9. — NACIMIENTO DE JESÚS: SU ANUNCIO A LOS PASTORES Lc. 2, 1-14

Evangelio de la primera Misa de Navidad

1Y aconteció aquellos días que salió un edicto de César Au­gusto, para que fuese empadronado todo el mundo. 2Este pri­mer empadronamiento fué hecho siendo Cirino gobernador de la Siria: 3e iban todos a empadronarse cada uno a su ciudad. 4Y subió también José de Galilea de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, porque era de la casa y familia de David, 5para empadronarse con su es­posa María, que se hallaba encinta.6 Y estando allí aconteció que se cumplieron los días en que había de parir. 7Y parió a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

8Y había unos pastores en aquella comarca, que estaban ve­lando, y aguardando las velas de la noche sobre su ganado. 9Y he aquí que apareció junto a ellos un ángel del Señor, y la claridad de Dios les cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. 10Y les dijo el ángel: No temáis, porque he aquí que os anuncio un grande gozo, que será para todo el pueblo: 11Es que hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. 12Y ésta os será la señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, y recostado en un pesebre. 13Y al mismo instante juntóse al ángel una tropa numerosa de la milicia celestial, que alababan a Dios, y decían: 14Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

Explicación.       

Tranquilos vivían José y María en su hogar de Nazaret, esperando la hora del advenimiento del divino Emanuel. Sabrían ellos, conocedora como era María de las Escrituras, que el lugar del nacimiento del Mesías debía ser Belén, y esperan la señal de Dios para subir a la ciudad de David. Dios ordena de tal manera los humanos hechos que, sin violencia alguna, concurren a cumplir sus de­signios los mismos que los ignoran o que se oponen a ellos. El mismo César romano es quien determina el viaje de los esposos a Belén.

EL EDICTO DEL CÉSAR Y EL VIAJE DE LOS ESPOSOS (I-5). — Empieza el Evangelista la narración del nacimiento de Je­sús sentando un hecho histórico que, al par que es un punto de referencia para fijar la época del acontecimiento, da la ra­zón providencial de que se cumpliera la profecía de Miqueas relativa al lugar del nacimiento de Jesús (Mich. 5, 2): el em­padronamiento ordenado por César Augusto: Y aconteció aquellos días que salió un edicto de César Augusto para que fuese empadronado todo el mundo. César Augusto, hijo adop­tivo de Julio César, había heredado de él, si no sus cualidades guerreras, el método y la sabiduría en el régimen y adminis­tración del vastísimo imperio. De aquí que, para remediar el desconcierto que las guerras civiles habían ocasionado en la administración de la cosa pública, y que se traducía en un des­conocimiento de los recursos bélicos y en una disminución de las rentas, ordenara un catastro general de las tierras del im­perio, en orden a la tributación, y un empadronamiento de todo el mundo, se entiende del romano, que abarcaba la mayor parte de las tierras conocidas. Ignórase el tiempo de la pro­mulgación del edicto: sólo es cierto que se ejecutaba en Judea en tiempos del nacimiento del Señor.

Esta afirmación de San Lucas ha dado lugar a una famosa controversia cronológica. Ha perdido ya ésta su acuidad, ha­biéndose demostrado por documentos e inscripciones contem­poráneos de Augusto la veracidad del relato evangélico.

Promulgado por el mismo emperador el edicto ordenan­do el censo personal de todo el imperio, la ejecución del mismo se dejaba a las facultades discrecionales de los go­bernadores de las distintas provincias. Correspondía la Pa­lestina a la provincia romana de la Siria: de aquí que fuese Cirino el encargado de la ejecución del imperial edicto: Este primer empadronamiento fué hecho siendo Cirino goberna­dor de la Siria. Califica San Lucas este censo de “primero”, porque lo fué de una serie habida en catorce años, y especial­mente para distinguirlo de otro más famoso en los fastos de la Judea, al que se refiere el mismo San Lucas (Act. 5, 37), que tuvo lugar diez años más tarde, gobernando otra vez Cirino, y que dió margen a sangrientas revueltas, por estar ordenado al aumento de impuestos y a una leva militar.

Hacíase el censo de los ciudadanos romanos en el mismo lugar de su residencia, pero se respetaban en la ejecución del empadronamiento las costumbres de las distintas provincias. Los judíos se empadronaban por tribus, familias y casas: en las ciudades que se consideraban como la cuna de las fa­milias se guardaban las tablas o registros de los individuos pertenecientes a las mismas: un censo era, por lo mismo, una revisión de las tablas genealógicas. Belén era la ciudad de David y su familia: José era de la familia de David: a Belén sube, pues, el santo varón para su empadronamiento: E iban todos a empadronarse cada uno a su ciudad: y subió también José de Galilea de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, porque era de la casa y familia de David. Acompañó al humilde carpintero de Nazaret en su viaje, que importaba a lo menos cuatro jornadas, su santa esposa María. ¿Debió la Virgen subir a Belén en fuerza de la ley? Si el empadronamiento era por cabezas, con fines tributarios, debió subir, como heredera de los escasos bienes de su familia. Siguiendo la costumbre romana, y aun la misma judía de los censos ordinarios, no  debió subir. Quieren algunos que subiera María para no se­pararse de su esposo en su delicado estado, o por especial im­pulso del Espíritu Santo, para que la profecía se cumpliera: Para empadronarse con su esposa María, que se hallaba en­cinta.

NACE JESÚS (6.7). – En dos simples versículos, de una sencillez en verdad evangélica, refiere San Lucas el gran acontecimiento que ha cambiado la faz del mundo. Difiere en ello de las narraciones de los evangelios apócrifos, que rodean el hecho de episodios sobrenaturales, luz maravillosa de la Madre y del Hijo, cantos celestes, ejércitos de ángeles, etc.

Belén, “casa del pan”, donde debía nacer el “Pan del cielo, que debía dar la vida al mundo”, rebosaba de gente forastera los días del empadronamiento. Pequeña era la ciudad. Aunque San Lucas la da tal nombre, San Juan la llama “pueblo” o “caserío” (7, 42) : desarrollóse más tarde, hasta contar en la actualidad como 10.000 habitantes, la mayor parte católicos. Como Nazaret y San Juan de la Montaña, y más que estas localidades, distínguese Belén por el natural encanto de su paisaje. Los nazaretanos son de distinguido porte y afables en el trato. Llevan las mujeres con gran nobleza su bello traje indígena. Toda la ciudad ofrece un sello inconfundible que, ya a primera vista, la hace profundamente simpática.

Habían ya llegado los días del alumbramiento de la Virgen, lo que creaba a los esposos, pobres, en pleno invierno y a más de ciento veinte kilómetros de su casa, una situación de congoja: Y estando allí aconteció que se cumplieron los días en que había de parir. Para los cristianos, y para cuantos han comprendido lo que el nacimiento de Jesús representa en la historia, las palabras que siguen, por su claridad ingenua, por su simplicidad sublime, deben ser de admirativo pasmo: Y parió a su hijo primogénito. Bien dice el Evangelista que parió a “su hijo”: ningún hijo fué jamás tan plenamente de madre alguna como Jesús lo fué de María : ella sola lo concibió sin concurso de varón, acumulándose en ella, por decirlo así, los derechos de propiedad de padre y madre. Hijo primogénito y unigénito, porque Jesús no tuvo hermanos: la palabra primogénito era entre los judíos como sagrada y ritual, y se aplicaba siempre al primer nacido, siguieran otros o no, para los efectos de su oblación y rescate en el templo. La teología y la exégesis católica están contestes en este punto. Hasta la misma justicia del esposo es argumento de la virginidad de María después del parto: ¿hubiera el santísimo José osado profanar el templo en que habitó el Verbo de Dios hecho carne?

Dió la Virgen a luz al Rey magnífico de la gloria sin dolor: es común sentir de la tradición cristiana. La que era exenta de pecado original no debía sujetarse a la maldición que Dios fulminara contra la primera madre en el paraíso: “Parirás con dolor” (Gen. 3, 16). Y dió a luz al Rey de la gloria en pobreza y humildad: sin comodidad ninguna y en la soledad de una cueva.

Y lo envolvió en pañales, a guisa de faja, como suelen serlo los recién nacidos; pañales pobres, pero limpísimos, que la próvida madre trajera consigo por la inminencia del parto. Y lo recostó en un pesebre, cuna improvisada en la que, tendido sobre paja, adorarían José y María a su Dios. Da la razón de ello el Evangelista, que concuerda con lo que más tarde dirá Jesús de su pobreza y desamparo (Mt. 8, 20; Lc. 9, 58): Porque no había lugar para ellos en el mesón. Para todo el mundo habría, menos para el Hijo de Dios y sus padres. La extraordinaria afluencia de forasteros había llenado la única hostería situada, como de costumbre, a la entrada del pueblo: era lo que se llama todavía khan, recinto rodeado de pobres tapias y a cielo abierto, donde se guardaban las caballerías de los viajeros, quienes ocupaban las galerías superiores de unos pórticos adosados al muro de cierre del recinto. Colmado de viajeros el pobre lugar, su custodio les dice a los santos esposos que no hay ya lugar para ellos.

En las cercanías había unas cuevas naturales, abiertas en la roca caliza que circunda la ciudad: servían ordinariamente de establo para las cabalgaduras. En una de estas cuevas, dependiente tal vez del khan, donde había las caballerías que en él no cabían, se refugiaron José y María, y allí vino al mundo el Hijo de Dios, dándole calor, según la tradición, el asnillo y el buey.

Remóntase a la mitad del siglo II la tradición que señala la cueva del Nacimiento. Sirve hoy de cripta a la bellísima basílica que, levantada en aquel sagrado lugar por Santa Elena, ha sido posteriormente restaurada varias veces.
Por unas puertas practicadas a derecha e izquierda del tran­septo, éntrase en el lugar del Nacimiento, recinto sombrío al que se llega bajando unos peldaños. En la extremidad oriental de la gruta, y entre las dos escaleras que allí con­vergen, se ve un nicho, y en el suelo una estrella de plata sobredorada a cuyo rededor se lee esta inscripción: HIC DE VIRGINE MARIA JESUS CHRISTUS NATUS EST: “Aquí nació Jesucristo de la Virgen María”. A pocos metros de este lugar, y en la misma cripta, se halla el ora­torio del Pesebre donde fué colocado el Niño recién naci­do, y en el mismo pequeño recinto y delante del pesebre está el altar de los Magos que señala el sitio en que aquellos san­tos personajes adoraron a Jesús.

Sobre el año y día del nacimiento del Señor véanse las págs. 151-152: cuanto a la hora, sería probablemente durante la noche por lo que se deduce de los episodios narrados en el siguiente epígrafe.

ANUNCIO A LOS PASTORES (8-14). – Hacia el oriente de Belén se extiende una hermosa llanura tapizada de abundo­sos pastos: ya el pastor David, tipo del Mesías, había allí ejercido su campestre oficio. El Pastor Jesús, que no ha sido recibido por los bethlemitas, no quiere asistan solos a su nacimiento María y José, y va a revelarse a los sencillos pas­tores de aquella comarca: Y había unos pastores en aquella comarca que estaban velando y aguardando las velas de la noche sobre su ganado. Velaban a campo raso: no es tan duro el clima de la Palestina en diciembre que no lo con­sienta. Para defender sus rebaños de ladrones y fieras, y poder descansar al mismo tiempo, dividían la noche en cua­tro partes de tres horas, que se repartían por turno.

Súbitamente sorprendió a los pastores una aparición ce­lestial: Y he aquí que apareció junto a ellos un ángel del Señor: era probablemente el mismo Gabriel que, como ha­bía anunciado al Mesías futuro, así le anuncia a los pastores ya nacido. Un gran resplandor, como de nube luminosa, les circuye: es el signo de la presencia de Dios o de sus men­sajeros: Y la claridad de Dios les cercó de resplandor: Dios revela con la luz de su gloria la majestad de Jesús, oculta en la cueva de Belén. Como ante toda manifestación de la di­vinidad, el espanto sobrecogió a los sencillos pastores : Y tuvieron gran temor. Pero lo deponen a una palabra del án­gel, anunciadora y obradora del gozo y de la paz, para ellos y para todo el pueblo judío a que pertenecían: Y les dijo el ángel: No temáis, porque he aquí que os anuncio un grande gozo, que será para todo el pueblo.

Jamás se había anunciado sobre la tierra tan fausta nue­va: Es que hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo Se­ñor, en la ciudad de David. ¡Anuncio llenísimo de realidades presentes y de presagios felices para un buen israelita! Porque el ángel alude seguramente al famoso oráculo de Isaías (9, 4 y sigs.) relativo al Mesías : “Nos ha nacido un niño”, que es el Salvador, “que romperá el yugo de la cerviz de su pueblo y el cetro de sus tiranos” : Cristo de Dios, “que se sentará sobre el trono y el reino de David”: Señor, “sobre cuyos hombros descansará el poder principesco” : ha nacido en la ciudad de David, ciudad real, en la que debía nacer el gran Rey. El anuncio era magnífico ; y para que no les fal­tara a los humildes pastores una prenda de su certeza, como se la dió a Zacarías y a María, así se la da a ellos : Y ésta os será la señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, y re­costado en un pesebre: era la misma humildísima envoltura con que le acababa de cubrir la Virgen, la misma postura en que le dejaba al venir al mundo : así le hallarán los pastores, y tendrán en ello una señal para distinguirle y una prueba de la verdad que se les anunció.

Y, como para corroborar la verdad del fausto anuncio y para que vieran en el Niño que van a visitar al Cristo de Dios, Señor y Salvador del mundo, al mismo instante jun­tóse al ángel una tropa numerosa de la milicia celestial: mi­licia angélica, que rendía homenaje a su Rey, recién nacido en carne humana : milicia que aparecía en la tierra para des­truir el poder de la infernal milicia : que alababan a Dios, por­que acababa de realizarse la obra suma del poder, de la sabiduría y de la misericordia de Dios. Y decían: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena  voluntad: es éste un corto y llenísimo himno, no de carac­ter optativo, sino asertivo: no “sea”‘ dada gloria…, sino “es” dada ; porque, en los cielos de los cielos, recibe Dios más gloria externa de un solo vagido del Niño recién nacido porque es una Persona divina que ha tomado una naturaleza humana — que de toda la creación material y espiritual : y en la tierra no puede haber mayor paz que la mesiánica porque es la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Es el reino de la caridad unitiva, de la gracia, que viene a los hombres, no de su buena voluntad, sino “de la buena voluntad de Dios”, es decir, del amor y beneplácito de Dios para con los hombres. Inútilmente bus­carían los hombres la paz espiritual, en este mundo y en el reino de la paz, sin la buena voluntad de Dios que se la brinda y concede.

Lecciones morales.        

a) v. 1. — Y aconteció aquellos días que salió un edicto del César… — En el hecho del empadronamiento de José y María, debemos admirar la traza ma­ravillosa con que Dios hace converger todos los humanos su­cesos hacia sus fines providenciales. El Mesías debía nacer en Belén, según la profecía; y en el momento preciso de su vida oculta en el seno de María, que se hallaba distante de la ciudad de David, se produce un hecho extraordinario, el edicto de Augusto sobre el censo, que, sin que nadie pudiera sospecharlo, determina el cumplimiento de la rara profecía. No juzguemos según nuestras ideas mezquinas los humanos hechos, que suele conjugar Dios en forma insólita, para lograr fines altísimos que se escapan a la humana inteligencia y previsión. Es mucha ver­dad que “los hombres se agitan y Dios los lleva”.

b) v. 4. Y subió también José de Galilea…— El edicto del César respondía a una exigencia de la buena administra­ción de las cosas del imperio romano. No lo creemos un sim­ple acto de vanidad del emperador. José obedece la ley civil, porque cuando ésta es legítima obliga a todo ciudadano para la que se dió; obligación que arranca de la misma naturaleza de la sociedad, que no puede subsistir ni progresar sin leyes convenientes. — Debemos de ello recibir ejemplo. Más tarde el mismo Jesús concretará la posición de sus discípulos ante las autoridades: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21). San Pablo sostendrá y expla­nará la misma teoría. Tertuliano habla de la inscripción de Jesús en el registro civil de Belén, conservado en el Capitolio en su tiempo: el mismo Hijo de Dios quiso estar en regla con los poderes de la tierra.

c) v. 7. —Y parió a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales…— Discurriendo sobre el nacimiento de Jesús dice San Ambrosio : Fué Él infantillo para que pudieses ser tú hombre perfecto : envuelto en pañales, para que fueses libre de los lazos de la muerte: Él en un pesebre, a fin de que te llegases tú a los altares : en la tierra Él, para que estuvieses tú en los cie­los : no encontró lugar en el mesón, para que le tuvieras tú en la eterna mansión…

d) v. 7. — Y lo recostó en un pesebre… — La cuna de Be­lén es el humildísimo lugar de donde arranca el Cristianismo, con todas sus glorias y grandezas. Es ley que preside la vida individual y social, en nuestra religión, el que se proceda desde los pobres e ignorados comienzos para llegar a toda cumbre de perfección, de grandeza, de eficacia, de gloria. Si el grano de trigo no se esconde en la tierra, no da fruto. Los mundanos y los espíritus soberbios se han escandalizado siempre de los ano­nadamientos de Belén : “Quitadme, decía Marción, estos molestos empadronamientos, y las estrecheces de un mesón, y los pañales despreciables, y los duros pesebres” : a lo que respon­día Tertuliano : “Déjame gozar en la ignominia de mi Maestro, y en el deshonor necesario de nuestra fe : no me avergüenzo de ello, porque sería esto vergonzoso : yo creo, porque ello es absurdo (al humano pensamiento) : yo estoy cierto de ello, por­que es imposible.” Si no nos hacemos como niños, no entrare­mos en el reino de los cielos.

e) v. 9. — Y he aquí que apareció junto a ellos (los pasto­res) un ángel… — Se apareció el ángel a José a la hora del sueño, dice el Crisóstomo, como a hombre que fácilmente será inducido a creer: a los pastores se les ofrece en forma visible, como a gente más ruda. Pero no fué el ángel a Jerusalén a buscar a escribas y fariseos para comunicarles la nueva, pues eran hombres depravados y la envidia les roía. Pero éstos eran, sinceros y seguidores de las antiguas tradiciones de los patriar­cas y de Moisés; y la inocencia es buen camino para llegar a la sabiduría.

f) v. 14. — Gloria a Dios…, y en la tierra, paz… — Jesús es el centro del mundo espiritual. Está unido a Dios, porque es el mismo Dios que ha tomado una naturaleza de hombre: está unido al hombre, porque es de nuestra especie, y porque vino para que fuésemos un cuerpo con Él: es nuestra Cabeza. Por ello da a Dios la mayor gloria posible, en cuanto es como la síntesis de la creación y la obra más perfecta que salió de las manos de Dios. Y por ello Dios se abaja al hombre, y le mira propicio, y le da su gracia, que es la paz, en la tierra y en el cielo. Toda la gloria que demos a Dios debe subir a Él por Cristo Jesús : y por Cristo Jesús nos vendrán de Dios los dones de la paz : “Por nuestro Señor Jesucristo…”, dice la Santa iglesia : Per Dominum nostrum Iesum Christum.