Hoy en día no es raro para un católico oír hablar de la necesidad de cuidar de las flores, los árboles, los pájaros y otras manifestaciones de la creación de Dios. Sin embargo, los que promueven ese mensaje en la Iglesia suelen olvidarse de la necesidad de convertir a las incontables almas que tienen necesidad de salvarse. Muchos se explayan elocuentemente sobre la necesidad de cuidar al hermano árbol, la hermana flor y la madre ave, pero pocas veces sobre la necesidad que tienen las almas de arrepentirse y salvarse. ¿Por qué? Sencillamente porque muchos ya no creen que haya algo de lo que salvarse.

¿Necesita el hombre la salvación?

ba5d081149227997da787630c1f7a90b_XL¿Realmente necesita salvarse el hombre? Según las Sagradas Escrituras, todas las personas nacen en pecado (Salmo 51, 5) y esta doctrina es conocida como el pecado original. Además, todos son objeto de la ira de Dios (Efesios 2, 3) por culpa de sus pecados. Las Escrituras dicen incluso que el hombre está bajo el dominio de Satanás (Efesios 2, 2).

Por muy mal que suene, las Escrituras no se detienen ahí; es más, dejan sentado que el hombre, después de la Caída, está muerto en el pecado (Efesios 2, 1) y alejado de Dios (Colosenses 1, 21). Si queremos tomarnos la fe cristiana en serio, debemos afirmar claramente que el hombre tiene necesidad urgente de la salvación, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

La doctrina del pecado original es, por así decirlo, «el reverso» de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación se nos ofrece a todos gracias a Cristo. (389)

¿Salvación de qué?

En este punto, sería necesario preguntar: en concreto, ¿de qué hay que salvarse? Pues simplemente de la eterna separación de Dios, es decir, del infierno. La fe católica enseña que si uno muere apartado de Dios desciende de inmediato al infierno, como dice el Concilio Ecuménico de Florencia:

Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes. (Florencia, Sexta Sesión, 6 de julio de 1439.)

Las Escrituras están llenas de advertencias para no morir alejado de Dios, y dice:

Y el que no se encontraba inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego. (Apocalipsis 20, 15)

En Mateo 10,28, Jesús dice:

Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno.

Y Hebreos 10,31 advierte:

¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!

Consecuentemente, hay una necesidad clara de proclamar el Evangelio de Jesucristo, ya que es el único medio por el cual podemos salvarnos de la ira de Dios (Juan 14:6).

¿La creación necesita salvación?

¿Necesita salvarse el resto de la creación? Técnicamente no; la creación no necesita salvarse. Tiene que liberarse de la corrupción, como dice en Romanos 8,21, pero no necesita salvación, dado que el resto de las criaturas no tienen alma eterna. Por eso encomendó Jesucristo a los apóstoles que fueran por el mundo y proclamaran el Evangelio a las personas, no a las aves ni a los árboles (Mateo  28, 18-20).

¿Qué es más importante?

Habiendo considerado brevemente la gran diferencia entre la situación de la creación y la del hombre, cabe preguntar: ¿qué es más importante, la salvación de las almas o el cuidado de la creación? Jesús responde a nuestra pregunta, ya que dijo:

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas? (Mateo 6, 26).

La prioridad que tiene el hombre sobre el resto de la creación se basa en que un alma eterna, mientras que el resto de las criaturas no la tiene (excepto los ángeles). Incluso el Catecismo de la Iglesia Católica reconoce la enorme diferencia entre el hombre y el resto de la creación de Dios:

Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad su vida. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos. (2418)

Prioridades

Todo esto no quiere decir que el hombre no deba ser buen administrador de la creación que Dios le encomendó. Está claro que debe serlo, pero hay asuntos más importantes que deben preocuparle más. Considerando la urgencia con la que el hombre necesita salvación y que son pocos los que la encuentran (Mateo 7, 14), quizás sea hora de acordarse de «los preceptos más importantes de la ley» (Mateo 23, 23) y comenzar a ocuparse de lo que realmente importa, es decir, de la salvación de las almas.

Magister Athanasius

[Traducido por Marilina Manteiga]