La LUJURIA es apetito desordenado de sucios y deshonestos deleites.Éste es uno de los vicios más generales, más cosarios y más furiosos en acometer que hay. Porque como dice San Bernardo: entre todas las batallas de los cristianos, las más duras son las de la castidad: donde es muy cuotidiana la pelea, y muy rara lo victoria.

Pues cuando este feo y abominable vicio tentare tu corazón, puedes salirle al camino con las consideraciones siguientes. Primeramente considera que este vicio no sólo ensucia el ánima, que el Hijo de Dios limpió con su sangre, sino también el cuerpo, en quien como en un sagrado relicario es depositado el sacratísimo cuerpo de Cristo. Pues si tan grande culpa es profanar y ensuciar el templo material de Dios, ¿qué será profanar este templo en que mora Dios?Por esto dice el Apóstol (I Corintios. VI): Huid, hermanos, del pecado de la fornicación: porque todo otro pecado que hiciere el hombre, fuera de su cuerpo queda: más el que cae en fornicación, peca contra su mismo cuerpo, profanándolo y ensuciándolo con el pecado carnal.

Considera también que este pecado no se puede poner por obra sin escándalo y perjuicio de otros muchos que comúnmente intervienen en él: que es la cosa que a la hora de la muerte más agudamente suele herir la consciencia. Porque si la ley de Dios manda que se dé vida por vida, ojo por ojo y diente por diente, ¿qué podrá dar a Dios el que tantas ánimas destruyó? ¿Y con qué pagará lo que Él con su misma sangre redimió?

Considera también que este halagüeño vicio tiene muy dulces principios, y muy amargos fines: muy fáciles las entradas, y muy dificultosas las salidas.Por donde dijo el Sabio (Proverbio XXIII) que la mala mujer era como una cava muy honda y un pozo boquiangosto, donde siendo tan fácil la entrada, es dificultosísima la salida.

Porque verdaderamente no hay cosa en que más fácilmente se enreden los hombres que en este dulce vicio, según que a los principios se demuestra; mas después de enlazados en él, y trabadas las amistades, y roto el velo de la vergüenza, ¿quién los sacará de ahí? Por lo cual con mucha razón se compara con las nasas de los pescadores, que teniendo las entradas muy anchas, tienen las salidas muy angostas: por donde el pez que una vez entra, por maravilla sale de ahí. Y por aquí entenderás cuánta muchedumbre de pecados pare este tan prolijo pecado: pues en todo este tiempo tan largo está claro que así por pensamiento, como por obra, como por deseo, ha de ser Dios cuasi infinitas veces ofendido.

Considera también sobre todo esto, como dice un doctor, cuánta muchedumbre de otros males trae consigo esta halagüeña pestilencia.Primeramente roba la fama (que entre las cosas humanas es la más hermosa posesión que puedes tener) ningún rumor de vicio huele más mal, ni trae consigo mayor infamia que éste. Y allende de esto debilita las fuerzas, amortigua la hermosura, quita la buena disposición, hace daño a la salud, genera enfermedades sin cuento, y éstas muy feas y sucias, desflora antes de tiempo la frescura de la juventud, y hace venir más temprano una torpe vejez: quita la fuerza del ingenio, embota la agudeza del entendimiento y casi le torna brutal. Aparta el hombre de todos honestos estudios y ejercicios; y así le zabulle todo en el cieno deste deleite, que ya no huelga de pensar, ni hablar, ni tratar cosa que no sea vileza y suciedad. Hace loca la juventud e infame, y la vejez aborrecible y miserable. Más no se contenta este vicio con todo este estrago que hace en la persona del hombre, sino también lo hace en sus cosas. Porque ninguna hacienda hay tan gruesa, ningún tan gran tesoro a quien la lujuria no gaste y consuma en poco tiempo. Porque el estómago y los miembros vergonzosos son vecinos y compañeros, y los unos a los otros se ayudan y conforman en los vicios. De donde los hombres dados a vicios carnales comúnmente son comedores y bebedores, y así en banquetes y vestidos gastan todo cuanto tienen. Y demás de esto las mujeres deshonestas nunca se hartan de joyas, de anillos, de vestidos, de holandas, de perfumes y olores y cosas tales; y más aman a estos presentes, que a los mismos amadores que se los dan. Para cuya confirmación basta el ejemplo de aquel hijo pródigo, que en esto gastó toda la legítima de su padre.

Mira también que cuanto más entregares tus pensamientos y tu cuerpo a deleites, tanto menos lleno te hallarás: este deleite no causa hartura sino hambre; porque el amor del hombre a la mujer, o de la mujer al hombre, nunca se pierde, antes apagado una vez, se torna a encender. Y mira también cómo este deleite es breve, y la pena que por él se da, perpetua; y por consiguiente, que es un muy desigual trueque, por una brevísima y torpísima hora de placer, perder en esta vida el gozo de la buena consciencia, y después la gloria que para siempre dura, y padecer la pena que nunca se acaba. Por lo cual dice San Gregorio: Un momento dura lo que deleita, y eternamente lo que atormenta.

Considera también por otra parte la dignidad y precio de la pureza virginal que este vicio destruye: porque los vírgenes en esta vida comienzan a vivir vida de ángeles, y singularmente por su limpieza son semejantes a los espíritus celestiales; porque vivir en carne sin obras de carne, más es virtud angélica que humana.

Sola la virginidad es la que como dice San Jerónimo: en este lugar y tiempo de mortalidad representa el estado de la gloria inmortal. Sola ella guarda la costumbre de aquella ciudad soberana donde no hay bodas ni desposorios, y así da a los hombres terrenos experiencia de aquella celestial conversación.Por la cual en el cielo se da cierto y singular premio a los vírgenes, de los cuales escribe San Juan en el Apocalipsis (Apocalipsis XIV) diciendo: Estos son los que no mancillaron su carne con mujeres, más permanecieron vírgenes; y éstos siguen al Cordero por dondequiera que va. Y porque en este mundo se aventajaron sobre los otros hombres en parecerse con Cristo en la pureza virginal, por esto en el otro se llegarán a Él más familiarmente, y singularmente se deleitarán de la limpieza de sus cuerpos.

Y no sólo hace esta virtud a los que la tienen semejantes a Cristo, mas hácelos también templos vivos del Espíritu Santo; porque aquel divino Espíritu, amador de la limpieza, así como uno de los vicios que más huye es la deshonestidad, así en ninguna parte más alegremente reposa que en las ánimas puras y limpias.

Por lo cual el Hijo de Dios, concebido por el Espíritu Santo, tanto amó y honró la virginidad, que por ella hizo un tan gran milagro como fué nacer de madre virgen. Más tú, que ya perdiste la virginidad, a lo menos después del naufragio teme los peligros que ya experimentaste. Y ya que no quisiste guardar entero el bien de naturaleza, siquiera después de quebrado le repara, y tornándote a Dios después del pecado, tanto más diligentemente te ocupa en buenas obras cuanto por las malas que has hecho, te conoces por más merecedor de castigo. Porque muchas veces acontece como dice S. Gregorio:que después de la culpa se hace más ferviente el ánima, la cual en el estado de la inocencia estaba más floja y descuidada. Y pues Dios te guardó, habiendo cometido tantos males, no hagas ahora por donde pagues lo presente y lo pasado, y sea el postrer yerro peor que el primero.

Pues con estas y otras semejantes consideraciones debe el hombre estar apercebido y armado contra este vicio: y ésta sea la primera manera de remedios que damos contra él.

De otra manera de remedios  contra la lujuria.

Además destos comunes remedios que se dan contra este vicio, hay otros más especiales y eficaces, de que también será razón tratar. Entre los cuales el primero es resistir a los principios, (comienzo) como ya en otra parte dijimos, porque si al principio no se rechaza el enemigo, luego crece y se fortalece; porque como dice Sant Gregorio, después que la golosina del deleite se apodera del corazón, no le deja pensar otra cosa que aquello que le deleita. Por esto se debe resistir al principio, echando fuera los pensamientos carnales; porque así como la leña sustenta el fuego, así los pensamientos mantienen a los deseos: los cuales si fueren buenos, enciéndese el fuego de la caridad, y si malos, el de la lujuria.

Además de esto conviene guardar con diligencia todos los sentidos, mayormente los ojos, de ver cosas que te pueden causar peligro, Porque muchas veces mira el hombre sencillamente, y por sola la vista queda el ánima herida. Y porque el mirar inconsideradamente las mujeres, o inclina o ablanda la constancia del que las mira, nos aconseja el Eclesiástico diciendo (Eccl. IX): No quieras traer los ojos por los rincones de la ciudad, ni por sus calles o plazas: aparta los ojos de la mujer ataviada y no veas su hermosura. Para lo cual nos debería bastar el ejemplo del santo Job (XXXI), que con ser varón de tanta santidad guardaba muy bien sus ojos (como él mismo lo confiesa) no fiándose de sí ni de tan largo uso de virtud como tenía. Y si éste no basta, a lo menos debería bastar el de David, que siendo varón santísimo y tan hecho a la voluntad de Dios, bastó la vista de una mujer para traerle a tres tan grandes males como fueron, homicidio, escándalo y adulterio.

Y no menos también debes guardar los oídos de oír cosas deshonestas: y cuando las oyeres, recíbelas con rostro triste: porque fácilmente se hace lo que de buena gana se oye. Guarda también tu lengua de cualquier palabra torpe: porque las buenas costumbres se corrompen con las pláticas malas. La lengua descubre las aficiones del hombre, porque cual se muestra la plática, tal se descubre el corazón: de lo que el corazón está lleno, habla la lengua.

Trabaja por traer ocupado tu corazón en santos pensamientos, y tu cuerpo en buenos ejercicios: porque como dice San Bernardo los demonios envían al ánima ociosa malos pensamientos en que se ocupe, porque aunque cese de mal obrar, no cese de pensar mal.

En toda tentación, mayormente en ésta, pon ante los ojos de tu corazón el ángel de tu guarda y el demonio tu acusador: los cuales en la verdad siempre están mirando todo lo que haces, y lo representan al mismo juez que todo lo ve; porque siendo esto así,  ¿cómo te atreverás a hacer obra tan fea, que delante de otro hombrecillo como tú no osarías hacer, teniendo delante tu guardador, tu acusador y tu juez? Pon también ante los ojos el espanto del juicio divino y la llama de los tormentos eternos, porque cualquier pena se vence con temor de otra más grave, como un clavo se saca con otro: y así muchas veces el fuego de la lujuria se mata con la memoria del fuego del infierno. Además de esto excúsate cuanto fuere posible de hablar solo con mujeres de sospechosa edad, porque como dice Crisóstomo entonces acomete más atrevidamente nuestro adversario a  los hombres y mujeres cuando los ve solos; porque donde no se teme reprensor, más osado llega el tentador. Por tanto, nunca te pongas a tratar con mujer sin testigos: porque estar solo incita y convida a todos los males. Ni confíes en la virtud pasada, aunque sea muy antigua, pues sabes que aquellos viejos se encendieron en el amor de Susana, porque la vieron muchas veces en su jardín sola. Huye, pues, toda sospechosa compañía de mujeres: porque verlas daña los corazones, oírlas los atrae, hablarlas los inflama, tocarlas los estimula; y finalmente todo lo de ellas es lazo para los que tratan con ellas. Por esto diceSan Gregorio: Los que dedicaron sus cuerpos a continencia, no se atrevan a morar con mujeres: porque en cuanto el calor vive en el cuerpo, nadie presuma que de todo tiene apagado el fuego del corazón.

Huye también los presentillos, visitaciones y cartas de mujeres: porque todo esto es liga para prender los corazones, y soplos para encender el fuego del mal deseo cuando la llama se va acabando. Y si amas alguna mujer honesta y santa, ámala en tu ánima, sin procurar de visitarla a menudo, ni tratar con ella familiarmente. Y porque la llave de todo este negocio principalmente consiste en huir destas ocasiones, añadiré aquí dos ejemplos que San Gregorio escribe en sus Diálogos, los cuales servirán grandemente para este propósito.

Cuenta él allí que en la provincia de Misia había un sacerdote, el cual regía con gran temor de Dios una iglesia que le era encomendada. Y estando allá una mujer virtuosa que tenía cargo de la ropa y de las cosas de la iglesia, él la amaba como a hermana, más guardábase de ella como de enemiga, y así por ninguna vía permitía que se llegase a él: con lo cual había quitado toda ocasión de familiaridad y comunicación. Propio es de los santos varones, por estar más lejos de las cosas ilícitas, apartarse aun de las que son lícitas: y por esta causa no consentía que ella le sirviese en ninguna necesidad. Pues este venerable sacerdote siendo de mucha edad, y pasados ya cuarenta años de su sacerdocio, vino a tener una recia enfermedad, que llegó a lo postrero: y estando en este estado, llegó aquella buena mujer a poner los oídos cerca de sus narices para ver si respiraba o si era ya difunto. Lo cual como él sintiese, indignándose mucho de ello, con toda la fuerza que pudo dio a voces a la mujer, diciendo: Apártate, apártate de aquí, mujer, porque todavía el fuego está vivo, quita la paja. Y apartándose ella, y esforzándose él más, comenzó a decir con una grande alegría: En hora buena vengan mis señores, en hora buena vengan. ¿Cómo tú vistes por bien venir a este tan pequeñuelo siervo vuestro? Ya voy, ya voy. Muchas gracias, muchas gracias. Y repitiendo él estas palabras muchas veces, preguntáronle los que allí estaban con quién hablaba. A los cuales él maravillado respondió: ¿Por ventura no veis aquí los bienaventurados apóstoles San Pedro San Pablo? Y volviéndose   ellos tornó  decir: Ya voy, ya voy. Y entre estas palabras dio el ánima   Dios.Este ejemplo de varón tan recatado escribe San Gregorio en el cuarto libro de los Diálogos, con este fin tan glorioso: porque tal convenía que fuese la muerte de quien con tanto temor había vivido. Más otro ejemplo escribe en el tercero de los mismos Diálogos:

De  un religioso obispo, aunque no tan recatado: el cual también referiré aquí para castigo y escarmiento de los que no lo son. Del cual ejemplo dicen que fueron tantos los testigos, casi cuantos eran los moradores de la ciudad donde el caso aconteció.

Dice él, pues, que en una ciudad de Italia había un obispo llamado Andreas: el cual, habiendo siempre vivido una vida muy religiosa y llena de virtudes, tenía en su casa y compañía una mujer también religiosa, por estar muy cierto y satisfecho de su virtud y castidad. De la cual ocasión aprovechándose el enemigo, halló entrada para tentar su corazón. Y así comenzó a imprimir la figura de ella en los ojos de su ánimo, e incitarle a tener feos pensamientos. Acaeció, pues, que en este tiempo un judío, caminando de Campania para Roma y tomándole la noche cerca de la ciudad deste obispo, y no teniendo lugar donde acoger, vino a parar a un templo antiguo que estaba allí de un ídolo, donde se acostó a dormir. Y temiendo la mala vecindad de la casa del ídolo, aunque él no creía en la cruz, todavía por la costumbre que tenía de ver persignar a los cristianos en el tiempo de los peligros, hizo él también sobre sí la señal de la cruz. Mas como él no pudiese dormir de miedo de aquel lugar, vio a la media noche una gran cuadrilla de demonios entrar en él, y entre ellos uno más principal, el cual asentado en una silla en medio del templo, comenzó a preguntar a aquellos malvados espíritus cuánto mal había hecho cada uno en el mundo. Y como cada uno respondiese lo que había hecho, salió uno de ellos en medio y dijo que había solicitado el ánimo del obispo Andreas con la figura de una mujer religiosa que tenía en su casa. Y como aquel malvado presidente oyese esto con grande atención, y lo tuviese por tanto mayor ganancia, cuanto más religiosa era la persona, el espíritu malo que había dado cuenta de esto, añadió que el día pasado a hora de vísperas había tentado tan fuertemente su corazón, que llegándose a la religiosa con semblante alegre, le había dado una palmadita en las espaldas. Entonces aquel antiguo enemigo del género humano comenzó a exhortar a este tentador á que diese cabo a lo que había comenzado, para que con esto alcanzase una corona singular entre todos sus compañeros. Pues estando el judío viendo todas estas cosas, y temblando con gran pavor de lo que veía, aquel malvado espíritu que allí presidía, mandó a los otros que fuesen a mirar quién era aquél que había osado dormir en aquel lugar. Y mirándolo ellos con grande atención, dieron voces diciendo: ¡Ay, ay! vaso vacío, más bien sellado. Y respondiendo ellos esto, desapareció luego toda aquella compañía de espíritus malignos. Y hecho esto, el judío se levantó luego, y viniendo con gran priesa a la ciudad, y hallando al obispo en la iglesia, llamóle aparte y preguntóle si era molestado de alguna tentación. Y como el obispo de vergüenza no le confesase nada, él replicó que en tal día había puesto los ojos con mal amor en una sierva de Dios. Y como él todavía negase esto, el judío añadió diciendo: ¿Por qué niegas lo que te pregunto, pues ayer a hora de vísperas llegaste a darle una palmada en las espaldas? De lo cual maravillado el obispo y viéndose comprehendido en aquella culpa, confesó lo que antes había negado. Entonces el judío le declaró la manera en que esto había sabido. Lo cual entendido, el obispo se postró en tierra haciendo oración a Dios, y luego despidió de su casa, no sólo aquella buena mujer, mas cualquiera otra que estuviese en su servicio. Y en aquel mismo templo de Apolo hizo un oratorio en nombre de San Andrés, y quedó libre de toda aquella tentación. Y juntamente con esto trajo conocimiento de Dios al judío por cuya visión y amonestación había sido curado: e instituyéndole en los misterios de la fe y lavándole con agua del santo Bautismo, le puso en el gremio de la santa Iglesia. Y así sucedió que el judío, procurando la salud ajena, alcanzase la suya propia. Y nuestro Señor Dios por el medio que encaminó la buena vida de uno, conservó en la buena vida al otro. Otros muchos ejemplos de semejantes historias, así pasadas como presentes, pudiera referir en este lugar: pero éstos basten por ahora.

Fray Luis de Granada

GUIA DE PECADORES, Fuente