En el libro “Remaining in the Truth of Christ” (Permaneciendo en la verdad de Dios), conocido como “el libro de los cinco cardenales” que defienden la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, Fr. Paul Mankowski, SJ, esgrime hábilmente los argumentos bíblicos sobre el divorcio y afirma lacónicamente que hoy en día se acusa de “inmisericordes” y duros de corazón a la gente que se mantiene firme en las enseñanzas de Nuestro Señor sobre el divorcio. Sin embargo, Jesús nos dijo lo siguiente sobre el permiso para divorciarse contenido en la ley de Moises (un permiso que Él nunca hizo explícito, sino que lo utilizó como una referencia para exponer el hecho de que la gente se divorciaba):

Fue por la dureza de vuestro corazón (en griego, “sklerocordia”) por lo que Moisés os dio este permiso” (Mateo, 19,8).

Jesús quiso romper aquella dureza de corazón y por ello, usando la frase de Ezequiel (36, 28) que habla de reemplazar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, quiso acabar con el divorcio o, al menos, con la práctica de volverse a casar con otra persona, que es la intención, sin duda propia un corazón duro, que hay detrás de la mayoría de los divorcios.

Hemos de reconocer que una de las razones por las que la Iglesia encuentra tantas dificultades a la hora de mantener su doctrina sobre el divorcio es que la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio no se ha explicado con contundencia durante más de medio siglo. La Iglesia se compadece de aquellos que tienen problemas matrimoniales, de los separados, de los divorciados y de los vueltos a casar, lo cual es algo bueno; pero no estamos aquí para llorar por las esquinas; se supone que la Iglesia tiene algún conocimiento de la naturaleza humana. ¿Qué se le dice a esta gente que hagan? ¿Se les dice que el divorcio y el volverse a casar, como solución a sus problemas matrimoniales, tienen muy a menudo consecuencias catastróficas para ambos esposos e incluso más para los hijos? ¿Se les dice que el voto matrimonial impone la sagrada obligación de permanecer fiel con el esposo de uno, que la gracia del sacramento les asistirá siempre en la vida matrimonial en común, y que la infidelidad es un veneno para la vida en gracia y para las relaciones matrimoniales?

Sé que algunos sacerdotes, catequistas y novios que están siguiendo la preparación al matrimonio, así como algunos teólogos, hablan de esto; pero deberían decirlo más alto si quieren que se les oiga por encima del escándalo de los valores y las costumbres del Mundo y que se les haga caso. El mensaje que oyen los católicos es que pueden  divorciarse con ayuda de unas cuantas trampas canónicas legales (o quizás papales).

El argumento del mundo es que los casados pueden divorciarse si se consideran infelices. Qué terrible, dice el mundo, es “estar atrapado en un matrimonio sin amor”: “sin amor”, que ellos entienden no violento, intolerante o inválido, o un matrimonio en el que los esposos rehúsan tener hijos o en abortarlos, donde el esposo es un alcohólico o un criminal, o algo parecido. Un matrimonio puede, debe, ser destruido, según nos dice el Mundo, si no hace felices a los esposos, lo cual se entiende como si fallase a la hora de proporcionar el hormigueo o el ardor romántico, que se presenta como un derecho inalienable de la persona.

Bendición de los novios en una Misa Nupcial tradicional
Bendición de los novios en una Misa Nupcial tradicional

Volverse a casar, por supuesto, es el objetivo de tales divorcios: no la separación física de un maníaco violento por el bienestar de los hijos (siguiendo un proceso civil de divorcio para buscar la justa distribución de los bienes); no, separación legal de un buen pero aburrido esposo para casarse con una alternativa llena de glamour y encanto que se espera que llene todos los sueños de uno.

Negar los argumentos del Mundo siempre supone un gran esfuerzo, un valeroso esfuerzo moral para proclamar y hacer entender el mensaje de la Iglesia. Pregunto de nuevo, ¿entienden los católicos y los no católicos claramente que la Iglesia condena de modo total este pensamiento mundano? Esto es lo que Nuestro Señor y Misericordioso Salvador llamó dureza de corazón? ¿O quieren que simpaticemos públicamente con los  partidarios del divorcio y decirles lo contentos estamos de que hayan “encontrado la felicidad”?

Hay indicios de que esto último es el caso. En un blog evangélico dedicado a defender el matrimonio se encontraron algunos ejemplos de malas respuestas a preguntas del sitio web “Catholic Answers”, y se perdió la oportunidad presentada para recordar a los lectores la enseñanza de la Iglesia, y de Cristo, sobre el matrimonio; el blog sugería no  oponerse a los argumentos del Mundo.

No es suficiente mantenerse repitiendo machaconamente que la Iglesia “oficialmente” entiende el matrimonio como una unión de por vida; esta misma idea está escrita en las Oficinas de Registro británicas. Cada uno entiende que el matrimonio, oficial e idealmente, es de por vida. La pregunta es si uno puede mercadear con él, es decir, conseguir una esposa mejor, a menudo habiendo disfrutado de la flor de la juventud de la primera mujer, o continuando disfrutando de la flor del dinero del primer marido. ¿No es esta conducta totalmente abominable, a la misma altura de cualquier otro tipo de abuso sexual o esclavitud económica? ¿Decimos alto y claro que este tipo de conductas están injustificado, siempre y en todo lugar?

¿Incluso cuando se nos dice que se hace en nombre de la felicidad? ¿Por el anhelo del  ardor romántico que, según dice el Mundo, es la clave del significado de la vida?

Si vamos a negar esto, amigos, necesitamos hacerlo alto y claro para ser oídos.

Joseph Shaw

[Traducido por Alberto Torres Santo Domingo. Artículo original]