A los 17 años me enamoré de Jesús. Sí, de Jesús solo y de ningún otro. Mis padres querían que a su tiempo me casase para no estar solo. Los reverendos de la parroquia y de la diócesis querían que fuera sacerdote. No me casé porque amaba a Jesús solo desde el primer día. No me he hecho sacerdote, porque no era mi camino.

He elegido, o mejor, he sido elegido por Él, una vida solitaria, toda en subida, sin compañía al lado, apoyándome sólo en Jesús, decidido a vivir y a gastar la vida para Él solo, para amarle – a Él solo – y hacerlo amar.

En el tiempo de mi juventud, tenía algunos sacerdotes – especialmente uno, docto y santo – que me dirigían. Eran maestros y padres de las almas. Después, uno tras otro se fueron a ver a Jesús, al Cielo, premio a su ofrenda total a Él… Y me quedé solo.

Oh, conozco sacerdotes buenos, pero no son como aquellos que me educaron de niño o de joven, me tratan de usted y quizá les infundo respeto, aunque me siento y soy el último de todos. Y estoy solo.

Pocos – o ninguno – conoce mi elección, la elección que hizo para mí Jesús, y me consideran desperdiciado, como malvendido, quizá uno que no vale para nada. O peor, uno un poco obsesionado. Varios coetáneos – somos septuagenarios ya – dicen que no me he “aggiornato”. Muchos sacerdotes dicen que me he quedado en el “vetus ordo”, hombre de Tradición.

Escucho a algunos “don” y algunas cabezas mitradas hablar. A menudo, en ese lenguaje lunar suyo, no encuentro ni oigo el nombre de Jesús. Sé de Obispos que en Navidad y en Pascua, son capaces de enviar mensajes sin el nombre de Jesús. Pero ¿cómo es posible? Es posible, lo hacen teólogos y Obispos del “nuevo curso”.

A menudo, he sentido la necesidad de ser confirmado en la fe, animado en mi amor a Jesucristo, en mi humilde servicio a la Iglesia, pero los sacerdotes cruzan al otro lado, no tienen tiempo de hablar de estas cosas. Alguno querría que fuera “a las periferias”, pero ellos no van ni a la plaza de la iglesia ni saben tan siquiera hablar con un niño.

He quedado sorprendido, consternado, pero después he comprendido que estos ya no tienen ningún proyecto, no les mueve ya ninguna pasión. Mejor que ellos, un buen padre de familia que está enamorado de su mujer y sus hijos. Ellos no aman a nadie. Son hombres apagados. Son sacerdotes apagados.

Mis amigos y yo, tenemos un proyecto hermoso y fuerte y santo: vivir a Cristo, irradiar a Cristo, convertir las almas a Jesús, lo más posible. Quizá al final de la vida, habremos convertido a dos o tres o quizá a más: sólo el Señor lo sabe, pero podremos gloriarnos de haber amado a Jesús solo, a Jesús siempre, a Jesús cada día más.

Ya nadie nos confirma en la fe, ni por lo bajo ni por lo alto. A amigos de Jesús, como nosotros, por lo bajo y por lo alto nos dan sólo palos. Estamos pasmados de lo que oímos, porque tenemos oídos y cabeza más católicos que la boca y la mente de algunos sacerdotes, de varios hombres de Iglesia.

No queremos otra religión diferente a la Religión católica. No queremos el humanitarismo – el culto del hombre – en el lugar del culto de Dios y de su Hijo Jesucristo, nuestro único Salvador. Continuamos queriendo estar con Jesús solo y con lo que viene de Él: su Doctrina, su Ley, sus Sacramentos, sus auténticos Pastores, su Vida divina. “Lo que amamos más en el mundo es a Jesucristo y lo que viene de Él”.

Por esto, no somos ecuménicos ni sincretistas. No somos modernistas ni “rahnerianos”, ni siquiera “francisquistas”. Somos fieles al Papa – ¡ay de nosotros si no lo fuéramos, seríamos luteranos! – pero no conjugamos el verbo “bergogliar”. No renunciamos a Jesucristo, más bien queremos que Él solo reine, en nosotros mismos, en las familias, en la sociedad, en la escuela, en el trabajo, en la política.

¿Existen riesgos por elegir así? Muchos riesgos. El de quedarse solos, el de ser marginados incluso por los sacerdotes que van a las periferias, porque nosotros estamos en el centro – hacia la cumbre, que es Él solo.

No pasa nada por todo esto. Está bien así: estaba en la cuenta cuando elegí – a mi Jesús – a los 17 años. Han pasado más de 50 años desde entonces, pero tengo todavía el corazón como a los 17 años, la misma luminosa pasión de amor.

Jesús – “mi Jesús” – me ha conducido allí arriba a la cumbre, por encima de todo y de todos, donde la vida merece verdaderamente ser vivida. Allí arriba, como un centinela perdido, se olvidarán los hombres, me olvidaré yo mismo de mí, pero Jesús no me olvidará.

Vendrá la primavera. Y los nuevos cielos y la nueva tierra.

Insurgens

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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