El cónclave iniciado el 30 de noviembre de 1549 tras la muerte de Pablo III, fue sin duda alguna uno de los más dramáticos de la historia de la Iglesia. El cardenal inglés Reginald Pole (1500-1558) estaba recomendado por todos como el gran favorito. Ya tenían listas para él las vestiduras pontificias y él mismo ya había enseñado a algunos el discurso de agradecimiento. El 5 de diciembre sólo le faltaba a Pole un voto para obtener la tiara pontificia, cuando el cardenal Gian Pietro Carafa se puso en pie ante el estupor de toda la asamblea y lo acusó públicamente de herejía, recriminándolo entre otras cosas por sostener la doble justificación criptoluterana, rechazada en 1547 por el Concilio de Trento. Carafa era conocido por su integridad doctrinal y su vida de piedad. La votación a favor de Pole se desmoronó, y tras largas controversias, el 7 de febrero de 1550 fue elegido el cardenal Giovanni del Monte, que tomó el nombre de Julio III (1487-1555).La acusación de herejía, que por primera vez se lanzaba contra un cardenal en un cónclave, reflejaba las divisiones que había entre los católicos ante el protestantismo (cfr. Paolo Simoncelli, Il caso Reginald Pole. Eresia e santità nelle polemiche religiose del cinquecento, Edizioni di Storia e Letteratura, Roma 1977). Entre los años treinta y los años cincuenta del siglo XVI, se habían difundido tendencias heréticas en el mundo eclesiástico romano y había nacido el partido de los “espirituales”, representado por personajes ambiguos como el cardenal Reginald Pole, Gasparo Contarini (1483-1542) y Giovanni Morone (1509-1580). Cultivaban un cristianismo irenista y aspiraban a conciliar el luteranismo con la estructura institucional de la Iglesia romana. Pole había creado un círculo heterodoxo en Viterbo; Morone, cuando era obispo de Módena entre 1543 y 1546, había escogido a predicadores que sucesivamente fueron procesados por herejía. Las actas del proceso inquisitorial del cardenal Morone (1557-1559), de Pietro Carnesecchi (1557-1567) y de Vittore Soranzo (1550-1558), todos pertenecientes a los círculos “espirituales”, publicadas por el Istituto Storico Italiano per l’età moderna e contemporánea y el Archivo Secreto Vaticano entre 1981 y 2004, han sacado a la luz una tupida red de complicidades, vigorosamente combatida por dos hombres destinados a ser papas un día: Gian Pietro Carafa, futuro Pablo IV, y Michele Ghislieri, futuro Pio V. Ambos estaban convencidos de que en realidad los espirituales eran criptoluteranos.

Gian Pietro Carafa había fundado, con Gaetano di Thiene, la orden de los Teatinos, y Adriano VI lo había escogido para colaborar en la reforma universal de la Iglesia, interrumpida por la muerte prematura del pontífice de Utrecht. Al cardenal Carafa en particular se debía sobre todo la institución del Santo Oficio de la inquisición romana. La bula Licet ab initio del 21 de julio de 1542, con la que Pablo III, acogiendo la sugerencia de Carafa, había instituido dicho organismo, era una declaración de guerra a la herejía. Guerra que quería continuar hasta extirpar todo error, y quería concluirla en nombre de la paz religiosa.

A la muerte de Julio III, en el cónclave de 1555, los partidos se enfrentaron nuevamente y el 23 de mayo de 1555 el cardenal Gian Pietro Carafa fue elegido Papa, superando por un pelo al cardenal Morone. Contaba ya con setenta y nueve años, y tomó el nombre de Pablo IV. Fue un pontífice inflexible cuyo principal empeño fue combatir la herejía y efectuar una auténtica reforma de la Iglesia.

Combatió la simonía, impuso a los obispos la obligación de residir en la propia diócesis, restableció la disciplina monástica, imprimió un vigoroso impulso al Tribunal de la Inquisición e instituyó el Índice de libros prohibidos. Su brazo derecho era un humilde fraile dominico, Michele Ghislieri, al cual nombró obispo de  Nepi y Sutri (1556), cardenal (1557) y gran inquisidor vitalicio (1558), abriéndole con ello el camino al pontificado.

El 1 de junio de 1557, Pablo IV comunicó a los cardenales que había ordenado el encarcalamiento del cardenal Morone por sospecha de herejía. Asimismo, había encargado a la Inquisición la apertura de un proceso, las conclusiones del cual presentó al Sacro Colegio. Pablo IV dirigió la misma acusación al cardenal Pole, que se encontraba en Inglaterra y fue destituido de su cargo de legado. El cardinal Morone fue recluido en el Castel Sant’Angelo y no se lo puso en libertad hasta agosto de 1559, cuando la víspera de su condena, la muerte del Papa le permitió recobrar la libertad y participar en el subsiguiente cónclave.

En marzo de 1559, pocos meses después de su muerte, Paolo IV publicó la bula Cum ex apostolatus officio, en la que abordó el problema de la posibilidad de que un pontífice incurra en herejía (cfr. Bullarium diplomatum et privilegiorum sanctorum romanorum pontificum, S. e H. Dalmezzo, Augustae Taurinorum, 1860, VI, pp. 551-556). En dicha bula se lee: «que el mismo romano pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo tiene la plana potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado», y «si en algún tiempo aconteciese que (…) que antes de su promoción al cardenalato o asunción al pontificado se hubiese desviado de la fe católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los cardenales, la promoción o la asunción es nula, inválida y sin ningún efecto».

Esta bula replantea casi al pie de la letra el principio canónico medieval según el cual el Papa no puede ser reprendido ni juzgado por nadie, «nisi deprehandatur a fide devius», a no ser que se desvíe de la fe (Ivo di Chartres, Decretales, V, cap. 23, coll. 329-330). Se discute si la bula de Pablo IV es una decisión dogmática o un acto disciplinario; si todavía está en vigor o quedó implícitamente abrogada por el Código de 1917; si se aplica al papa que incurre en herejía antes o después de su elección, etc., etc., etc. No entramos en esos debates. Cum ex apostolatus officio sigue siendo un documento pontificio que goza de autoridad y confirma la posibilidad de que un papa sea hereje, aunque no da la menor indicación sobre la manera concreta en que perdería el pontificado.

Como sucesor de Pablo IV, el 25 de diciembre de 1559 fue elegido un papa político, Pío IV (Giovanni Angelo Medici di Marignano, 1499-1565). El 6 de enero de 1560, el nuevo pontífice decretó la anulación del proceso contra Morone, restableciéndolo en su cargo, y se opuso duramente al cardenal Ghislieri, a quien consideraba un fanático inquisidor. El Inquisitor maior et perpetuus fue privado de los poderes excepcionales que le había conferido Pablo IV y transferido a la diócesis secundaria de Mondovì.

Pero el 7 de enero de 1566, tras la muerte de Pío IV, Michele Ghislieri fue inesperadamente creado papa y tomó el nombre de Pío V. Su pontificado se situó en plena continuidad con el de Pablo IV y reemprendió la actividad inquisitorial. El cardenal Morone, que a petición de Pablo III había iniciado como legado pontificio, el Concilio de Trento y por orden de Pío IV había dirigido las últimas sesiones, obtuvo la suspensión de su condena.

La historia de la Iglesia, aun en los momentos de más duros desencuentros internos, es más compleja de lo que muchos podrían creer. El Concilio de Trento, que es un monumento a la fe católica, fue inaugurado y más tarde concluido por un personaje gravemente sospechoso de luteranismo. Cuando falleció en 1580, Giovanni Morone fue inhumado en Santa Maria della Minerva (hoy en día no se sabe dónde está enterrado), la misma basílica en la que Pío V quiso erigir un mausoleo a su acusador, cuyo proceso de canonización incoó: el campeón de la ortodoxia Gian Pietro Carafa, papa Pablo IV.

Roberto de Mattei
[Traducido por J.E.F para Adelante la Fe]
Roberto de Mattei
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.