Bien sé que no hay dificultad teórica que se resista a la astucia de un puñado de hombres sagaces y decididos. Pero he de reconocer que, en este caso ―quiero decir, en la cuestión matrimonial―, me han sorprendido por completo. Y es que lo que se iba buscando parecía de todo punto imposible: Desactivar la doctrina de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio, y hacerlo desde la cabeza visible de la Iglesia de Cristo, y afirmando al mismo tiempo que la doctrina no ha cambiado, ni ha evolucionado, ni está parcialmente obsoleta. La empresa que se proponían, ¿no iba contra toda lógica?

Pero no hay dificultad teórica que se resista a la astucia de un puñado de hombres sagaces y decididos. Y tampoco la ha habido en este caso: El matrimonio es indisoluble, sí, por supuesto. No cambiamos ni cambiaremos nada, porque sus palabras no pasarán. Es sólo que hay que entender bien cuándo estamos realmente ante un matrimonio. Y, ¡ay!, el matrimonio, lo que se dice el matrimonio cristiano, es algo tan sublime, tan alto, tan delicado, que podríamos decir, parafraseando al Cohelet: «un hombre entre mil he hallado, un matrimonio entre todos no lo hallo».

La victoria ha sido completa. Reconozcámoslo. Pero las victorias sobre Cristo son siempre así de tristes, y así de caras. El precio de la victoria, en este caso, ha consistido en la desaparición de una de las instituciones más nobles, generosas y humanas que se nos había regalado. No por mérito nuestro, sino por pura gracia.

Vuelvo la vista atrás, hacia mi propia infancia, en una pequeña ciudad de la cristiandad, poblada por veinte mil almas. Cada semana se celebraban allí bodas, como se celebraban bautizos, y entierros. El ciclo misterioso de la vida. Un matrimonio era entonces un momento tan solemne y tan definitivo como la entrada y la salida de este mundo. Así era, y así tenía que ser: El hombre nacía, y era festiva e inmediatamente recibido en la comunidad cristiana. Crecía, y llegaba a su plenitud en el momento de formar una familia. Al cabo moría, y era despedido entre llantos, y encomendando a Dios su salvación.

Recuerdo que un solo matrimonio entre todos había acabado en ruptura, y el caso se comentaba en el pueblo con espanto, como si se tratara de una terrible maldición. Y, ciertamente, era algo terrible. Pues se habían roto las palabras y los juramentos más solemnes de los que un hombre era capaz. Aquellas palabras y aquellos juramentos en los que culminaba todo el proceso de maduración del niño, y que marcaban el momento de asumir su parte en la carga y el cuidado del mundo. El matrimonio cristiano era la institución que convertía al hombre en un fundamento estable y providente, y por tanto en plena imagen del Dios fiel que nos crea y nos cuida.

Y lo más prodigioso de todo era esto: Que el matrimonio no concernía a una clase de hombres y mujeres especiales. No se requerían largos años de estudio, ni de educación cortesana, ni de vida ascética, al límite de lo humano. No. Nada parecido. El hijo único del frutero y la hija mayor del mecánico; la nieta del jornalero y el sobrino del albañil; el chico menor de la familia del veterinario y la segunda del capataz, en la parroquia, ante el altar y ante las familias y amigos, se decían mutuamente «sí, quiero», y quedaba constituido un vínculo indisoluble, que serviría de fundamento para lo que Dios tuviera a bien crear por medio suyo. Y la imagen del Dios creador y providente resplandecía en esos hombres y esas mujeres del pueblo.

Todo esto se ha acabado. O peor aún, si atendemos a lo que nos quieren contar, con el código de derecho canónico en una mano, y el motu proprio del Papa Francisco en la otra, la realidad es que apenas nunca ha habido un matrimonio católico válido. En vano murió Santo Tomás Moro. En vano murió San Juan Fisher. Y también el Precursor murió en vano. Pues hubiera bastado un examen legal (y misericordioso, eso sí, siempre misericordioso…) de las circunstancias concurrentes en cada uno de los casos conflictivos para concluir que ninguno de ellos era matrimonio. Ni el suyo lo es, estimado lector. Ni el mío, a pesar de que mi mujer y yo perseveramos ya casi dos décadas en la ficción de hacer como si estuviéramos indisolublemente vinculados.

Hace ya tiempo, en una época en la que el matrimonio aún parecía ser real, escribió Chesterton las siguientes palabras:

«Nunca pude concebir ni tolerar una Utopía que no me dejara aquella libertad que es la que más me importa, la libertad para atarme a mí mismo… El matrimonio cristiano es el gran ejemplo de un resultado real e irrevocable; y por eso es el tema central de toda nuestra literatura romántica. Y ésta es la última instancia que pediría, y la pediría imperativamente, de cualquier paraíso social; pediría que se me exigiera cumplir aquello que me había propuesto, que mis juramentos y mis compromisos fueran tomados en serio».

¡Pobre Chesterton! En vano pedirías hoy, por muy imperativamente que lo pidieras, que se reconociera la seriedad de tu compromiso. Cualquier hábil canonista podría mostrar, a poco que se lo propusiera, la nulidad de tu matrimonio. Si no se lo pides, no lo hará, por supuesto. Pero el mismo día en que te canses, o desfallezcas, o simplemente cambies de opinión por lo que sea, la Iglesia descubrirá el secreto, y estarás libre para emprender un nuevo rumbo.

El matrimonio ya no es lo mismo ¿verdad, mi viejo y querido Chesterton?

No. No lo es. El matrimonio cristiano, como los elfos, se encuentra ya en los Puertos Grises, a punto de partir hacia una lejanía inalcanzable. Con él desaparecerán las viejas historias y canciones de Tomás Moro, de Juan Fisher, de Margarita Pole, de David Galván o de Otón Neururer…

Y el mundo habrá perdido un reflejo más de lo divino, y el hombre sentirá más intensamente aún el peso de la materia y la desesperanza. Pero eso sí, tendremos un año jubilar, y grandes fiestas con barra libre en la parroquia.

Francisco José Soler Gil