En este escrito se va a tratar de dar soluciones a los problemas de peligro y crisis en el matrimonio. Las reglas del “Cómo saber discrepar del consorte” nos van ir dando la solución, ante la aparición de algún signo de rompimiento de las relaciones en el matrimonio, o ante la incapacidad de comunicarse sin discutir problemas sin rencor. Ya que cada pareja debería aprender el arte de dirimir diferencias de un modo pacífico.

Siendo de diferente procedencia y formación, marido y mujer no enfocan todos los problemas de la vida de un modo idéntico. Debido a que tienen ideas propias y diferentes acerca de cómo debe gastarse el dinero, de cómo se ha de regir la casa, sobre cuestiones de higiene, de recreo, de comida, de dormir y sobre muchas otras actividades de la vida diaria.

Ningún matrimonio puede esperar razonablemente vivir juntos en una atmósfera continuamente serena y sin discrepancias. Ya que todos, prefieren hacer las cosas en ciertos estilos y preferencias—añadidas a nuestra flaquezas de carácter— dan la certidumbre de que dos personas cualesquiera podrán tener algunas desavenencias entre sí. Sin embargo, no hay diferencias, por graves que sean, que no se puedan resolver sobre bases pacíficas.

Aunque el problema sea uno de vital importancia para ambos, se puede resolver en forma apacible y afectuosa, estrechando de este modo los vínculos del matrimonio. Por el contrario, si el modo de plantearlo se hace con obstinación y acritud o aspereza, no sólo puede fracasar la solución de los problemas sino añadir profundas heridas difíciles de olvidar después.

Los casados maduros suelen discrepar, pero nunca llegan a la violencia. Esto constituye una diferencia, la diferencia entre un matrimonio feliz y el que se sustenta sobre fundamentos de tensión y aspereza. Ya que las discusiones sobre divergencias constituyen la forma amistosa de reconciliar distintos antecedentes de formación y experiencia a fin de laborar juntos para alcanzar el objetivo común.

Las luchas destrozan la unidad del matrimonio; porque son medios utilizados por cada parte para imponer su propia voluntad sin consideraciones al otro consorte. Ya que conducen a apostrofarse mutuamente, hurgando en los resentimientos pasados con espíritu de odio.

Por lo tanto, uno de los medios más importantes para asegurar la felicidad del matrimonio es aprender el arte de estar en desacuerdo en forma amistosa. Y este talento se puede adquirir dominado los siguientes nueve principios.

  1. NO SE DEBE DE AGRANDAR DISENTIMIENTOS BANALES.

Docenas de pequeñas irritaciones ocurren en la vida cotidiana de cada pareja. A éstas: ¡No hay que prestarles atención! Para que no se conviertan en un problema.

Por ejemplo, cuando la esposa no ha preparado a tiempo el desayuno; o el marido deja caer su pijama al suelo de la recamara y se olvida de cargarlo antes de salir para su trabajo; o también cuando la esposa invitó a comer a unos amigos el sábado último y se olvidó de decirlo al marido hasta que llegó al mediodía.

Todas estas ocurrencias son triviales, pero todos estos incidentes reales han sido chispas de incendios que no se extinguieron hasta después de horas de agonía entre cargos y réplicas, acusaciones y contraacusaciones, insultos y recriminaciones.

Hay algo que parece evidente y es que nadie es perfecto; y esto se debe de recordar constantemente. Las costumbres de un cónyuge pueden causar irritación al otro. Ya que, cada uno tiene sus hábitos que constituyen su propio carácter. Si un casado(a) desea que su consorte se corrija de estas costumbres que le disgustan, en justicia, debe corregir antes las propias. Y si prefiere conservar sus propios hábitos porque le place, conceda el mismo privilegio a la parte complementaria.

Si algún incidente le perturba a una de las partes, pregúntese si resulta algún daño de que las cosas no se hagan a su propio gusto. Si es así, debe de hablar del incidente a su copartícipe en forma cariñosa.

Por ejemplo, dos esposas ponen demasiado almidón a los cuellos de las camisas de sus esposos cuando las planchan después de lavadas. Uno de los maridos exclama: “¿Cuándo vas a aprender a almidonar una camisa?” Por el contrario, el otro marido abraza a su esposa y dice: “Querida, mi cuello es muy sensible al planchado demasiado duro.” ¿Cuál de las esposas estará mejor dispuesta a corregir su error?

  1. SI ALGUNO DE LOS CONYUGES SE SIENTE AGRAVIADO, DIGALO PRONTO.

Los psicólogos afirman que las personas que retienen prolongadamente sentimientos de cólera o ira van almacenándola en su interior hasta que, finalmente, estallan violentamente.

El siguiente es un ejemplo: un empleado de una fábrica de productos lácteos, era continuamente empujado por su suegro para que pidiese el ascenso a jefe de departamento. El joven no se sentía preparado para el cargo. Al principio, simplemente se sonreía cuando su suegro le mencionaba el asunto.

Pero siempre que se veían, el viejo le preguntaba: “¿Todavía no tienes ese puesto?” el joven empleado empezó a considerar esta insistencia como una opinión denigrante para él. Por lo mismo, esa situación le hacía rebullir interiormente.

Un día, su esposa le anunció que habían sido invitados a la casa de los padres para una comida de domingo. El marido explotó con un diluvio de inventivas contra su suegro. Ella respondió con algo contra los padres de él. El combate no terminó hasta que se reabrieron docenas de heridas en el amor propio de ellos.

Han pasado quince años, pero ambos contendientes sienten todavía un resentimiento mutuo cuando recuerdan las impertinencias que se dijeron aquel día.

El incidente se hubiera evitado si el marido le hubiese dicho en seguida a su mujer que le disgustaban las insinuaciones de su padre puesto que él, el marido, se hallaba en mejor posición para decidir cuándo debía hacer gestiones para ascender.

Si hubiese manifestado con buenos modos su sentir, ella lo hubiese apoyado siempre que se suscitase la cuestión o bien habría pedido a su padre que no insistiese en el tema. Pero, al encerrarse en sí mismo, en sus sentimientos, el marido fue acumulando un enojo que, finalmente, tuvo que explotar en forma que lo hizo.

Un hábito que mina a muchos matrimonios es el de enojarse y hacerse malas caras o malos gestos, mismos que son fáciles de remediar manifestando con franqueza las quejas respectivas.

En vez de decir llanamente a su esposa lo que le irrita, el marido resentido se encierra en malhumorado silencio de mártir. Comprendiendo que el disgusto no es bastante importante para justificar su estado de enojo y que parecería ridículo el mencionarlo. Pero se goza envolviéndose en una capa de autocompasión y aislamiento.

La tendencia a la irritación puede eliminarse aplicando los principios ya señalados, sobre si el asunto es vano o trivial, hay que olvidarlo. Pero si sigue carcomiendo hay que manifestarlo con claridad.

  1. SE DEBE DE VIGILAR SIEMPRE LA LENGUA.

El Padre John. A. O´Brien durante más cuarenta años ha propugnado por un método que permite a los matrimonios resolver sus divergencias sin rencor.

Dice que esta técnica puede reducir el número de pleitos conyugales en un cincuenta por ciento, o tal vez más. Ha visto cómo miles de parejas han superado sus dificultades que, de otro modo, les habrían abrumado. Además, ha evitado muchos sufrimientos morales y ha asegurado la felicidad de infinidad de matrimonios.

Después de cada boda celebrada ante el padre O´brien, según explica en su libro “Matrimonio Feliz”, toma aparte a los recién casados y les habla así. En una impresionante ceremonia acaban de pronunciar votos de fidelidad conyugal, y yo sé que los cumplirán.

Pero, hay otro voto que apenas es de menor importancia para proteger la felicidad de su vida matrimonial. Este voto va casi incluido implícitamente en el voto que acaban de hacer, pero conviene repetirlo explícitamente: “Prométanse el uno al otro que sea cualquiera la dificultad que se suscite entre ambos no se dirán jamás una palabra airada o enojados”.

En este momento, es difícil que ustedes conciban que se susciten diferencias entre los dos; pero surgirán, porque son seres humanos. Pero, también deben de considerar que no hay dificultad, ni divergencia, no importando lo grave que sea, que no se pueda arreglar si cooperan con una comprensión mutua, con buena voluntad y, tomados de las manos, tratan el asunto de un modo apacible y amistoso.

De igual manera, no hay discrepancia, por trivial que sea, que pueda arreglarse a menos que aporten su comprensión y simpatía, y la buena voluntad, suficiente para hablar de ello con espíritu de a mistad.

“Ahora, ¿están ustedes dispuestos a prometer que sea cual sea la provocación que se presente, nunca se apuñalarán el uno al otro con aceleradas palabras de enojo, si no que discutirán cualquier discrepancia de un modo tranquilo y amistoso?”

El padre O´brien añade. Nunca he tropezado con una pareja que se negase. “Entonces les he hecho pronunciar una segunda promesa de matrimonio que dice de la siguiente manera: “Prometo solemnemente hablar siempre de un modo amable, amistoso y cariñoso a mi querida esposa (o marido) y no proferir nunca una palabra airada, mezquina, acre o rencorosa que pudiese dañar o herir (a él o a ella). Así Dios me ayude”.

Continúa el padre O´brien. Todo mi ministerio ha transcurrido entre jóvenes universitarios. Durante cuarenta años he convivido íntimamente con decenas de millares de jóvenes, escuchando sus problemas, el grito de sus corazones clamando con vehemencia por la amistad y el amor, presentando unos a otros a millares de parejas.

He casado a gran número y los he seguido en su expansión de vida familiar. Nunca me he enterado de que uno de tales matrimonios haya naufragado o siquiera se haya visto entenebrecido por graves pleitos domésticos. (Hasta aquí lo acontecido al padre O´brien)

Ahora bien. Por eso es importante que consideren uno o los dos cónyuges de que cuando se den cuenta de que se les sube la sangre a la cabeza, deben de recordar de que un problema o dificultad, no se resolverá con malas palabras.

Si están casados desde hace varios años, traten de recordar los casos en que cambiaron palabras duras en el primer año de casados. Es probable que sean raras las ocasiones que pudieron hacerlo.

¿Cuántos de aquellos temas concretos que puedan recordar tuvieron trascendencia mayor en el matrimonio? Una pareja normal recordará pocas divergencias casuales que mereciesen el lenguaje violento en las discusiones.

Pero la prueba decisiva es esta: La del recuerdo de palabras ásperas e hirientes proferidas por el consorte enojado, olvidado completamente la causa que dio lugar a la discusión.

El vigilar el propio lenguaje requiere de cuidadosa atención, trabajo y diligencia. El antiguo filósofo griego, Epicteto, aconsejaba: “Cuenta los días en que no te has encolerizado. Yo acostumbraba a enojarme cada día; luego, días alternos; después, cada tres días o cuatro días; si puedes dejar la ira treinta días seguidos, ofrece un sacrificio de gracias a Dios.”

  1. SE DEBE DE MANTENER LAS DISCUSIONES DENTRO DE SUS LIMITES.

Cuando una discusión se va agriando es que generalmente se está desbordando de sus límites. Por ejemplo, cuando llegan las cuentas a fin de mes, Juan advierte una factura de un sombrero de señora y pregunta a su mujer si lo compró. Acaso ella, sintiéndose culpable de haber comprado algo que no necesitaba, y que además ya no quiere usar porque no le gusta, contesta afirmativamente.

Más, para justificarse la esposa recuerda una vez que Juan se reunió con unos amigos en el restaurante y se empeñó en pagar él sólo la abultada cuenta de todos los que estaban en la mesa. Entonces Juan saca a relucir el caro abrigo de invierno que a la señora ya no le gusta. Ella menciona las vacaciones de hace dos años, cuando Juan perdió unos miles de pesos en la carreras de caballos.

La discusión se ha desquiciado y se pasa a criticar la generosidad de los suegros y las costumbres de los vecinos. Lo que empezó como una simple conversación, que ni siquiera llegaba a honda diferencia, se escapó de la mano porque no se supo mantener la discusión en el marco original adecuado.

A juzgar por los comentarios de los maridos, la incapacidad para no salirse del asunto es defecto común de las mujeres. Pero los hombres tampoco están libres de culpa. Porque en cierta medida, todos tenemos un poderoso sentido de amor propio y de la propia defensa.

Hay consortes que piensan que en la guerra la mejor defensa es el ataque. Pero cuando se embarcan en una situación en que la razón no les asiste tienden a encubrir rápidamente sus fallas sacando a relucir los defectos de los demás. Lo cual puede ser una buena estrategia militar, pero de muy malos resultados en el matrimonio.

Si uno de los consortes debe de defender sus actos se enfrentara con un dilema: o bien tiene razón o no la tiene. Si no la tiene, ¿por qué no reconocerlo y dejar las cosas en paz? Si tiene razón, ¿por qué no defenderla dentro de los términos que están en litigio, explicando sus actos con tanta calma y placidez como sea capaz?

Después de la explicación, si el consorte sigue discrepando por lo menos ambos habrán comprendido que existía una base lógica para actuar. Y así, habrán logrado que no se hayan ensanchado las divergencias y con ello evitado la acritud o los rencores.

  1. SI HAY NECESIDAD DE CRITICAR, SE CRITICA EL ACTO Y NO LA PERSONA.

Una pareja discreta ha observado este principio hasta el punto de convertirlo en una de las bellas artes.

Por ejemplo, cuando el grifo del baño seguía dejando escapar el agua durante meses, la esposa se lamentaba de lo que subía la cuenta del agua, pero nunca de la negligencia del esposo por no hacer la reparación. Si el marido notaba que sus calcetines quedaban sin remendar, comentaba lo que le molestaban al ponérselos, pero nunca la falta de la esposa como buena ama de casa.

Desde luego, los motivos de crítica fueron disminuyendo con el paso de los años, porque ambos se esmeraban en corregir las insinuaciones hechas en forma tan cortés e inofensiva. No quedaban afectados sus egos ni herido su amor propio y por ello no se sentían motivados a la propia defensa.

Pero, ¿Qué pasa si el marido o la esposa tienen defectos que requieren de una corrección directa? Aquí, tómese el ejemplo de los ejecutivos de una compañía que han dominado el arte de obtener el máximo posible de sus empleados: siempre haciendo preceder una crítica seria de una declaración de verdadero aprecio por alguna buena cualidad.

Ustedes consortes sienten ambas cosas; manifiesten ambas. O sea, que no se debe de hablar únicamente cuando tengan algo negativo para decir.

  1. DEBEN DE GUARDEN LAS DISCREPANCIAS ENTRE LOS MISMOS CONYUGES.

Los cónyuges no deben de sacar sus divergencias fuera de casa para ir a contarlas a parientes, amigos o vecinos. En todo buen matrimonio, los casados se sienten siempre dispuestos a comunicarse sus pensamientos más íntimos. A menudo dicen cosas que repetidas fuera de su círculo familiar les haría aparecer como necios, maliciosos o algo peor.

Al cónyuge que repite las manifestaciones confidenciales y las ridiculiza ante los extraños, al enterarse su consorte ya no querrá hablarle con entera franqueza otra vez. Así se podrá perder entre los cónyuges el precioso arte de la comunicación.

Algunas veces, las esposas jóvenes cuentan sus querellas al padre o a la madre del marido. Difícilmente podrían imaginar un modo más efectivo de alimentar las llamas. El marido corriente y sencillo se enojará más que antes cuando sepa que su mujer está tratando de volver a su familia contra él, y se enfurecerá todavía más si se ponen del lado de ella.

  1. SE DEBE DE CEDER ANTE CUESTIONES DE ESCASA IMPORTANCIA.

Esto debido a la formación de uno de los consortes que haya tenido, abrigando más firmes convicciones sobre ciertos aspectos de la vida con respecto de otros. Lo mismo le sucederá al otro consorte. Así el marido o esposa considerados deben de saber ceder en materias en que el otro tiene opiniones más firmes que él o ella.

Ejemplo. A un hombre se le enseñó desde niño que era perjudicial para la salud el dormir en invierno con la ventana abierta. Su mujer había dormido siempre con las ventanas abiertas desde niña, pero no tenía convicciones firmes sobre este punto. Después de casada, cuando se suscitó la cuestión de tener abiertas o cerradas las ventanas, se hubiese podido dar una larga discusión.

Las disputas sobre este asunto han llegado en la realidad hasta los tribunales en forma de demandas de divorcio. Sin embargo, la esposa convino prudentemente en que su marido tenía arraigadas convicciones en esta cuestión y ella no las tenía tan poderosas como para crear un problema.

Los maridos acostumbran “enojarse” por cuestiones triviales. Y explotan si su mujer pone en sitio diferente, sus perfumes o le hace esperar la comida unos cuantos minutos o si sus hijos adolescentes suben el volumen de la radio cuando él lee atentamente su periódico.

La esposa prudente sabe que pronto se le pasará el enojo si ella permanece callada. Pero si resuelve discutir con él, es posible que se inicie una batalla campal. Incluso, hay veces que la cólera del marido es completamente injustificada, pero ella obtendrá resultados más positivos esperando a que se calme para poder hablar tranquilamente del problema. Ya que después del enojo, la mayor parte de los maridos reconocerán que hicieron mal en perder los estribos.

Una anécdota humorística ilustra de que maridos y mujeres deberían permanecer callados cuando el uno o el otro se sale de tono.

Tenemos el ejemplo de un anciano de ochenta años que fue a ver a un doctor para un reconocimiento. Después de examinar al hombre de pies y cabeza, el doctor comentó que se hallaba en excelentes condiciones físicas.

El hombre explicó: “Mi buena salud se debe a una cosa. Hace sesenta años, cuando Elena y yo nos casamos, nos hicimos una promesa mutua. Cuando yo me enojase ella debería salir inmediatamente de la habitación para ir hacer sus tareas a otra parte. Cuando ella se enojase, yo tenía que salir de casa y tomar un largo paseo hasta que se le pasará.

—“Y, doctor—añadió el hombre—, durante sesenta años he llevado una vida tan tranquilo y feliz como no haya visto usted nunca”.

Al aplicar el principio de ceder en pequeñas cosas, se debe rechazar la falsa noción de que el matrimonio es “un contrato al cincuenta por ciento”. A veces pedirá uno de los cónyuges el noventa por ciento, consciente o inconscientemente. Otras veces, se lo pedirán al que lo pidió.

Ya que el matrimonio no es un juego o competencia de pelota con un árbitro que apunte los tantos. Aquí no importa que se obtenga el cuarenta por ciento hoy y el sesenta por ciento mañana, ni siquiera si alguno de los dos contribuya constantemente con más de un cincuenta por ciento exacto. Lo que verdaderamente importa es que la aportación del uno y del otro consorte sumen entre los dos el cien por ciento.

No obstante, hay un procedimiento para determinar si uno de los dos exige demasiado de su cónyuge. También si se discrepa demasiado y tal vez uno o el otro dé demasiado poco. Ocasionalmente, un hombre de carácter fuerte no puede hacer amistades o mantenerlas porque constantemente quiere salirse con la suya. En estos casos la tranquilidad en el hogar se debe casi siempre al espíritu de abnegación de la esposa.

  1. HAY QUE PROCURARSE UN ESCAPE.

Es tan cierto como la muerte el hecho de que algunas veces se sentirá alguno de los dos cónyuges decepcionado en su matrimonio. Pese a las mejores intenciones, e incluso si se discute las diferencias apaciblemente, los esposos, algunas veces, no lograrán ver las cosas del mismo modo.

Nota: En éstas circunstancias, es necesario que se considere las grandes diferencias que existen entre el hombre y la mujer, y que en una eficaz comunicación se debe de procurar que una misma cosa sea para dos lo mismo.

Por ejemplo: dirán un marido y su mujer creo que el problema principal entre nosotros dos, es que nos falta más cariño. Pero que es más cariño para el marido, tal vez más relación íntima y para la mujer sea tal vez, más apapacho, más detalles, más llamadas de teléfono etc.

Por eso, cuando existe una eficaz comunicación entre los cónyuges y en donde se considera las diferencias que hay entre los dos. Ambos fácilmente llegarán a la conclusión que más cariño significará, no sólo más relación íntima sino también más apapachó o señales de cariño demostrada en detalles, como son más llamadas de teléfono etc..

Pero, si aún esto no diera resultado. Tal vez uno de los dos inhibirá un profundo sentido de futilidad sobre la inhabilidad del consorte para ver un problema desde su punto vista lógico. Entonces, habrá la necesidad de desahogar sus sentimientos.

Por lo mismo, es conveniente a la salud mental y física el desahogar la cólera o frustración empleándose en una actividad física. Ya sea barriendo el pasaje o el patio, yendo a correos, trasplantando los arbustos o lavando el auto.

El marido puede tener un taller de entretenimiento cerca del patio. En esos momentos de decepción puede refugiarse en la estancia y pasar unas horas clavando clavos en las maderas. Frecuentemente, después de tal ejercicio será capaz de apreciar que la opinión de su mujer se funda sobre una base lógica.

Siempre que los problemas con el marido llegan a un callejón sin salida, cierta esposa empieza a fregar los suelos de la cocina y del cuarto de baño; su fatigoso trabajo la ayuda a descargar los nervios y a considerar con más ecuanimidad el problema desde su posición.

Siempre que alguno de los dos les parezca no ser capaces de solucionar su problema después de un tiempo razonable de discusión, debe de aplazarse de hablar más del asunto durante cierto período. En estos casos se podría atender sus aficiones, o también se podría dar un paseo juntos o escuchar la música que les guste a los dos. A menudo se podrán quedar sorprendidos de la nueva visión obtenida después de dejar descansar el tema.

  1. NO SE DEBE PERMITIR NUNCA QUE EL ENFADO PERDURE DURANTE LA NOCHE.

Aun cuando no se puedan poner de acuerdo, los cónyuges deben concederse recíprocamente el beneficio de la buena intención. Por lo mismo no deben de olvidarse del beso de buenas noches. Este sencillo y tierno acto al final de cada día asegura empezar el siguiente sobre una base de amor.

Entonces se estará menos expuestos a pasar una noche inquieta cavilando y a menudo se despertarán con una nueva comprensión del problema. Además, si se renueva la discusión será sobre una base amistosa.

No es siempre fácil evitar que el rencor se introduzca en las discrepancias. El hábito de las inventivas, de remover pasados disgustos y de apelar al sarcasmo y al ridículo para imponer la propia voluntad, habrá que olvidarlo.

Para concluir. Se podrá considerar que el progreso en este camino puede constituir un proceso bastante lento. Pero merece ensayarse. Porque si se siguen con sincero deseo de mejoramiento los principios que se acaban de exponer y se aprende a solventar las diferencias en una atmósfera de afecto y respeto mutuo, aumentará el amor recíproco y probablemente será más profundo que anteriormente.

Cuando una desavenencia grave se prolonga demasiado tiempo y amenaza en convertirse en un conflicto que ponga en peligro la solidez de los mismos fundamentos del matrimonio y del hogar, será hora de recurrir al consejo de un perito en asuntos matrimoniales.

Algunas veces, uno de los cónyuges—generalmente el marido—a pesar de considerarse como el más agraviado, se resiste a confiar sus problemas a personas extrañas.

Pero el hombre prudente y discreto no se ha de dejar llevar por el orgullo ni el rencor y antes que permitir la destrucción y la desgracia de su hogar intentará una sincera exposición de las discordias ante un oyente sesudo e imparcial, inspirado por un espíritu de caridad cristiana.

Por último, espero en Dios, que todos estos principios ayuden y den luz a los cónyuges, que junto con el fomento y cultivo de la armonía y reflexión conyugal puedan llegar a alcanzar un “amor adulto y maduro” mismo, que sin duda dará una verdadera paz y felicidad en sus matrimonios.

La mayor parte de este escrito fue tomado del libro: “Manual del Matrimonio Católico” del Rev. Padre George A. Kelly.