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Discordias eclesiales

La Primera Carta de San Pablo a los Corintios, es de una actualidad desconcertante, lo que antaño se escribió nos atañe también a nosotros hoy mismo. San Pablo, no quiere simplemente describir una situación, sino sacudir nuestra conciencia. Como ocurrió con los corintios, también nosotros corremos el riesgo de parcelar la Iglesia en una disputa de partidos, donde cada uno se hace su idea del Cristianismo, y de hecho así ocurre cada vez más frecuentemente. Si yo me declaro por un partido, entonces se convierte por lo mismo en mi partido; pero la Iglesia no es simplemente mi Iglesia, sino sobre todo y siempre Su Iglesia. La esencia de la conversión consiste justamente en esto: que yo no busco nunca mi partido, sino que me hago miembro del Cuerpo de Cristo, de Su Iglesia.1

Desde los inicios de la Iglesia, el Malo ha sembrado la división:

«Conociendo sus pensamientos, les dijo entonces: “Todo reino dividido contra sí mismo, está arruinado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no puede subsistir».2

La Iglesia de Corinto, no obstante haber sido agraciada de carismas extraordinarios del Espíritu Santo, estaba terriblemente dividida. Un espíritu competitivo de egoísmo y condenación la había llevado a la división y confrontación.

Habían llegado a los oídos de San Pablo informes preocupantes sobre lo que estaba ocurriendo en la Iglesia de Corinto, y también porque la Iglesia le había escrito una carta, bajo dichas circunstancias específicas, escribió a los corintios una carta, la que vino a solucionar muchos problemas, divisiones y facciones dentro de la Iglesia de Corinto.

A pesar de que los dones los da el Señor para la edificación de la comunidad de creyentes, en lugar de esto, en Corinto, engendraron división y discrepancias, debido al alarde, el elitismo, la grosería y el egoísmo. Estos dones dieron como resultado todo, excepto el amor cristiano.

Por eso San Pablo dice:

«Hay diversidad de dones, más el Espíritu es uno mismo, y hay diversidad de ministerios, más el Señor es uno mismo; y hay diversidad de operaciones, más el mismo Dios es el que las obra todas ellas en todos. A cada uno, empero, se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien (común)».3

San Pablo fiel a las enseñanzas de su Maestro, Nuestro Señor Jesucristo, con frecuencia se refiere a la unidad de la Iglesia, a la que el Apóstol de los Gentiles describe como un edificio, un cuerpo, entre cuyos miembros existe la misma solidaridad que entre los miembros del cuerpo humano.

Admiremos cómo se ensancha aquí la visión al mostrársenos la Iglesia de Dios como un cuerpo orgánico, pero místico. Lo que el Espíritu Santo hace al distribuir así diversamente sus dones, no es sino edificar el Cuerpo de Cristo que hemos de formar todos los cristianos4. De manera que si cada uno de nosotros tiene dones distintos, es porque somos miembros de ese Cuerpo y entre todos hemos de hacer la armonía del conjunto.

San Pablo presenta aquí el concepto de cuerpo especialmente en cuanto a la solidaridad entre los miembros, de donde se deduce también la comunidad de bienes espirituales.5 En las Epístolas de la cautividad esencialmente cristológicas, explayó el gran misterio del Cuerpo Místico con relación a Aquel que resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre y puesto sobre la casa de Dios (Hb. 10, 21) como Sumo Sacerdote del Santuario celestial,6 es a un tiempo la Cabeza y la vida de toda la Iglesia que es su Cuerpo.7

Enumera San Palo los diversos aspectos y fuentes del Cuerpo místico de Cristo:

«Pues todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu, para ser un solo cuerpo, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres; y a todos se nos dio a beber un mismo Espíritu».8

Y resume en la fórmula siguiente:

«Uno es el cuerpo y uno el Espíritu, y así también una la esperanza de la vocación a que habéis sido llamados; uno el Señor, una la fe, uno el bautismo».

Como conclusión lógica anatematiza novedades doctrinales y a los autores de los mismos:

«Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema».9

Asimismo, habla de cómo tratar a los sectarios cuando escribe a Tito:

«Al hombre sectario, después de una y otra amonestación, rehúyelo».10

Nuevamente cuando condena enérgicamente las disensiones de la comunidad de Corinto:

«Porque me he enterado respecto de vosotros, hermanos míos, por los de Cloe, que entre vosotros hay banderías. Hablo así porque cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo”, “yo de Apolo”, “yo de Cefas”. “yo de Cristo”. ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros, o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?»11

Como sabemos, la enérgica intervención de Pablo puso fin a las facciones, y el Apóstol se abstenía de bautizar prosélitos a fin de evitar que se dijera Yo fui bautizado por Pablo. Pedro lo hacía de la misma forma y por similar motivo.

Pues,

«¿Qué es Apolo? Y ¿qué es Pablo? Servidores, según lo que a cada uno dio el Señor, por medio de los cuales creísteis. Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento. Y así, ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento. El que planta y el que riega son lo mismo; y cada uno recibirá su galardón en la medida de su trabajo».12

También San Juan en toda su Primera Epístola se refiere a los innovadores y cismáticos contemporáneos; y los considera tan ajenos a la Iglesia, que a diferencia de sus miembros los hijos de Dios, los llama los hijos del diablo13; los hijos del mundo,14 incluso anticristos.15

El Apóstol,16 señala como obras de la carne las disensiones, esto es, las discordias, diciendo de ellas: Quienes hacen tales cosas, no entrarán en el reino de Dios. Ahora bien, nada que no sea el pecado mortal excluye del reino de Dios. En conclusión, la discordia es pecado mortal.

San Juan, repite frecuentemente la palabra perseverar, siente que debe ser escuchado porque él mismo practica lo que predica, hace lo que el Señor pidió que hicieran todos sus discípulos, perseverar; perseveró el Discípulo Amado en las pruebas y tribulaciones junto a la comunidad que sufre. No se trata simplemente de soportar dificultades, la perseverancia es la virtud que nos capacita para permanecer fieles hasta el amargo final, incluso hasta esos últimos días que estarán caracterizados por terribles angustias y aflicciones para los buenos.

No solamente las diferencias de carácter. Así tenemos un ejemplo clásico en San Jerónimo y San Agustín. Como sabemos Jerónimo era conocido por su carácter violento, lo que hacía de él un amigo difícil. Sus biógrafos apuntan que cuando Jerónimo se enojaba profería tal torrente de vituperios y abusos verbales que llegaron a llamarlo «El azote del desierto». San Jerónimo tradujo toda la Biblia al latín, llamada Vulgata (accesible para el pueblo o vulgo), que fue el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica durante 1500 años.

Cuando San Agustín cuestionó la traducción de Jerónimo de la Carta a los Gálatas, este último estalló en cólera y atacó a Agustín sin piedad, pero fue la santidad de Agustín la que dio lugar a la reconciliación.

Las divisiones eclesiales, no solamente se han verificado en los grandes cismas de Oriente o Europa con el luteranismo, calvinismo o anglicanismo, también y más frecuentemente a nivel de pequeños grupos, parroquias y diócesis. Y aquí vendría bien preguntarnos ¿somos murmuradores o chismosos? ¿Somos críticos empedernidos? ¿Menospreciamos, es decir, hablamos despectivamente de los logros de los otros? ¿Minimizamos algo que significa mucho para otros?, o peor aún, ¿somos asesinos de la reputación de otros?

Es grande hoy para la Iglesia el peligro de disgregarse en partidos religiosos agrupados en torno a maestros, líderes o predicadores particulares. Tenemos de nuevo el Yo soy de Pablo, yo de Cefas, con lo que también Cristo se convierte en un partido.17

San Agustín en la línea de San Pablo, nos previene contra la vanidad del culto puramente exterior, y nos recuerda que el culto máximo que Dios recibe de nosotros es el de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. El amor es todo, y sin él, no hay nada. De ahí la audaz fórmula de S. Agustín: Ama y haz lo que quieras.

Fruto del grandioso capítulo XIII de su Primera Carta a los Corintios es esta norma que San Pablo nos da a manera de conclusión y lema de toda vida cristiana:

Aunque yo hable la lengua de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe Y aunque tenga (don de) profecía, y sepa todos los misterios, y toda la ciencia, y tenga toda la fe en forma que traslade montañas, si no tengo amor, nada soy. Y si repartiese mi hacienda toda, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, mas no tengo caridad, nada me aprovecha. El amor es paciente; el amor es benigno, sin envidia; el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada que no sea conveniente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se regocija en la injusticia, antes se regocija con la verdad; todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca se acaba; en cambio, las profecías terminarán, las lenguas cesarán, la ciencia tendrá su fin.

Germán Mazuelo-Leytón

1 Cf.: RATZINGER, JOSEPH, Epílogo de La Iglesia una comunidad siempre en camino.

2 Mt 12, 25.

3 1Cor 12, 4-7).

4 1Cor 12, 12 y ss; Ef 4.

5 Cf.: 2 Co. 10, 15.

6 Hb. 8, 2; 9, 11 y 4.

7 Ef. 1, 20-23; 2, 6; Col. 1, 18. Cf. Mt. 13, 47.

8 1 Cor 12, 13

9 Gal 1, 9.

10 Tito 3, 10.

11 1 Cor 1, 11-13

12 1 Cor 3, 5-9.

13 Cf.: 1 Jn 3, 10.

14 Ibid.: 4, 5.

15 Ibid.: 2, 22; 4, 3.

16 Cf.: Gal 5, 20.

17 Cf.: RATZINGER, JOSEPH, Epílogo de La Iglesia una comunidad siempre en camino.




Germán Mazuelo-Leytón
Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

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