Parece que sólo pensamos en comer”, comentaba una señora, ante la inminente llegada de la Navidad. Y es cierto, no iba desencaminada, las celebraciones, hoy en día, se basan todas, o casi todas, en el plato. Poco de espiritual y mucho de estomacal. Por ello, en estos tiempos, hablar del “ayuno”, practicarlo, o recomendarlo, se puede considerar una temeridad, salvo que sea en una plaza pública y por una razón tan poderosa, como que no se corten las margaritas en primavera, si es por razón del alma…Ni mencionarlo.

Con la salvedad del Tiempo de Cuaresma, es un vocablo alejado de la vida del Católico, y, siendo realistas, en esos días, no es que se hable del ayuno para practicarlo, sino más bien, todo lo contrario, para encontrar la manera, de entrar en el grupo de los escogidos en las excepciones: si la edad, las enfermedades, si mira tú, qué ni los curas lo practican, etc.

Según las estadísticas, nunca estuvimos tan sobrealimentados ni pasados de peso, como en los últimos 60 años. No es infrecuente escuchar que la gente se pasa muchos días de su vida siguiendo un régimen alimenticio, voluntario o impuesto por el medico…Sin embargo, cuando escuchamos la palabra ayuno, dentro de la Iglesia, nos entra un ataque de pánico, pensando en que podamos morir de inanición.

Algo tan sencillo, tan simple y que encierra tanta delicadeza hacia el Amado, como es, por ejemplo, el ayuno Eucarístico, ni se guarda ni se enseña a los niños en el catecismo, con lo cual, pensar en metas más altas, como un día entero, es totalmente absurdo. Me llama la atención, como cada vez más, la gente, durante la Santa Misa, come caramelos, sin ningún tipo de pudor. Algunas personas, se amparan, por lo visto, en los efectos medicinales que tienen… ¡Por favor! ¿Alguien se cree esto? Y algunos dicen que esta insensatez, se la ha dicho algún cura. Me lo creo, pero, no nos hagamos los tontos. No encontraremos ningún facultativo que avale esta teoría tan absurda y que lo diga un Sacerdote, no implica que sea Palabra de Dios. ¡Formémonos! El Catecismo y el Código de Derecho Canónico, son claros en estos puntos. Salvo que se trate de enfermos, no se establece ninguna excepción, por otra parte, si un enfermo necesita comer algo, es de suponer que la Iglesia y durante la Santa Misa, no son los momentos más apropiados.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica-1387)

Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción de agua y de medicinas” (Código de Derecho Canónico)”

Hace pocos días, presenciaba como dos personas contabilizaban el tiempo que faltaba para la Comunión, intentando tasarle a nuestro Señor los minutos, en algo tan absurdo y ridículo, como es la hora de ayuno que debemos cumplir, antes de recibir a Jesús. ¡A esto hemos llegado! ¿Cómo podemos ser tan poco piadosos? ¡Qué falta de amor tan grande!

“Hay que desayunar”, decía un Presbítero a sus feligreses en la Misa matutina y sí, es cierto, pero también hay que ayunar y esto, no nos lo recuerdan. No nos planteamos, en absoluto, ir a más. Todo se va reduciendo, desde el Catecismo de S Pío X, en el que el ayuno Eucarístico, era de tres horas, se pasó a una hora, e incluso, esto, ni lo respetamos. Lo poco que le damos a Dios, cada vez se reduce más, a meros cumplimientos.

¿Nos podríamos proponer, simplemente, unas horas de ayuno para ofrecer al Señor un sacrificio grato? La recomendación médica de ingerir alimento cada dos horas, la llevamos a rajatabla. Pensar en un día, sólo con sustento espiritual, en vez de corporal, dejando nuestro cuerpo en manos de Dios, es impensable. El alejarnos de la Confesión y de la Dirección espiritual, implica también, el desconocimiento del ayuno y de los bienes que reporta a nuestra alma. ¿No nos gusta que nuestro cuerpo este bien? Pues con más razón, nuestro interior.

Si puedes soportar el ayuno, harás bien en ayunar algunos días, además de los prescritos por la Iglesia; porque, aparte del efecto ordinario del ayuno, que es elevar el espíritu, refrenar la carne, practicar la virtud y alcanzar una mayor recompensa en el cielo, es un gran bien conservar el propio dominio sobre la glotonería y tener el instinto sexual y el cuerpo sujetos a la ley del espíritu” (San Francisco de Sales-Introducción a la vida Devota)

Sonia Vázquez