De Maria nunquam satis

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado este pasado 4 de noviembre un Documento que lleva como título Mater populi fidelis, acerca de “algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación”. El texto, de ochenta parágrafos, lleva la firma del actual Prefecto del mencionado Dicasterio y la del Papa León XIV.

El Documento ha suscitado no pocas reacciones adversas a causa del expreso rechazo del uso del título de Corredentora utilizado para referirse a la cooperación de María en la obra de nuestra redención. “Teniendo en cuenta -afirma- la necesidad de explicar el papel subordinado de María a Cristo en la obra de la Redención, es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora” (n. 22).

Inmediatamente a continuación añade: “Este título corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo y, por tanto, puede generar confusión y un desequilibrio en la armonía de verdades de la fe cristiana, porque «no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (Hch 4,12). Cuando una expresión requiere muchas y constantes explicaciones, para evitar que se desvíe de un significado correcto, no presta un servicio a la fe del Pueblo de Dios y se vuelve inconveniente” (ibídem).

Lo que acabamos de trascribir es una muestra acabada de la endeble factura teológica de este Documento toda vez que rechaza sin más un título ampliamente utilizado por Papas, santos, doctores, teólogos y mariólogos de incuestionable autoridad a lo largo del tiempo, apelando a razones impropias de un estudio teológico serio.

Por tanto, lejos de cerrar un debate de alto calado que se viene desarrollando en la Iglesia hace más de un siglo acerca de la Corredención de María, en lugar de aportar un pronunciamiento serio fundado en razones teológicas válidas surgidas a partir de nuevas investigaciones, el Documento deja de lado la utilización de un título mariano solo por considerarlo inconveniente porque requiere de muchas y constantes explicaciones. Pero, ¿qué dogma de nuestra fe no requiere de constantes explicaciones? ¿No es subestimar el sensum fidelium, tantas veces invocado, suponer que el “pueblo de Dios” pueda confundirse respecto del lugar que ocupa la Virgen, siempre por debajo de Cristo? Insistimos: no puede pedirse mayor falta de seriedad y de nivel teológico en un texto que se presenta como magisterio ordinario.

Pero dejemos de lado un examen pormenorizado del Documento; de eso se ocuparán los buenos teólogos y mariólogos que, felizmente, a pesar de todo hoy nos siguen iluminado con su sabiduría, su fe íntegra y su fidelidad a la Tradición y al Magisterio auténtico de la Iglesia.

El punto en el que queremos centrar nuestro comentario es otro. Mater populi fidelis no es otra cosa que la consumación de una lamentable tendencia “minimalista” respecto del papel de la Santísima Virgen María en la obra de la salvación que se viene imponiendo a partir del Concilio Vaticano II. Como sostiene el Documento, el título de María Corredentora fue deliberadamente evitado por aquel Concilio por “razones dogmáticas, pastorales y ecuménicas” (n. 18).

En realidad, aun cuando se invoquen razones dogmáticas y pastorales, las verdaderas razones de peso son las ecuménicas. Es que, en la visión de este particular ecumenismo, hoy dominante en casi todos los sectores teológicos y pastorales a tal punto que no se concibe otro, la unidad de los cristianos no supone un llamado al regreso al seno de la única Iglesia de Cristo a los que se han separado de ella, sino que la unidad se busca a expensas de la verdad y sobre la base de consensos que, en definitiva, acaban siendo lamentables cesiones.

En el caso concreto que estamos analizando lo que se busca es acortar distancias respecto del protestantismo; y en este empeño, toda la doctrina católica acerca de María aparece como un obstáculo a remover o minimizar antes que como lo que es en realidad: un tesoro a custodiar, a defender y a proponer a quienes se intenta volver a la unidad.

Un claro ejemplo de lo que decimos, entre muchos, fue el XII Congreso Mariológico Internacional, celebrado en 1996, en la ciudad polaca de Czestochowa. En este Congreso (que tuvo como tema general, “María, Madre del Señor en el misterio de la salvación como viene celebrado hoy en el Espíritu Santo por las Iglesias del Oriente como por las de Occidente”) una comisión formada para dar respuesta a la Santa Sede acerca de la posibilidad de declarar la Corredención de María como un nuevo dogma de fe, llegó a conclusiones muy explícitas que no dejan lugar a dudas respecto del espíritu ecumenista que prevaleció en aquella asamblea.

Se dijo, en efecto, que el título en sí resultaba ambiguo, ya que puede entenderse de maneras muy distintas. Pero, además, no se juzgó prudente abandonar la línea teológica seguida por el Concilio Vaticano II. Por este motivo los teólogos allí presentes, y de modo especial los no católicos, se manifestaron sensibles a las dificultades ecuménicas que implicaría una definición de dicho título (cf. P. Carlos H. Spahn, “Fundamentos, viabilidad y oportunidad del Dogma de la Corredención de María”, Gladius n. 52, 2001, pp. 79-124). 

Es decir, el ecumenismo vuelve recurrentemente a la hora de definir las verdades acerca de María. Pero, ¿qué ecumenismo es este que deja de lado a María en aras de una supuesta unidad de los cristianos? No puede ser sino un falso ecumenismo ya que ninguna unidad puede logarse por fuera de la verdad y, por ende, por fuera de Cristo y de María.

El Papa León XIII, en su Encíclica Adiutricem populi, del 5 de octubre de 1895, en referencia a María como Corredentora y Mediadora, escribía: “El poder así depositado en sus manos es prácticamente ilimitado. ¡Cuán acertadas, pues, están las almas cristianas cuando acuden a María en busca de ayuda, como impulsadas por un instinto natural, compartiendo con confianza con ella sus esperanzas futuras y sus logros pasados, sus penas y alegrías, encomendándose como hijos al cuidado de una madre generosa! ¡Con qué razón, además, todas las naciones y todas las liturgias, sin excepción, han aclamado su gran renombre, que ha crecido con el paso de los siglos! Entre sus muchos otros títulos, la encontramos aclamada como «Nuestra Señora, nuestra Mediadora», «la Reparadora del mundo entero», «la Dispensadora de todos los dones celestiales»” (n. 8). Con toda claridad, aquel gran Papa afirmaba, en un documento magisterial, si bien en otros términos, la Corredención de María.

En cuanto a las razones “ecuménicas”, allí mismo señalaba León XIII: “Hay otra razón especial por la que María se mostrará favorable a conceder nuestras oraciones unidas en favor de las naciones separadas de la comunión con la Iglesia: las prodigiosas obras que han realizado en su honor en el pasado, especialmente en Oriente” (n. 21). Es decir, en el caso de las Iglesias orientales, María no solo no era obstáculo, antes bien, una clave de unidad.

Más adelante, siempre en el mismo Documento, llamaba a la Virgen “Guardiana de la unidad de los cristianos” (n. 24). Finalmente, respecto de los “hermanos separados” estampaba estas palabras que deben ser guía para cualquier ecumenismo bien entendido: “Por eso decimos que el Rosario es, con mucho, la mejor oración para interceder ante ella por la causa de nuestros hermanos separados” (n. 27).

¿Qué ha pasado en la Iglesia para que de Guardiana de la unidad de los cristianos y del Rosario como oración eficaz para alcanzar esa unidad, hayamos descendido a esta triste situación en que María es vista como un impedimento para unir a los cristianos? ¿Hasta qué punto se ha perdido de vista el misterio de María?

María no es una creatura más; no basta con llamarla solamente Madre de los fieles o de los creyentes (que lo es sin dudas). María es única. Entre Ella y los demás santos hay una diferencia cualitativa. Desde el principio Dios la destinó a ser la Madre del Verbo, coeterno del Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación. Desde toda la eternidad, Ella fue creada como tabernáculo, como morada purísima del Altísimo. Todo en Ella se resume y se funda en esa su misteriosa Maternidad Divina. Por eso fue concebida sin mancha de pecado; por eso es en sentido pleno Theotokos; por eso su virginidad es perpetua; por eso fue asunta al cielo en su integridad de cuerpo y alma; por eso es Corredentora porque Dios no quiso salvarnos sin la cooperación de esta creatura singular y única. A Ella se aplica de modo eminente la sentencia de San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti” (Sermo 169, 11, 13).

Así la entendieron los cristianos desde los días iniciales de la predicación apostólica. Así la pensaron los teólogos y los doctores. Así, la alabaron los santos y los místicos. Así la cantaron los poetas: Umile e alta più che creatura, la llamó Dante. La creatura humana en su honor y dignidad primeros, dijo de Ella Paul Claudel.

Por eso, hoy más que nunca, exclamamos con San Bernardo: de Maria nunquam satis

Mario Caponnetto
Mario Caponnettohttp://mariocaponnetto.blogstop.com.ar/
Nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. Médico por la Universidad de Buenos Aires. Médico cardiólogo por la misma Universidad. Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.

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