Entre los obispos de Italia que ejercen actualmente como Ordinarios, el Arzobispo Luigi Negri se destaca por sus comentarios agudos y sus prolíficos escritos (incluyendo una multitud de artículos y alrededor de 30 libros) sobre una amplia variedad de tópicos, siempre con el objetivo de defender una visión católica conservadora del mundo y su presencia en el foro público y el mundo de la cultura. Estudiante cercano y colaborador de Monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunione e Liberazione, fue designado obispo de la pequeña diócesis de San Marino-Montefeltro en 2005 y posteriormente Arzobispo de la pequeña arquidiócesis de Ferrara-Comacchio en 2012. El ya es bien conocido por los católicos tradicionales debido a sus intervenciones a favor de la Misa Tradicional en Latín: su telegrama al Papa Benedicto XVI agradeciéndole por Summorum Pontificum, su denuncia sobre la oposición episcopal a lo mismo y su homilía del 2013 a los católicos tradicionales, con sus preciosas palabras de ánimo y elogio.

Un amigo y lector de Rorate amablemente nos brindó la traducción de un artículo escrito el mes pasado por el Arzobispo y publicado por La Nuova Bussola Quotidiana. Este es un obispo que sabe cómo luchar, que sabe cómo denunciar, a la vez, a la Revolución Francesa (y sus apologistas católicos) y a la amenaza islámica a la cual no teme mencionar por su nombre.

El fin de la civilización Occidental está en el Museo de Mosul
Por Luigi Negri, Arzobispo de Ferrara-Comacchio

28/02/2015

 Estatuas antiguas y bajo relieves fueron derribados por hombres barbados que luego procedieron a destruirlos usando martillos neumáticos. Este es el video más reciente dado a conocer por ISIS en Mosul. Es la continuación de una campaña en contra de los remanentes del pasado. Militantes del estado islámico han hecho estallar lugares de culto, alimentando las llamas con libros sacados de las librerías y destruyendo parte de las murallas de la ciudad de Nínive, la antigua capital asiria a las afueras de la actual Mosul. Estas imágenes, difundidas a través de una cuenta de Twitter usada por el Califato, muestran la metódica destrucción perpetrada en las salas de lo que parece un museo en Mosul. Durante el video de cinco minutos de duración, se pueden observar placas de museo en árabe e inglés que describen los artefactos exhibidos. Es a causa de esto que hemos grabado los comentarios de Monseñor Luigi Negri, Arzobispo de Ferrara-Comacchio.

Espero que los medios tecnológicos que nuestra sociedad utiliza – y frecuentemente abusa – puedan preservar vívidamente para las futuras generaciones las imágenes de tan terribles escenas de barbarie que hemos podidos observar “en directo” en diferentes partes del mundo. Esto es rabia, mucho más demencial que barbárica, en contra de las expresiones artísticas de una de las más grandes épocas de la cultura mundial, que ha sido legada con devoción y respeto de una generación a otra, de una cultura a otra, de una civilización a otra. Así, cultura y civilización no son excluyentes, a diferencia del caso de esta horrenda ideología, aun siendo religiosa. Cultura y civilización son inclusivas y saben cómo incorporar realidades culturales e históricas que no surgen de las limitaciones de su propio medio; por tanto, llegan a ser enriquecidas más todavía.

 Ha pasado, con razón, por la mente de esos pocos hombres de cultura que aún existen en esta débil sociedad, la gran tradición católica que por épocas y épocas ha bienvenido las expresiones de la cultura clásica, tanto griega como romana, y posteriormente de otras tradiciones venidas del lejano este.

 Basta con recordar la apasionada dedicación, por ejemplo, con que la escuela Benedictina y más tarde, los cistercienses, han recibido, guardado, copiado, copiado de nuevo y comentado los documentos de la tradición clásica. Es este movimiento de recepción y mayor entendimiento que ha producido la gran cultura de los monasterios, conventos y luego de las grandes universidades, como nos lo enseña de una manera incomparable el Gran Fr. Chenu, y en Italia el renombrado Don Inos Biffi.

Esta capacidad de recepción, de respeto, de mayor entendimiento ha sido aplastada. Su expresión más vil es la destrucción de lo diverso. En realidad, nosotros los europeos también hemos experimentado esto. Hemos visto con nuestros propios ojos la destrucción que se ha perpetrado de tradiciones precedentes, por ejemplo, por la Revolución Francesa que el secularismo europeo todavía considera un punto indiscutible de partida. Lamentablemente, no solo son los secularistas sino un cierto sector del mundo católico que considera a la Revolución Francesa como un evento insuperable para el bien.

De antemano, el Occidente ha visto su propio fin. En la tragedia llevada a su término dentro del bello museo de Mosul que preservó las mejores piezas maestras de arte de una gran cultura; el Occidente mira la muerte de su propia civilización que fue citada de forma inigualable por Benedicto XVI en su malinterpretado discurso de Regensburg. La gran civilización occidental es una civilización en la que un sinnúmero de formas de vida, de pensamiento, de costumbres han conocido y han sabido cómo encontrar, entender, valorar y competir entre ellas cuando ha sido necesario, por el bien del desarrollo de la vida humana y la historia que constituye la marca de la civilización.

Esta civilización, nos guste o no, está llegando a su fin si no es que verdaderamente ya lo hizo. El horizonte está ensombrecido por la bandera negra del Califato, bajo el cual yace muerta la libertad de conciencia y de corazón, de movimiento, la libertad de vivir de una manera digna y de profesar las creencias de cada uno de manera libre y responsable.

Esta atrocidad, todas las atrocidades han sido transformadas en ocurrencias casuales por las fantasías surrealistas del hombre occidental. Puede leerlas rápidamente en los periódicos o en las redes sociales; encabezados de noticias destellando en la parte inferior de la televisión mientras come tranquilamente; como si estos fueran eventos de otro mundo.

La civilización ha llegado a su fin. Una sociedad al borde de la muerte ni siquiera tendría la capacidad de iniciar un auténtico y crítico examen de su propia vida. Si lo hiciera, lo que quedaría al descubierto son todos aquellos que, sabiéndolo o no, han acordado y continuado preparando, en las formas más diversas, su propia muerte. Estos son los que han buscado el diálogo más allá de todo límite; los que, en lo profundo de su ser, le temen más a la fe cristiana que al barbarismo de la ideología islámica fundamentalista. Quizá, la responsabilidad pueda ser demandada, sobre todo, a aquellos que han apostatado; al haber apostatado de Cristo, han apostatado de sí mismos. Dado que el hombre siempre está íntimamente ligado a la sociedad, al apostatar de sí mismos, han destruido la civilización.

[Traducido por Ramses Gaona. Artículo original]

RORATE CÆLI
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