Es un acontecimiento con una importancia, simbólica además, muy superior a cuanto quepa imaginar hoy en día, y su evocación merece la reflexión de los historiadores actuales y futuros.
Hacia las dos y media de la tarde, bajo la majestuosa cúpula de la Basílica de San Pedro resonó el canto del Credo entonado con voz sonora por una procesión de más de doscientos sacerdotes que avanzaba lentamente seguida de millares de fieles que participaban en la XIV Peregrinación Internacional Ad Petri Sedem.
Tras atravesar la Puerta Santa, el cortejó llegó al grandioso ábside de la basílica, donde se alza la monumental Cátedra de San Pedro rodeada de mármoles, bronce y ráfagas de gloria. El genio de Bernini hizo algo más que esculpir un triunfo artístico: es un símbolo de la tradición de la Iglesia fielmente conservada a lo largo de dos milenios. Los sacerdotes se colocaron en dos filas, a derecha e izquierda del altar presidido por la inmensa custodia de bronce, que contiene la Cátedra e imponentes estatuas de cuatro doctores de la Iglesia: los latinos San Ambrosio y San Agustín y los griegos San Atanasio y San Juan Crisóstomo. Encima de la Cátedra, en una cascada de oro y luz, la paloma que representa al Espíritu Santo insertada en la célebre vidriera de alabastro, irradiando un cálido resplandor sobre todo el ábside.
A los lados de la tribuna, los monumentos fúnebres de Urbano VIII, obra también de Bernini, y de Pablo III, que convocó el Concilio de Trento, parecían velar todavía sobre el corazón del primado petrino. Arriba sobre la cúpula, la entrega de las llaves a San Pedro expresa el origen de la autoridad pontificia, mientras a los costados las respectivas escenas del martirio de San Pedro y la decapitación de San Pablo conforman un drama sacro que habla de la sangre derramada por la fe.
No podía haber un escenario más elocuente para la solemne ceremonia que daría comienzo poco después de las tres cuando Su Eminencia el cardenal Raymond Leo Burke, patrono emérito de la Soberana Orden Militar de Malta, hizo su entrada para celebrar una solemne Misa pontifical según el rito romano antiguo, asistido por ceremonieros, contribuyendo a brindar a la liturgia la magnificencia que le corresponde.
Las novecientas sillas previamente instaladas resultaron insuficientes para un pueblo tres o cuatro veces más numeroso compuesto de hombres, mujeres, niños y ancianos llegados de las cinco partes del mundo. El acto adquirió un carácter extraordinario precisamente por el lugar donde se llevó a cabo: un escenario único en el mundo, donde la arquitectura, la escultura, la teología y la historia se entremezclan para hacer visible la misión de la Iglesia y del Papado: custodiar la Fe y transmitirla a lo largo de los siglos.
En una apreciadísima homilía, el cardenal Burke recordó el centenario de la aparición del Niño Jesús con la Virgen de Fátima a la venerable sierva de Dios sor Lucía de los Santos el 10 de diciembre de 1925 en la cual «Nuestro Señor nos mostró el Corazón Doloroso e Inmaculado de Nuestra Señora, cubierto de muchas espinas por nuestra indiferencia e ingratitud, y por nuestros pecados. De modo particular, Nuestra Señora de Fátima desea protegernos del mal del comunismo ateo, que aparta los corazones del Corazón de Jesús –la única fuente de salvación–, y que conduce los corazones a la rebelión contra Dios y contra el orden que Él ha puesto en su creación y ha escrito en el corazón de todo hombre. Mediante sus apariciones y el mensaje que confió a los pastorcitos santos Francisco y Jacinta Marto y a la Venerable Lucía dos Santos –mensaje para toda la Iglesia–, Nuestra Señora abordó también la influencia de la cultura atea dentro de la propia Iglesia, llevando a muchos a la apostasía, al abandono de las verdades de la fe católica.
»Al mismo tiempo, Nuestra Señora nos instruyó a hacer reparación amorosa por nuestras ofensas al Sagrado Corazón de Jesús y a su Inmaculado Corazón mediante la Devoción de los Primeros Sábados; es decir, el Primer Sábado de cada mes: confesar sacramentalmente nuestros pecados, recibir dignamente la Sagrada Comunión, rezar cinco decenas del Santo Rosario (…) La Devoción de los Primeros Sábados es nuestra respuesta de obediencia a nuestra Madre del Cielo, que no dejará de interceder por todas las gracias que tanto necesitamos nosotros y nuestro mundo».
Seguidamente, el purpurado recordó el 18º aniversario de la promulgación del motu proprio Summorum pontificum con el que Benedicto XVI posibilitó la celebración habitual de la Misa según dicho rito, en uso desde los tiempos de San Gregorio Magno. «Damos gracias a Dios porque, a través de Summorum Pontificum, toda la Iglesia avanza hacia una comprensión y un amor cada vez mayores del gran don de la Sagrada Liturgia tal como se nos ha transmitido, en línea ininterrumpida, por la Sagrada Tradición, por los Apóstoles y sus sucesores».
La celebración estuvo acompañada por las notas del canto gregoriano de la capilla musical del Panteón, que se difundía como un viento sacro uniendo las oraciones de los presentes a las de innumerables generaciones de creyentes que los precedieron alzando la vista al mencionado ábside en busca de la verdad de la doctrina y el consuelo de la fe.
Mártires de esa fe fueron el cardenal albanés Ernest Simoni, que asistió en primera fila a la ceremonia junto al cardenal Walter Brandmüller. Encarcelado por el régimen comunista en 1963, pasó veinticinco años más de su vida realizando trabajos forzados hasta su liberación en 1991. Es conocido actualmente por la eficacia de sus exorcismos. A final de la Misa pronunció desde el púlpito una fórmula abreviada del exorcismo contra Satanás y los ángeles rebeldes que León XIII redactó en 1884 por inspiración del arcángel San Miguel tras una terrorífica visión de los demonios que se congregaban para destruir la Iglesia.
Concluyó la celebración con el rezo del Salve Regina y el canto del Christus vincit suscitando una inmensa emoción entre sacerdotes y fieles. El rostro de muchos de los presentes reflejaba el sufrimiento de quienes para seguir fieles a la Misa de siempre se han visto obligados a afrontar incomprensiones, pruebas y humillaciones. Pero ahora, en medio de esta antigua liturgia, los rayos dorados del ábside y las imágenes de los Evangelistas y los Padres de la Iglesia, era como si el pasado y el presente se unieran en un estrecho abrazo ante la Cátedra de San Pedro.
Por primera vez desde la entrada en vigor de Traditiones custodes (2021), la celebración de la Misa Tradicional ha sido autorizada ante el altar de la Cátedra vaticana. En las primeras peregrinaciones Ad Petri sedem, la Misa tridentina se celebraba sin problema en San Pedro, pero desde hace algunos años ya no se permitía. La autorización concedida por el pontífice reinante, León XIV, ha hecho posible este acto, que para muchos se muestra como una aurora que despunta mientras tantas estrellas efímeras del mundo caen o están a punto de desaparecer en la noche.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























