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“Ille fidelis”

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“Ille fidelis”

Él tenía 26 años, como yo; ella 23. Estábamos en 1973 y se casaron ante el altar del Señor con una bonita fiesta un sábado de mayo. Comida con sus padres, parientes y amigos. Al día siguiente, se fueron en moto de viaje de bodas con destino a Lourdes para confiarse ellos mismos y su futuro a la Virgen.

Antes de partir vinieron a despedirse también de mí. Les prometí y pedí una oración a la Virgen. Me respondieron que encenderían muchas velas, una por cada persona que les había pedido un recuerdo. Ella se puso detrás y se marcharon despidiéndose con la mano.

Sentí ternura por ella y me dije: “Pero mira cómo se fía de su hombre – su esposo – hasta recorrer con él más de 1.500 kilómetros. Le ha confiado verdaderamente su vida. Mira, pequeña, todo depende de él, de su habilidad, de sus reflejos, de su prudencia. Verdaderamente se fía, aunque el riesgo de un viaje así, sobre dos ruedas, es notable”.

Se me escapó y se lo dije a mi madre, la cual comentó: “Pero se aman en el Señor. Él es un chico muy bueno en todo. Son afortunados los dos”. Los vi girar al final de la calle… y pensé: “Imagino que son felices y rezo a la Virgen por ellos, para que sean santos y felices. Pero soy más feliz yo que he elegido solo al Señor, a Jesús solo, desde hace un mes y ahora para toda la vida. Me he confiado, mi alma, todo lo mío a un Esposo más grande, más hermoso, más fuerte. Estoy más seguro yo de confiar toda mi vida a Jesús – de haber consagrado mi vida a Jesús – que esa chica a su esposo, por bueno, en todos los sentidos, que sea. Sí, me siento más feliz y más seguro con Jesús”.

Y he sentido una profunda paz.

Han pasado más de 40 años desde entonces. No me he arrepentido de la decisión tomada por primera vez a los 17 años y confirmada para siempre a los 26. Cada día que pasa estoy más contento. Conforme huye el tiempo, más permanece Jesús y me parece más fascinante porque infinito y eterno solo es Él, el Esposo de mi alma.

Si viviera cien o mil veces, tomaría de nuevo siempre mi decisión. Iría tras de Él solo, más bien, me dejaría llevar, como siempre he hecho, por sus brazos y en su corazón. No me ha defraudado jamás Jesús, no me ha faltado nunca; a Jesús lo he encontrado siempre presente: el Presente, siempre presente, nunca fugitivo. Jesús presente en mí, conmigo.

Aun cuando he tenido que vérmelas con personajes que habrían querido cambiar mi ser profundamente católico, apostólico y romano con no se qué otra cosa.

Hace cerca de tres años un padre oratoriano de Roma ha llegado a Obispo y ha elegido como lema episcopal: “Ille fidelis”, escrito bajo el escudo con una torre poderosa que nunca se mueve aunque sople el viento. Este lema ha sido desde mi adolescencia la razón de mi elección de Jesús y sostiene, todavía hoy, toda mi vida. Estas palabras están tomadas de la sublime página del apóstol Pablo en al 2ª carta a Timoteo: “Nam si commortui sumus et convivemus; si sustinebimus et conregnabimus; si negaverimus et ille negabit nos; si non credimus, Ille fidelis permanet, quia negare seipsum non potest” (2 Tm 2, 11-13). – “Si morimos con Él (Jesús), viviremos también con Él; si perseveramos con Él, reinaremos también con Él; si lo negamos, también Él nos negará; si somos faltos de fe, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”.

¡Bellísimo! ¡No puede ser más bello! Casi me congratulo conmigo mismo, o mejor, me congratulo con Jesús, sin fin. Sí, soy pobre, y no siempre le he amado como Él merece ser amado, sin embargo no me he separado nunca de Él. Cada día, él ha seguido siendo fiel a su amor, que no decae nunca y me ha invitado a amarlo más. A amarlo solo a Él. No me ha traicionado nunca, no me ha faltado jamás. Verdaderamente Él ha sido “el Fiel”.

Personajes ilustres y puestos en autoridad, que deberían enseñarnos a amarlo, pueden perder su identidad e inventarse algo distinto al Catolicismo, pero a ninguno – a ninguno – le está consentido, ni es lícito. Ya el apóstol San Juan, en su Evangelio y en sus Cartas, los condenó con palabras de fuego: “Por esto podéis reconocer el espíritu de Dios: todo espíritu que reconoce que Jesucristo ha venido en la carne, es de Dios; y todo espíritu que no reconoce a Jesús, no es de Dios. Este es el espíritu del anticristo, que, como habéis oído, viene, más aún, ya está en el mundo” (1 Jn 4, 2-3). “Ya que son muchos lo seductores que han aparecido en el mundo, los cuales no reconocen a Jesús venido en la carne. ¡Mirad, el seductor es el anticristo!… Quien va más allá y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. Quien, en cambio, permanece en su doctrina, posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no es portador de esta enseñanza, no lo recibáis en casa y no lo saludéis; ya que quien lo saluda participa en sus obras perversas”(2 Jn 7-11).

Pues bien, según el Evangelista del amor, Juan, el predilecto de Jesús, no parece haber demasiado espacio para el ecumenismo. También San Pablo había escrito a los Gálatas: “Incluso si nosotros mismos o un ángel del Cielo os predicáramos otro Evangelio distinto al que os ha sido predicado, sea anatema” (Gál 1, 8).

Nosotros, en cambio, nos unimos a Jesús cada vez más; amamos solo a Jesús, custodiamos la Fe católica en la Santa Tradición que nos ha sido confiada, y caminamos hacia el Cielo. No perderemos nuestra identidad – que es el Rostro de Jesús en nosotros – ni el gusto de nuestra misión, mostrar el Rostro de Jesús a los hermanos. No soy sacerdote ni obispo, pero también para mí el lema bellísimo es “ILLE FIDELIS”: Él, Jesús, sigue siendo fiel. Decidlo al mundo.

Lucius
(Traducido por Marianus el eremita)