En el mismo instante que Nuestro Señor Jesucristo expira y muere en la cruz, al consumarse nuestra Redención en el Calvario, Satanás recibe un derrota de tal magnitud que merece la pena meditar sobre la misma e ilustrarla con esa lograda escena de la magnífica película “La Pasión” de Mel Gibson (muy recomendada para ver cada año en Semana Santa) donde el príncipe de las tinieblas grita con desesperación infinita del que se sabe perdedor para siempre ante la Victoria absoluta y eterna de Cristo (Apocalipsis 19). Las puertas de la Gloria eterna se abren para todas aquellas almas que sean fieles, que vivan y mueran en Gracia de Dios, y el demonio nada puede hacer ya para que esa puerta celestial se cierre. Quizás llegó a creer, en su desquiciada esencia interior, que la extremada brutalidad de la pasión conseguiría vencer la fortaleza de Jesús para que desistiera de su empeño (en obediencia con el Padre) de dar hasta la última gota de su sangre por amor a la humanidad y para procurar la salvación de todos. Pero no fue así: Jesucristo llegó hasta el final, y, crucificado en la cruz con los brazos abiertos como signo de su infinito amor, destruyó todo plan diabólico que había nacido de la victoria satánica en el pecado original.

Ahora bien: Satanás derrotado sigue existiendo en su eterna condena, junto a todos los ángeles que le siguieron y junto a las almas condenadas desde la creación del mundo y, a partir del mismo instante de la expiración de Cristo, solo tendrá una fijación en lo más íntimo de su odioso ser: el triunfo pírrico de obtener el mayor número posible de almas condenadas; almas que teniendo la oportunidad de salvarse desprecien la sangre derramada del Salvador en la Pasión y la Cruz. Y, ¿con que demoníaca estrategia trata de conseguir esa victoria pírrica? Pues o bien haciendo la guerra al cristianismo o alterando la esencia del mismo al despojarlo de la Cruz, ya que desde la Cruz tuvo lugar la misma redención. Quizás la primera estrategia parezca más contundente, pero hemos de asentir que la segunda es mucho más sutil y efectiva. Miremos a la historia para reflexionar sobre ello, y aludamos también a la revelación particular recibida por la Beata Catalina Emerich (en la que Gibson se inspiró para hacer su película) donde expresamente dice que a partir de la segunda mitad del siglo XX Satanás dispondrá de un periodo de tiempo para tentar al mundo y a la Iglesia de manera muy superior al resto de la historia. Debe añadirse que las revelaciones particulares de esta Beata tienen el Nihil Obstat de la Iglesia.

A lo largo de la historia, desde que Cristo fundamentase y fundase su Iglesia, el cristianismo ha sido perseguido constantemente por imperios, ideologías y grupos humanos de toda índole. Pero de modo especial desde la segunda mitad del siglo XX se ha sufrido el peor de todos los ataques: la tentación del cristianismo sin cruz, y en dicha tentación (convertida ya en pecado estructural dentro de la Iglesia) vivimos en la actualidad. Y lejos de afirmar esto de un modo solo genérico, propongo considerarlo a la luz de la CARIDAD. La LITURGIA, y la MORAL.

Cristianismo sin Cruz en la Caridad: cuando el concepto “solidaridad” sustituye a la virtud misma de “caridad”. La solidaridad es, humanamente, impecable: promueve el compromiso personal y colectivo para las causas más justas, sin duda. No obstante en su acepción jurídica la solidaridad implica un mutuo derecho y deber (partes solidarias) a través de uno fines. Ese concurso de derechos y deberes es “barrido” por la Caridad como virtud ya que, la misma, alienta al amor fraterno sin medidas (“la medida del amor es un amor sin medida” San Agustín) que llega incluso al amor hacia los enemigos cuando Cristo nos invita a orar incluso por aquellos que nos persiguen (Mateo 5, 44). La caridad además, ordena el afecto desde el centro de Cristo, por Cristo y en Cristo, hacia el prójimo no como ideología política o social sino como sincero deseo de salvación para todos. La caridad cristiana lleva necesariamente al apostolado mientras que la mera solidaridad humanista aplaca toda tensión misionera y ubica a la Fe Cristiana (LA Verdadera) como una más entre tantas otras. El cristianismo sin cruz ha vaciado a la caridad de su centro en Cristo, y la ha sustituido por un ambiguo humanismo de horizonte inmanentista que, a la larga, priva al alma del deseo sincero de dar su vida por amor a Dios y a las almas.

Cristianismo sin Cruz en la Liturgia: cuando el sacrificio de Cristo en la cruz es devaluado o abiertamente despreciado a través de una nueva concepción litúrgica desacralizada y convertida en puro subjetivismo nacido del espíritu de la “originalidad”. O dicho de forma más clara: cuando la Liturgia deja de ser “Ejercicios del Sacerdocio de Cristo” (definición en la Constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II en continuidad con Trento) para transformarse en “ejercicio de mal gusto que produce escalofríos” (cfr “Informe sobre la Fe” de Ratzinger), o sea, abuso permanente contra el Ejercicio del Sacerdocio de Cristo evaporado por un estilo asambleario más propio de la política que de la espiritualidad. Y este despojo de la Cruz en la Liturgia se nota de modo especial en la Santa Misa (en el “Santo Sacrificio de la Misa” que es su mejor definición), actualización incruenta de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, convertida hoy en mera reunión comunitaria que obvia total o mayoritariamente su sentido de Misterio y Trinidad, así como despoja al sacerdote de su ontología “in persona Christi”, manteniéndolo como simple funcionario que ejerce una misión determinada al estilo protestante. Una liturgia “renovada” desde el llamado “espíritu del posconcilio” (término tan ambiguo que ni aquellos que los siguen sabrían fundamentarlo desde la teología), que además mezcla de forma inaudita los estados de vida laical, religioso y sacerdotal. Y así observamos a sacerdotes que actúan como laicos, laicos y laicas que actúan como medio-curas o medio-monjas, y religiosos/as que no saben ni ellos mismos de que actúan. Todo ello causado por la eliminación de la Cruz en la Liturgia.

Cristianismo sin Cruz en la Moral: Jugada maestra de Satanás, sin duda alguna, desde el siglo XX ha sido y es hacer desaparecer la cruz de la vida moral. De ese modo la conciencia es anestesiada por una falsa felicidad interior que elimina el sentido de pecado, la responsabilidad ética personal, el temor de Dios que es don del Espíritu, y afianza en esa conciencia drogada la convicción de una recompensa eterna segura con independencia de la decisión moral ya que al no existir el pecado no puede existir culpa, y, por tanto, carece de sentido la condena de parte de un Dios misericordioso. Esta ausencia de cruz en la moral va de la mano de una exégesis bíblica filoprotestante (Bultman y autores afines) donde el calvario aparece como un “accidente” en la vida de Jesús que no necesitaba derramar su sangre para expiación de nuestros pecados. Desde ahí a presentar la vida cristiana como una mera ideología social (sin ascética, ni dogmas ni mandatos morales) hay un solo paso, y por desgracia ya se ha dado. La predicación, misión, catequesis…..de este cristianismo sin cruz, se encamina a la primacía del ser humano sobre Dios (re-editando el pecado original) de manera que la función de la Iglesia es adaptar el mensaje de Cristo a cada época histórica y cultural, y de ningún modo promover la conversión de los corazones y conciencias al mensaje del que dijo ser “EL” camino, “LA” verdad y “LA” vida. El cristianismo sin cruz en la moral fagocita todo apostolado que rebase lo meramente humanista y presenta todo proselitismo como una estupidez.

Entonces, llegada la Semana Santa, y meditando sobre la derrota de Satanás en la Calvario y su estrategia presente para menguar y reducir la Iglesia de Cristo a su mínima expresión….¿Que respuesta desde el corazón ha de dar el cristiano de hoy? Pues la de vivir el cristianismo con cruz en los mismos ámbitos de la Fe que han sido heridos tan gravemente por el eterno derrotado:

En la Caridad: Desde Cristo, y sostenido por el Espíritu Santo, amar al prójimo, a la Iglesia, a todos sin excepción (a los enemigos) sin convertir a Dios en un “ídolo” (pues es nuestro Padre), sin convertir al prójimo en “socio” (pues es nuestro hermano) y sin convertir la Iglesia en “asamblea” (pues es casa de Dios).

En la Liturgia: Reconociendo la Gracia de Dios en los Sacramentos y, sobre todo, haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida espiritual, celebrarla acogiendo la tradición de la Iglesia y con sentido de trascendencia que imbuirá la inmanencia pero no a la inversa.

En la Moral: Asumiendo sobre todo las palabras de Nuestro Redentor: “Quien quiera seguirme cargue con su cruz” (Mateo 16, 24), pues en esa frase se dice todo y debiera derrumbarse la raíz modernista de pretender un cristianismo sin cruz, para triunfo pírrico de Satanás.

Boletín de la Diócesis de Oruro, Bolivia. Obispo Monseñor Krzysztof Białasik

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