[FOTO: 14 de junio de 2014: Jornada de Oración organizada por el Comité de la Inmaculada  (compuesto y sostenido por los laicos pertenecientes a la Misión de la Inmaculada Mediadora MIM y a la Orden de los Terciarios Franciscanos de la Inmaculada) y por los familiares de los Frailes y Monjas del Instituto de los F.I. En la pancarta se lee: “Con el Papa Francisco en favor de los fundadores de los Franciscanos de la Inmaculada”.]

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También en la Iglesia reina un estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio llegaría una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Sin embargo ha llegado una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Cavamos abismos en vez de llenarlos. […] Creemos en algo de preternatural venido al mundo justo para turbar, para ahogar los frutos del Concilio Ecuménico, y para impedir que la Iglesia se desbordara en el himno de alegría para volver a tener plena conciencia de sí misma. […] Desde alguna fisura, el humo de Satanás ha entrado en el Templo de Dios.”

Homilía del Siervo de Dios Pablo VI el 29 de junio de 1972 (solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo)

Con el Decreto del 11 de julio de 2013, con el que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica nombra al Rev. Padre Fidenzio Volpi O.F.M. Cap. Comisario Apostólico de los Franciscanos de la Inmaculada, la persecución contra el Instituto fundado por Padre Stefano Maria Manelli consigue, de un plumazo, “decapitar” la cabeza espiritual y organizativa de la Orden, parar cualquier celebración eucarística según la Forma Extraordinaria del Rito Romano y redirigir la formación de los jóvenes religiosos hacia cauces más “teológicamente correctos”.

El 22 de julio de 2013, el Padre Volpi envía una carta a todos los frailes en la que, escudándose en varias citas del Papa Francisco, todas centradas en el “renovado espíritu eclesial” en el cual hay que formar a los religiosos, al final concluye: “Creo que no es necesario añadir nada más al pensamiento tan claro y tan apremiante del Papa Francisco, quien se preocupa justamente del ‘sentire cum Ecclesia’ porque sólo así la Vida Consagrada podrá responder a las expectativas que la Iglesia tiene sobre ella y, de este modo, convertirse en la luz evangélica sobre el mundo para los fieles que necesitan conocer y seguir la verdad que Cristo nos ha revelado”.

Por lo tanto, parece ser que, a la raíz de las actuaciones de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, está la acusación de un muy escaso “sentire cum Ecclesia” o, al menos, de no “sentire” al unísono con la Iglesia del Papa Bergoglio, y el Comisario se muestra disponible a reconducir a los frailes “desviados” a un “camino de renovada eclesialidad”.

Como ya se ha dicho en el primero de esta serie de artículos sobre el caso de los Franciscanos de la Inmaculada, efectivamente resulta difícil creer que unos frailes que visten la cogulla franciscana, practican una verdadera pobreza, rezan y hacen penitencia, que rinden culto a Dios “como Dios manda” y que predican la doctrina de siempre, “sientan” con una iglesia donde la principal preocupación y ocupación de monjas, frailes y hasta cardinales es toman clases de canto y de baile para ganar concursos televisivos, exhibirse en flashmobs y, de paso, animar las Eucaristías dando libre vuelo a todo tipo de “creatividad” más circense que litúrgica… Sí, en esto hay que dar la razón al Padre Volpi, los pobres Franciscanos de la Inmaculada, con su vida modesta y silenciosa, con sus Rosarios rezados de rodillas y sus Misas en latín, no pegan nada con esta Iglesia espectacular hecha a medida de los mass media.

Como respuesta a los múltiples interrogantes que la insinuación de no “sentire cum Ecclesia” había sublevado, una vez tomado el control de la página web de los Franciscanos de la Inmaculada, el Comisario publica un mensaje dirigido a los jóvenes que, el 31 de agosto de 2013, deben emitir sus votos perpetuos. En él, matiza mejor la acusación y, tras citar unas palabras de Juan Pablo II dirigidas a los responsables de las nuevas formas de Vida Consagrada, para pedirles una nueva etapa de “madurez eclesial”, el Padre Volpi va al grano cuando dice: “Una de las problemáticas centrales, a mi parecer, deriva propio de la amenaza de una cierta auto-referencialidad, es decir del deseo de subrayar a toda costa la propia peculiaridad caracterizadora. Considero, sin embargo, prueba de cierta madurez intentar superar tal actitud, reconociendo con espíritu humilde y franciscano la edificación de la Iglesia como referente último de la propia experiencia carismática.”

Y por si no quedara claro, el Comisario añade: “El teólogo Von Balthasar, en un ensayo sobre la espiritualidad (Verbum Caro) mantenía que cuando una realidad religiosa y eclesial se preocupa esencialmente por distinguirse de los otros poniendo sus propias convicciones como única excelencia a la que referirse, esto es signo de una cerrazón que no puede más que perjudicar el futuro mismo de la Iglesia. Como podría hacerlo, añado yo, una cierta confusión entre los fines y los medios, por lo que los textos, las sugerencias, las actitudes o las palabras de los fundadores podrían ser consideradas más decisivas que las enseñanzas del magisterio, hasta incluso más que los mismos textos bíblicos. En este caso, el movimiento que se profesa oficialmente como una mediación hacia una nueva forma de evangelización, se convierte en un sustituto suyo.”

Después de haber puesto en duda el “sentire cum Ecclesia” de los Franciscanos de la Inmaculada, el Padre Volpi indica en los fundadores (sobrentendiendo especialmente al Padre Manelli) los principales responsables de una auto-referencialidad no sólo perjudicial para la Iglesia, sino además sospechosa de encerrar a la Orden en una dimensión sectaria en la que las palabras y acciones de los fundadores ascenderían (¡nada menos!) a la categoría de referentes bíblicos.

Una vez más, Cristina Siccardi analiza y comenta este mensaje del Comisario Apostólico, procurando desvelar la perspectiva ideológica y la finalidad que lo animan.

Citando a Hans Urs von Balthasar (1905-1988), se intenta poner a los hijos contra los padres, con un sistema que recuerda el soviético, contraponiendo la autoridad de éstos a la de los comisarios del poder, autoridad esta última presentada como siempre e indiscutiblemente superior, al límite de la infalibilidad. […] La capciosidad y la insostenibilidad doctrinal del principio deriva de una serie bien calculada de omisiones. Se omite destacar que, si las enseñanzas del Padre fundador, bien expuestas como doctrinales o bien reflejadas en los Estatutos, hubiesen estado en contraste con la doctrina católica, la Jerarquía nunca habría aprobado la Orden. Además, se pone al mismo nivel la Escritura y el Magisterio, como si ambos fueran fuentes de la Revelación, omitiendo citar, entre las fuentes, la Tradición. Concebida de esta forma, la virtud de la obediencia, lejos de ser instrumento de la adecuación a la certera e inmutable voluntad de Dios, revelada de una vez por todas, se convierte en instrumento del arbitrio del Superior, a cuyos volubles caprichos cada monje tiene que adecuarse.

Todos los que conocen a la Orden de los Franciscanos de la Inmaculada saben que ellos ambicionan una vida de oración y de perfeccionamiento, de sacrificio y de oblación a Dios, porque así lo ha querido el Padre Manelli, inspirado por el Padre Pío de Pietrelcina, el cual tuvo que sufrir toda clase de prohibiciones y desautorizaciones, así como hoy las padece su hijo espiritual.

En el documento no se citan hechos, sino que todo está construido sobre insinuaciones. Bajo tonos delicados, se descubre una voluntad madrastra de homologar esta maravillosa realidad religiosa —con numerosas vocaciones— a la ordinariez religiosa de nuestro triste tiempo eclesial: lo que patentemente asusta es el redescubrimiento cada vez más profundo de la Tradición.”

Giovanni Turco, docente de Filosofía del Derecho en la Universidad de Údine y coautor del examen crítico del Decreto de Nombramiento del Comisario Apostólico de los Francisanos de la Inmaculada, publica un impecable y argumentado análisis de las declaraciones del Padre Volpi que empieza abordando justamente el problema del significado de “eclesialidad”:

¿Se puede ser miembros de la Iglesia y necesitar adquirir la eclesialidad? ¿Cuál es el criterio para medir el ‘sensus Ecclesiae’? En suma, ¿la eclesialidad concierne la realidad o la percepción? ¿Se refiere al ser o al parecer (ante uno mismo o los otros)? ¿Configura una esencia o una tipología? ¿Es un dato intrínseco o una situación extrínseca? ¿Pertenece al permanecer de la Iglesia o a la variabilidad de la praxis predominante (generalizada o impuesta)? ¿Atañe a la objetividad teológica, sacramental y disciplinaria, o sin embargo se refiere al subjetivismo de opiniones y actitudes (eclesiásticas)? Como se puede ver, se trata de interrogantes esenciales. […] No es arduo constatar que la eclesialidad puede tener múltiples acepciones. Sin una aclaración, la equivocación puede ser insuperable. Y con el malentendido, también la capciosidad (a través de ilaciones y acusaciones) y la superficialidad (de atribuciones e inclusiones). Si se mira bien, la eclesialidad puede ser entendida en una tríplice acepción, es decir, en sentido teológico, en sentido sociológico y en sentido ideológico”.

Desde el punto de vista teológico, la eclesialidad es un principio ontológico que concierne lo que es sustancial y no accidental, lo que hace que la Iglesia sea Iglesia. La garantía de eclesialidad de un Instituto religioso es implícita en la aprobación de sus Constituciones y Reglas y, con ellas, también el carisma del fundador recibe una convalidación objetiva. Considerada en sí misma, la eclesialidad se da o no se da desde el principio; no hace falta ningún camino para adquirirla. Tertium non datur.

Si se considera la eclesialidad en sentido sociológico, entonces ella se corresponde a una tipificación de observaciones empíricas a partir de una teoría. En este caso, lo que manifiesta no es la realidad de la naturaleza de la Iglesia, sino su representación, su imagen, lo que es percibido como característico en un determinado momento histórico y en un determinado contexto sociocultural. De este modo, lo que cuenta es el criterio de lo que vale aquí y ahora. “Como cualquier identidad sociológica, también ésta pretende ser autofundadora. Así que resulta inconmensurable en términos objetivos y arbitraria en términos axiológicos”.

Finalmente, si se quiere entender la eclesialidad en sentido ideológico, pues entonces, como en toda opción ideológica, lo que manda es el primado de la praxis sobre la teoría, hasta el punto de hacer de la praxis, a la vez, el medio y el fin. En este caso, como en todo paradigma ideológico, la eclesialidad se identifica con un proyecto que hay que actuar y que se asume como único criterio de juicio de sí mismo. De hecho, la ideología es un pensamiento instrumental que hace de la propia parcialidad la medida de la totalidad. Es un pensamiento que sustituye la opinión a la verdad y, por tanto, también a la opción del bien.

La mutación de la teología en ideología ocurre objetivamente (prescindiendo de toda consideración relativa a las intenciones) cuando se adopta el primado de la praxis (es decir, del resultado) y la consecuente caída de la fe en la inmanencia. Cuando el naturalismo (metodológico y praxiológico) ocupa el lugar de la vida sobrenatural, el progresismo sustituye la escatología, el activismo sucede a la ascesis. Entonces, la praxis (pastoral, organizativa, comunicativa, diplomática o mediática) pretende ser el criterio para entender la Revelación. Así los gestos sustituyen los principios. Las tendencias operativas evaporan la objetividad de la fe, de la moral, de la disciplina, y llegan incluso a pretender ser la única medida de aquéllas. Si la eclesialidad se identifica con un proyecto (de una “nueva Iglesia” o de un “nuevo Cristianismo”) que pretende hacerse praxis —es decir, con una aspiración de futuro que se identifica con el mito de la irreversibilidad de la historia— entonces hay que destacar que esto ha sido precisamente el criterio de eclesialidad de todos los grupos (semánticamente, sectarios) que han intentado identificar la Iglesia con sus propias opiniones y actuaciones, desde los montanistas, a los donatistas, a los dulcinianos, a los modernistas.”

En definitiva, como ha demostrado Giovanni Turco, solamente si se entiende la eclesialidad en sentido sociológico o en sentido ideológico es pensable aquel “camino de renovada eclesialidad” que el Comisario propone e impone a los Franciscanos de la Inmaculada.

Sin embargo, la verdadera y única renovación de la que precisa la Iglesia, hoy más que nunca, es la recuperación del sentido teológico de una eclesialidad alejada de toda ideología, de toda opinión de moda; es decir, distanciada de todo paradigma cultural dominante, porque, como nos enseñan todos los Catecismos hasta el de 1992, a su esencia ontológica le corresponde el mantenerse firme y constantemente fiel a la fe recibida de los Apóstoles y trasmitida por la Tradición.

María Teresa Moretti

María Teresa Moretti
Nacida en Italia, vive y trabaja desde hace más de veinte años en España. Es profesora de nivel universitario. Doctora en Antropología Social y Cultural, se ocupa de las problemáticas relacionadas con la transformación de los paradigmas que afectan a las concepciones de la naturaleza humana y del cuerpo, así como de las manifestaciones literarias y artísticas de la llamada “posthumanidad”.