“Este bajó a su casa justificado, y aquel no”

Comentando el Evangelio de este X Domingo después de Pentecostés (Lc 18, 9-14), establece Dom Guéranguer[1] una relación con el que se leía la domínica anterior (Lc 19, 41-47). A partir de un texto de san Beda[2], y como sitúa el origen remoto de la caída de Jerusalén -allí profetizada- en la soberbia del pueblo judío, el liturgo benedictino aplica la parábola a este último y a los gentiles, llamados a formar el nuevo y definitivo Pueblo de Dios y objeto de una seria advertencia:

«Mas la gentilidad, adorando la justicia vengadora del Señor y ensalzando sus bondades, debe evitar tomar el camino por el que se ha extraviado el pueblo infortunado, cuyo puesto ocupa ella. La culpa de Israel ha originado la salvación de las naciones, dice san Pablo (Rom 11, 11), pero su orgullo sería causa de su perdición; y, mientras a Israel le aseguran sus profecías un retorno a la gracia, al fin de los tiempos, nada promete a las naciones vueltas a los crímenes después de su bautismo, una nueva llamada de la misericordia (Rom 11, 25-27)»[3].

A la luz de estas consideraciones, puede también aplicarse la parábola del fariseo y del publicano a la vida de los cristianos y ver representadas en ambos personajes dos formas de plantear la relación del hombre con Dios: una que se propone como modelo para seguir y otra como advertencia para evitar.

Y que esta amonestación era necesaria y oportuna, lo prueba el hecho de que a lo largo de la historia de la Iglesia vemos rebrotar el espíritu del fariseo de la parábola en tendencias como las que denunciaba san Pablo en la Epístola a los Gálatas de aquellos judaizantes que trataban de justificarse por sus propias obras legales, despreciando la salvación que viene de Jesús, e inutilizando su muerte redentora. Y también en las sucesivas versiones del pelagianismo que elaboran un sistema naturalista en el terreno antropológico, con mengua del sobrenaturalismo y exaltación de la fuerza moral del hombre contra el mal[4].

Es bien sabido que ambos personajes son verdaderos prototipos por su caracterización socio-religiosa: «Uno fariseo: soberbio, engreído por la práctica material de la Ley; despreciador de los demás, por considerarlos pecadores. El fariseo se consideraba siempre “el justo”. El publicano, alcabalero al servicio de Roma y predispuesto a negocios ilícitos, era considerado como gente pecadora, odiada y despreciable»[5]. Pero la conclusión de la parábola no guarda relación directa con las acciones de uno y de otro sino con el objetivo inmediato que se pretende inculcar y que introduce el evangelista: «Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás» (v. 9). En realidad, a los ojos de Dios, el que se consideraba justo, no salió «justificado». El publicano bajó a su casa con más santidad que la del fariseo porque «todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (v. 15). El Señor nos ha descrito las actitudes de ambos, y a estas actitudes atribuye la justificación del uno y que el otro continúe en sus pecados. Luego, a pesar de ser gratuita la justificación, decisiva influencia tienen en ella nuestras acciones y disposiciones[6].

La justificación supone la elevación del hombre a un estado sobrenatural que, por definición, no puede merecer por sí mismo y, por tanto, ha de ser necesariamente gratuita[7]. Sin embargo, Dios pide de nosotros que pongamos algunos actos que, si bien no la merecen, apartan los obstáculos que impedirían recibirla y, en algún momento, esos actos disponen positivamente al alma para que reciba la gracia de la justificación pues, aunque seamos pecadores todavía, se ejecutan ya bajo el impulso y la elevación de la gracia actual. El Concilio de Trento enumera las disposiciones exigidas en el capítulo VI del Decreto sobre la justificación (13-enero-1547)[8]:

– «Se disponen para la justicia misma al tiempo que, excitados y ayudados de la divina gracia, concibiendo la fe por el oído [Rom 10, 17], se mueven libremente hacia Dios, creyendo que es verdad lo que ha sido divinamente revelado y prometido y, en primer lugar, que Dios, por medio de. su gracia, justifica al impío, por medio de la redención, que está en Cristo Jesús [Rom 3, 24]»

– «Al tiempo que entendiendo que son pecadores, del temor de la divina justicia, del que son provechosamente sacudidos, pasan a la consideración de la divina misericordia, renacen a la esperanza, confiando que Dios ha de serles propicio por causa de Cristo».

– «Y empiezan a amarle como fuente de toda justicia y, por ende, se mueven contra los pecados por algún odio y detestación, esto es, por aquel arrepentimiento que es necesario tener antes del bautismo[Hch 2, 38]»

– «Al tiempo, en fin, que se proponen recibir el bautismo, empezar nueva vida y guardar los divinos mandamientos»

Aun cuando el Concilio habla del bautismo como de la primera justificación, sin embargo el orden requerido es el mismo para cualquier otra ocasión en que deseemos ser justificados después del pecado y todos estos actos tienen como fondo común la humildad:

«1. El primero es un acto de fe, por el cual el hombre somete su entendimiento a Dios y cree, como primera verdad que le interesa de cerca, que Dios perdona a los impíos en atención y por la gracia de Cristo. El primer acto exige, pues, que esperemos la salvación de Dios.

2. El segundo es otro totalmente opuesto al espíritu del fariseo. El hombre entiende ser pecador. Mientras no lo reconozca no habrá dado el segundo paso para la justificación, y aun podríamos decir que ni el primero.

3. El tercero es un temor santo a la divina justicia, de la que se siente objeto y merecedor de su ira. Temor útil, pues le lleva a la conversión; justo, pues no es sino la verdad.

4. El cuarto es la esperanza en la ayuda ajena, porque, aplicando la primera verdad que ha creído, a su estado lastimoso, alienta confianza en Cristo que le ha de perdonar.

5. Entonces comienza a amar, pero su amor debe ser estudiado.

       – Es un amor que se compone de dos notas.

– Ama a Dios como a principio de donde mana la justicia y detesta sus propias obras como males.

– Esta podríamos decir que es la esencia de la humildad»[9].

El final en que desembocan estos actos es la verdadera penitencia, es decir la detestación del pecado propio en cuanto que es ofensa de Dios con el propósito de iniciar una vida nueva. La oración del publicano, por su humildad, por reconocer lo que era ante Dios, pecador, y pedirle misericordia, le alcanzó el perdón y la santificación. En cambio, al fariseo, que alegaba ante Dios sus obras y el mérito de las mismas, estas no le trajeron la justificación a pesar de ser buenas de suyo.

Por último, la idea de la iniciativa divina en la obra de la justificación se refuerza con la lectura de la Epístola de este Domingo (1Cor 12, 2-11) en la que vemos cómo todo el bien en nosotros es obra el Espíritu Santo que derrama sus dones en diferente medida sobre los que formamos el Cuerpo místico de Cristo: «Por ello os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo» (v. 3). Todas las manifestaciones de palabra o de hecho que se oponen a Jesús, esto es, a su gloria o a su enseñanza, son malas mientras que el Espíritu Santo es quien nos anima y capacita para confesar que Jesús es el Señor: «Las almas iluminadas por el Espíritu Santo se elevan a la espiritualidad propia de los hijos de Dios (Rm. 8, 14) merced a la mansión en ellas del divino Espíritu (2, 11 ss.; 3, 17 ss. y notas)»[10].

Terminemos rezando con la oración colecta en la que nos acogemos a la misericordia del Señor con unos sentimientos que solamente pueden proceder, cuando son sinceros, de un corazón humilde:

«Oh Dios, que principalmente haces brillar tu omnipotencia perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia; para que, corriendo tras de tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo…»[11].


[1] Cfr. Próspero GUERANGER, El Año Litúrgico, vol. 4, Burgos: Editorial Aldecoa, 1955, 273-274.

[2] «El Fariseo, representa al pueblo judío, que, ufano de la ley, ensalza sus méritos; el publicarlo representa al pueblo gentil, que, alejado de Dios, confiesa sus pecados. El orgullo del primero hace que sea humillado; el otro, levantado por sus gemidos, merece ser alabado. Por esto se halla escrito en otro lugar de estos dos pueblos, como de todo humilde y de todo soberbio: “La exaltación del corazón precede a la ruina, y la humillación del hombre a su gloriosa exaltación” (Prov 18, 12)»: SAN BEDA, Sobre el Evangelio de san Lucas, cit. por Próspero GUERANGER, ob. cit., 273.

[3] Ibíd., 274.

[4] Cfr. «Pelagianismo», in: Pietro PARENTE; Antonio PIOLANTI; Salvatore GAROFALO, Diccionario de Teología Dogmática, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955, 280-281.

[5] Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 884.

[6] Cfr. «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, vol. 6, Madrid: BAC, 1959, 980-983.

[7] Lo sobrenatural no puede ser exigido por la naturaleza, pero puede perfeccionarla si se le concede gratuitamente por Dios. Esto es porque sobrenatural no significa «contranatural», sino que trasciende, esto es, que está sobre lo natural. Y es muy conveniente a la naturaleza; no ciertamente según sus fuerzas o exigencias, sino según su «potencia obediencial». Según los tomistas, la naturaleza creada no tiene frente al sobrenatural ni exigencia ni tendencia propia, sino puramente capacidad pasiva para recibir la acción de Dios, que la eleva a un orden superior. Esta capacidad por la cual la naturaleza obedece al influjo especial de Dios es lo que se llama «potencia obediencial» y representa el punto de inserción del sobrenatural en la naturaleza por lo que no es algo tan extraño a la misma que no pueda insertarse en ella y perfeccionarla.

[8] Dz 798.

[9] «Verbum vitae», ob. cit., 982-983.

[10] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: 1 Cor 12, 3.

[11] Misal Romano, oración colecta del Domingo X después de Pentecostés.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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