Hacia fines del siglo XIX, el Rev. Dr. Richard Littledale, virulento académico anticatólico de la High Church Anglicana[1] y deán de Windsor, publicó un libro titulado The Petrine Claims[2]. El libro examinaba la historia del papado a la luz del derecho canónico, las bulas papales y los axiomas aceptados de la teología católica, y concluía en que más de cien Papas reconocidos como legítimos por la Iglesia, eran, de hecho, falsos Papas. Las causas de la invalidez iban desde la simonía, pasando por la herejía– pre o post elección– hasta las elecciones dudosas o manifiestamente ilícitas. Littledale además concluía que el último cardenal elector legítimo (es decir, designado por un papa verdadero), murió en el siglo XVI y, como resultado, la sucesión de Papas legal y válidamente elegidos terminó con la muerte de Clemente VII, fallecido en 1534.

La fuerza de los argumentos del Dr. Littledale, reforzados por su reputación como uno de los catedráticos más eminentes de la época, persuadió a muchos de sus hermanos anglicanos de que la línea de Papas legítimos había llegado a su fin y es probable que ello fuese una piedra de tropiezo para muchos implicados en el Movimiento de Oxford que consideraron entrar a la Iglesia Católica.

El Padre Sydney Smith, S.J., aceptó el desafío de rebatir los argumentos del Dr. Littledale y lo hizo con una sola doctrina: la pacífica y universal aceptación de un Papa. En su réplica, que fue publicada en The Tablet, dijo que los católicos no necesitan ser perturbados por los aparentemente impresionantes argumentos del Dr. Littledale y tampoco obligan a nadie a embarcarse en “una complicada investigación histórica”, para “saber con certeza si el Papa que ahora gobierna a la Iglesia es el verdadero Papa”. “Tales temores son innecesarios”, dice a sus lectores el Padre Smith, puesto que:

“En referencia a un Papa en particular, sólo tenemos que preguntarnos- -trátese del Papa vivo, al que estamos llamados a obedecer o de algún Papa del pasado, en quien estemos históricamente interesados– si la Iglesia se adhiere o se adhirió a él, o no, y entonces podemos estar de inmediato seguros, independientemente de todas las investigaciones históricas detalladas, si el título por el cual accedió a la Sede de Pedro era o no válido”.

El P. Smith explicaba que, dado que la Iglesia es una sociedad visible e indefectible, nunca se podrá adherir a una cabeza falsa. No es necesario estudiar derecho canónico o pasarse años escarbando  textos antiguos en latín sepultados en archivos para tener la certeza absoluta de que un Papa en particular era (o es) el Papa verdadero. Todo lo que se precisa para determinar su legitimidad es averiguar si fue reconocido como Papa por la Iglesia. Si la respuesta es sí, este sólo hecho brinda una certeza infalible de su legitimidad, así como el correspondiente grado de certeza de que todas las condiciones requeridas para que él se convirtiese en Papa estaban satisfechas– tal como la condición de que el cargo papal estaba vacante en ese momento. Y la certidumbre de que la legitimidad del Papa se presenta en el momento en que toda la Iglesia se entera de su elección, dado que no es disputada por nadie.

Si aplicamos esta doctrina a Francisco, ello demuestra que su elección fue válida, dado que toda la Iglesia le aceptó como papa tras su elección. Las preocupaciones acerca de la Mafia de San Galo y la abdicación de Benedicto no surgieron sino hasta el año siguiente, cuando ya era demasiado tarde. Para entonces, la legitimidad de Francisco como Papa ya había sido establecida con certeza infalible. Y puesto que la legitimidad de un Papa demuestra lógicamente que todas las condiciones que se le exigen para convertirse en Papa estaban completamente satisfechas, la aceptación universal de Francisco tras su elección demuestra que la abdicación de Benedicto fue aceptada por Cristo. De allí que todas las afirmaciones de que la renuncia de Benedicto es inválida debido a errores sustanciales, renuncia obligada, errores gramaticales, palabras ambiguas en latín en la renuncia oficial o cualquier otra cosa, han quedado demostradas como erróneas por la aceptación universal de Francisco como Papa.

La doctrina de la aceptación pacífica y universal, cuando es apropiadamente comprendida, demuestra, más allá de cualquier duda posible, que la elección de Francisco fue válida y rebate todas y cada una de las objeciones que se le han presentado. Los que entienden esta “sólida doctrina” (2 Tim. 4:3) y la aceptan, sabrán quién es el verdadero Papa, mientras que los que “apartan sus oídos de la verdad”, rechazándola, seguirán siendo “empujados de acá para allá y arrastrados” por la última teoría de conspiración o argumento falaz.

Antes de continuar, debería hacer notar que hubo un tiempo en el que yo también tuve mis dudas o al menos preguntas acerca de la legitimidad del pontificado de Francisco y fui uno de los primeros en plantear interrogantes acerca de la abdicación de Benedicto, que hoy son discutidas ampliamente. [1] Pero, tras estudiar el tema aún más, no hay duda alguna que la abdicación de Benedicto fue ratificada por Cristo, quien le despojó del cargo papal y se lo confirió a Francisco en el día de la elección de éste.

En la Primera Parte, veremos cómo se entiende la “aceptación universal” de un Papa por la mente de la Iglesia y cómo es explicada por algunos de sus mejores teólogos. En la Segunda Parte, damos respuesta a objeciones recientes que se han planteado en contra de la doctrina y de su aplicación al pontificado de Francisco en particular y vemos cuán fácilmente todas dichas objeciones son respondidas mediante una correcta comprensión de la doctrina.

La elección papal y su aceptación

El renombrado teólogo dominico Juan de Santo Tomás escribió el que es probablemente el más profundo tratado sobre la pacífica y universal aceptación de un Papa que se haya escrito, explicando cada aspecto de la doctrina con precisión tomista. Compara la elección de un Papa por los cardenales a una doctrina definida por un Concilio. Luego explica que, así como la infalibilidad de un decreto conciliar depende de su aceptación por el Romano Pontífice, así también la infalible certeza de la legitimidad del hombre elegido por un cónclave depende de su aceptación por la Iglesia. En ambos casos, es la aceptación la que definitivamente brinda la certeza infalible y la que la hace digna de fe. A causa de esto, Juan de Santo Tomás se atreve a decir:

“Por tanto, si los cardenales le eligen de un modo cuestionable, la Iglesia puede corregir su elección, como lo determinó el Concilio de Constanza, en su sesión 41ª. Luego, la proposición [o sea, de que el elegido es el verdadero Papa] se hace digna de fe, como ya se ha explicado, por la aceptación de la Iglesia y sólo por ello, incluso antes de que el Papa mismo defina cualquier cosa. Porque no es [solamente] cualquier aceptación por parte de la Iglesia, sino la aceptación de la Iglesia en una materia de fe, dado que el Papa es aceptado, como una regla cierta de fe.” [2]

La legitimidad de un Papa es un hecho dogmático

Tan pronto como la Iglesia acepta al elegido como Papa, su legitimidad se convierte en un hecho dogmático, que es un objeto secundario de la infalibilidad. El P. Sylvester Berry da la siguiente explicación acerca de los hechos dogmáticos:

“Un hecho dogmático es uno que no ha sido revelado, pero que está tan íntimamente relacionado con una doctrina de fe que, sin un conocimiento cierto del hecho, no puede haber un conocimiento cierto de la doctrina. Por ejemplo, ¿Fue verdaderamente ecuménico el Concilio Vaticano? ¿Fue Pío Nono un Papa legítimo? ¿Fue válida la elección de Pío XI? Tales interrogantes deben ser resueltas con certeza antes de que los decretos dictados por cualquier Concilio o Papa puedan ser aceptados como infaliblemente ciertos o vinculantes en la Iglesia. Es evidente, entonces, que la Iglesia debe ser infalible en juzgar tales actos y, dado que la Iglesia es infalible en la creencia, así como en la doctrina, se sigue que el consenso prácticamente unánime de los obispos y de los fieles, al aceptar un Concilio como ecuménico o a un Romano Pontífice como legítimamente elegido, da una certeza absoluta e infalible del hecho.[3]

Nótese la frase “prácticamente unánime”, que es diferente de “matemáticamente unánime”. Una aceptación prácticamente unánime solo requiere de una unanimidad moral, que representa la “mente única” de la Iglesia, no una unanimidad matemática del 100 %.

Mons. Van Noort explica que “cuando alguien ha estado actuando constantemente como un Papa y que ha sido reconocido teórica y prácticamente como tal por los obispos y por la Iglesia universal”, la infalibilidad del Magisterio ordinario y universal hace que su legitimidad sea infalible, lo que impone a los católicos la estricta obligación de aceptarle como Papa, con el asentimiento de la fe.

“Entretanto, nótese que la Iglesia posee la infalibilidad, no solo cuando está definiendo algunas materias, de un modo solemne, sino también cuando ejerce todo el peso de su autoridad, por medio de su enseñanza ordinaria y universal.

Por consiguiente, debemos sostener, con un absoluto asentimiento, lo que llamamos ‘fe eclesiástica’, las siguientes verdades teológicas: (a) aquellas que el Magisterio ha definido infaliblemente, de un modo solemne; (b) aquellas que el Magisterio ordinario propagó por el mundo e inequívocamente propone a sus miembros, como algo a ser preservado (tenendas). Así, por ejemplo, se debe dar absoluto asentimiento a la proposición: ‘Pío XII es el legítimo sucesor de San Pedro’; de modo similar, … se debe dar absoluto asentimiento a la proposición: ‘Pío XII posee la primacía de la jurisdicción sobre toda la Iglesia’. Porque- haciendo caso omiso de la cuestión sobre cómo empieza a ser demostrado infaliblemente, por vez primera, que este individuo fue elegido legítimamente para ocupar el puesto de San Pedro- cuando alguien ha estado actuando constantemente como Papa y ha sido reconocido teórica y prácticamente como tal por los obispos y por la Iglesia universal, está claro que el Magisterio ordinario y universal está dando un testimonio aún más claro de la legitimidad de su sucesión. [4]

Lo que esta explicación también señala es que un Papa que en este momento es reconocido como Papa, por la jerarquía, no ha perdido su cargo a causa de herejía, dado que mientras el Magisterio le reconozca “teórica y prácticamente” como Papa, su legitimidad permanece infaliblemente cierta.

Si la Iglesia no tuviese la certeza infalible acerca de la legitimidad del actual o de los anteriores Papas, jamás podría tener la certeza de que una doctrina en particular haya sido definida o que los decretos definitivos que un Concilio hayan sido ratificados por un Papa verdadero o por un antipapa. Consiguientemente, el objeto de la fe (lo que los católicos deben creer por fe) sería incierto, algo que el demonio fácilmente podría explotar para socavar la fe. El escrupuloso se paralizaría por el temor y el inestable extraería las peores conclusiones. Los que negasen varios dogmas, sólo tendrían que sembrar dudas acerca de los Papas que las definieron para justificar su incredulidad. Esto demuestra  por qué la Iglesia debe tener una certeza infalible acerca de la legitimidad de quienes ella reconoce como el Romano Pontífice, sea del pasado como del presente.

Ahora, como lo demuestra la historia, la “aceptación universal” no garantiza que el elegido será un buen Papa, sino que sólo garantiza que será un Papa verdadero. De hecho, ni siquiera garantiza que el Papa no será un Papa positivamente malo, o incluso “un demonio, como Judas, el apóstol”. Los herejes Wycliffe y Hus rechazaron a numerosos Papas sobre la base de que eran demasiado malos para ser verdaderos sucesores de San Pedro. En respuesta, el Concilio de Constanza condenó formalmente la siguiente proposición:

“Si el Papa es un malvado y especialmente si se sabe de antemano que está condenado, entonces es un diablo, como Judas, el apóstol, un ladrón y un hijo de la perdición y no es la cabeza de la Santa Iglesia Militante, puesto que ni siquiera es miembro de ella.”- CONDENADA

La Definición del Papa Martín V

La bula papal Inter Cunctas (22 de febrero de 1418) de Martín V, condena numerosos errores y herejías de los ya mencionados herejes, John Wycliffe y Jan Hus. También contiene una lista de cuestiones definitivas que los inquisidores debían formular a los sospechosos de herejía, para determinar si “creen correctamente”. Ahora, dado que estos herejes se rehusaban a aceptar la legitimidad de un Papa, a menos que ellos, personalmente, lo aprobaran, una de las preguntas que debían hacerse a los sospechosos de su herejía es si creen que el Papa que está reinando en ese momento (y cuyo nombre debía ser incluido en el interrogatorio) es el sucesor de San Pedro y posee autoridad suprema sobre la Iglesia. Nótese que la cuestión no es si creen que un verdadero Papa (o sea, uno que ellos aceptan como  Papa legítimo) es el sucesor de San Pedro y posee la suprema autoridad. La cuestión es si creen que el hombre al que actualmente la Iglesia reconoce como Papa, es el sucesor de Pedro, etc.

Pues bien, los teólogos apuntan a esta definición de Martín V para demostrar la legitimidad de un Romano Pontífice, que es aceptado como Papa por toda la Iglesia, es de fide. Esta es la explicación que da Juan de Santo Tomás:

“Estas palabras no se refieren a la verdad de esa proposición [es decir, si él es el Papa legítimo] como es entendida en un sentido general– literalmente, que quien es elegido lícitamente es el Supremo Pontífice, pero en lo particular, respecto de quién es Papa, en el momento, dando su nombre propio, por ejemplo, Inocencio X [que era papa cuando lo escribió]. Es de este hombre, cuyo nombre propio se da, que el Papa Martín obliga a interrogar al sospechoso en la fe, si cree que él es el sucesor de Pedro y Supremo Pontífice: por tanto, esto corresponde al acto de fe- y no [solamente] a una inferencia o a una certeza moral. [5]

La forma en que esta cuestión debe ser formulada hoy es: “¿Cree usted que Francisco es el sucesor del Bienaventurado Pedro, que tiene suprema autoridad en la Iglesia de Dios?” Cualquiera que contestase “no”, naufragaría en su “profesión de fe” y sería marcado como hereje. Esto incluiría obviamente a todos los que, erróneamente, crean que Benedicto sigue siendo el papa.

En su réplica al Dr. Littledale, el P. Smith apunta a esta misma definición de Martín V tal como fue interpretada por el renombrado canonista Lucius Ferraris para demostrar que la legitimidad de un Papa que fue universalmente aceptado no es simple teoría, sino el equivalente a un artículo de fe. El P. Smith escribe que:

“No es simple teoría, sino la doctrina común de los teólogos católicos, tal como aparece suficientemente claro en el siguiente pasaje de Bibliotheca, de Ferraris, una obra de la máxima autoridad. En su artículo sobre el Papa, Ferraris señala: ‘Es de fide que Benedicto XIV, por ejemplo, legítimamente elegido y aceptado como tal por la Iglesia es el verdadero Papa (doctrina común entre los católicos). Esto ha sido demostrado desde el Concilio de Constanza (sess. Ult.), donde la Constitución Inter Cunctos, de Martín V, decreta que los que regresan de la herejía a la fe, deben ser interrogados, entre otros puntos, sobre “Si creen que el Papa canónicamente elegido, en ese momento, mencionándose expresamente su nombre, es el sucesor de San Pedro, con suprema autoridad en la iglesia de Dios”.’ Porque así él [el P. Ferraris] supone que es un artículo de fe, puesto que los que abjuran de su herejía son interrogados solo en lo concerniente a las verdades de la fe.

El significado de “Elegido Canónicamente”

Luego el P. Smith plantea una objeción que opondría probablemente el Dr. Littledale. Dado que uno de los argumentos principales que éste usó para demostrar la ilegitimidad de ciertos Papas es que no habían sido “elegidos canónicamente” (a causa de una violación de la norma sobre la elección), el P. Smith explicaba cómo debe entenderse lo de “elegido canónicamente”:

“Se dirá: ‘Sí, pero solo habla de un Pontífice elegido canónicamente y, como tal, aceptado por la iglesia, de manera que su autoridad no puede, en consecuencia, ser citada para el caso de uno cuya elección canónica es puesta en duda’. Esta, sin embargo, es una objeción que el mismo Ferraris anticipa y la aborda de este modo:

Mediante el simple hecho de que la Iglesia lo reciba como legítimamente elegido, Dios nos revela la legitimidad de su elección, puesto que Cristo ha prometido que Su Iglesia nunca cometerá un error en materia de fe… Mediante el simple hecho de que la Iglesia lo reciba como legítimamente elegido, Dios nos revela la legitimidad de su elección, puesto que Cristo ha prometido que Su Iglesia nunca cometerá un error en materia de fe… mientras que erraría en tal materia de fe, si la conclusión no se sostuviera[.]’

La explicación que da Juan de Santo Tomás sobre “elegido canónicamente” es idéntica a la del P. Ferraris: si una elección es aceptada universalmente por la Iglesia, no sólo es infaliblemente cierta la legitimidad del Papa, sino que la elección misma es juzgada legítima y canónica.

Las condiciones

Como se indicó previamente, así como la universal aceptación de un Papa proporciona certeza infalible de que se ha convertido en el verdadero Papa, así también proporciona lógicamente certeza infalible de que se cumplen todas las condiciones necesarias para que él se convierta en Papa. Algunas de tales condiciones se refieren a la persona elegida- debe ser varón, estar bautizado, ser miembro de la iglesia, etc.- mientras que otras conciernen a los electores o a otras materias relacionadas, tales como la sede vacante del cargo papal en ese momento.

El gran tomista del siglo XX, Louis Cardenal Billot (redactor de la encíclica Pascendi, para el Papa San Pío X), explica todas las condiciones requeridas para que un hombre se convierta en un legítimo papa se demuestran infaliblemente cumplidas  en el momento en que la Iglesia le acepta como Papa.

“Un punto debe ser considerado absolutamente incontrovertible y puesto firmemente por encima de toda duda: la adhesión de la Iglesia universal siempre será, en sí, señal infalible de la legitimidad de un determinado Pontífice y, por tanto, también de la existencia de todas las condiciones requeridas para la legitimidad propiamente tal. No es necesario buscar más allá la prueba de esto, pero la encontraremos inmediatamente en la promesa y en la infalible providencia de Cristo: ‘Las puertas del infierno no prevalecerán en su contra’ y ‘Ved que Yo estaré con vosotros, todos los días.’ … Dios puede permitir, a veces, que una Sede Apostólica vacante se prolongue por largo tiempo. También puede permitir que surja la duda sobre la legitimidad de tal o cual elección. Sin embargo, no puede permitir que toda la Iglesia acepte como Pontífice a quien no lo es, verdadera y legítimamente. Por lo tanto, desde el momento en que el Papa es aceptado por la Iglesia y unido a ella, como la cabeza al cuerpo, ya no está permitido plantear dudas acerca de un posible vicio de elección o de una posible carencia de cualquier condición necesaria para la legitimidad. Porque la ya mencionada adhesión de la Iglesia cura de raíz todo defecto en la elección y demuestra infaliblemente la existencia de todas las condiciones requeridas. [6]

Nótese esa última parte. Desde el “momento” en que es aceptado como Papa, por la Iglesia, ya no está permitido plantear dudas acerca de su elección, o sobre la presencia de alguna condición necesaria para la legitimidad. Puesto que Francisco fue aceptado como Papa por toda la Iglesia en el día en que fue elegido, ninguno de los argumentos que actualmente circulan en contra de su legitimidad, ya sea debido a un defecto en la elección o a causa de la ausencia de alguna condición (tal como la condición de que el cargo papal estaba vacante en ese momento), es siquiera admitido y mucho menos válido.

Juan de Santo Tomás explica que la certeza de que todas las condiciones han sido satisfechas es una conclusión teológica derivada de la verdad de fide, de que el hombre es Papa. Escribe:

“Es inmediatamente de fe divina que este hombre en particular, lícitamente elegido y aceptado por la Iglesia, es el supremo pontífice y sucesor de Pedro… porque es de fide que este hombre… es el Papa, la conclusión teológica se extrae del hecho de que hubo auténticos electores y la intención real de elegir, así como los demás requisitos (condiciones) sin las cuales la verdad de fide no podría sostenerse…

Antes de la elección, existe una certeza moral de que todas esas condiciones requeridas en la persona se cumplen realmente. Tras el hecho de su elección y su aceptación, el cumplimiento de tales condiciones es conocido con la certeza de una conclusión teológica, dado que tienen per se, una implicación lógica con una verdad que es cierta y está certificada por la fe [es decir, que él es el verdadero Papa]… Que está bautizado y que cumple con otras exigencias… se infiere como consecuencia[.]…

Por consiguiente, tenemos la certeza de la fe, mediante una revelación implícitamente contenida en el Credo y en la promesa hecha a Pedro y hecha aún más explícita en la definición de Martín V y aplicada y declarada en el acto (in exercitio) por la aceptación de la Iglesia que este hombre en particular, canónicamente elegido, de acuerdo con la aceptación de la Iglesia, es el Papa. [7]

El siguiente silogismo ayudará a aclarar este punto:

Premisa Mayor: Si un hombre es aceptado como Papa por toda la Iglesia, su legitimidad como Papa es infaliblemente cierta.

Premisa Menor: Hay ciertas condiciones que deben ser satisfechas para que un hombre se convierta en Papa.

Conclusión: Si un hombre es aceptado como Papa por toda la Iglesia, demuestra infaliblemente que se cumplen todas las condiciones requeridas.

Si la Premisa Mayor es cierta, la conclusión también lo es.

En la edición de The American Ecclesiastical Review de diciembre de 1965, el Padre Francis Connell ofrece una explicación impecable de la doctrina y la emplea para demostrar que Paulo VI fue válidamente bautizado (condición) y válidamente elegido como Papa.

Pregunta: ¿Qué certeza tenemos de que el Pontífice reinante es realmente el Primado de la iglesia universal- o sea, que se hizo miembro de la Iglesia, mediante bautizo válido y que fue válidamente elegido Papa?

Respuesta: Por supuesto, tenemos la certeza moral humana de que el Pontífice reinante fue válidamente elegido en un cónclave y aceptó el oficio de Obispo de Roma, convirtiéndose de esta manera en la cabeza de la Iglesia universal. El consenso unánime de un gran grupo de cardenales que integran el cuerpo electoral nos dio esta seguridad. Y también tenemos la certeza moral humana de que Pontífice reinante fue válidamente bautizado dado que hay constancia, a tal efecto, en el registro bautismal de la Iglesia, en donde se administró el sacramento. Tenemos el mismo tipo de certeza de que cualquier obispo es la verdadera cabeza espiritual de la sede en particular que él preside. Este tipo de certeza excluye todo temor prudencial acerca de lo contrario.

Pero en el caso del Papa, tenemos un grado mayor de certeza– una certeza que excluye no solamente el temor prudencial, sino hasta el posible temor acerca de lo contrario. En otras palabras, tenemos certeza infalible de que el actual Soberano Pontífice [Paulo VI] ha sido incorporado a la Iglesia mediante un bautismo válido [condición] y que ha sido elegido válidamente como cabeza de la Iglesia universal. Porque si no tenemos seguridad infalible de que el Papa reinante es verdaderamente, a los ojos de Dios, el principal maestro de la Iglesia de Cristo, ¿cómo podríamos aceptar como infaliblemente ciertos sus pronunciamientos solemnes? Este es un ejemplo de un hecho que no está contenido en el depósito de la Revelación, pero que está tan íntimamente relacionado con la Revelación que debe estar dentro del campo de la autoridad magisterial de la Iglesia el declararlo infaliblemente. Toda la Iglesia, docente y creyente, declara y cree en este hecho y de esto se sigue que este hecho es infaliblemente cierto. Lo aceptamos con fe eclesiástica- -no divina– basado en la autoridad de la Iglesia infalible. [8]

Esta cita no sólo brinda una  explicación acabada de la doctrina, sino que también sirve de desmentido a los sedevacantistas que sostienen que Paulo VI no es un Papa legítimo.

La Prueba de que la abdicación de Benedicto fue válida

Ahora bien, puesto que una de las condiciones requeridas para que Francisco se convirtiese en Papa era que en ese momento el cargo papal estuviera vacante y, dado que dicho cargo no podría haber estado vacante si la renuncia de Benedicto no fuese válida, la aceptación universal de Francisco provee la certeza infalible de que esta renuncia fue, en efecto, válida, y de que Dios le despojó del oficio papal.

El silogismo es así:

Premisa Mayor: La aceptación universal de Francisco después de su elección brinda la certeza infalible de que se convirtió en el Papa legítimo.

Premisa Menor: Una de las condiciones requeridas para que Francisco se convirtiese en Papa es que el cargo papal estuviese vacante en ese momento y, por tanto, la abdicación de Benedicto fue válida.

Conclusión: Dado que Francisco fue aceptado como Papa por toda la Iglesia, ello demuestra infaliblemente que el cargo papal estaba vacante en ese momento y que, en consecuencia, la abdicación de Benedicto fue válida.

Si la premisa mayor es cierta, la conclusión también lo es. Si la Sede Papal no estaba vacante en el momento de la elección, Francisco no hubiese sido aceptado como papa por la Iglesia. Puesto que fue aceptado, ello nos demuestra infaliblemente que el cargo papal estaba vacante en ese momento, luego la abdicación de Benedicto es válida.

Toda objeción planteada en contra de la validez de la elección de Francisco (o la validez de la abdicación de Benedicto) puede ser insertada en lugar de la premisa menor y será, entonces, rebatida por la infalible premisa mayor. Cualquier intento por eludirla exigirá que la premisa menor– que no es más que una opinión falible– sea tratada como infalible y la mayor– que es un hecho dogmático infalible– sea tratada como falible. En otras palabras, para rechazar la legitimidad de Francisco se debe rechazar una verdad infalible (la premisa mayor), en favor de una opinión personal (la premisa menor), lo cual es ilógico, a la vez que absurdo.

En la Segunda Parte emplearemos el formato de preguntas y respuestas para abordar directamente las objeciones recientes que han surgido en contra de la doctrina de la pacífica y universal aceptación así como en contra de su aplicación al pontificado de Francisco en particular.

Robert Siscoe

NOTAS:

[1] En una “diarquía” papal, que es infalible a medias, Remnant, 3 de julio del 2014.

[2] Juan de Santo Tomás, Cursus Theologici II-II, Tomo, Disp. 8, Art. 2

[3] The Church of Christ, p. 290.

[4] Van Noort, Fuentes de la Revelación, p. 265.

[5] Op. cit.

[6] Billot, Tractatus de Ecclesia Christi, vol. I, pp. 612-613.

[7]Op. cit.

[8] American Ecclesiastical Review, vol. 153, dic. de 1965, p. 422 (énfasis añadido).

Título Original: Dogmatic Fact: The One Doctrine that Proves Francis Is Pope

Traducción de Valinhos


[1] Sector de la iglesia anglicana más cercana a la liturgia y ritos católicos.

[2] Los derechos petrinos