Una vez más, el cardenal Robert Sarah ha bendecido a los fieles con otra entrevista, que se puede encontrar en inglés en el Catholic World Report, sobre la belleza, la sacralidad y la importancia perenne de la sagrada liturgia. Los fieles harían bien en escuchar cuidadosamente lo que Sarah ha dicho concerniente a la liturgia, porque no se puede enfatizar suficientemente, que debemos cambiar nuestra praxis litúrgica actual, volviendo a poner una liturgia debidamente celebrada en el centro de nuestra vida cristiana, si es que queremos ver el éxito de otra misión dentro de la Iglesia.

Como Iglesia, hablamos de la nueva evangelización, de los esfuerzos realizados en la justicia social, así como de cualquier intento hacia la paz, pero estas iniciativas nunca parecen llegar muy lejos. Mientras todas estas actividades dependen únicamente de la gracia de Dios, se puede decir que la sagrada liturgia es necesaria para recibir esta gracia, la cual nos ayudará para traer el Evangelio a los demás. De esta manera, por encima de todo, deberíamos estar atentos a las palabras del cardenal Sarah—como hacen eco a los pensamientos sobre la liturgia de nuestro pontífice anterior, el papa emérito Benedicto XVI—para que podamos hacer reflexión sobre nuestra experiencia con la liturgia y la forma en que la celebramos hoy en día. Específicamente, me gustaría iluminar tres puntos claves de la entrevista del cardenal Sarah: la centralidad de Cristo, la importancia del silencio, y el papel de los fieles en la liturgia.

El cardenal Sarah dice: “Es tiempo de redescubrir el verdadero orden de prioridades. Es tiempo de poner a Dios de vuelta en el centro de nuestras preocupaciones, de nuestras cosas, en el centro de nuestras acciones y de nuestras vidas: el único lugar que Él debería ocupar”. Aunque no se menciona específicamente a la liturgia aquí, sabemos que la liturgia, como la representación del sacrificio de Cristo sobre la cruz, es el acto definitivo que pone a Dios en el centro de todo.

El propósito de la liturgia es el de traernos a una unión más profunda con Dios por medio de un encuentro íntimo con Él. En la liturgia se nos lleva a los reinos celestiales y experimentamos—por un momento tan breve—la liturgia celestial mientras aún estamos aquí en la tierra. Cantamos la canción de los ángeles—“Sanctus, Sanctus, Sanctus”—cuando participamos en la sagrada liturgia. Es por esto que la liturgia no puede estar sobre el hombre, y de manera particular, no puede estar fijada sobre el sacerdote específico que está celebrando esa liturgia. El cardenal Sarah ha hablado repetidas veces sobre el celebrar la liturgia ad orientem, hacia el Este, porque el celebrar la liturgia con tal orientación es más que “el sacerdote dándole la espalda a la gente.”

La realidad más profunda de la celebración ad orientem es que los fieles están rezando junto con el sacerdote, quien actúa in persona Christi, y en ofrecerle a Dios, junto con él, a la Víctima Divina (ver Lumen Gentium, art. 11). A veces en la praxis moderna de la liturgia, nos enfocamos demasiado en la personalidad del sacerdote o demasiado en la gente de la comunidad. Tal sobre-énfasis quita a Dios del centro de la liturgia, cuando todo enfoque debería ser en última instancia sobre Él, puesto que la liturgia es la manera en la cual glorificamos a Dios, sobre todo, no es para glorificarnos a nosotros mismos.

Por esta razón, continúa el cardenal Sarah: “No nos engañemos… lo que más necesita la Iglesia hoy en día no es una reforma administrativa, otro programa pastoral, un cambio estructural. El programa ya existe: es el que siempre hemos tenido, sacado del Evangelio y de la Tradición viviente.” El cardenal Sarah está hablando sobre la sagrada liturgia como el “programa” ya dentro de la catequesis de los fieles. Más bien, debemos retornar a una completa y debida celebración de la sagrada liturgia, que nos ha sido entregada por la Tradición. (NB: No estoy abogando por una liturgia como un medio para la evangelización de los no-catequizados.)

La sagrada liturgia, la cual le pertenece propiamente a la Novia de Cristo, la Iglesia universal, siempre ha sido la manera central de los fieles para encontrar a Dios. La gente no necesita un nuevo programa ni necesita la Iglesia cambiar su estructura—más bien, lo que la gente necesita es una liturgia que esté enfocada totalmente en Dios, no en el hombre. Este problema de enfocar la liturgia en la gente en vez de en Dios ha sido un problema constante desde la época del Concilio Vaticano II. El cardenal Sarah desea que veamos que nuestra liturgia católica, que es tan rica en tradición y belleza si sólo hiciéramos una pausa lo suficientemente larga para verla, deberíamos hacer que enfoque sobre Dios nuevamente (como siempre debió ser) para que la gente pueda llegar a conocerle más profunda e interiormente.

El segundo punto en la entrevista al cardenal Sarah que investigaremos es su énfasis en el silencio, y este es el punto principal de la entrevista. Del silencio él asegura: “Dios es silencio, y este silencio divino reside dentro de un ser humano… No tengo miedo de afirmar que ser un hijo de Dios es ser un hijo del silencio.” Esto es en verdad un misterio profundo cuando el cardenal Sarah dice que Dios es silencio. Quizás podemos entender esto mejor en comparación con lo que él dice sobre el demonio. Él dice: “Dios es silencio y el demonio es bullicioso. Desde el principio Satanás ha buscado enmascarar sus mentiras bajo una agitación resonante y engañosa”. El demonio está continuamente intentando distraernos de Dios, tratando de mantenernos alejados de esperar al Novio, como dice en la parábola de las 10 vírgenes. (ver Mateo 25 1-13).

Cuando Dios espera pacientemente para que regresemos a Él, el demonio está tratando constantemente de alejarnos de la llamada de Dios. El demonio llena nuestras mentes, especialmente nuestras imaginaciones, con tentaciones, imágenes, y bulla para que no le hagamos espacio a Dios y nos olvidemos de Su constante presencia dentro de nosotros. El cardenal Sarah escribe  que “nuestra era ocupada, ultra-tecnológica nos ha vuelto más enfermos.” El demonio puede muy fácilmente utilizar la tecnología para su propio propósito, porque él la puede usar como una constante distracción de la presencia de Dios. Si estamos constantemente consultando nuestro correo o páginas de medios sociales en nuestros teléfonos, ¿estamos pensando en Dios? ¿Pensamos sobre Dios cuando tenemos esos momentos libres, o nos centramos en nuestra tecnología? Todos nosotros nos debemos hacer esta pregunta honestamente.

De manera particular, podemos experimentar, entrar en, y aprender el silencio participando en la liturgia sagrada, siempre y cuando la liturgia no esté enfocada en el hombre mismo sino en Dios. En la sagrada liturgia, nos encontramos con la majestad de Dios y tal encuentro demanda el silencio, porque somos nada en comparación con la grandeza de Dios. No tenemos nada que decir que pudiera agregarle algo a Su grandeza. Como dice el cardenal Sarah:

El rehusarse a este silencio lleno de un asombro confiado y de adoración, es negarle a Dios la libertad de capturarnos por Su amor y Su presencia. El silencio sagrado es por lo    tanto el lugar en donde podemos encontrar a Dios; porque venimos a Él con la actitud apropiada de un ser humano que tiembla y se para a la distancia mientras espera confiadamente”.

Como tal, debemos darle a Dios el silencio que le es debido, Dios está libre en el silencio de la liturgia, para trabajar en nuestros corazones, para traernos a Su voluntad en nosotros y a Su voluntad para la Iglesia Universal. Esto es verdaderamente un encuentro asombroso y misterioso. ¿Cómo puede un Ser Divino, Omnipotente, Todo Perfecto, desear trabajar en nuestras vidas, nosotros que somos miserables, pecaminosos y criaturas mortales? La sagrada liturgia, sigue diciendo el cardenal Sarah, es el lugar apropiado para que encontremos a Dios en el silencio. ¿Cuántos de nosotros experimentamos una liturgia que está llena de silencio y proveedora de una atmósfera en la cual podemos verdaderamente encontrar a Dios? La suerte dice que esto no es una ocurrencia usual en la mayoría de las parroquias.

El cardenal Sarah indica lo siguiente que es de gran significado si es que queremos entender la liturgia celebrada como se debe: “El silencio nos enseña una regla primordial de la vida espiritual: la familiaridad no conlleva a la intimidad, sino más bien todo lo contrario; una distancia apropiada es una condición para la comunión. Es por medio de la adoración que la humanidad camina hacia el amor.” La liturgia, por lo tanto, no puede ser meramente sobre la familiaridad, ni puede volverse sobre la comprensión de cada acto y de cada palabra. La liturgia no puede simplemente convertirse en un punto de banalidad: en nuestra edad moderna, casi nos da miedo encontrarnos con el misterioso poder de Dios en el silencio. Estamos así tentados a formar la liturgia para que se parezca a cualquier otra cosa que hagamos.

La música viene de las canciones conocidas, familiares (y a veces usa los mismos instrumentos de la música popular, como por ejemplo una guitara, u osadamente, las baterías), y las palabras son iguales a nuestras palabras comunes, y el sacerdote actúa igualito a nosotros. Si no hay una “distancia apropiada” entre nosotros y la sagrada liturgia esta se vuelve como nosotros, y de tal modo, que ya no podemos ser transformados por ella. Como continúa el cardenal Sarah: “Bajo el pretexto de la pedagogía, algunos sacerdotes permiten comentarios sin fin que no tienen  fondo y son mundanos. ¿Están temerosos estos pastores de que el silencio en la presencia del Altísimo podría desconcertar a los fieles?” En serio, deberíamos estar desconcertados por el silencio, deberíamos sentir que hay algo más hondo, algo más profundo que nosotros mismos en la liturgia.

En el silencio de la liturgia, se supone que debemos ser atraídos fuera de nosotros mismos hacia Dios para que sea un encuentro íntimo, porque nos encontramos al Dios quien tomó la forma, la carne humana en lo no familiar de la liturgia sagrada. El cardenal Sarah dice con énfasis que: “A menudo dejamos nuestras liturgias bulliciosas y superficiales sin habernos encontrado con Dios en ellas ni con la paz interior que Él quiere ofrecernos”

Esto nos lleva al tercer y último punto que quisiera enfatizar de la entrevista al cardenal Sarah: ¿Cómo se supone que los fieles debemos acercarnos a participar en la liturgia? Aquí, el cardenal Sarah devuelve el concepto de la liturgia celebrada ad orientem, que incluye más que una orientación física, sino también una orientación interna. Sustrayendo de lo que él justamente dijo sobre el silencio: “Siempre que nos acerquemos a la liturgia con un corazón bullicioso, tendrá una apariencia superficial, humana. El silencio litúrgico es una disposición radical y esencial; es una conversión de corazón. Ahora, convertirse, etimológicamente, es regresar, voltearse hacia Dios”

Así pues, la liturgia demanda conversión por parte de los fieles, lo que quiere decir regresar al Señor. La conversión por medio de la liturgia significa olvidarse de las distracciones de este mundo—completamente olvidándose de ellos, para que ya no tengamos un corazón dividido—y darle, entregarle todo al Señor. Esto requerirá una conversión dentro de nuestras prácticas litúrgicas. Las liturgias, como ya lo hemos explicado, no deberían estar marcadas por bulla y distracciones, estas liturgias sólo fastidiarán, impedirán nuestra conversión a Dios. Como dice profundamente el cardenal Sarah: “No hay verdadero silencio en la liturgia si no estamos con todo nuestro corazón volteados, girados hacia el Señor.”

De esta manera, la conversión, en nuestros días modernos, debe ser de dos maneras. Los fieles deben tener una orientación hacia el Señor, un deseo completo de darle todo. Al mismo tiempo, nuestras celebraciones litúrgicas necesitan permitirles a las personas hacer eso, las liturgias mismas no pueden estar llenas de rarezas y de distracciones que son una contradicción a la rica herencia litúrgica de la Iglesia. Parece entonces que, de acuerdo con el cardenal Sarah, que esta conversión doble es la manera en la cual colocaremos a Dios nuevamente en el centro de nuestras vidas y de nuestras liturgias.

Sarah dice específicamente que nuestra orientación externa influye sobre nuestra orientación interna. Es por esto que es esencial voltearse físicamente ad orientem para retomar una actitud de silencio y de asombro en la sagrada liturgia. Como lo explica Sarah: “Mirando al Señor, él [el sacerdote] está menos tentado de convertirse en un profesor que da una charla durante toda la misa, reduciendo al altar a un podio que no está centrado en la cruz ¡sino en el micrófono!”. Cuán cierto es esto, tan a menudo cuando el sacerdote está de cara a la gente, entra a un largo diálogo con ellos en medio de las oraciones de la misa. En vez de adherirse a las oraciones que podrían facilitar una atmósfera de silencio, él siente la necesidad de llenar ese silencio. Cuando el sacerdote ya no está de cara a la gente, sino más bien rezando, orando con ellos, entonces es posible que haya silencio y que los fieles entren en ese silencio.

En muchas parroquias, estamos desafortunadamente muy lejos de esta realidad litúrgica de una actitud de silencio y de una orientación hacia el Señor, razón por la cual es tan importante para nosotros prestar atención a lo que el cardenal Sarah está diciendo. Los fieles deberían abogar por una liturgia apropiadamente celebrada dentro de sus parroquias, porque una liturgia como tal no es solamente apropiada para la Iglesia, sino que es también necesaria si queremos ver un retorno a la reverencia para con y enfocado en Dios. Si queremos apagar al espíritu de bulla dentro de nuestra sociedad, nosotros, como una Iglesia, deberíamos abrazar la apropiada celebración de la liturgia totalmente, una que verdaderamente oriente al hombre hacia lo divino, volviéndolo de él mismo y de sus propios pensamientos.

Así como el cardenal Sarah nos ha hecho recordar aún una vez más en esta bella entrevista, la sagrada liturgia, cuando es celebrada orientada hacia Dios, es el lugar apropiado para encontrarle en el silencio. Nuestra sociedad, que continuamente está coqueteando con el ruido y con la distracción, está desesperadamente necesitada de una liturgia que es totalmente otra, una liturgia que está impregnada del silencio y enfocada enteramente en Dios, el Creador y Sostenedor del universo. Haríamos bien en seguir las palabras del cardenal Sarah en nuestra praxis litúrgica.

Veronica A. Arntz

[ Traducción de Tina Scislow. Artículo original]

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