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El deterioro de la política exterior del Pontífice con la Unión Europea

¿Por qué el Papa Francisco insiste en demostrar la existencia de un fructífero diálogo y colaboración con China mientras en realidad la Unión Europea denuncia el expansionismo político militar-económico del régimen de Pekín a nivel diplomático? ¿Por qué el Papa Bergoglio insiste en apoyar políticas de apertura indiscriminada a los fenómenos migratorios en Europa mientras la Unión Europea se endurece a nivel diplomático al confirmar que este problema es de la esfera de las competencias soberanas de los Estados nacionales, rechazando de hecho las insistentes propuestas del Papa?

La cuestión es de gran importancia: la situación aún crítica en las relaciones internacionales, provocada por la pandemia Covid-19, no impidió que la Unión Europea enfrente en las últimas semanas algunos temas estratégicos de su política exterior, asumiendo posiciones que están inequívocamente en una línea que entra en choque con el road-map -hoja de ruta- del Papa Francisco en materia de relaciones internacionales.

Uno podría sorprenderse por el hecho de que la dócil Europa, desde siempre acusada por los Estados Unidos, por sus propios países miembros, por analistas, académicos y diplomáticos, de no poder desarrollar una enérgica política exterior autónoma, digna del papel de global player que le corresponde en el campo de las Relaciones internacionales -recuérdese siempre que la Unión Europea es sin embargo el segundo gigante económico mundial en términos de PIB después de los Estados Unidos y muy por delante de la República Comunista de China- en este último período posterior al Coronavirus manifieste tanta decisión política a nivel internacional.

En verdad, más allá de las declaraciones para hacerse ver por la prensa y los medios de comunicación políticamente correctos, de izquierda liberal o radical, la Europa de Bruselas, mostrando una concreta y razonable real-politik no comparte ni una sola línea de las directrices de la política exterior de la diplomacia vaticana dictada por el Papa Bergoglio respecto a Bruselas.

La muy reciente cumbre Unión Europea-China sobre el estado de las relaciones internacionales mutuas, celebrada en Bruselas por videoconferencia debido a los límites dictados por la emergencia Covid-19, reveló un cuadro muy pesimista sobre la fiabilidad política del régimen comunista chino, culpable de violar con arrogancia los pilares jurídico de los principales tratados y acuerdos internacionales de cooperación.

Las declaraciones oficiales de los líderes europeos, desde la Presidenta de la Comisión de la UE, Ursula von der Layen hasta la Canciller Angela Merkel, quien ocupa la presidencia del Consejo de la UE, van todos en el sentido de denunciar los problemas críticos de una relación político-diplomática gravemente desequilibrada a favor de la agresividad expansionista china: el régimen comunista totalitario considera a Europa -cito palabras textuales de los dirigentes de Bruselas- un «campo de juego», ya que China no respeta los criterios de reciprocidad, equidad, responsabilidad en las relaciones bilaterales, sustentando un exasperante proteccionismo económico nacionalista, obstaculizando los derechos de la OMC de las empresas europeas presentes en China, recurriendo a una política permanente de falsificación de la tecnología europea, ignorando por completo los llamados a la promoción y respeto de los derechos atinentes a la libertad civil, política y religiosa en su propio territorio.

En definitiva, un panorama devastador y absolutamente preocupante, a tal punto que la Canciller Merkel hizo esta afirmación respecto al régimen comunista chino “no podemos hacernos ilusiones”. Comentario que se vio agravado aún más por la declaración del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Joseph Borrell, quien ante el Parlamento Europeo afirmó que las relaciones internacionales con China empeoraron y que Europa debe encontrar la forma de proteger su posición.

En verdad, la Comisión Europea, ya en marzo del 2019, en el escrito sobre el estado de las relaciones con el régimen totalitario chino calificó al brutal sistema político de Pekín como un «rival sistémico que promueve modelos de gobierno alternativos», es decir, traducido del lenguaje jurídico-diplomático internacional, China, a los ojos de los europeos, no es un socio con el cual colaborar, ni un competidor con el cual coquetear, sino un auténtico enemigo, que tiene un sistema político radicalmente en las antípodas de los derechos civiles, políticos y de libertad de Occidente.

Un diplomático de la Unión Europea en Bruselas afirmó, con carácter confidencial, que la posición de la diplomacia vaticana ante la renovación del acuerdo secreto con Pekín está marcada por un moralismo e ideologismo confusos. Palabras muy fuertes.

Por otra parte, cabe señalar que uno de los intelectuales más prestigiosos, agudos y equilibrados de la Iglesia Católica misionera, el padre Bernardo Cervellera, director de Asia News, un profundo conocedor de China, reconoció que la próxima renovación del acuerdo secreto entre la Santa Sede y la República Popular China es de poca ayuda para la Iglesia Católica China, que de facto transforma a los sacerdotes católicos en funcionarios bajo las órdenes del Partido Comunista Chino.

La situación de los derechos humanos bajo el criminal régimen comunista chino siempre está empeorando cada vez más, según los datos oficiales unánimes de la comunidad internacional, desde la ONU hasta Human Rights Watch, y las últimas posiciones adoptadas por la UE contribuyen a socavar aún más la autoridad moral de la diplomacia vaticana y de cuanto ha representado durante milenios, una estrella polar de sabiduría guiada por la ley natural contra los fracasos de la política de poder en las relaciones internacionales.

También en el frente de la gestión estratégica de la crisis estructural de los flujos migratorios incontrolados del África, Medio Oriente y Asia la Unión Europea explícitamente desmintió las expectativas del diktat de la política cultural inmigracionista del Papa Francisco. La reforma del Tratado de Dublín, que regula la gestión estratégica de los flujos migratorios dentro de la Unión Europea prevé aún una vez más que la decisión de cada país de la UE de acoger a inmigrantes sea exclusivamente voluntaria, es decir, sometida a la plena soberanía nacional de cada Estado: en el nuevo Pacto sobre la migración y el asilo el principio se mantiene y, de hecho, la Comisión de la UE insiste en la necesidad de potenciar toda suerte de iniciativas a nivel de agreements internacionales con los países de procedencia de los inmigrantes para promover acuerdos que estabilicen los flujos migratorios y buscar soluciones políticas y económicas in loco para evitar el crecimiento posterior del fenómeno.

Esencialmente, una bofetada solemne a la teoría del Papa Francisco sobre el valor implícito esencialmente positivo de los fenómenos estructurales de la inmigración como portadores de una «hibridación forzada» de la identidad cultural capaz de promover un nuevo humanismo universal; y al mismo tiempo un reconocimiento implícito del valor de las reflexiones de Benedicto XVI, quien, ante este dramática problemática, siempre ha enfatizado cuán necesario es saber conjugar solidaridad y respeto de las leyes, para que no se trastorne la convivencia social y se tengan en cuenta los principios del derecho y de la tradición cultural e incluso religiosa en la que tiene origen cada nación. Fueron desplazados por lo tanto los corifeos respecto a la acción política del Papa Francisco, se lee en el entusiasta artículo retórico del historiador Giovagnoli en las páginas de Avvenire (12 de septiembre de 2020)- sobre el supuesto éxito político del acuerdo entre el Vaticano y China. «Chinaizar» el catolicismo, cancelar el catolicismo en las múltiples identidades culturales de los flujos migratorios. La política exterior de la Iglesia en salida del Pontífice se expone a un riesgo grave y concreto, en nombre de una implementación aproximada de la doctrina de la inculturación: diluir el recuerdo, o incluso perderlo, de la enseñanza evangélica de Jesucristo.

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