El famoso ateo, Christopher Hitchens, escribió un libro en 1995 donde atacaba a la Madre Teresa de Calcutta diciendo que era un fraude y que su mayor interés era la promoción de su propia fama. Proveyó como evidencia que ella había hablado del valor de sufrir, diciendo cosas así:

El dolor y el sufrimiento han entrado en tu vida, pero acuérdate, el dolor, la tristeza, el sufrimiento son sólo los besos de Jesús – un signo de que te le has acercado tanto que puede besarte.”

Para Hitchens, hablar significa que ella no se preocupaba por la gente que sufren.

Hay tanta gente que, como Hitchens, se ciegan ante el misterio de la salvación. Los discípulos no eran diferentes a él porque cuando Cristo predijo su pasión,

ellos no entendieron nada de esto, pues, semejante lenguaje les era desconocido, y no entendían lo que les decía.”

Entonces, el Señor obró un milagro para enseñarles qué actitud necesitaban ante este gran misterio del sufrimiento. Encontró un ciego mendigando que, al oír el ruido, preguntó quién iba hacia él y al enterarse de que era Cristo, sin verlo y sin prueba y sin titubear, proclamó su fe y le pidió un milagro.

¿Qué quieres que te haga?” preguntó el Señor.

¡Que vea!” exclamó el mendigo.

Si deseamos no ser ciegos ante el misterio de la cruz, primero tenemos que entender la verdad del pecado.

Rezamos en el Credo: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo.” Y desde ese momento hasta cuando dijo en la cruz: “Todo está cumplido,” anhelaba fervientemente consumar su misión.

Yo he venido a poner fuego en la tierra: ¿y que he de querer sino que arda? Con un bautismo de sangre tengo que ser yo bautizado; ¡oh y cómo traigo en prensa el corazón, mientras no lo veo cumplido!”

¿Por qué? ¿Qué es el pecado que merece tal remedio? ¿Por qué es el pecado tan ofensivo a Dios?

El pecado entró al mundo por la desobediencia de nuestros primeros padres.

Como consecuencia del pecado original,” dice el catecismo, “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado.”

Y el teólogo Tanquerey definía el pecado así: “el pecado es una transgresión obstinada de la ley de Dios. Es un acto de desobediencia contra Dios, una ofensa contra Él, porque es la elección de nuestra propia voluntad en lugar de la suya, y por lo tanto es una violación del derecho soberano que tiene de nuestra sumisión.”

También es un acto de ingratitud a nuestro Padre quien nos creó para la felicidad eterna y nos regaló todos los medios necesarios, mas es una infidelidad tan grave que resulta como una especie de adulterio a Dios quien es el esposo de nuestras almas. Además es una injusticia y un daño a nosotros mismos porque elegir pecar es elegir renunciar al propósito de nuestra existencia y privarnos de la verdadera satisfacción de nuestros deseos más fundamentales.

La Pasión de Cristo es la que revela claramente toda la fealdad y el horror del pecado.

Dice San Alfonso de Ligouri: “El diablo lleva a los pecadores al infierno por cerrar sus ojos al peligro de la perdición. Primero los ciega, y después los atrae hacia él mismo a los tormentos eternos. Entonces, si esperamos ser salvados, tenemos que pedirle a Dios sin cesar con las palabras del ciego del evangelio, “¡Señor, que vea!”

¡Hay que luchar! Pero primero necesitamos conocer bien al enemigo.

Repasemos, entonces, la doctrina del pecado.

Hay tres elementos esenciales en cada pecado: materia prohibida, advertencia por parte del entendimiento, y consentimiento por parte de la voluntad.

Recordemos que hay dos divisiones principales del pecado: el venial y el mortal.

El mortal es cuando la materia prohibida, es grave, cuando lo hacemos entendiendo plenamente que está mal y cuando lo hacemos con pleno consentimiento o libertad. Se llama mortal porque mata al alma.

Y si morimos en el cuerpo con un alma ya muerta, pues, no hay posibilidad de entrar en el cielo. Dios no encuentra la vida divina ahí. Esta persona ha decidido vivir lejos de Dios y Dios le concederá su elección en la eternidad.

Afirma Santa Teresa que, si entendiesen los pecadores cómo queda un alma cuando peca mortalmente, “no sería posible para nadie pecar.”

Gracias a Dios, hay remedios si caemos en pecado mortal. El bautismo nos purifica de todos los pecados: el original, los mortales, y los veniales. También el sacramento de la penitencia nos libera de los pecados mortales por aplicar a nuestras almas la preciosísima sangre de Cristo que derramó en la cruz, nos restaura la vida de gracia y nuestros méritos, y nos fortalece con gracia actual para evitar las ocasiones del pecado.

No tardemos, entonces, porque como dice San Agustín: “Dios no te ha prometido el mañana. Pues, tal vez te lo dará y tal vez te lo negará.”

El otro tipo de pecado es el venial. Cuando el mal que hacemos es de materia más leve, o cuando lo hacemos con entendimiento o consentimiento incompleto, es decir sin entendimiento claro de lo que estamos haciendo o sin tener la libertad de consentir con toda la voluntad, es un pecado venial. Estos pecados no matan al alma, pero la dañan. No hay cantidad de pecados veniales que se iguale a uno mortal, pero mientras más nos acostumbramos al pecado venial, más peligro corremos de cometer pecados más graves. Un cristiano no puede estar satisfecho con ninguna imperfección porque en el purgatorio tendremos que pagar la cuenta por todas estas ofensas, y ahí con sufrimientos más intenso que se conocen en este mundo. El Arzobispo Fulton Sheen dijo: “en realidad el menor pecado venial es un desastre peor que la destrucción de todo el universo material.”

Debido a que todos nacimos con la herida del pecado original, todos pecamos, como San Juan dice, “Si dijéremos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros.”

Debemos aprovechar los remedios con que Cristo nos provee.

Le dijo a Santa Faustina: “Animen a todas las almas a que confíen en el abismo incomprensible de mi misericordia, porque quiero salvarlos a todos. En la cruz la fuente de mi misericordia fue abierta plenamente por la lanza para todas las almas. No he excluido a nadie.”

Los pecados veniales pueden ser perdonados por un acto de contrición, por santiguarse con agua bendita, y, también, por comulgar. Es cierto que no puede comulgar uno que tiene pecado mortal sin confesarse primero. Pero el pecado venial no es impedimento a la recepción de nuestro Señor, porque el fuego de su amor divino sana nuestras enfermedades. No significa que no debemos confesar todos los pecados, incluso los veniales. Pero si queremos en verdad hacernos santos y si estamos en la lucha contra el pecado, necesitamos acercarnos con la mayor frecuencia posible a la fuente de toda santidad.

Por eso dice San Ambrosio en una oración antes de comulgar: “Señor Jesucristo! Yo, indigno pecador, confiado en vuestra misercordia . . . me acerco con temor . . . A Vos descubre mis llagas y mi vergüenza . . . y que este Cuerpo y esta Sangre que deseo tomar, aunque indigno, sirva para remisión de mis culpas.”

También en la de Santo Tomás: “Oh Dios, llego al Sacramento como un enfermo al Médico de la vida.”

Y de San Anselmo: “Señor mio Jesucristo, yo confieso . . . que soy gravísimo y adominable pecador, y cada día cometo muchas culpas. Pero no por eso quiero dejar de llagarme a vuestro sagrado altar . . . porque en la comida de este Pan celestial consiste mi salud y vida.”

La eucaristía no es solo para los perfectos, más para los que quieren ser perfectos.

Por eso el Señor instruyó a Santa Margarita María que bastaría para comulgar si rezara estas palabras: “Dios mío, mi único bien y mi todo, Vos sois todo para mí, yo soy toda para Vos.”

Resumiendo: el mal del pecado consiste oposición a la caridad, la cual alaba San Pablo en la epístola: “la caridad es paciente, benigna, no es envidiosa, no obra inconsideradamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no piensa mal, etc.” Y sin ella “nada sería . . . nada me aprovecharía.”

Pero, cuando la caridad reina, el pecado se aleja. Y al sufrir nos fortalecemos en el amor como dice el Padre Arnoudt: “Debemos estar justamente alegres entre sufrimientos porque son una dispensación misericordiosa, para que no amemos demasiado este mundo fugaz y los que le sirven perezcan.”

Y más importante es que al sufrir nos unimos con nuestro Señor porque Él escogió sufrir y no existe ninguna demostración más impresionante de la caridad que esto, como dice San Francisco de Sales:

El Monte Calvario es el monte de los amantes. Cualquier amor que no empieza en la pasión es frívolo y peligroso. En la pasión el amor y la muerte están tan mezclados que no se puede tener uno sin el otro en un corazón. Todo es o la muerte eterna o amor eterno, y la sabiduría cristiana consiste en escoger bien. No hay punto medio.”

¡Ah, que veamos, y que entendamos la gloria y el amor de la cruz! Que confiemos en ella, como dice San Carlos Borromeo:

Mira, Jesucristo crucificado, quien es el único fundamento de nuestra esperanza. Es nuestro mediator y abogado. La víctima y el sacrificio por nuestros pecados. Es la bondad y la paciencia misma. Nunca niega el perdón y la gracia a los que se lo piden con corazones contritos y humildes.”

Padre Daniel Heenan FSSP