Schneider: La Iglesia no puede seguir aumentando la confusión

Monseñor Schneider habla en exclusiva con Per Mariam de la crisis de confusión que vive la Iglesia, la aceptación del tema LGBT y el camino sinodal.

Michael Haynes

22 de octubre de 2025

Haciendo una evaluación de los primeros meses del pontificado de León XIV, monseñor Athanasius Schneider insta al Papa a tomar medias contra la «confusión en la Fe sin precedentes» que atraviesa la Iglesia.

En una entrevista en exclusiva que concedió a nuestro portal a principios de mes, el prelado contestó preguntas sobre el estado de la Iglesia Católica, la campaña en pro de la aceptación del movimiento LGBT y el futuro de la jerarquía a la luz del sínodo sobre la sinodalidad.

«Como Iglesia, no podemos seguir aumentando la confusión –advirtió, instando al papa León a realizar un acto que aclare– y fortalezca a toda la Iglesia en la Fe».

Schneider habó asimismo del concepto católico de la aceptación de las personas, y se explayó sobre los comentarios de León XIV sobre «aceptar al diferente».

A medida que la Iglesia inicia el largo proceso de preparación de la asamblea del Sínodo de 2028, la expresión caminar juntos se emplea mucho pero se explica poco. Schneider presenta su evaluación de dicha expresión y explica que la Iglesia camina realizando un peregrinaje terrenal que siempre tiene por término el Cielo.

Reproducimos seguidamente la entrevista en su totalidad.

Haynes: En los últimos días de la vida del papa Francisco y en los primeros del reinado de León, Vuestra Excelencia identificó una serie de cuestiones que a su parecer requerían que se tomaran con urgencia medidas para resolverlas. Llevamos ya casi cinco meses de pontificado leonino y no parece que pase nada. ¿Cuáles serían a su juicio las necesidades más urgentes de la Iglesia actual?

Monseñor Athanasius Schneider: Yo diría que lo más urgente es que el Papa fortalezca a toda la Iglesia en la Fe. Ésa es la principal misión, una de las más importantes para un pontífice, encomendada por Dios a San Pedro y a sus sucesores.

Para todos es patente que la Iglesia está inmersa en una confusión de la Fe que no tiene precedentes en lo que se refiere a fe, moral y liturgia. La Iglesia está sumida en una polvareda o en una neblina confusa.

Como Iglesia, no podemos seguir aumentando la confusión. Es algo contrario a Cristo, va contra el propio Evangelio. Cristo vino a traernos la verdad, y la verdad supone claridad. Por consiguiente, lo más urgente que tiene que hacer el Sumo Pontífice es realizar un acto de magisterio que afiance a todos en la Fe.

Podría ser en forma de una profesión de fe, por el estilo de la que hizo Pablo VI en 1968, el Credo del Pueblo de Dios. Con esta profesión de fe se ocupó de cuestiones que la Iglesia de su tiempo negaba o expresaba de manera confusa.

Han pasado ya casi cincuenta años, y hoy es más urgente todavía. La confusión ha aumentado en lugar de disminuir, sobre todo durante el pontificado anterior. Por eso, sería lo más urgente. Y sería además una de las mayores obras de caridad que pudiera hacer el Romano Pontífice para con sus hijos espirituales, los fieles, y para con sus hermanos en el episcopado.

Haynes: En la larga entrevista que concedió recientemente a Crux, el papa León habló de Fiducia supplicans y de la aceptación. En cierto momento dice: «En esencia, Fiducia supplicans afirma que se puede bendecir a toda persona, pero no estudia una manera de ritualizar una forma de bendición, porque no es eso lo que enseña la Iglesia. No quiere decir que esas personas sean malas, pero vuelvo a señalar que me parece muy importante entender cómo hay que aceptar al diferente, a los que han tomado otras opciones de vida, y respetarlos».

Desde un punto de vista católico, ¿cómo se puede aceptar a alguien así sin dejar de ser fieles al magisterio católico y la plenitud de la doctrina?

Monseñor Schneider: Lo primero es que, sea como sea, Fiducia supplicans utiliza la expresión parejas del mismo sexo. Así lo dice el documento. Y eso ya supone una enorme confusión porque habla de bendecir. Y aunque diga que lo que se bendice no es la relación, sino a las personas, eso es imposible, porque son dos cosas inseparables. Se presentan a la bendición como pareja del mismo sexo. Es un juego de palabras, una pirueta semántica que confunde al lector y que cualquier personal normal entiende como una autorización para bendecir parejas del mismo sexo u otras relaciones extramaritales que vivan notoriamente en estado de pecado.

Por lo tanto, ese documento tiene que ser revocado, porque salta a la vista –dado que está redactado de un modo sumamente ambiguo a pesar de hablar de un tema que es de gran importancia para la Iglesia–, incluso para gente ajena a la Iglesia, que hasta los católicos lo entienden como un texto que bendice a las parejas homosexuales.

No podemos seguir con este juego. Además, para bendecir a una persona no hace falta emitir documento alguno. La Iglesia siempre ha bendecido hasta a un pecador que pidiera una bendición. Por supuesto, la bendición se da con la condición de que pida sinceramente una bendición de Dios para su conversión; no siempre podemos dar una bendición por algo que pida la persona. Por ejemplo, no puedo bendecir a alguien que venga y me pida una bendición para un aborto, o para robar. Está claro que eso no es posible. Y esas parejas viven en una situación estable de pecado, que como la unión en sí se opone a la voluntad y los mandamientos de Dios.

¿Para qué se han juntado? ¿Para hacer obras de caridad, o por una atracción erótica hacia el mismo sexo? Es algo que va contra la creación de Dios, contra su voluntad. Por tanto, no lo podemos bendecir.

La segunda parte de la pregunta es sobre aceptar a las personas. Claro que Dios los acepta a todos, pero también llama al arrepentimiento. Esa fue la primera palabra que Jesucristo, Dios encarnado, dijo cuando empezó su misión pública de enseñar: «Arrepentíos». Y cuando el Señor resucitado se apareció a los Apóstoles antes de ascender al Cielo, dice al final del Evangelio según San Lucas que la Iglesia tiene que predicar la penitencia a todos los pueblos. Y eso era lo primero: penitencia, convertirse del mal al bien, naturalmente con la ayuda de Dios. Tal es la misión de la Iglesia. Así que Dios acepta a todo el mundo, a todos los pecadores con tal de que tengan un sincero deseo de convertirse, de abandonar el mal.

Por eso, aceptar a los pecadores sin transmitirles –por supuesto caritativamente–, pero en todo caso, la necesidad de la conversión, no es el método de Dios. No es el método evangélico, no es el que emplea la Iglesia desde hace dos mil años. De lo contrario no se va a ninguna parte; se confirma a los pecadores en el mal.

Y desde luego, hay que decirles:

«Os damos la bienvenida, pero os invitamos a reflexionar seriamente sobre lo que estáis haciendo, sobre vuestra forma de vida, porque no se ajusta a la voluntad de Dios, no conduce a vuestra salvación. Tenemos que decíroslo porque así os expresamos nuestro amor. Siempre seréis bienvenidos y os ayudaremos a abandonar el mal y todo cuanto se oponga a la voluntad de Dios, aunque tome tiempo.»

En todo caso, lo importante es que esas personas se decidan a abandonar su malvada forma de vida y acepten la voluntad de Dios. La Iglesia siempre que evitar la complicidad con el mal, la colaboración con el mal. No es así como actuaba Jesucristo ni los Apóstoles, ni la Iglesia de siempre. Sería un método diferente y muy extraño eso de colaborar con ello, y daríamos la idea de que aceptamos esa forma de vida. Hay que evitar eso.

Es preciso decirles que como personas los queremos aunque no estén todavía en condiciones de convertirse o dispuestos a hacerlo, pero que rezamos para que acepten la voluntad de Dios, que es convertirse. Es la única manera de alcanzar la salvación eterna. Es imposible sin la conversión.

Hay que decirles eso, y no colaborar con las organizaciones que promueven la ideología LGTB, las cuales no tienen otro objetivo que alterar los mandamientos de Dios. Lo que se proponen es que la Iglesia apruebe su pecadora vida.

Es una traición al Evangelio, con la que la Iglesia apostataría de su misión de salvar almas, de llamar a todos al arrepentimiento.

Reitero que hay que hacerlo con amor, pero lo que no se puede es aceptar la meta de esas organizaciones, que es alterar la voluntad de Dios, cambiar sus mandamientos y las enseñanzas inmutables de la Iglesia. El verdadero sentido de la aceptación no es otro.

Haynes: Tenemos ya la asamblea para el Sínodo de 2028 después del Sínodo de la Sinodalidad. Uno de los asuntos principales es lo de caminar juntos. Como obispo y pastor de almas, ¿qué significa caminar juntos en lo que se refiere a mantener la estructura jerárquica de la Iglesia tal como Cristo la instituyó?

Monseñor Schneider: En efecto, caminar juntos, que en griego se dice synodos, es la única manera que conoce y tiene la Iglesia. Nuestro Señor dijo: «Yo, Yo soy el Camino, y soy la Verdad y la Vida». Ése es el programa.

Lo sabemos muy bien porque Cristo lo dijo: «Yo soy el Camino y la Verdad, y os revelo toda las verdades que el Padre me transmitió para vosotros. Por eso os envío el Espíritu Santo, que os recordará todo lo que os dije. Os enseñará toda la verdad. El Espíritu Santo no hablará por Sí mismo, sino de lo que me oyó a Mí, a Jesucristo, que soy la Verdad, la Palabra de Dios».

Ésa tiene que ser cada vez más la misión de la Iglesia. No hablar de sí misma, sino –como el Espíritu Santo–, transmitir fielmente lo revelado por Cristo.

La Iglesia debe proclamarlo de forma más patente; no de forma confusa, sino clara.

Tal es el plan del Espíritu Santo en la Iglesia: llevarla hacia un conocimiento más claro y profundo, no disminuirlo ni hacerlo más ambiguo. San Pablo también dice que no se puede correr en el estadio sin conocer la meta, porque si no no se llega. Y dice además que en la Iglesia tenemos que saber adónde vamos, y tenerlo muy claro.

Otra cosa que dice es que el que combate no puede dar golpes al aire sin saber pelear. En la Tierra, la Iglesia es una iglesia militante, una iglesia que combate. Tal es la realidad en este mundo. Luchamos continuamente, desde luego. Primero contra nosotros mismos, contra nuestras malas inclinaciones, el pecado, la carne y el Diablo, que está en el mundo. Todo eso lo escribieron los Apóstoles San Pablo y San Juan, además de que lo dijera Nuestro Señor Jesucristo.

Y de ese modo, siendo conscientes, dirigir, ir, caminar juntos hacia Cristo, que es la única meta. Avanzamos hacia la eternidad. Así es la Iglesia peregrina en la Tierra. ¿Hacia dónde peregrinamos? Vamos peregrinos hacia el Cielo, a la Jerusalén celestial que nos espera. La Iglesia siempre tiene que exponer esto a la gente; que ése es el objeto de caminar juntos, llegar a la Jerusalén celestial.

Eso es lo que nos espera, ésa es la realidad. Naturalmente, por ese camino, como predijo Jesucristo, sufriremos numerosas tentaciones y ataques espirituales por parte del padre de la mentira y de los falsos profetas.

Nuestro Señor nos advirtió contra los falsos cristos, los falsos profetas, y lo mismo hicieron San Pablo y San Juan en el Nuevo Testamento. Advirtieron que surgirían falsos profetas dentro de la comunidad.

Como vemos, por el camino nos toparemos desgraciadamente con falsos profetas entre nosotros. Por lo tanto, debemos estar alerta para que esos falsos profetas no confundan y echen a perder a los demás.

Tenemos que avanzar en procesión, en peregrinación, con alegría y convicción. Y todos los que marchamos debemos decir con San Pablo «Sé lo que he creído», plenamente convencidos de la verdad católica.

Ése es el objeto del camino sinodal: proclamar y exponer con más claridad la belleza de las verdades que Cristo nos ha revelado y evitar con ello la confusión, la ambigüedad. Y luego exponer las bondades de la oración. La primera misión de la Iglesia consiste en adorar a Dios como lo hace toda la creación, y ése será también nuestro objetivo en el Cielo. Ésa es la finalidad de la Iglesia triunfante: alabar a Dios por la eternidad. Por eso, en nuestro camino compartido debemos expresarlo también con una liturgia sagrada, hermosa y digna.

Es un poderoso instrumento de evangelización: invitar a los no católicos, a los no creyentes que, en un sentido metafórico, contemplan nuestra procesión. Cuando vean que sabemos a Quién creemos, y que exponemos la verdad de forma hermosa y clara, que rezamos a Dios de un modo digno, sagrado y bello, sentirán una gran atracción para integrarse a nuestra procesión y caminar unidos a la Iglesia.

Por eso dijo Nuestro Señor: «Id y proclamad mi Verdad, predicad el Evangelio. Id a enseñar a todos los pueblos lo que os he mandado, y enseñadles a vivirlo». No dijo: «Id a escuchar a la gente. Preguntadle por sus opiniones». Así no hace las cosas Cristo. Es un método mundano, no el de Jesucristo y su Iglesia. De ahí que la Iglesia, el Papa y los obispos tengan la vital misión de proclamar la Verdad, de empeñarse en que a lo largo de toda su existencia en el mundo la Iglesia pregone la Verdad.

Es una misión que Dios sólo ha encomendado a la Iglesia, proclamar con amor en este mundo la belleza y claridad de toda la Verdad de Dios y guiar hacia un culto digno a Él. Además de que hace ver al mundo que creemos de verdad en Cristo, que tenemos permiso para liberar a la humanidad del mal. En primer lugar del pecado mortal, que destruye la vida espiritual de las almas, los pecados contra Dios. Y también de librar a la humanidad de las cadenas del pecado y la estructura de pecados contra el Primer Mandamiento, como la idolatría, así como la fornicación y todos los demás pecados contra el amor.

Es algo que tenemos que esforzarnos por demostrar a la Iglesia en nuestra vida. Desde luego, ese amor es el primer mandamiento, el más fundamental, pero también debemos ser buenos médicos para sanar a la humanidad de las mortíferas enfermedades y vicios espirituales y de las estructuras de pecado que se alzan contra la voluntad de Dios. Ésa es la misión que nos corresponde, y lo que de verdad significa caminar juntos.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

Del mismo autor

Monseñor Schneider: «La Iglesia NO tiene Autoridad contra las Verdades de Dios»

Reciente Entrevista (5 de septiembre) a Monseñor Schneider bajo el título: "La...

Últimos Artículos

El azar en un mundo organizado

Dispersión de las semillas del álamo en primavera En nuestra...

Profanación interreligiosa en la Basílica de Santa María de Guadalupe

Alejandro Sosa Laprida Antes de hacer una valoración teológica del...

La Tradición católica frente al dogma de Darwin

Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los...