayendo muerte a todos los que se cruzan con ellos.

No debió haber sido fácil para los promotores de tales abominaciones bizarras y grotescas encontrar un nombre peyorativo para describir la posición de sus opositores. Aparecieron con “Homofobia”, literalmente “miedo mismo”, o por aproximación “odio mismo”, sugiriendo que sus opositores albergan miedo u odio hacia ellos, cosa que sería debilidad e inhumano. En respuesta debiera decirse que la Iglesia no teme ni odia a nadie; pero condena estas acciones y formas de vivir.

Incluso si estos actos están enraizados en que el Mundo desafía a Dios y a la Iglesia, en el Sínodo de la Familia de 2014 hemos visto obispos prendidos de ese pensamiento mundano, ¡infandum! Por ejemplo buscando qué es “lo que pueden aportar” esta clase de consortia civil. En este aspecto, nos limitamos a remarcar que es una pérdida de tiempo, de energía, y de finanzas de la Iglesia que un Sínodo de Obispos averigüe qué puede haber de bueno en algo que es intrínsecamente malo.

c) “Género”

No contenta con degradar a la persona humana y la sociedad de esta manera, la misma banda pervertida ha triunfado en introducir en un considerable número de escuelas europeas programas educacionales promoviendo lo que les enorgullece llamar “Ideología de Género”. Estos programas están destinados a chicos desde su nacimiento hasta la vida adulta. Ellos eligen emociones y sentimientos como guía para la conducta sexual; las incitan y promueven en la mente de los chicos. Los programas tienden hacia la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad, la pedofilia, la destrucción de la familia, el control de la población, e in fine, o eso parece, al totalitario “Nuevo Orden Mundial”.

Aparte de su depravación singular, esta empresa es caracterizada por lo que sólo puede describirse como estupidez en grado heroico. ¿Ha habido alguien alguna vez que sugiriera seriamente, en el campo que fuese, que el hombre debe guiarse sólo por sus emociones y sentimientos? El hombre no es un animal: posee razón y voluntad. Ciertamente, como hemos notado arriba, estas son las principales facultades del alma inmortal, el uso de las cuales determina su vida eternal.

¿Cómo puede ser, entonces, que los directivos de las escuelas y los maestros hayan aceptado estas propuestas? ¿Lo han hecho para obedecer a la ley civil? En este caso, debieran saber que una ley injusta no es una ley sino la negación de una ley. ¿O lo han hecho para no perder sus empleos? Eso es pecado, porque ese proceder constituye un daño moral objetivo, y no es lícito hacer lo que es malo como medio para alcanzar lo bueno. Si desean permanecer en la escuela, ¿por qué no permanecen en ella para mostrar la verdad acerca del programa de Género y sus verdaderas intenciones? ¿Abandonará el Señor a los que se niegan a ofenderlo con el pecado?

 Quizás nos sorprenda que sea un grupo pequeño de personas el que ejerce presión sobre los jefes de estado y la sociedad para conseguir lo que es contrario a la naturaleza, la lógica, el buen sentido, la conciencia, y también la mayoría (aunque es presentado en nombre de la democracia).  Pero, de nuevo, hemos visto fenómenos similares en el Tercer Reich, la Reforma, las revoluciones Doctrinales y Litúrgicas (es decir, el Concilio Vaticano Segundo y la implementación del Novus Ordo Missae, respectivamente), y en todas las revoluciones. Un grupo pequeño instiga al mal y sólo un grupo pequeño se resiste activamente. El resto sigue la corriente, flotando con la marea. En Alemania hay un dicho: sólo los peces muertos van con la corriente.

Uno de los errores más graves de la “Ideología de género” es el principio de que las naturalezas pueden cambiar: un hombre puede convertirse en una mujer, por ejemplo, y una mujer en un hombre. La verdad, al contrario, es que la noción de “naturaleza” o “esencia” corresponde a la noción de “sustancia” que es un principio del pensamiento: un principio sin el cual es imposible pensar. Esencias y naturalezas no cambian, a menos que Dios intervenga directamente. Un hombre sigue siendo hombre haga lo que haga consigo mismo, y una mujer una mujer. Luego de una “operación de cambio de género” un hombre no se convierte en una mujer, sino en un “Attis”, un ser que se ha mutilado a sí mismo y personifica a una mujer.

Tal como Romanio Amerio afirma en varios puntos de su obra magisterial “Iota Unum”, la raíz del error moderno es la misma negación o “pérdida”, de las esencias. La negación de las esencias es resultado de un subjetivismo radical, que es la idolatría de la edad actual y que hemos mencionado antes: la sustitución de Dios por el hombre. Si ellos niegan que las cosas tienen su esencia, una esencia objetiva, entonces asumen para mí las esencias que debo atribuirles de acuerdo a mis sentimientos y actitudes, esencias que pueden cambiar dado que mis sentimientos y actitudes cambian.

  1. Inequidad en general

Y como ellos no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran las cosas que no convienen; estando llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia; colmados de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad; son chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados;” (vers. 28-31).

El Libro de la Sabiduría, el fundamento para la obra de San Pablo sobre la apostasía, nos presenta una lista similar de males derivados de la misma fuente: “por doquiera, en confusión, sangre y muerte, robo y fraude, corrupción, deslealtad, agitación, perjurio, trastorno del bien, olvido de la gratitud, inmundicia en las almas, inversión en los sexos, matrimonios libres, adulterios, libertinaje. Que es culto de los ídolos sin nombre principio, causa y término de todos los males”. (Sabiduría 14 vers. 25-27).

En la sección previa, referida a la impureza antinatural, San Pablo habló de la recompensa debida al error, que nosotros podemos adjudicar a la epidemia de SIDA. Dejando al lector reflexionar sobre cómo los pasajes mencionados se relacionan con nuestra época actual, nos movemos brevemente a considerar las consecuencias de esta apostasía para el hombre contemporáneo, primero en relación con su alma, luego en relación con la destrucción a la cual tiende.

 

PARTE 3

Consecuencias

  1. El alma del hombre

En la raíz de la apostasía se encuentra el orgullo. El orgullo ha seducido la voluntad del hombre, que a su vez se ha separado de la razón. Al separarse de la razón se separó de la fe y de Dios. La apostasía ha sido tan violenta, que ha sacudido al hombre en lo más profundo de su ser: ha nublado su intelecto, debilitado sus emociones de su dominio, al menos en parte,  y las ha intensificado.

La impureza en la cual esta apostasía consiste en parte ha realizado fuerza en el proceso de destrucción. Como muestra Santo Tomás en su obra sobre “Las Hijas de la Lujuria” (Summa II II 153 a. 5): “por el vicio de la lujuria el apetito inferior concupiscible tiende vehementemente a su objeto, que es lo deleitable a causa de la vehemencia de la pasión y del deleite; es lógico que por la lujuria se desordenen las fuerzas superiores, la razón y la voluntad.…”.

En todos estos aspectos, la apostasía de hoy imita el pecado original en sí mismo, ha fortalecido el peso de este pecado sobre la naturaleza caída y ha traído esta misma naturaleza a su más fino y final florecimiento.

Procederemos a mirar más de cerca el intelecto y voluntad del hombre moderno.

a)  El intelecto

i) El profesor Plinio Correia de Oliviera, en su libro “Revolución y Contra-revolución” explica cómo en el curso del tiempo el hombre se ha vuelto más audaz en su rebelión contra Dios. Primero niega la fe, luego la existencia de Dios, y finalmente la Ley Natural. Hemos visto cómo este proceso culmina en una negación de las esencias. La rebelión ha tomado dimensiones nacionales con la imposición del ateísmo, las familias de un solo hijo, y la “Ideología de Género” en naciones enteras.
Y todo este proceso está contenido como germen en el rechazo original del hombre hacia Dios. Para Dios, el objeto propio del intelecto es la Verdad y la Realidad Objetiva,  y al rechazar a Dios no sólo ha rechazado la Verdad, como mencionamos arriba, sino también la Realidad Objetiva en sí misma. Como resultado se ha vuelto ciego a la voluntad de Dios manifestada en la ley natural, e incluso a la esencia misma de las cosas. En cambio, se ha abrazado a la realidad subjetiva, que no es otra cosa que locura. Daremos un ejemplo en la próxima sección.

ii) Al no actuar de acuerdo a la razón, ha descendido al nivel de los animales, o incluso más abajo, porque los animales siguen la Ley Natural por su mismo ser; mientras que el hombre la ha desafiado, y eso es actuar como un animal pervertido;

iii) Su voluntad, al rechazar la razón, se ha levantado en su contra. Se halla dividido en sí mismo: dividido y esquizofrénico;

iv) Al dividirse ha entrado en su caída final. Nuestro Señor ha dicho “Un reino dividido no puede subsistir”. El hombre está en un estado de autodestrucción: moral en su relación con los otros, física en su relación con niños abortados, y espiritual en relación con su alma inmortal.

b)  La Voluntad

i) El hombre ha rechazado el objeto propio de su voluntad que es Dios. A hacerlo, se ha rehusado a amarlo, se ha considerado incapaz de cumplir esta única razón para su existencia;

ii) Su rechazo de Dios lo ha conducido a la impureza, alejándolo del matrimonio, del más íntimo y duradero de los amores humanos. Se ha mostrado a sí mismo incapaz de esas dos formas de amor que hacen las mayores demandas al hombre, que demandan su sacrificio en el grado mayor: el amor divino y el amor esponsal. A este punto ha llegado como su padre, el Demonio, “el que no puede amar” en palabras de Santa Teresa de Avila.

iii) En cambio, ha caído en la impureza: no el amor  verdadero, el amor como virtud, sino el amor como pasión, un objeto sustituto llamado “amor” sólo por analogía con el verdadero amor. Ya hemos hablado de estos dos tipos de amor, indicando cómo la Iglesia misma ha mudado su interés de la virtud del amor a la pasión del amor. Para entender la enormidad de la impureza en la forma actual, comparémosla brevemente con el matrimonio.
Este existe entre un hombre y una mujer con el propósito de procrear y educar a sus hijos; la otra forma existe entre dos personas sin importar sexo o edad, con el fin de obtener placer. La procreación es evitada cuando es posible, por medio de anticonceptivos o abortos. Los niños que, a pesar de estos peligros, logran nacer son enviados a colegios, ya no para ser educados sino pervertidos. El hombre ha sido envuelto en un mundo diseñado por el Demonio, el imitador de Dios, una distorsión grotesca y pervertida de la realidad. No es el mundo objetivo, es un mundo subjetivo, una realidad subjetiva. ¿Cómo describir la vida en este mundo sino como locura?

  1. Destrucción

El pecado de los sodomitas clama al Cielo por venganza, como lo hace el grito de un huérfano. ¿Quién es más huérfano que el ser creado y destruido en un tubo de ensayo, o de sobrevivir, destinado a un vientre alquilado y asignado al nacer a dos personas del mismo sexo que viven una miserable parodia del matrimonio? Los gritos por los pecados de los sodomitas y de los huérfanos se mezclan con los de millones de niños no nacidos y asesinados diariamente por ‘anticonceptivos’ o por otros métodos, sus ‘gritos silenciosos’ e intentos desesperados observados en un video de ultrasonido. Los gritos, inaudibles para la mayoría, dividen el aire del espíritu en cada momento del día “y su clamor ha llegado a oídos del Señor de los ejércitos” (Santiago 5.4).

“Y si entraran en la corriente de vida y pasaran de largo’ dicen los apóstatas, ‘si todos a nuestro alrededor perecieran, ¿qué nos importa? Sólo nosotros existimos, nos pertenecemos: así como decretamos, así se hará”.

Y los muertos responden: “¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc. 6.10). Pero la copa de la ira de Dios está rebosando, las tropas enemigas se amontonan contra la Iglesia, y  el derramamiento de sangre ha comenzado.

¿Nos preguntamos por qué la maldad moral tiende a la destrucción? Para responder esta pregunta ayudará considerarla en relación con el bien moral. El bien moral, y la virtud del amor que lo genera, tiende a aumentar y perfeccionar el ser: a la gloria externa de Dios, y al bien del hermano y de uno mismo. La maldad moral, por contraste, tiende a disminuir el ser. Es evidente al recordar que la maldad es esencialmente la privación del ser, por tanto promover la maldad es promover la privación, la disminución del ser.

Por la fe sabemos que el objetivo de Dios (or finis operis) en la creación es glorificarse en la semejanza consigo mismo. El hombre glorifica a Dios, promueve Su Gloria externa y a la vez su propio bien, por su santidad. A este fin es necesario que el hombre se una a Dios por la Gracia: por bautismo, fe, y caridad que aumentan con cada una de las buenas obras que hace el hombre en estado de gracia.

El Demonio, en cambio, no tiene un propósito (finis operis) en sentido positivo, por lo tanto sus maquinaciones son esencialmente sin sentido o significado. Su único propósito tiene sentido negativo. Este propósito se define por su negación al propósito de Dios,  es decir, como la frustración de la gloria de Dios: la disminución del ser que consiste en la gloria de Dios y la santidad del hombre, idealmente en su total eliminación. Para este fin emplea todos sus esfuerzos para evitar el acceso del hombre a la gracia: al bautismo y la fe, y luego evitar su crecimiento en la gracia, es decir, su perfeccionamiento en la Caridad, por actos virtuosos. Esto lo hace obstaculizando al hombre y tentándolo a pecar.

Guiado por Dios, los hombres vivieron su vida terrena plenamente en paz y felicidad; guiados por el Demonio su vida está vacía, sin sentido, caótica, dañina y destructiva: “Sus pies corren al mal, y se apresuran a derramar sangre inocente; sus pensamientos son pensamientos de iniquidad, desolación y destrucción hay en sus caminos” (Is. 59:7,8, 13-15). Nuestras palabras sobre la impureza pueden servir como ilustración de esta verdad; aquellos que se involucran en ella son como los herejes que San Judas (vers.12-3) compara con los habitantes de Sodoma y Gomorra “…son nubes sin agua llevadas por los vientos, árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; son olas furiosas del mar, que arrojan como espuma su propia vergüenza; estrellas errantes para quienes la oscuridad de las tinieblas ha sido reservada para siempre”.

Al final de la vida en el Cielo, el hombre alcanza la perfección del ser, la plenitud de la vida, la felicidad que fluye de ella, de la visión de Dios, en el Infierno, por el contrario, sólo hay una negación del ser y de la vida: una aniquilación de la vida y muerte en vida.

Lo que hemos dicho sobre el hombre individual claramente se aplica de igual manera a la familia y a la sociedad, de la cual como mencionamos antes, la familia es la célula constitutiva.  Podemos verlo con particular claridad en relación a la destrucción infligida por el aborto: ¿qué futuro puede tener una sociedad que asesina a sus propios niños?

¿Pero lo que estamos contemplando es la destrucción de las sociedades individuales, o de la sociedad y la civilización como un todo? ¿Es cierto que el sol se está poniendo sobre la humanidad como afirmó Benedicto XVI?

Hay razones para pensarlo. Nos referimos a las palabras de Monseñor Gaume em el Traité du Saint-Esprit (Vol. I ch.18) sobre los tres diluvios: el de Noé por el agua, el del mundo pagano por la sangre; y el de la sociedad moderna por el fuego: “… la ruina del mundo apóstata cristiano por el diluvio de fuego traerá el fin de la existencia de la raza humana sobre el globo. Pisoteando los méritos del Calvario y los beneficios del Cenáculo, el mundo de los últimos días se alzará en rebelión contra el Espíritu del Bien. Más que nunca, esclavizado por el Espíritu del Mal, se asignará a sí mismo con un cinismo desconocido todas las formas de iniquidad. Será tal el número de desertores que la Ciudad del Bien quedará casi abandonada por completo y la ciudad del Mal asumirá proporciones colosales…”.

El iluminado prelado nota que los tres diluvios son diluvios donde “el hombre se convierte en carne”. Cita el Génesis (6, 3): “Mi Espíritu no luchará para siempre con el hombre, porque ciertamente él es carne” junto con el comentario de San Ambrosio: “Diluvium carnis peperit diluvium aquae”. Esto es cierto tanto para el segundo diluvio como para nuestra sociedad actual. Agregamos que entre los varios pecados de la carne, la impureza antinatural juega un rol significativo en los tres casos: Sodoma y Gomorra en el primer caso; los últimos días de Roma según el relato de la Ciudad de Dios de San Agustín en el segundo caso; y por supuesto el mundo presente en el tercer caso.

     Aspiración

Si bien el Mundo y grandes porciones de la Iglesia pueden estar viviendo en la oscuridad, no estamos y no vamos a ser tragados por ello. “La luz brilla en las tinieblas: y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1.5). Como escribe San Pablo (I Tes. 5. 4-8): “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que el día os sorprenda como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos alerta y seamos sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Pero puesto que nosotros somos del día, seamos sobrios, habiéndonos puesto la coraza de la fe y del amor, y por yelmo la esperanza de la salvación”.

No seremos tragados por las tinieblas del Mundo, no, pero nos ocuparemos en la tarea de nuestra salvación. Al hacerlo, también seremos luz del mundo para los que nos rodean, como nos mandó Nuestro Señor, y como San Pablo afirma (Fil. 2.15): “para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”.
Concluimos este ensayo con una cita de quizás la más profunda obra del Rito Romano: “El Santo Sacrificio de la Misa” por el Rev. Dr. Nikolaus Gihr, Herder 1938, (Bk.1 ch.3 a.3, s.2, p.226), una cita que podría inspirar en nosotros los mismos sentimientos cristianos:
“Ninguna pluma es capaz de describir el celo ardiente, la generosidad, la energía, la pureza de corazón y grandeza de alma, la magnanimidad y mansedumbre, la paciencia y olvido de sí – en resumen, el espíritu de amor y sacrificio que ha fluido desde el altar por más de dieciocho siglos, compuesto por millones de niños de la Iglesia viviendo estos santos sacrificios, agradables a Dios” (Rom. 12, 1).

Nosotros también debiéramos aspirar a ser parte de esos niños Buenos, que constituyen su corona y alegría (Fil. 4,1); debiéramos convertirnos en un sacrificio a Dios por nuestros hermanos, llevando una vida casta y pura, activa y paciente, devota y caritativa – una vida de sacrificio. ¿Puede la vida de un verdadero hijo de Dios y de la Iglesia en una época anticristiana y en un mundo alejado de Dios ser cualquier cosa menos una vida de continuo sacrificio? “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos” (2. Tim. 3,12).
Sólo en el resplandor del fuego es que el incienso exhala sus dulces aromas, sólo en la cruz es que el oro alcanza su pureza y su brillo; por tanto nosotros también debemos ser examinados, purificados y probados en la cruz del sufrimiento y la tribulación, que las fructíferas semillas de la virtud florezcan en nosotros, y que alcancemos la alegría y la gloria eterna.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.   Amén.

Don Pietro Leone

[Traducido por Marilina Manteiga.  Artículo original]

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