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El rey Francisco II de las Dos Sicilias será beatificado

El 16 de diciembre de 2020, la conferencia episcopal de la región italiana de Campania, reunida en Pompeya, dio luz verde al inicio de la causa de beatificación de Francisco II de Borbón, último rey de las Dos Sicilias. Se emprende asía un camino que esperamos que lo lleve pronto a los altares.

La vida de Francisco II de Borbón transcurre entre 1836, cuando nace en Nápoles, y 1894, cuando fallece en la pequeña localidad trentina de Arco. Pero se podría decir que esa vida se concentra en menos de dos años, a partir del 22 de mayo de 1859, cuando a la edad de 23 años Francisco sucede a su padre Fernando como rey de las Dos Sicilias, hasta el 13 de febrero de 1861, en que sale de Gaeta como soberano destronado rumbo al exilio.

Aquellos años no sólo contemplan el fin de un Reino, sino de una época, y ven asimismo nacer, de una forma audaz e imparcial un nuevo estado nacional: el Reino de Italia bajo la dinastía de los Saboya. Son  años de grandes decisiones para un joven monarca llamado a asumir unas responsabilidades inmensas ante Dios y ante la historia.

Esos dos años, y sobre todo los últimos meses del bienio 1860-1861, revelan la naturaleza profunda de un choque de civilizaciones, proyectan luces y sombras sobre los protagonistas del drama, sintetizan la historia de una dinastía y redimen de vilezas y traiciones la vida del pueblo napolitano.

La subida de Francisco II al trono coincidió con la segunda guerra de independencia y las fuerzas conjuntas de Grecia y Cerdeña, tras una serie de victorias que culminaron en la batalla de Solferino, obligando al Imperio Austriaco a firmar con Napoleón III el armisticio de Villafranca. El 5 de mayo de 1860, con el apoyo del conde de Cavour, desembarcó en Sicilia y recorrió la Italia meridional hasta Nápoles, donde entró el  7 de septiembre. Aquel mismo día Francisco II se refugió con la reina María Sofía en la fortaleza de Gaeta, defendida por unos veinte mil hombres, que era todo lo que quedaba de lo que se había llamado el más magnífico ejército de Italia. Dos meses después, el 7 de noviembre, Garibaldi entregaba oficialmente en Nápoles a Víctor Manuel II el Reino de las Dos Sicilias, mientras la fortaleza de Gaeta era asediada por el ejército piamontés a las órdenes del general Enrico Cialdini. Francisco II no cedió, y durante tres terribles meses la fortaleza de Gaeta opuso una tenaz resistencia al cerco de las fuerzas piamontesas. La reina María Sofía dio pruebas del mismo amor de Francisco II a su pueblo desafiando a la muerte en los bastiones de la fortaleza alentando a los combatientes y asistiendo a los enfermos y los heridos. Cuando, cediendo a las presiones del primer ministro inglés Lord Palmertson, Napoleón III retirò su flota, que defendía la fortaleza desde el mar, la resistencia se hizo imposible. Las naves del almirante Persano bloqueaban Gaeta por el mar mientras los cañones de Cialdini vomitaban toneladas de hierro sobre la plaza fuerte, en la que arreciaba desde enero una epidemia de tifus.

Los 102 días de asedio finalizaron con la capitulación del 13 de febrero de 1861. El Rey obtuvo para sus soldados el honor de las armas. Francisco II y María Sofía pasaron por última vez entre la guarnición alineada en orden de batalla mientras sonaban las notas   teñidas de tristeza del himno real compuesto por Paisiello. Desharrapados y exhaustos, los soldados presentaron por última vez armas al monarca con las banderas al viento y los sables de los generales desenvainados. El 14 de febrero, los Reyes embarcaron en una nave enviada por Napoleón y abandonaron el último trozo de su reino.

Francisco II no abdicó, y siguió comportándose como rey. Pío IX invitó a los   Reyes  a instalarse en el palacio del Quirinal junto con su séquito. Francisco y María Sofía se quedaron allí hasta noviembre de 1862, cuando se trasladaron al palacio Farnesio, por aquel entonces propiedad de los Borbones.

El 21 de abril de 1870, Francisco y María Sofía, destrozados por la pérdida de una hija recién nacida y presintiendo cómo se recrudecía la tempesta, dejaron la Ciudad Eterna. No regresarían hasta 1934, cuando sus restos fueron inhumados en la iglesia del Espíritu Santo de los napolitanos, de la que serían trasladados el 18 de mayo de 1984 a la basílica napolitana de Santa Clara para ser sepultados junto a la reina María Cristina de Saboya-Borbón, madre de Francisco II.

Tras la toma de Roma el 20 de septiembre de 1870, Francisco II y la reina consorte se trasladaron a París. Cuando la salud del monarca comenzó a deteriorarse, los soberanos empezaron a frecuentar las termas de la pequeña localidad de Arco, en el Trentino. La suavidad del clima y la belleza del paisaje entre los montes del lago de Garda hacían particularmente atractiva esta pequeña ciudad, a la que el Rey se dirigía con cada vez más frecuencia. Los habitantes de Arco desconocían la verdadera identidad de aquel caballero que se hacía llamar Duque de Castro o il signor Fabiani y llevaba una vida retirada de meditación y oración.

En sus largos años de exilio, Francisco II siguió cumpliendo su misión de jefe de la Casa Real de las Dos Sicilias. Sin sospechar que la seguiría por el mismo camino, el Rey anotaba con interés en su diario el proceso de beatificación de su madre María Cristina de Saboya . En el otoño de 1894 regresó para las acostumbradas curas al balneario de Arco, pero en diciembre su salud se agravó de improviso.

Francisco II falleció el 27 de diciembre de 1894. Con él desaparecía el último soberano de una dinastía que había reinado durante 126 años en el trono de las Dos Sicilias.

Todos los testimonios lo recuerdan como un hombre virtuoso y devoto. Nosotros lo recordamos ante todo porque con él nos llega el eco de una virtud desconocida para los hombres de hoy: el sentido del honor católico. El honor es un bien de orden espiritual que tiene su máximo punto de referencia en Dios, a quien todo se subordina. Por eso se ha llamado a Francisco II el Rey católico.

El sentido del honor se manifiesta en la fe y la fidelidad. Fidelidad a la ley de Dios, que es fidelidad para con nosotros mismos, porque la ley de Dios no cae de lo alto, sino que la tenemos impresa en el corazón. Fidelidad a la palabra empeñada, fidelidad a la promesa dada, a la propia vocación y a la propia misión histórica.

Francisco II de las Dos Sicilias dio un magnífico ejemplo de esa fidelidad, de ese sentido del honor católico, y por eso merece ser beatificado junto con su madre la beata María Cristina de Saboya.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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