Domingo después de la Ascensión
(Jn 16: 5-14)
“Se acerca la hora de que quien nos dé muerte piense que está haciendo un servicio a Dios”
“¿No sabéis que la amistad con este mundo es enemistad con Dios?”
Debido a la gran cantidad de doctrinas que se ofrecen hoy día como cristianas, lo mejor es atenerse a Cristo para así evitar la confusión e incluso la pérdida de fe. El Señor nos dice en el discurso de la Última Cena que el Espíritu Santo daría testimonio de Él. Hoy día el Espíritu Santo tiene tantas cosas que hacer que no tiene tiempo de dar testimonio de Cristo. Cuando no está convocando un concilio, está inspirando al carismático de turno…, cualquier otra cosa, salvo dar testimonio de Cristo. La misión del Espíritu Santo consistiría en recordarnos la palabras de Cristo y darnos fuerzas para poderlas poner en práctica. Él ha de configurar a Cristo en nosotros. Cristo es el eje básico en la Iglesia: “Sin mí, no podéis hacer nada”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “sin mí no podéis ir al Padre”. Todo esto se ha olvidado en la predicación de hoy. Hoy día se habla de “ecología”, “fenómenos ambientales”, “la paz mundana”. Si no se pone a Cristo como punto central de la predicación, todo lo demás es inútil. ¿De qué vale tener las mejores piezas para fabricar un coche si olvidamos el motor? Sin el motor, el coche no arranca.
Y no digamos, cuando lo que se enseña es contrario a lo que Cristo nos dijo.Y todo esto comenzó cuando empezó a decirse que la Iglesia tenía que abrirse al mundo, y no ser diferente del mundo; para así no aparecer como obsoleta, anticuada e inservible para el hombre de hoy. Esta “apertura” condujo a un cambio de doctrina. Ya no había de condenar errores. Si la Iglesia no hubiera condenado los errores en el pasado ya habría desaparecido. Es lo mismo que un médico, si no cura una enfermedad que es mortal, el enfermo se muere.
Esta “inquietud” de abrirse al mundo y de que la Iglesia se “adapte” al mundo es intrínsecamente imposible, pues la Iglesia, de suyo, es opuesta al mundo. Como nos dice el apóstol Santiago (4,4): “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con este mundo es enemistad con Dios?”. Los discípulos de Cristo siguen los criterios del mundo; es más, las enseñanzas de Cristo son en muchas ocasiones totalmente contrarias al mundo. Si la Iglesia intenta ser amiga del mundo, el mundo la destruirá. La Iglesia es militante, lucha contra este mundo; por eso, predicar “abrirse” al mundo es contrario a lo que Cristo nos enseña. “Padre, yo no ruego por este mundo, sino por aquellos que tú me has dado”…
El Señor hace también en este evangelio una descripción de lo que será la vida del cristiano: “Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas (hoy, templos); más aún, se acerca la hora de que quien nos dé muerte piense que está haciendo un servicio a Dios”…