Subieron el glorioso San José y la Santísima Virgen de Nazareth a Jerusalén a celebrar la Pascua como la tenían de costumbre, y llevaron consigo a su preciosísimo Hijo, el cual sin decirles nada se quedó en Jerusalén; buscáronle tres días con dolor entre los parientes y amigos y halláronle en el templo en medio de los doctores, y se volvió con ellos a Nazareth.

PUNTO PRIMERO. Considera el documento que dan Cristo y su Santísima Madre de frecuentar los templos y venir a las festividades, y guardar las santas costumbres de los mayores, viniendo ellos de tantas leguas a celebrar la fiesta al templo de Jerusalén, y aprende en que has de gastar las de la Iglesia, no en comidas y bebidas ni en juegos y delicias, como dice el apóstol san Pablo, sino en orar en el templo y ofrecer a Dios el sacrosanto sacrificio de la misa, y asistir a los oficios divinos y a la predicación de su palabra, que son las obras con que sirve Dios, y con que has de honrar sus fiestas para gloria suya y bien de tu alma.

PUNTO II. Considera cómo la Santísima Virgen y el glorioso san José perdieron a Cristo en el templo, aunque sin culpa suya, para que vivas con temor de perderle, no asegurándote en lugar alguno por santo que sea, porque en cualquiera le puedes perder si te descuidas en su santo servicio: el primer ángel le perdió en el cielo y Adán en el paraíso con ser lugares tan santos; ¿qué harás tú frágil y miserable en medio de tantas ocasiones del mundo si te descuidas? Vive con temor y tiembla de perder a Dios, y clama a su Divina Majestad pidiendo con humildad que te tenga de su mano, para que no le pierdas jamás ni te apartes un punto de su presencia.

PUNTO III. Considera el dolor y lagrimas con que la Santísima Virgen y el glorioso san José buscaron al Santísimo Niño: entra en sus corazones con la meditación y contempla el sobresalto que tendrían aquellos tres días recelando si habría caído en manos de los ministros del rey que le buscaban para quitarle la vida. Mira como no descansaron un punto de día ni de noche, buscándole por todas partes por la grandeza del amor que le tenían, no pudiendo tomar descanso en cosa alguna, porque era el descanso de sus corazones; y mete tú la mano en el tuyo, y considera cuántas veces pierdes a Dios, no como la Virgen Santísima, sino por culpa tuya, y no tienes dolor de haberle perdido porque no le tienes amor, comes y duermes y descansas y te das a pasatiempos, habiendo perdido a este Divino Señor: la mayor perdición de tu alma es no sentir su pérdida; los ángeles la sienten y los santos la lloran, y todas las criaturas gimen su pérdida, y tú sólo pasas sin dolor que eres el interesado y el que más lo debes sentir: acompaña pues, alma mía, a estos santos amantes,  camina con ellos a buscar a tu Dios y Señor, y pídeles a ambos que te den de su amor para saberle buscar, y no les dejes hasta hallarle y darle albergue y acogida en tu corazón.

PUNTO IV. Considera el gozo y la alegría que tuvieron la Santísima Virgen y el glorioso San José cuando hallaron al Niño Jesús en el templo en medio de los doctores, y mira cómo en llegando se despidió de ellos y se vino a los brazos de su Madre uniéndose íntimamente con ella: llega con reverencia y dala el parabién de haber hallado la joya que había perdido, y contempla con los brazos del cuello de su Madre hablándose los corazones y derramando los ojos dulces lágrimas nacidas del júbilo de sus almas: recoge aquellas perlas que caen de sus ojos, no las dejes caer en tierra sino llévalas a tu corazón y lava con ellas las manchas de tus imperfecciones, y aprende y conoce el júbilo y alegría que tiene el alma cuando halla a su Dios, y enciende tu espíritu en llamas vivas de fervorosísimos deseos de hallarle y temerle y no dejarle jamás.

Padre Alonso de Andrade, S.J 

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Meditación
Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.