InfoVaticana en Roma entrevista al profesor Roberto de Mattei, historiador y escritor italiano autor de numerosos libros entre los que podemos destacar “Concilio Vaticano II: Una historia nunca escrita” o la biografía de Plinio Corrêa de Oliveira, “El Cruzado del Siglo XX”, fundador del movimiento católico tradicionalista “Tradición, Familia y Propiedad” y de quien De Mattei se considera discípulo.

De Mattei es presidente de la Fundación Lepanto y dirige la revista “Radici Cristiane” (“Raíces Cristianas”) y la agencia de noticias “Corrispondenza Romana” (“Correspondencia Romana”). Además, también dirigió desde 2002 hasta 2013 la revista internacional “Nova Histórica.”

Fue vice-presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas italiano y  Consejero de Asuntos Internacionales del Gobierno de Italia. Asímismo, fue miembro del Consejo Directivo del Instituto Histórico Italiano de la Edad Moderna y Contemporánea y del Consejo Directivo de la Sociedad Geográfica Italiana y miembro de la Junta de Garantes de la Academia Italiana de la Universidad de Columbia en Nueva York.

Lamenta que “desgraciadamente los hombres de la Iglesia han dejado de enseñar la verdad”, defiende que los católicos “deben separarse de los malos pastores de la Iglesia”  y asegura, sin perder la esperanza, que tiene una profunda confianza en la superación de la crisis moral que atraviesa la Iglesia, “porque a lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha vencido las tormentas más graves”.

‘La Iglesia se ha dejado conquistar por el espíritu del mundo’

¿Cómo valoraría los seis años de pontificado del Papa Francisco?

Creo que no se puede aislar el pontificado del Papa Francisco de un contexto histórico que incluye los últimos sesenta años de la vida de la Iglesia. Estamos viviendo la fase final de un proceso que viene de lejos y que en su culminación también revela su verdadera naturaleza.

El camino que llega a término bajo el pontificado del Papa Francisco es el de una mundanización progresiva de la Iglesia. Me refiero como mundanización a la extinción del espíritu metafísico y sobrenatural y al triunfo del secularismo incluso dentro de la Iglesia. Esto comenzó cuando, en el momento del Concilio Vaticano II, la Iglesia empezó a cambiar su relación con el mundo. Hoy, los hombres de la Iglesia parecen más interesados en resolver problemas políticos y sociales que en proclamar la ley del Evangelio al mundo. Pero al renunciar a predicar el bien primario de la salvación de las almas, la Iglesia se ha dejado conquistar por el espíritu del mundo, que es antitético al espíritu del Evangelio.

 

En más de una ocasión ha advertido sobre los peligros de la “papolatría”, llegando incluso a calificarla de “extremadamente peligrosa”. ¿Cómo definiría este término y cuáles son sus consecuencias?

La papolatría es el culto indebido hacia un hombre que es el Vicario de Cristo en la tierra, y como tal debe ser respetado y venerado, pero no es el sucesor de Cristo, y no puede ser objeto de adoración. Hay adoración cuando se considera que todo lo que el Papa dice y hace es perfecto e infalible, sin distinguir entre el hombre y la institución que representa. Se piensa que la doctrina de la Iglesia está en perpetua evolución, porque coincide con el magisterio del Pontífice. El magisterio perenne es sustituido por el “viviente”, expresado por una enseñanza pastoral, que se transforma en una regula fidei cambiante, pero considerada siempre infalible.

Repudio toda forma de conciliarismo o galicanismo, que quisiera limitar la autoridad del Romano Pontífice, pero una cierta papolatría favorece estos errores porque lleva a la atribución injusta al Papado, o a la Iglesia, de las responsabilidades por tantos fracasos, escándalos y errores de los hombres que lo gobiernan o lo han gobernado.

‘Los buenos católicos deben separarse de los malos pastores’

En unas declaraciones afirmó que el pontificado del Papa Francisco ha creado “una confusión  en el interior de la Iglesia”, incluso ha hablado de una apertura a un “posible cisma”. ¿Cómo se materializa esta confrontación? 

El cisma, como dice la etimología de la palabra, es una separación. La separación, sin embargo, no es en sí misma un mal y la unidad tampoco es siempre un bien en sí mismo. Lo que es perjudicial es la separación de la verdad del Evangelio, del bien de las almas, de la enseñanza de Jesucristo, de quien la Iglesia es guardiana. Pero si los hombres de la Iglesia se distancian de esta enseñanza, se da la necesidad de separarse de los malos pastores, sin cuestionar nunca el principio de autoridad en el que se basa la Iglesia.

En el siglo XVI, la gran mayoría de los católicos ingleses cayeron en el cisma, y luego en la herejía, por no haberse separado del episcopado y del clero, que a su vez no habían querido separarse del rey Enrique VIII, que se había separado de Roma. Hoy los buenos católicos, para evitar el cisma y la herejía, deben separarse de los malos pastores y seguir a los obispos y al clero que permanecen fieles al Magisterio de la Iglesia. La Comisión Teológica Vaticana, en un documento de 2014, recuerda que: “Advertidos por su sensus fidei, los creyentes individuales pueden llegar a rechazar una enseñanza de sus pastores legítimos si no reconocen en esa enseñanza la voz de Cristo, el Buen Pastor”.

 

El pasado mes de febrero, en los días previos a que comenzara  la famosa cumbre sobre abusos a menores dentro de la Iglesia, participó en una conferencia en la que habló de “los interrogantes sobre la crisis moral de la Iglesia”…

El 19 de febrero de 2019, el mismo día de la manifestación de Acies Ordinata en la Piazza San Silvestro de Roma y de la rueda de prensa que hubo a continuación, los cardenales Raymond Leo Burke y Walter Brandmüller publicaron un comunicado en el que denunciaban “aquel ambiente de materialismo, relativismo y hedonismo, en el que se cuestiona abiertamente la existencia de una ley moral absoluta, es decir, sin excepción.

Se nombra al clericalismo como la causa de abuso sexual, pero la primera y más importante responsabilidad del clero no radica en el abuso de poder, sino en haberse alejado de la verdad del Evangelio. La negación, incluso pública, de palabra y de obra, de la ley divina y natural está en la raíz del mal que corrompe ciertos ambientes de la Iglesia”. El mismo Benedicto XVI, en su documento del 11 de abril, ha retomado, en parte, estos temas, volviendo a los orígenes de la crisis, que se remontan a los tiempos del modernismo, incluso antes del Concilio Vaticano II.

 

En esa rueda de prensa dijo que si durante la cumbre no se afrontaba el tema de la homosexualidad, “sería un encuentro destinado al fracaso”. Dos meses después, ¿cómo valoraría la cumbre que reunió a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo en el Vaticano?

En su documento reciente, Benedicto XVI también ha admitido que la reunión había fracasado. ¿De qué otra manera podemos explicar que el Papa emérito, que, renunciando al pontificado, había afirmado que quería pasar el resto de sus días en silencio y en oración, tomara la seria decisión de intervenir con un texto que, aunque no fuera un magisterio pontificio, se le parece, en su lenguaje y sobre todo en el objeto del que trata?

De hecho, Benedicto XVI ha indicado una solución a los problemas tratados en la Cumbre Episcopal de febrero completamente diferente de la propuesta por los obispos y hecha propia por el Papa Francisco después de esa reunión. Para Benedicto XVI la “receta” de la cumbre vaticana para resolver el problema del abuso infantil es evidentemente inadecuada, hasta el punto de merecer una contraindicación que a algunos les pareció una “invasión de campo”.

‘Debemos creer y esperar en el triunfo de la Iglesia’

 

Volviendo a la crisis moral de la que hablábamos antes… Para un católico consciente de esta crisis,  ¿quién sería su modelo o punto de referencia dentro de la curia? ¿Quién, dentro de la Iglesia, se podría definir todavía como “buen pastor”?

No tenemos modelos dentro del Vaticano. Nuestro punto de referencia no son los hombres, que pasan y cambian, sino la doctrina de la Iglesia, en su integridad, tal y como nos fue transmitida desde los tiempos de los apóstoles, según la fórmula de San Vicente de Lerins, que nos dice que debemos creer en lo que siempre se ha enseñado, en todas partes y por todos, “in eodem dogmate, eodem sensu, eadem sententia“.

 

¿Cree que hay esperanza?

Tenemos una profunda confianza en la superación de esta crisis, porque a lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha vencido las tormentas más graves. Esta confianza no se basa en nuestras pobres fuerzas, sino en la acción invencible de la Gracia divina, que puede hacerlo todo, incluso lo que a los hombres les parece imposible. Y debemos creer y esperar en el triunfo de la Iglesia y en la plena restauración de la civilización cristiana.

 

Hace apenas un mes el Papa Francisco afirmó que “la Iglesia no teme a la verdad”. El arzobispo Carlo Maria Viganó continúa en paradero desconocido y Francisco todavía no ha respondido a sus denuncias. ¿Cree que los actos de la Santa Sede son coherentes con la afirmación apenas citada?

Si la Iglesia no teme a la verdad, no debe tener miedo a decirla. Pero desgraciadamente los hombres de la Iglesia han dejado de enseñar la verdad, y la contradicen con palabras y hechos. La verdad es, que los pastores de la Iglesia pueden causar escándalos, ejercer el mal gobierno, fracasar en su misión, incluso caer en el cisma y la herejía. Cuando esto sucede, se hace necesaria la denuncia pública y la corrección fraterna.

Esto es lo que ha hecho Mons. Carlo Maria Viganò, con su histórico testimonio, y esto es lo que esperamos que hagan otros obispos y cardenales, por el bien de la Iglesia. La manifestación de Acies ordinata fue una llamada a los obispos silenciosos para que tuvieran el valor de romper el silencio. Algunos cardenales lo han hecho y estoy convencido de que volverán a hablar. El Papa Francisco, en cambio, aún no ha respondido a la denuncia de Mons. Viganò. Su silencio muestra una actitud de desprecio hacia aquellos que, por amor a la Iglesia, sacan a la luz los escándalos y errores. Pero, ¿qué reforma es posible sin el valor de la verdad?

 

El pasado 17 de abril decía: “Otra imagen simbólica se superpone ahora a la de la hoguera de Notre Dame: la escena del Papa Francisco, Vicario de Cristo, que besa los pies de tres líderes musulmanes de Sudán, pidiéndoles que “el fuego de la guerra se apague de una vez por todas”. Esto sucedió el 11 de abril al final del retiro espiritual en el Vaticano, concebido por el (cismático) Arzobispo de Canterbury Justin Welby. Inmediatamente después, el primer día de la Semana Santa, la catedral francesa, la más famosa y visitada del mundo después de la de San Pedro, fue devorada por las llamas”…

La riqueza del simbolismo nos permite hacer diferentes lecturas del mismo evento. En el caso del incendio de Notre Dame, se ha hablado, con razón, de la imagen de la cristiandad quemada y degradada (Marcello Veneziani), del símbolo de la conflagración espiritual en la Iglesia (Mons. Schneider) y así sucesivamente. A mí me impresionó la escena de la aguja que desapareció entre las llamas, y vi allí el simbólico colapso espiritual de los que hoy están en la cima de la Iglesia.

El 4 de febrero, el Papa Francisco firmó la declaración de Abu Dhabi, según la cual “el pluralismo y la diversidad de religiones” son “una sabia voluntad divina con la que Dios creó al ser humano”. El 11 de abril, en el Vaticano, Francisco se postró ante tres líderes musulmanes de Sudán, y besó sus pies, pidiendo la paz. Estas palabras y gestos constituyen una profunda humillación para la Iglesia. Parece que la Iglesia perece en un gran fuego, pero sólo la cima es consumida por el fuego, la estructura resiste. La Iglesia es más fuerte que las llamas que la rodean.

 

En numerosas ocasiones ha defendido la importancia de la familia cristiana. Hace apenas un mes se celebró en Verona el  Congreso Mundial de la Familia  con el objetivo de celebrar y defender la familia natural, sin embargo el acto no contó con el apoyo del Vaticano. ¿A qué cree que se debe?

Sor Lucía de Fátima dijo al Cardenal Caffarra que la batalla decisiva de nuestro tiempo se desarrollaría en torno a la familia. El Vaticano no apoyó el Congreso de la Familia porque la familia no es su prioridad. La prioridad parece ser dar la bienvenida a los inmigrantes. Pero la primera acogida que debemos hacer es hacia aquellos que tenemos cerca; a los niños que no pueden nacer; a los ancianos a los que se quiere acortar la vida; a los enfermos abandonados en los hospitales, pero sobre todo a todos aquellos que se ven privados del pan de la Verdad y son abandonados en la ignorancia y la confusión.

Hoy en día, en cambio, la acogida al migrante se entiende como la negación de la primacía de la civilización occidental y del papel desempeñado por los misioneros y conquistadores, civilizadores de las sociedades salvajes que practicaban el canibalismo y los sacrificios humanos. Me temo que la idea del próximo Sínodo sobre la Amazonía es que los europeos han cometido un acto de violencia contra los pueblos indígenas de América Latina. La aguja de la Catedral de Notre Dame es también el símbolo de este odio que la Iglesia parece tener hoy de sí misma.

 

Este domingo son las elecciones generales de España y en tan solo un mes serán las europeas. ¿Qué debería de tener en cuenta un católico a la hora de votar?

No creo que ningún partido político en Europa represente la fe y la moral católica. Pero también estoy seguro de que hay muchas fuerzas políticas que luchan abiertamente contra la fe y la moral de la Iglesia. Estas fuerzas políticas también deben ser combatidas con el voto. Se trata, por tanto, de elegir a las partes que no niegan explícitamente la ley divina y natural en sus programas.

Sin embargo, el futuro de las naciones europeas no se juega en las urnas, sino en la batalla diaria que debemos librar para restaurar la cultura y las costumbres cristianas. En Europa existe la tentación de delegar en los políticos las batallas en defensa de nuestra identidad religiosa y cultural, como si esto no fuera asunto nuestro. En cambio, debemos ejercer un control crítico sobre nuestra clase política multiplicando las iniciativas públicas que expresan nuestra voz. Las Marchas por la Vida, como la internacional que tendrá lugar en Roma el próximo 18 de mayo, van en esta dirección.

 

Almudena Martínez-Bordiú, InfoVaticana – 24 abril, 2019

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