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El modernismo ascético

El americanismo modernista

El americanismo, o modernismo ascético[1], reduce la religión a un sentimiento subjetivo salido desde la inconsciencia, hundiéndolo, por lo tanto, cada vez más en el inmanentismo y abriendo las puertas al psicoanálisis freudiano[2]. En realidad, el modernismo no se detiene en el conocimiento sensible puro, sino que va hablando del subconsciente y rozando así con lo subliminal e, incluso con lo sobrenatural.

El creador de la subconsciencia como raíz del sentimiento religioso es Frederick William Henry Myers (1843-1901), un parapsicólogo, que estudió lo paranormal, lo oculto, la metafísica, la telepatía y, sobre todo, la magia. Su ”obra maestra” fue un libro en dos volúmenes publicado póstumamente: Human Personality and it’s survival of bodily death (Londres, Longmans, 1903). El pragmático filósofo estadounidense William James fue un gran admirador de Myers y de su libro, que ejerció una notable influencia en el pragmatismo y el americanismo modernista[3].  Como se puede ver, las raíces del modernismo americanista clásico y del neo-modernismo son añadiduras.

Incluso, Antonio Fogazzaro como Myers: ”Fue unos de los primeros en Europa de interesarse por la física humana y por los fenómenos relacionados con la vida del espíritu (o mejor dicho, del espiritualismo), abriendo el camino a Bergson, a Freud y a la llamada “lectura del interior” […] de sondear en las profundidades más oscuras […] del alma[4].”

Mons. Delassus y el americanismo

Monseñor Henri Delassus escribió un libro sobre el americanismo ( L’Américanisme et la Conjuration antichrétienne, Lilla-Parigi, Desclée De Brouwer, 1899, traducido al italiano: El americanismo y el conjuro anticristiano, Siena, editor Bernardino, año 1963). La editorial Effedieffe (Proceno di Viterbo) propone ahora la segunda edición a los lectores italianos. Recomendamos vivamente la lectura de este libro, que ayudará a entender qué está pasando desde un punto de vista geopolítico (el mundialismo, la globalización, las invasiones de Europa y la formación del nuevo orden mundial) desde un punto de vista religioso (el panecumenismo de Asís desde 1986 y ”la unión de todas las religiones” puesta en marcha por Francisco en el año 2015).

La “Misión americana”

En su libro, el prelado francés afirma que: «tras todos los temas inquietantes del mundo actual, América del Norte no es de los menores». Es verdad que la caracteriza «la audacia en las empresas industriales y comerciales y también en los informes internacionales pisoteando todas las leyes de la cuidad católica romana» (pág.1 en la edición francesa). Por desgracia, los Estados Unidos, llevan su audacia demasiado lejos, también en las cuestiones religiosas.  El “catolicismo americano” o americanismo (condenado por León XIII en 1895) no es  la etiqueta de un cisma o de una herejía, es «un conjunto de tendencias doctrinales y prácticas, que se crea en América y que se esparce por el mundo cristiano, especialmente por Europa»(pág.3).

Uno de los «elementos distintivos de la “Misión americana” es el retorno a la unidad de todas las religiones, a través de la destrucción de barreras y de las diferencias, alcanzando un Congreso de la tolerancia internacional de las religiones, para luchar contra el ateísmo» (pág.124). La tolerancia, a la cual tiende el americanismo es dogmática porque consiste en equiparar todas las religiones como igualmente buenas» (pág.85). «La conspiración anticatólica penetra en todos los lugares, para destruir -si es posible- la Iglesia y enaltecer en su lugar al israelitismo liberal y humanitario» (pág. 89) porque «tras el espíritu hebraico y americanista hay un punto de contacto con los principios del 1789» (p.91).

Monseñor Henri Delassus (pág.94) recuerda que el magisterio de la Iglesia ha condenado todos los falsos principios en los que se funda el espíritu americanista: los derechos del hombre (condenados por Pío VI); la libertad absoluta de la persona humana, de pensamiento, de prensa, de conciencia y de religión (condenado por Gregorio XVI y Pío IX), el separatismo entre el Estado y la Iglesia (por León XIII). En cambio, los americanistas que se basan en el «liberalismo largo o posición laicista y en la tolerancia dogmática hasta el final, evitando hablar sobre todo lo que podría descontentar a los protestantes y a las otras religiones» (p. 97). Para la Iglesia de Roma «el catolicismo es la verdadera religión, mientras que el americanismo es solo una religión entre otras»(pág. 100).

El ideal religioso y geopolítico americanista (alrededor de cincuenta/sesenta años después de la condena de León XIII) se ha realizado:

1)Espiritualmente -inicialmente y de manera latente- en el Concilio Vaticano II; después, completa y abiertamente en Asís en 1986 y, finalmente, con Francisco.

2) Temporalmente con el teo-conservadurismo estadounidense (de los republicanos conservadores Reagan, Bush padre e hijo, que ha continuado en política extranjera también con el democrático progresista Barak Obama).

«Los americanistas dicen que las ideas hebraico/americanas son aquellas que Dios quiere para todo los pueblos de nuestro tiempo. El judaísmo y el americanismo creen que han recibido una ”misión divina” para todo el  mundo. Desafortunadamente, la influencia de América, con su espíritu de libertad absoluta, se extiende cada vez más entre otras naciones, de modo que América dominará las otras naciones» (págs.187-188) «…y será la “Nación del Futuro”» (pág. 190) pero -comenta el Mons. Delassus – «En el futuro habrá un gran desarrollo industrial y comercial, social y político, según los principios del 1789, es decir el progreso material y la independencia  absoluta del hombre de toda autoridad, también divina, la era que veremos será la más desastrosa de todas las conocidas. En ellas América destruirá las tradiciones nacionales europeas, para fundar la  pax americana»  (págs.191-192).

Una moral sin dogmas

La base, o el mínimo común denominador, de esta mezcla de religión, pueblo, cultura, es una moral sentimental o  «una vaga moral» (pág.192) subjetiva y autónoma, «independiente del dogma» (pág. 130). Esta mezcla se está realizando hoy en día a través de la unión entre teo-conservadores americanistas con el sionismo y algunos elementos conservadores-liberales del catolicismo europeo, que se unen para defender la vida, el embrión, contra el materialismo ateo (cosa buena en sí), pero a expensas de la pureza del dogma (que es inaceptable), de la tradición cultural de toda nación y de las diferencias étnicas (las cuales, no se pueden exagerar con la teoría de la defensa de la raza pura, que no existe; tampoco pueden ser destruidas con la ofensa a la raza, es decir, al pueblo, que tiene una peculiar lengua, cultura, mentalidad y religión). «El movimiento neo-cristiano o americanista, tiende a liberarse del dogma para fundarse en la belleza de la ética” (p. 60), «a reemplazarse la fe con una cultura o una sensibilidad de la moral autónoma e independiente, en una vaga religiosidad superior a todas las demás religiones positivas» (p. 76). Según la doctrina católica «la fe sin obras está muerta» (San Santiago ), pero «sin la fe no se puede agradar a Dios» (San Pablo). No hay, por tanto, que despreciar la moral, pero tampoco se puede reducir la religión a la moral, sin tener ninguna integridad dogmática.

Americanismo y judaísmo

Monseñor Delassus escribe que: «Hay un  entendimiento entre el judaísmo y el americanismo, para sustituir a la religión católica con esta Iglesia ecuménica o mundana, ésta pseudo-religión democrática, de la cual la Alianza Israelita Universal prepara la venida» (pág. 193).

El americanismo es el instrumento del judaísmo liberal y filantrópico-humanitario, el cual ha reemplazado la “fe” del judaísmo ortodoxo (en un Mesías personal y militante que ha devuelto a Israel el dominio en el mundo), con la “creencia humana” en  un “mesías ideal”; es decir, el mundo moderno nacido del Humanismo, Protestantismo y del Iluminismo revolucionario, ingles, americano y francés.

El americanismo, desde el punto de vista político, está caracterizado por un cierto cosmopolitismo, que lleva al mundialismo y a la globalización, los cuales van infiltrando la corrupción en todas las naciones para dominarlas. Tal “reino o república universal” es el sueño de la Alianza Israelita Universal,«centro, foco y vinculo de la conjura anticristiana a la cual el americanismo le da un apoyo considerable» (pág.15). El judaísmo talmúdico se basa en la lectura material (más que literal) de las profecías del Antiguo Testamento. Delassus escribe: «Leer estas profecías en el significado material-terreno y encontrareis la respuesta al enigma, la explicación de la actividad febril judaica, el sueño del judaísmo. Eso se cree, todavía hoy, el pueblo destinado por Dios a dominar, materialmente y temporalmente, sobre todas las naciones» (pág.20). Lamentablemente, continua el prelado francés, «hay dos fenómenos ante nuestros ojos: la prepotencia creciente del pueblo hebreo y la tristísima crisis de la Cristiandad» (pág. 24)

El punto de encuentro entre el judaísmo y el americanismo son los principios revolucionarios del 1789 y particularmente en dos textos: «1) Que todas las naciones renuncien al amor por la patria para fundar una república universal; 2) que los humanos renuncien igualmente a toda particularidad religiosa, para volverse en una vaga religiosidad» (pág. 25). Estos ideales son traídos por la Alianza Israelita Universal fundada en el 1860 por el hebreo masón Adolfo Crémieux, gran maestro del Grande Oriente de Francia. El A.I.U. «no era solo una internacional hebraica, quería ser una asociación abierta a todas las personas, sin distinción de la nacionalidad, de religión, bajo la dirección de Israel. Eso debía penetrar en todos los países y hacer ceder las barreras, que ahora separan lo que un día, deberá estar unido en una común indiferencia» (pág. 26-27)

Este cambio radical se refiere, también, a la vida espiritual, prefiriendo antes la acción que la contemplación; la exaltación de la iniciativa individual, propia del liberalismo puritano americano (cfr., págs.154-155); el bien físico y corporal (distinto del bien común temporal), como «transfiguración del cuerpo» (pág. 159) es el «sensismo empirista ingles, como radical anti-metafísica y anti-cristianismo » (pág. 161). Los nuevos cristianos americanistas, al igual que los hebreos liberales y humanitarios, «aspiran a un Mesías que no es Jesucristo y tampoco un mesías militante personal del hebraísmo ortodoxo, pero una idea del bien material y corporal que hará al hombre feliz y rico en esta tierra es lo que están esperando» (págs. 164-165). Tal Bienestar ( con mayúscula) no consiste en tener lo necesario o el conveniente, sino que consiste en lo «superfluo» (pág. 166).

Del punto de vista religioso, el americanismo se sirve del esoterismo, la masonería y del ecumenismo para infiltrarse en la religión católica y, si es posible, destruirla. «La masonería tiene las mismas pretensiones pero con diferentes palabras» (pág. 29). El judaísmo liberal es todavía más claro cuando dice que hay que tender hacia «una nueva Jerusalén, la cual debe sustituir a Roma… La estirpe hebraica vuelve a estabilizar su reino sobre todo el mundo, en el orden temporal y en el espiritual» (pág. 30). La nueva «república universal será gobernada por el pueblo hebraico, única y verdadera tribu cosmopolita, apátrida y universal» (pág. 33). Y finalmente «el Anticristo, supremo dictador se convierte en la única deidad de este mundo nuevo» (pág. 42) .

Los Estados Unidos tienen el triste «privilegio de destruir la tradición y la especifica nacionalidad y religión europea, para fundarla en la unidad americana» (pág. 44). El americanismo está «absolutamente convencido de que los Estados Unidos están predestinados a producir un estado social, superior a lo que se ha visto hasta ahora» (pág. 130).

Otro de los bastiones del americanismo es el evolucionismo religioso (cfr. págs. 101-108), por el cual se pasa de una verdad a otra, según el necesidades y las exigencias del tiempo (cfr., pág. 109), desde el cual la verdad no es más que la «conformidad del pensamiento con  la realidad (Aristóteles), pero adaptar el pensamiento a las necesidades del tiempo y del hombre moderno» (Herbert Spencer, Blondel).

Monseñor Delassus (pág. 133) nos recuerda que en Chicago, entre el 11 y el 28 de septiembre del 1893, se desarrolló un Congreso o Concilio ecumenista de todas las religiones (también la católica). En ese concilio se estableció que «la Iglesia católica debe hacer la concesión más generosa hacia las otras religiones» (pág. 134); naturalmente Roma lo condenó. Sin embargo, no se puede dejar de notar como entre  1962 y 1965 tales ideas americanistas penetraron en ambientes católicos durante el Concilio Vaticano II. También un pensador laico, Sergio Romano, notó que, mientras el Concilio Vaticano I había afirmado el primacía del papa, el Vaticano II enseñó la colegialidad; mientras que Pío IX condeno la modernidad, Pablo VI la abrazó. Si hubieran querido, en el 1893, «hubieran reunido sacerdotes y ministros de cultos muy distintos, para asociarla a una oración común» (pág. 147), naturalmente sin caer en el indiferentismo (como en Asís en el 1986).

Delassus, concluyendo su estudio sobre el americanismo, lo define con pocas pero eficaces expresiones: «Compromiso con la incredulidad, concesión al error, mutilación del dogma, atenuación de lo sobrenatural y facilismo de todas las especies» (pág. 226). Él propone, por lo tanto, el remedio a tanto mal: «Evitar el desaliento, como actitud de esos que conocen y saben la realidad, pero que no tiene el coraje de reaccionar [es el mal que paraliza muchos católicos hoy en día]. (…) Pues cuantos más se crucen de brazos, renunciando a la lucha; así ocurre utilizando la oración, la penitencia y la acción cultural y doctrinal con consecuencias prácticas concretas (…). Ocurre ser circunspecto por no prestar, también involuntariamente, ayuda al judeo-americanismo. Cuando, no predicas el bien como fin último, … el suceso en este mundo, … la transfiguración del cuerpo humano, … la preocupación desordenada de los intereses humanos, … la abolición de las barreras entre religión y cultura, … la secesión de la polémica por sustituir la irenica, … la actualización del dogma a favor de una moral subjetiva, …. la conciliación entre el espíritu de Cristo y el del mundo» (págs. 262-265).

El periplo actual

Por tanto, tened cuidado de no caer más en la trampa de hablar del modernismo, del Concilio Vaticano II, del Novus Ordo Missae con el pretexto de ocuparse del que parece ser el único problema actual, mientras que la última conclusión practica de la post-modernidad filosófica y del modernismo teológico, que ha triunfado, primero con el  sesenta y  ocho[5] y después con el Concilio Vaticano II y el Novus Ordo Misae. Ésta es la táctica actual de la contra-iglesia para desviar la atención del origen filosófico/teológico de las malas prácticas que nos afligen.

Henricus

[Traducido por Gabriello Sabbatelli.]

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[1]    Cfr. León XIII en la carta: Testem benevolentiae  de 1895; Delassus, H. (1899) L’Américanisme et la conjuration anticrhétienne. Lille: Desclée.

[2]    Cfr. Jones, E. (2000) Vita e operi di Sigmund Freud, 3 vols. Milán: Il Sagiarore; Bakan, D. (1964) Freud e la tradition mistique  juive. París: Pavot, traducido al italiano  en Milán, 1977; Innocenti, E. (4ª ed. 1991) Critica alla  psicoanalisi.  Roma.

[3]    Cfr. James, W. (1986) «Frederic Myers’s Service to Psychology», en: Essays in Psychical Research. Harvard University Press; Id. (1924) Etudes et réflections d’un psychiste. París.

[4]    Sale, G. (2001) «Antonio Fogazzaro. Un cattolico liberale e modernista» . En: La Civiltà Cattolica, pág. 9. 2 de abril 2001.

[5]    Se refiere al Mayo del ’68, cuando la revolución cultural empezó a abrir las puertas a las teorías esotéricas sobre Jesús y empezaron a conocerse las teorías de la New-Age. (N. de la C.)




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