En un artículo publicado en Corrrespondencia romana hablé de Elon Musk el magnate estadounidense de origen sudafricano que ha comprado Twitter y creado empresas innovadoras en el terreno de las energías renovables y la conquista del espacio estelar. Es un personaje que cree posible la expansión cósmica de la humanidad, inspirado en el movimiento cultural de los cosmistas rusos. ¿Quiénes eran esos cosmistas?
Los materialistas decimonónicos negaban toda forma de inmortalidad del alma, sosteniendo que todo es materia y la muerte del cuerpo nos precipita en la nada. Los cosmistas del siglo XX y XXI son filósofos que creen en la posibilidad de hacer el cuerpo inmortal o resucitarlo por medios científicos.
Este inmortalismo científico no tiene nada que ver con el concepto cristiano de la vida eterna, sino que replantea de un modo tecnológicamente actualizado la búsqueda del elixir de larga vida que a lo largo de los siglos emprendieron alquimistas y esoteristas. Cuando falleció Lenin, los cosmistas rusos hicieron embalsamar su cadáver, convencidos de que un día resucitaría. Si Cristo fue el primogénito de la resurrección prometida por la religión, Lenin sería el primer resucitado por la ciencia. Lenin sigue esperando aquel día en su urna de vidrio, a la que acuden en peregrinación vetero y neocomunistas.
Hoy en día, el inmortalismo es profesado por algunos magnates y emprendedores de Silicon Valley que subvencionan a científicos y médicos con miras a derrotar la muerte. Peter Thiel, cofundador de Paypal, ha declarado que «la mayor desigualdad se da entre los vivos y los muertos», y que «la muerte es un problema pendiente de resolución». El multimillonario ruso Dimitri Itskov, fundador de New Media Stars, se propone con su Proyecto 2045 transferir el intelecto humano a una computadora para que viva eternamente. La primera fase del proyecto de Itskov prevé la construcción de un robot humanoide teledirigido; la segunda consistiría en la extracción del cerebro de una persona al morir para trasplantarlo a un cyborg con rasgos humanos; la tercera fase tiene por objetivo la creación de una réplica digital del cerebro injertado en el cyborg humanoide; y finalmente la cuarta, ya en 2045, prevé la realización de un avatar-holograma idéntico al hombre pero desmaterializado para que el individuo sobreviva meramente en la dimensión digital. Todo esto supone que la memoria, recuerdos y experiencias del ser humano, en una palabra su alma, constituyan una realidad psíquica y no espiritual sino material, de la que pueda ocuparse la ciencia.
Estos desvaríos se oponen a la razón antes incluso que a la fe. La evidencia demuestra la realidad de la muerte, que es el límite que el hombre no puede superar. De dicha evidencia nace el instinto de supervivencia, que es la instintiva repulsión de todo hombre ante la muerte. Pero en todo ser humano el miedo a la muerte va acompañado de la aspiración a la inmortalidad, que es una tendencia aún más profunda e inevitable del deseo de conservar la propia vida corporal. El instinto de conservación de la vida lo compartimos con los animales, pero los animales no desean una vida después de la muerte, porque no pueden formarse un concepto mental de ella; en el hombre radica el deseo de superar la muerte. Precisamente a partir de esta observación se puede demostrar racionalmente la existencia del alma. Si, a diferencia de los animales, nosotros somos capaces de pensar y desear realidades espirituales, como la inmortalidad, eso quiere decir que poseemos un órgano espiritual irreducible a una mera sustancia física. Y aunque todo lo que es material se descompone cuantitativamente y está destinado a la corrupción, lo espiritual es en sí indivisible e incorruptible, y por lo tanto inmortal. Lo que parece muerte no es muerte, sino disolución del cuerpo mientras sobrevive una parte de nuestro ser, el alma espiritual.
Aquí es donde interviene la fe. La Iglesia enseña que el primer hombre, Adán, poseyó el don de la inmortalidad y lo perdió de resultas del pecado original. A partir de entonces la muerte entró en el mundo y constituye el límite de la vida humana. La muerte sobreviene por la separación de los dos principios constituyentes del hombre, el alma y el cuerpo. El cuerpo se deshace y el alma sobrevive hasta el momento de la resurrección de la carne. Ahora bien, si la inmortalidad del alma puede demostrarse por la razón, la inmortalidad del cuerpo, que se manifestará el día de la resurrección, es un milagro del poder de Dios y, como enseña Santo Tomás, supera toda capacidad del intelecto humano (Summa Theologica, 3, Suppl. q. 75 a, 3)
Nuestra fe en la resurrección se basa en una realidad y una promesa: la realidad de la resurrección de Cristo y la promesa de nuestra resurrección personal porque, como dice San Pablo, «el que resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros» (2 Cor. 4, 14). Quien resucitó al Señor Jesús, que es Dios y no la ciencia, hará que resuciten los cuerpos. He ahí el dogma central de nuestra fe: «Si no hay resurrección de muertos –escribe también San Pablo– tampoco ha resucitado Cristo; y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe, Y entonces somos también hallados falsos testigos de Dios» (1 Cor. 15, 13-15).
La postura cosmista es intrínsecamente contradictoria. Reduce al hombre a un compuesto puramente material de cuerpo y mente, negando la existencia de Dios y de un alma espiritual. Pero en el momento en que conciben ideas espirituales como la inmortalidad y la resurrección, contradicen el fundamento materialista de su pensamiento filosófico. El lúgubre concepto del mundo que tenía el fraile apóstata Giordano Bruno, el cual trataba de conciliar lo irreconciliable haciendo eterna y divina la materia, resurge en el inmortalismo científico del siglo XXI.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)