CORRISPONDENZA ROMANA

En China, la Iglesia siempre más perseguida: “desapareció” Monseñor Zhumin

China: siempre peor. La persecución continúa, de un modo aún más violento de un tiempo a esta parte. Tal como fuera previsto, el acuerdo provisorio “secreto” con la Santa Sede no parece haber tenido ningún efecto positivo. Y esto es un dato. Se puede fingir no verlo, pero sigue siendo tal cual. Y lamentablemente lo confirman las palabras expresadas por el Cardenal Joseph Zen Ze-Kiun comentando el acuerdo, por él definido como «una obra maestra de creatividad en el no decir nada con tantas palabras».

Lo demuestra el tratamiento reservado a Monseñor Pietro Shao Zhumin, de 55 anos, Obispo de Wenzhou, reconocido como tal por Roma, pero no por Pequín. El último viernes fue secuestrado por la policía para ser sometido al asilamiento y al adoctrinamiento durante un par de semanas. Quizás más. La última vez, en el mes de mayo del último año, debió aguardar siete meses antes de ser liberado por las autoridades. Es la quinta vez que es secuestrado, considerando solo los dos últimos años. Se le quiere imponer que se registre ante el gobierno y su adhesión a la Asociación patriótica, a lo cual él siempre opuso un claro y fuerte rechazo.

En su Diócesis, situada en la provincia de Zhejiang, la comunidad oficial y la subterránea han sido unificadas: sobre cerca de 130 mil fieles, sin embargo, otros 80 mil pertenecen a la segunda. Pero a los “sacerdotes” oficiales, en la Octava de la Conmemoración de los Difuntos fue absolutamente prohibido rendir homenaje a las tumbas de los sacerdotes y Obispos de la iglesia subterránea. A los menores de 18 años les es prohibido participar de la Santa Misa dominical y del catecismo. A todos les es impuesto no intentar atentar contra la «independencia» de la Iglesia.

Los fieles chinos estuvieron pidiendo oraciones a los católicos de todo el mundo por Mons. Zhumin. Y no solo eso. Después de la destrucción de dos santuarios dedicados a María Santísima -el de Nuestra Señora de los Siete Dolores en Dongergou y el de Nuestra Señora de la Beatitud en Anlong- en los últimos días otros cuatro sacerdotes “subterráneos” (dos de la diócesis de Xiwanzi y dos de la diócesis de Xuanhua) fueron arrestados por la Policía comunista, ambos por haberse negado a inscribirse en la Asociación patriótica, organismo cuya finalidad ha sido declarada hace pocos años, en el 2007, «irreconciliable con la Doctrina Católica» -vale la pena recordarlo- por Benedicto XVI en su Carta a los Obispos, presbíteros, personas consagradas y fieles laicos de la Iglesia Católica en la República Popular China (nº 7).

Inmediatamente después del arresto, estos sacerdotes también fueron sometidos a un período forzado de «adoctrinamiento y aislamiento», para forzarlos a adherir a la política religiosa llevada adelante por el gobierno comunista, apurado en precisar que el acuerdo con el Vaticano de ningún modo perjudica la independencia de la iglesia china, ni exime a los sacerdotes de la obligación de inscribirse en la Asociación Patriótica, órgano del Partido Comunista Chino. Siempre críticas son también las condiciones en la cuales los fieles católicos son obligados a actuar: el último primero de noviembre otra cruz, la enésima, fue destruida, la de la iglesia de Shangai, en Henan, iglesia puesta además bajo custodia y vetada como lugar de culto. La iglesia oficial bloqueó la actividad de la subterránea con la única finalidad de someter toda expresión religiosa a la ideología comunista dominante.

Aún más vale entonces la invitación dirigida por el Cardenal Zen a los Obispos y sacerdotes “clandestinos” de China, precisamente en un comentario publicado por el New York Times: «No comiencen una revolución. ¿Los expulsan de vuestra iglesia? ¿No pueden oficiar más? Vayan a sus casas y recen con sus familias. Esperen tiempos mejores. Vuelvan a las catacumbas. El comunismo no es eterno». Gracias a Dios.

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